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Carne doliente/De sacrificio/Un regenerado

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UN REGENERADO

I

Por tercera vez el poeta había tropezado en la calle con aquel pobre muchacho de aspecto claudicante, cubierto de andrajos mal olientes. Por tercera vez había sentido en su presencia el mismo pesar, la misma lástima, idéntica angustia.

Ese día no pudo resistír á la tentación de interrogarle. Su juventud y su desgracia, amalgama de sombra y luz, le atraían, poderosa, irresistiblemente. ¡Oh, cómo sentía latir en su pecho el amor al hermano caido! ¡Qué cantidad de dulzura la que rebosaba en su alma al pensar en aquel dolor lascinante, agobiador y terrible, presentido al travez de la mirada triste y mortecina del mendigo!

Sí, estaba resuelto, Él le hablaría haciendo deslizar en sus oídos las suaves palabras que la caridad, ese ángel bueno, le dictara. Y ¿por que no? Lo levantaría de la charca mostrándole el buen camino con índice seguro.. Sería la suya obra de regeneración digna de Cristo mismo. ¡A la acción, pues!

No opuso el mendigo obstáculo serio para la realización de tales fines. Claro está que él trabajaría, que haría lo posible por obtener el sustento propio.—¿Querían ayudarlo? Bueno. Consentia en ello. Sería hombre de bien.... Por su parte no había inconveniente.

Lo que extrañaba y conturbaba un tanto al poeta era esa falta de entusiasmo, ese gesto casi indiferente, rayano en frialdad, con que el joven mendigo acogía la solicitud de sus ofrecimientos.

Es cierto que él aceptaba todo, la protección inmediata, cariñosa, casi impulsiva, con que se le obsequiaba; pero lo hacía con un dejo tal de resignación, de abandono intimo, de desesperanza profunda que el poeta se sintió herido en sus sentimientos y vaciló un instante presa del estupor.

-¡Cómo! se decía. ¿De qué pasta está formado este hombre único que así, pasivamente, rechaza su redención? Porque para él era un rechazo aquella actitud extraña en la que un fino y experimentado observador hubiera entrevisto una convicción profunda de lo irreparable.

II

Dilucidado el punto, el poeta guió al mendigo hasta el camaranchón, con ínfulas de restaurant, donde solía almorzar y en donde gozaba de crédito y, mas que todo, de estima y admiración. Un verdadero caso, como él decía.

Juan, su gran amigo-pensión completa en el restaurant-observaba desde la puerta. Al divisarle tuvo un gesto de asombro cambiado en breve por otro de entusiasmo y simpatía al conocer el acto y la intención del poeta con y hacia su protegido.

-¿Te das cuenta?

-¡De todo!

-¿Me ayudarás en la obra?

-¡Con el alma entera!

-¡A la obra, entonces!

Y, palpitantes de emoción, condujeron al miserable al fondo de la casa.

Hubo que bañarle. Solo, el joven mendigo no podía con sus lacras. El maestro, en la escena bíblica de la última cena, lavando los piés á sus discípulos, resultaba empequeñecido ante la figura de aquellos dos valientes y abnegados seres de caridad y de ternura despojando de sus podres á aquel ángel de estercolero.

Dame el jabón!

-¡Levántale ese brazo!

-¡Restrega esa pierna!

—¡Mira ese ombligo!...

-Ahora la cabeza.

-Abre el bitoque. Otra vez. Agua.... agua... agua... más agua... más...

-¿Tienes un cepillo en tu cuarto?

-Espera....

En tanto el joven mendigo, allí, en medio del baño, permanecia ciego, mudo, impasible, como extático, diríase sin movimientos, agotadas las fuerzas en los resortes de su organismo, tal un muñeco en una fiesta de muchachos locos...

-Toma y refriega fuerte.

-¿Sabes una cosa?

-Dí.

-Para esto no basta el agua... ¡Pobre cabeza!

Los dos amigos se miraron expresivamente.

Y Juan salió de nuevo y con más premura en busca de la botella del kerosene...

Esa tarde, ya aseado y vestido, el mendigo fué comensal en la mesa del poeta. Contó una historia triste y comió poco.

III

Gracias á la decisiva influencia de sus benefactores al poco tiempo el joven mendigo prestaba en el hotel sus servicios de mozo de limpieza.

Trabajaba con tezón desde el amanecer hasta altas horas de la noche en que la casa cerraba sus puertas. Todos alababan la noble y regeneradora acción del poeta pero nadie, aún, se había atrevido á interrogar al mendigo de ayer respecto á su opinión sobre aquella. Unos por consideración, por delicadeza; otros por indicaciones del mismo poeta. á quien tanto deseaban complacer los clientes del hotelucho y, los más, porque la actitud del mozo no les daba pié ni entrada en su intimidad.

Y esa actitud desconcertadora había concluido por desesperar al poeta. ¡Jamás un rayo de júbilo en esos ojos! ¡Nunca una sonrisa en esos labios! ¡Siempre, en el gesto, la misma desesperanza! ¡Y ese silencio!...¿Por qué?

Un día....

Reunido estaba el grupo de íntimos rodeando la mesa grande del comedor. Se charlaba vivazmente, terminado el almuerzo. El poeta, como siempre, era el alma de la reunión. De pronto, con sus útiles de limpieza bajo el brazo, apareció el muchacho recogido en las calles hacía ya horas...

Juan, su segundo protector, discreto hasta ese instante, sintióse dominado por un ímpetu de imprudencia. Le llamó y, á boca de jarro, le espetó tres preguntas seguidas que obtuvieron una sola respuesta.

-¿Estás contento?

-¿No podrás negar que te hemos transformado en un hombre?

-¿Ni decir que la caridad es mala cosa?

La contestación del muchacho fué una evasiva.

-Si señor, así será...

Juan, visiblemente incomodado, miró al poeta. Este hizo un movimiento nervioso que el amigo interpretó como un deseo de saber la verdad, toda la verdad.

Entonces interpeló al muchacho con rudeza. Le dijo:

-¡Pero tú no eres un imbécil! ¡Habla, por Cristo! ¿Dudas de la caridad?

El muchacho se irguió todo entero y habló dejando caer las palabras, una á una, como si fuera sacándose del fondo de su ser un peso enorme, -cuatro mil kilos de angustia,-con el cual ya no pudiera.

-La caridad, dijo, sí, la caridad es una buena cosa... Por mi ha hecho lo que por nadie.... ¡Y á mi me ha hecho sirviente!

Y se alejó con todo el aire de un hombre que quisiera huir hasta de si mismo.

En la mesa no reia nadie. El poeta estaba rojo de vergüenza.

Ahora, solo ahora, sabía la verdad; toda la verdad...