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Carne doliente/Heróica/Independencia

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INDEPENDENCIA

I

El criollo enriquecido, dueño ya de un bienestar material sólo perturbado por la idea de su esclavitud tributaria al reino español, pensó en la independencia levantando su pendón de rebelde contra el poder esclavizador.

Producida por causas económicas como lo han sido casi todas las guerras que después han dado en llamarse de razas, la guerra de la independencia americana tuvo su génesis en las imposiciones comerciales á que el extranjero sometía al criollo por intermedio del virreinato.

A concretar las aspiraciones de los que ya se consideraban poseedores y dueños detentados, vienen después los cerebros de hábiles políticos constituyendo ellos la luz, el foco revolucionario que había de irradiar á poco con resplandores de incendio por todo un continente.

Producto mestizo de español y de indígena tenía el criollo tanto del empuje y la soberbia del primero cuanto de la astucia y felinidad del segundo.

En el territorio ocupado por el virreinato del Río de la Plata se agrupaba un pueblo productor, ganadero por excelencia, pero cuya organización económica y costumbres sociales íbanse, naturalmente, amoldando á las introducidas por el español. Un día sintióse fuerte, capaz de bastarse á sí mismo y entonces sin pretender cambiar de hábitos quiso no tener tutela, es decir emanciparse del poder explotador. Una coyuntura histórica le favoreció. El tutor atacado constreñido por un enemigo audaz, necesitaba de su más grande esfuerzo para resistirlo. Y habló la astucia; el criollo desplegó su bandera, hizo un nuevo símbolo con diferentes colores y se lanzó á la guerra.

Vino ésta con todos sus horrores. El español residente, empecinado en sostener su dominación, llevó al extremo su actitud intransigente y la lucha adquirió los contornos de las tragedias más luctuosas de la historia. Fué la noche de América.

II


Como no hay noches eternas, aquella noche también precursó una aurora, más ó menos luciente pero aurora al fin.

Se luchaba á muerte y del choque bravío surgían chispas, raudas algunas, otras como estrellas, astros errantes y sangrientos que cruzaban el cielo de América dejando estelas rojas. La sangre fecundaba los campos. Con la sangre la idea.

En el alto de una batalla cayó prisionero del español implacable un oficial criollo. Grande y hermoso, ojos serenos, aire decidido, tanto que, al andar, parecía ir exclamando: conmigo va el pensamiento.

Al anochecer el rebelde fué interrogado.

-¿En nombre de qué fe, de qué esperanza de qué luz, de qué fuego, los nativos locos se habían entregado á aquella lucha sin cuartel, ni otra recompensa que el deshonor, el vilipendio ó la muerte? ¿Y él, en particular, porqué? ¿Era acaso hombre de fortuna? ¿Algún estanciero rico? Porque la guerra la hacían ellos, es decir los industriales comerciantes, ambiciosos de resistir á la gabela española, sin otra mira que la del mayor lucro. Pero ¿caerían en cuenta algún día? ¿Patriotas, ellos? ¡Bah! ¡Patrañas! Especuladores sin conciencia que jugaban con la sangre del pueblo azuzando á los cándidos contra el poder invencible y legal, sublevando brazos de infelices y de víctimas, haciendo á un lado toda clase de escrúpulos, borrachos de mando y de riqueza. ¿Rebeldes? ¿Y contra quién? ¿Conqué fin? Acaso, aun en el supuesto imposible del triunfo insurreccional, los levantados en armas no se encontrarían mañana bajo una dominación más humillante, más perjudicial, más oprimente?

El rebelde callaba y sonreía. Y bien, parecía decir su sonrisa escudada por su silencio: fusiladme de una vez y suprimid, por estériles, todos vuestros razonamientos de déspotas. Soy lo que véis y algo más. . . . Evitáos el saberlo porque en tal caso habríais de fusilarme dos veces.

-¿Un traidor acaso? . . . .

Una mirada, penetrante y aguda como el acero de un sable, interrogaba á la sonrisa. Diríase la agudeza del soldadote polizonte estrellándose contra la serenidad del enigma.

La sonrisa continuó á flor de labio produciendo la desesperación, la ira, en el pecho del soldadote, por cuya boca salió, atropellado y torpe, el insulto del impotente.

El rebelde contestó el insulto con una mirada en cuyos rayos había conmiseración y desprecio, conmiseración y desprecio que expresaban cómo el filo del sable acababa de mellarse contra el mármol del enigma.

III


El toque de atención acababa de sonar en el campamento español donde aquella mañana debía ser ejecutado el oficial criollo. El mutismo de éste no había sido quebrantado pese á todas las instancias hechas por sus enemigos.

Según las más insignificantes apariencias moriría sin hablar. Su actitud llegó á intrigar en tal forma á sus terribles jueces que éstos pusiéronse á cavilar seriamente sobre la calidad del prisionero. La acusación primitiva llegó á hacerse carne en la mente de algunos ¿Porqué no? ¿No sería aquél un español pasado á los sublevados? El caso era digno de la mayor atención. ¿Porqué no investigar antes de tomar la última determinación? No era lo mismo matarle como á enemigo dignificándole, que exterminarlo como á traidor execrando su memoria. . . .

Llegó á ofrecérsele la vida por una palabra. Entonces el enigma se hizo más impenetrable. Cesó la sonrisa y el labio noble exteriorizó la idea.

El rebelde aquel era un símbolo. Había batallado ofreciéndose, entero, en holocausto á un principio. El era el abanderado de la libertad: peleaba en los campos de América contra el poder español hoy reinante porque ese era el obstáculo presente, la piedra inmediata cuyo derrumbe se hacía necesario para que el río de agua dulce y fecunda se esparciese en el mundo. Hoy el español, cruel y retrógrado, empecinado en sostener dogmas falsos, era el enemigo. Mañana lo sería el criollo estanciero y logrero, ese á quien se aludía con frase agresiva y mordaz. Y bien, mañana el abanderado de la libertad ofrecería su espada para hacerla brillar en los aires siempre en nombre de su misma fe, de su misma esperanza, de su mismo fuego, contra ese nuevo tirano, contra ese nuevo déspota, contra esa nueva sombra. Esa espada era la que, á golpes de luz, iba esculpiendo el gran monumento cuyos brazos gigantes amparan la vida librándola de dolores.

Le escuchaban absortos. Aquel oficial hermoso, sonriente y sereno, de verba brillante y fúlgida, no era un enemigo sino el enemigo. Encarnaba la idea.

El oficial murió esa noche. No el enemigo...