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Carne doliente/Heróica/Hermanos

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HERMANOS

Se peleaba en los campos de América por privilegios y prepotencias. Pueblos que se decían hermanos despedazábanse en un combate donde el valor rayaba on ferocidad, una ferocidad primitiva y trágica cuyo origen parecía residir en algún odio secular de razas que buscaran la mutua desaparición, cuando sólo era el fruto de un sentimiento estrecho, de un mal entendido patriotismo fomentado en provecho personal por mandones de pueblos tan ingénuos como heróicos. ¡Pobres pueblos lanzados en el desastre y la hecatombe por manos ambiciosas y mentes ciegas de tutores maniáticos ó locos!

Fué aquella la época histórica más triste, más luctuosa, porque haya atravesado este pedazo de mundo acabado de salir del dominio de un poder europeo, tan atrasado como cruel, para caer en las tinieblas de la barbarie propia. ¡No importa! El temor al mañana no debe detener nunca á los que hacen obra de liberación. Así se avanza en las selvas dejando en las picadas girones de carne y sudores de amargura. Las generaciones que vienen aprovechan los caminos de los que al hacerlos se desgarraron las manos. ¡Y así siempre!

Un orgullo fanático acerca del valor personal -culto del coraje-coadyuvado por un sentimiento arbitrario de amor patrio -un color, una divisa, el nombre de un caudillo- animaba el espíritu de aquellos hombres acabados de alentar por rachas de gloria verdadera y pura, á cuyo influjo conquistado habían unidos la libertad de América. Se estaba en el período fatal de desequilibrio momentáneo, proveniente de toda gran conflagración, de todo gran movimiento social en que actuan fuertes pasiones, ideales altos. Los hombres que, excediéndose á sí mismos, por sobrexcitación en la lucha, han realizado una obra de alcances gigantescos

parece como si rebajaran sus tallas, redujeran sus horizontes al volver á la arena común donde deben resolver los problemas acabados de plantear por sus inteligencias y por sus brazos. Fallan siempre, como si esta tarea estuviera ya fuera de sus órbitas de acción, encomendada á otras generaciones, como si el triunfo, desquiciándolos y realizando una evolución al revés, los hubiera arrancado de su centro de gravedad.

Así, empeñados en una lucha personal, los hombres de la independencia americana, después del gesto heróico, se destrozaban junto con sus pueblos derramando á torrentes la sangre en campos estériles. . . . Fué el caudillaje.

Algo como una especie de embriaguez de furor y de muerte, había hecho presa en aquellas cabezas donde persistía aún, con caracteres siniestros, la idea del desprecio á la vida desde el tiempo en que lucharon por romper yugos de afuera. A la sazón bregaban por libertarse de sus propias pasiones, proclamando el exterminio de sus hermanos en sacrificios y en glorias.

En el norte de la argentina, dos caudillos -almas atravesadas decían las buenas gentes- se hallaban empeñados en una lucha sin cuartel. Caían sus secuaces entregando impávidos sus vidas al monstruo de la guerra civil, como racimos maduros á manos del viñador.

Después de un dia de horrendo combate los dos bandos adversos habian continuado peleando en la noche, arcabucéandose en valles y montes como si las sombras hubieran aparecido solo para aumentar el caudal de rencor hirviente en sus almas.

El aspecto presentado por el campo de batalla era desolante y terrorífico. Moribundos que rugían su derrota por diez heridas, diez bocas hechas por el acero ó el plomo, -se peleaba hasta morir, nadie caía para levantarse,- caballos reventados, vientres abiertos, tripas al aire ostentando colores de banderas entristecidas por el tiempo y las lluvias, rostros desfigurados por el terror ó la cólera hasta dar la impresión de cosas de pesadilla; cuerpos rígidos conservando aún las actitudes altivas del postrer momento á causa del hueco de piedra ó el

montículo de tierra donde por coincidencia se refugiaron ó apoyaron como para quedar muertos y amenazando al vencedor; lanzas rotas, testigos mudos de fiereza que decían de brazos nervudos y de rábias inestinguibles; regueros de sangre como caminos de carnicería, que hablaban, á los ojos de los sobrevivientes, de destrucciones y vértigos, de mundos convertidos en mataderos por la ignorancia y la crueldad, al mismo tiempo que de venganzas satisfechas, ya que la muerte llega siempre colmando deseos ó defraudando esperanzas.

Allá, abrazado á un enemigo, en un último esfuerzo de resistencia, el trompa de órdenes de uno de los bandos había caído al pié de un barranco con la corneta empuñada á guisa de sable. Los dos combatientes, rotos sus huesos en los cantos de las piedras con que tropezaran en su caída, yacían como muertos cuando las estrellan comenzaron á parpadear con más premura en el cielo, anunciando el día. Tres horas habían pasado desde el choque brutal y el silencio más profundo envolvía á los dos enemigos que, antes de morir, junto con la aurora, hablaron.

-Hermano, dijo el trompa.

El soldado ensayó una contestación que salió de sus labios, secos y ardientes, como un silvido. Después articuló algo:

-Hermanos..... sí... en la muerte, se oyó clarito.

-La corneta.... ahí está.... á tu lado.... quiero tocar la diana.... mi última diana.... mirá... viene la aurora.... hermano... hermano.... la corneta.... mi última diana....

El otro hizo un movimiento y lanzó un quejido. Una costilla astillada le acababa de salir por cutre la piel. Y no habló más. El dolor le ahogaba la voz. Pero haciendo otro esfuerzo, el supremo, empujó la corneta y se quedó mirándola como diciendo: moriré escuchándote.

-¡Gracias, hermano!...

Y el trompa moribundo, echado de espaldas, tomó el instrumento y entonó la diana, su última diana, dirigiéndola al sol que nacía, un sol de apariencia extraña, de color enfermizo, en cuyos rayos trémulos él creyó ver un símbolo: en los campos de América, decía el símbolo, no volvería á salir ese sol para

alumbrar libertades si sus hijos continuaban destruyéndose por privilegios y prepotencias.

Cuando el instrumento cayó de sus manos sin fuerzas, el trompa dirigió su vista al soldado: los ojos de éste se reflejaron en los suyos. Después la sombra. Habían muerto escudriñándose el alma.


¡Hermanos!....