Carne doliente/Heróica/Postrer Fulgor
POSTRER FULGOR
I
Indios y gauchos alzados ocupaban la Pampa. Perseguidos á muerte por el cristiano tenaz y bárbaro, civilizador y salvaje, habíanse diseminado en grupos, fuertes y ágiles, con el fin de distraer al enemigo, obligándole á desunirse también haciendo una guerra de recursos, sin contar con las facilidades de concentración y desbande inmediato con que cada día asombraban ellos, los hijos del cardal y las pajas bravas.
Un militar de escuela, educado en el extranjero, de donde llegara con fama de guapo -guerreado había contra los ejércitos de Napoleón- acababa de formular el siguiente postulado que en otra boca hubiera parecido ridículo por lo temerario y audaz:
-Mil doscientos hombres reclutados en las ciudades, armados según mis indicaciones, instruídos bajo mis órdenes y comprometido quedo á limpiar la pampa de foragidos.
Excusado sería decir que tan resuelta afirmación hecha por tan respetable espada, fué atendida sin pérdida de tiempo y que meses después la llanura temblaba estremecida por la marcha de un soberbio regimiento de caballería que si en su activo de gloria no contaba el hecho de haber peleado contra Napoleón, educádose había de acuerdo con la disciplina de los valientes que le resistieran.
Días hacía que la presencia de un caudillo gaucho molestaba á los inquietos vecinos de uno de los más importantes núcleos de población del sur de Buenos Aires, cuando se anunció la llegada del famoso militar al frente del flamante regimiento.
-¡Por fin! Y la tranquilidad fué en el
villorrio. Los vecinos no tendrían ya qué temer. Seguros estaban bajo el brillo de las nuevas armas, providencia de tristes, amparo de cobardes, pálio de vírgenes, custodia de infantes....
Cuando el regimiento acampó cerca del pueblo, el regocijo no tuvo límites. Se le agasajó en todas formas haciéndose votos muy serios en favor de su triunfo completo contra la indiada insurrecta é insolente que no permitía realizar su obra á los civilizadores. Estos, por otra parte, no pretendían sino la extinción de los indios y la de sus defensores, la esclavitud de sus mujeres y el secuestro de sus hijos. Como se ve, poca cosa á la verdad si se tiene en cuenta el fin progresista que les guiaba....
Pero el indio, por intuición ó por experiencia, comprendiendo el fin no se rendía. Muerto ó libre había dicho y blandía su lanza como un desesperado frente al abismo. De todas maneras muerte por muerte moriría matando, vengándose del cristiano civilizador y salvaje.
estos, quienes eran los soldados que la severa disciplina europea educara. Contra ellos nada podrían la astucia gaucha, ni la ferocidad querandí. El ínclito jefe, poniendo en ejecución tácticas modernas aprendidas en luchas dignas de lauros y consagraciones -desbaratado fué con ellas el plan de un insolente invasor de pueblos- decidido había la suerte de los habitantes pampeanos, los terribles foragidos cuya actitud rebelde detenía la obra de los civilizadores bárbaros.
Todo insometible es un foragido juzgado con el criterio del dominador. Así el militar ínclito, al frente de su regimiento en tren de asolar la Pampa, ocupaba, en relación al indígena rebelde, el sitio que Napoleón ante los pueblos que pretendiera atar al carro de sus victorias. El ínclito militar no pensaba que
el presente invasor de la Pampa fué ayer foragido en Europa resistiendo á la espada de otro invasor.
IΙ
Era el amanecer. Había seca y ya el sol quemaba. El flamante regimiento hendía los campos en aquel día de Enero, ébrio de glorias prematuras. Iba á estrenarse combatiendo á un enemigo considerado fuerte hasta entonces sólo porque eran débiles, muy débiles las fuerzas lanzadas en su persecución. Después de tres horas de marcha hizo alto en una hondonada y destacó una comisión para que interrogara desde la loma. Estaban frente á frente de la columna gaucha.
Al rato la comisión regresaba trayendo nuevas. La columna se ponía en movimiento camino del Sur. Se retiraba al fondo del desierto á paso lento como de paseo solemne. ¿Qué hacer? Se ordenó el avance y poco después el regimiento coronó la loma desde
donde lucieron al aire y brillaron al sol los blancos de los sables y los amarillos oro de los galones.
La columna gaucha estaba todavía á tiro de fusil cuando volvió á hacer alto.
- ¡Paso de carga!
Y el regimiento, como un solo cuerpo, avanzó hácia la columna haciendo los primeros disparos.
Entonces pudo verse el prodigio. Como por encanto ó movidos por un resorte la indiada y el gauchaje en dispersión desaparecieron de la vista del regimiento, cuyo jefe no sabiendo para que punto seguir avanzando hizo detener la marcha.
En minutos, en segundos, el enemigo habíase disuelto. ¡Vaya un caso!
Perdíase aun en conjeturas el jefe del regimiento urbano dirigiendo sus anteojos en todas direcciones tras la silueta de los últimos centauros en fuga, cuando allá, coronando otra loma, vió un grupo que por momentos iba ensanchándose. Se diría que la Pampa florecía en rebeldes.
-¡Más enemigos! pensó.
Y, ardiendo en deseos de encontrarles, dió la voz de avance hacia la loma.
Ya cerca de esta quedó de nuevo asombrado. Sobre ella-arte de magia-la columna gaucha, rehecha sin que faltara un solo jinete, recomenzaba al paso su retirada solemne.
La persecución duró dos días sin conseguir hacerle destrozos al enemigo, quien, más de una vez, llegó á ponerse á tiro del regimiento braveando bajo los disparos de las tercerolas de su vanguardia.
