Carne doliente/Heróica/Gritos Nuevos
GRITOS NUEVOS
I
En aquella tarde de Enero, cálida hasta el bochorno, mientras en la sala lujosa del cuartel se desarrollaba una partida de nai pes, en un rincón de la cuadra el grupo conspirador de soldados había resuelto el punto.
¡Y en qué forma! Si la oficialidad iba al motín, á la revolución como la llamaban, ellos, los veteranos de cien combates, los eternos manejados, carne sangrienta siempre, cosa, instrumento ciego hasta hoy, se erguirían, por fin, reclamando su puesto de hombres haciendo fuego contra la oficialidad. Y ahora silencio, mutismo de muerte hasta el momento trágico. ¡Ya verían entonces quienes eran los pobres soldados, máquinas que no sabían otra cosa que obedecer á la orden, al capricho ó á la absurdidad de los jefes, según todos!
Por otra parte ya estaban escarmentados.
¿Se había acaso nunca tenido en cuenta sus opiniones al comprometerse? La oficialidad decía sí y basta. Después, en una noche triste, en silencio, como á los muertos, se los sacaba del cuartel y al combate. Al que no marchaba, ya se sabía, el más guapo de los jefes lo daba vuelta de un sablazo y asunto concluído. Pasaban sobre el cadáver que servía de escarmiento y el hecho no volvía á producirse.-¡Pero esta vez!....
Que los gobiernos eran malos ¿quién lo ignoraba? Sí, eso no tenía discusión; todos eran malos; ellos, los eternos manejados, lo sabían mejor que nadie. Poro entonces ¿para qué cambiarlos? Al fin y al cabo venían
los otros, el nuevo gobierno, y el dolor continuaba pegado á la herida.
La verdad era que el sargento Pereyra les había abierto los ojos. Un día les había echado casi un discurso. Y después, á uno por uno, los fué convenciendo. El sargento les decía:
-Esta vez no nos resignaremos muchachos. Quieren llevarnos pa cuereamnos como á carneros. Y todo para poner otro presidente. No les demos el gusto. Cuentan con nosotros sin decirnos nada. Cuando tengamos que hablar hagámoslo con la boca de los fusiles y las lenguas de fuego contra ellos. Así aprenderán á respetarnos.
Y en ese «aprenderán á respetarnos», dicho con fuerza, había tanta resolución que, después de escuchado, no era dable dudar de la suerte de los oficiales: la frase constituía sus sentencias inapelables de muerte.
II
El cuartel estaba situado cerca de un importante puerto de la República, en cuyas tareas de carga y descarga se ocupaban más de mil seiscientos hombres. Era época de reivindicaciones obreras y, en más de una ocasión, las tropas habían sido solicitadas del puerto con urgencia para sofocar lo que se había dado en llamar revueltas de la chusma. La chusma obrera erguíase, brava, contra la capitalista, quien alarmada ante el magno peligro de perder parte de sus ganancias echó mano de todos los recursos llegando en su desesperación á buscar, amparo bajo los cañones y los sables confiados á los defensores de la nación y cedidos para el caso por un gobierno complaciente. No causó, pues,
extrañeza entre los soldados la noticia llegada esa noche.
Los obreros del puerto habíanse, nuevamente, declarado en huelga y para sofocar á ésta se pedía ayuda á las tropas destacadas en las cercanías. Y los pobres criollos, ofuscados ante el deseo de peliar contra los gringos que perjudicaban al país con sus batuques, según la expresión del comandante del regimiento, no meditaron un solo instante pareciéndoles muy largo el tiempo destinado al alistamiento de armas y útiles de campaña.
A las dos de la mañana estaban en disposición de marcha y en condiciones de entrar en combate contra todas las dinamitas obreras habidas y por haber. Si querían los jefes ya verían los gringos quienes eran ellos, los soldados pampas hechos á todos los dolores, aptos para todos los sacrificios. Si se les dejaba eran capaces de acabar para siempre con las huelgas, porque en su oscura mentalidad pensaban acabar con la enfermedad acabando con el enfermo.
Sin saberse el motivo en las filas hasta dos horas más tarde, cuatro de la mañana, no
se dió la orden de marcha y con el asombro consiguiente no fué ésta en dirección al puerto sinó á la estación del ferrocarril que quedaba á la izquierda.
¿Qué significaba aquello?
Por la mente de los soldados cruzó, veloz, la idea del engaño. Pero una vez más la disciplina los contuvo y al toque de corneta obedecieron.