Al atardecer del segundo día, locos de sed y de cansancio, algunos soldados del regimiento rindieron sus armas y sus bríos al sol los dardeaba cruelmente. Hubo rezagados. No podían más. Diez veces el flamante regimiento estuvo sobre la columna y diez veces ésta, desbandada ante su vista, habíase rehecho á la distancia como invitándolo á un nuevo persegimiento.
el deseo de encontrar un obstáculo de verdad que alterara la monotonía de aquella persecución á un fantasma.
Momentos artes un baqueano había sostenido con el jefe un diálogo significativo.
-¿Adónde estamos?
-En el pajonal grande, al sur del Quequen.
Y el baqueano, como si el dolor común le diera una confianza desconocida hasta ese instante, agregó en tono de camarada:
-Aquí á de haber indiada escondida. Sería mejor hacerse á un lao y aguaitar.
Y esta fué la única vez de alarma, el solo aviso previsor, la nota exclusiva de prudencia, dada entre aquellos hombres ansiosos de un combate reparador que diera término á una situación más inquieta y desesperante aún que el choque cuerpo á cuerpo con el enemigo.
El jefe no oyó al baqueano y el regimiento continuó su marcha avanzando en el misterio del pajonal grande.
III
La seca en el campo es como un prólogo de la muerte. Habla de cosas que se extinguen, de agonías lentas, de dolores gimientes. El espíritu, contagiado por la tristeza de la tierra, siéntese doblegar también como los tallos de las plantas sedientas que van á morir.
El mar agitado impone, sereno emociona, la montaña da sensaciones de vértigo; el monte, de frescura ó de miedo; la Pampa seca reduce, empequeñece, agobia. El gaucho es triste quizá sólo porque no ha podido vencer á la seca. El gaucho es triste porque ha visto muchas veces morir sus ganados
—su fuente directa de vida—en pampas de luto donde se ha dejado después él mismo aniquilar lenta, desgarradoramente.
En aquel día de Enero en que un regimiento de soldados, equiparado á la moderna, perseguía el exterminio del habitante indígena de la Pampa, se hacía sentir la seca en una forma casi trágica.
El campo se arrugaba, resquebrajándose á simple vista bajo los rayos de un sol furioso. La sabandija, como en atolondramiento de locura, saltaba desesperada. La mosca brava, el mosquito y el tábano, esgrimían sus dardos y aguijones contra las pobres carnes de hombres y de bestias. El dolor estaba en el aire caliente que soplaba como si acabara de atravesar por el vientre de un horno gigantesco; en la luz, arrojada por el astro formidable como en son de amenaza, con gesto de cólera y en el suelo, dentro del cardal fustigante cuyas espinas diríase aguzadas por el calor. Todo ardía en crispamientos de desesperación y angustia. ¡En tanto el hombre sólo pensaba en exterminar al hombre!
IV
—¡Baqueano Ramírez! gritó de pronto el jefe, haciendo hacer alto ante la indiada y el gauchaje que huían.
—¡Ordene, mi jefe!
—Como Vd. ve la columna se dispersa de nuevo. ¿Dónde cree Vd. que podrá rehacerse esta vez?
—¿Quiere que le hable con franqueza?
-Diga Vd.
—Bueno. La persecución ha concluído, mi jefe. Si aquí no hay indios es porque éstos van á prenderle fuego á los pastos.
El baqueano era gaucho también y sabía de estas cosas.
—¿Usted cree?
—Que si es así van á quemarnos vivos.
—¡Hay que ordenar retirada, entonces!
—Será inútil, mi jefe.
—¿Por qué?
—Estamos en el centro mismo del pajonal. Pa cualquier lao que agarremos tenemos más de dos leguas.
—¿Y Vd. si presentía el hecho porque no ha avisado con tiempo?
El baqueano hizo un ademán extraño que quería decir: Cualquiera le hacía advertencias á este jefe, de aspecto extranjero, con más ínfulas que un emperador. Él no avisó porque la disciplina le impedía hacer oir su voz. Por otra parte algo había hablado sin que le hicieran caso. ¡Si se hubieran hecho á un lao como él dijo!..... Ahora era tarde.
Un momento después comenzaba á sentirse olor á humo.
El pajonal, adonde el caudillo gaucho con astucia felina había conducido al regimiento, acababa de ser incendiado por los cuatro costados. El incendio avanzaba en círculo hacia el centro.
-¿Para dónde irán los indios?
-Para el sur, mi jefe.
-¡Para el sur, entonces!-exclamó el jefe con gesto heroico.
-¡Cara al fuego, muchachos!-dijo el baqueano castigando el flete y perdiéndose en la espesura.
Fué la señal, el sálvese quien pueda en forma más hermosa. Los esfuerzos del jefe y sus oficiales resultaron inútiles para conservar la disciplina frente á la muerte.
Galopando ya entre llamas los soldados del flamante regimiento iniciaron la dispersión, una dispersión desesperada y única.
Al principio parecieron salamandras modernas atravesando líneas de fuego, sin ver ni sentir el efecto de éste en las carnes, Después, calentadas las ropas, se colorearon los rostros y las manos; de pronto las rachas de viento ya no producían alivio porque parecían arder también, aún en los sitios ralos de pasto, donde el incendio no prendía. Algunos caballos sintieron la asfixia antes que los jinetes y cayeron rendidos, muertos de pie, después de dar generosos á sus ginetes, al par del último latigazo, el
último aliento de vida; olor de chamusquina espesó el ambiente y todo fué desorden, gritería y horror.
La Pampa en llamas, sirviendo de tumba al regimiento, simbolizó en aquel atardecer trágico el triunfo momentáneo de la astucia gaucha sobre la fuerza disciplinada del cristiano civilizador y bárbaro.