Bajo la aurora allá van las tropas, máquinas de muerto, á través de la Pampa cuyos colores claros se confunden con los brines grises de los trajes. Al rato las bayonetas brillan reverberando á un sol que amenaza ser de fuego. Ni un rumor turba el monótono paso de los hombres armados y sin que un principio de cansancio asome á sus ojos, antes de una hora hacen alto al pié mismo de la estación ferrocarrilera con los pies frescos por el rocío de la noche acumulado en los pastos y la cabeza caliente por los primeros rayos del sol concentrados en sus kepíes.
En la estación les esperan con malas noticias los miembros de la junta revolucionaria de la localidad. Los telegramas llegados
hasta esa hora hacen presumir el fracaso del movimiento en la capital, foco principal de éste.
Los oficiales sublevados se consultan. ¿Qué hacer frente al fracaso? Había que esperar la certidumbre. De todas maneras estaban perdidos. No podían volver atrás. Era inútil por cuanto la sublevación se había producido y, tarde ó temprano, tenía que ser conocida. Cuando llegaran informes concluyentes ya resolverían. Algunos opinaban que debía jugarse el todo por el todo: marchar contra la capital, levantando gente en la marcha y allí caer como hombres si era necesario sacrificándose por la causa. La opinión no parecía muy arraigada pero fué echada al viento y recogida sin eco, naturalmente.
Después se habló en frases cortas y nerviosas que atravesaban el aire, éstas como flechas con puntas preñadas de veneno -la ira, la fiebre producida por la derrota prematura- aquellas tristes, quejumbrosas, ebrias de amarga decepción -esperanzas de glorias frustradas al nacer. laureles cortados al ras apenas erguidos sobre la tierra-otras ágrias, ríspidas como silvidos de víbora,
decían de despecho, de encono, de negras pasiones estallando, impotentes, en pechos de bronce; tal cual, resignada, casi doliente, salida con gesto indescifrable por boca rugosa, rompía el áspero concierto evocando una vida inútil, sin voluntad, empujada siempre por el azar y golpeada por el dolor.
En tanto entre la tropa corría el terrible murmullo: nos han engañado y, ahora, querrán vendernos. Y una voz poderosa, formidable, inspiradora de venganzas, rugíales cosas trágicas.
¿Así se hacían revoluciones que no revolucionaban nada? ¿Así se jugaba con ellos, con su sangre, con sus destinos, con sus vidas, arrojándolos al estercolero ó á la muerte sin un escrúpulo, sin un remordimiento? Pues bien, ahora verían lo que ellos significaban, lo que ellos valían, lo que eran capaces de realizar. ¿Salvajes? ¿Y los otros? Los que los arreaban como animales sólo útiles para dar su sangre como si se tratara de un simple negocio de carnicería? ¿Con qué sí? ¿Instrumentos ellos? Ya estaba dicho: lo serían pero de sí mismos. En esa forma aprenderían á respetarlos......
III
Los miembros de la junta revolucionaria habíanse dado cuenta del estado de ánimo de las tropas y, en consecuencia, propuesto á la oficialidad una huída decorosa. Quedarse implicaba el desafío á la muerte, un desafío á pura pérdida. Ellos, en el momento oportuno, harían entrega de la tropa cargando con la parte de responsabilidad correspondiente en el desastre. El tren, listo para partir, había levantado vapor y sólo esperaba la señal del presidente de la junta para ponerse en camino.
Aceptado el procedimiento los oficiales resolviéronse á ponerlo en práctica sin pérdida de tiempo.
-¡Se van los guapos!-gritó de pronto el sargento Pereyra al ver saltar al tren con agilidades felinas al primer oficial.
-¡A las armas, muchachos! ¡Preparen!
El tren arrancaba, pesado pero seguro, cuando sonó la primer descarga dirigida por el terrible sargento. Los pasajeros se arquearon sobre los asientos y echáronse de barriga en el suelo para dejar, por si acaso, libre de carne humana el camino de los proyectiles. Después el convoy empezó á perderse en la Pampa. La oficialidad estaba en salvo.
—¡Malaya el destino! ¿Y ahora?
La voz del sargento se alzaba dominando la escena.
En el andén de la estación el grupo formado por los miembros de la junta revolucionaria parecía una mancha, una sombra. fijada, detenida allí en el mismo centro, diríase en conglomeración de espanto.
-¡Fuego á la junta! – atronó el sargento apuntando á la sombra con el cañón del mauser.
-¡Fuego! ¡Fuego!-contestó la montonera llenando el espacio con el alarido.
Y la sombra, silenciosamente, comenzó á deshacerse en cadáveres....
Sin un gemido, sin un lamento -el plomo, diligente, sofocaba hasta el sollozo- caían fulminadas aquellas energías, existencias preciosas, juventudes lucientes, víctimas aunque culpables también ellas del salvajismo de una época.