Carne doliente/Salvaje/La pendencia
LA PENDENCIA
I
Iba loco marchando entre los pastos, altos como montes; y en el rostro, como un castigo, sentía el azote de las pajas bravas.
Cruzaba el matorral rumbo al poblado en busca de aguardiente y de pendencia. En la frente el ceño fiero, en los ojos la mirada torva y en lo interior, hinchando el nervio y el músculo, la levadura salvaje de la raza.
El viento, que soplaba del norte, empujábale con sus efluvios cálidos, de fuego; el sol cruel, terrible, le hería las anchas espaldas con sus mil dardos ígneos; y el ambiente, todo, parecía azuzarlo, espolearlo, precipitarlo hacia la lucha violenta, hacia cl choque rudo, hacia el encuentro brutal, hacia la expansión primitiva de las fuerzas combativas, latentes en nuestra naturaleza.
- ¡Aquí! dijo de pronto el gaucho, recogió con brazo hercúleo la rienda de piel trenzada y paró de golpe el pingo frente mismo de La Esperanza, el más fuerte y respetado almacén de la colonia.
Echar pie á tierra, atar la cabalgadura y presentarse como un fantasma en la trastienda reservada, fué todo obra de un instante.
Era día de fiesta y allí, sentados amablemente, charlando y bebiendo cerveza embotellada se encontraba un grupo de vecinos, hombres caracterizados de la comarca, judíos agricultores en su totalidad que descansaban do las rudas tareas semanales.
-¡Canejo! ¡Y por tan poco! En tuavia es temprano pá asustarse, exclamó en su jerga pintoresca el recién venido al contemplar el asombro de los circunstantes; y los ojos del gaucho relampaguearon en la semioscuridad de la estancia, con resplandores extraños que tuvieron la virtud de poner en sobre aviso á los plácidos parroquianos.
Tomó el importuno un banco y junto á una pequeña mesa, la única visible fuera de la en que bebían los judíos, ocupó su sitio. Golpeó fuerte después con el cabo del rebenque y esperó al mozo.
-Déme de esa misma bebida. ¡Una boteya pá mi sólo! ¿Oye?...
Volvió el mozo con una mala noticia. En la casa no había más cerveza. Así decía el patrón...
-Bueno, no importa, mire: sirvamé de esa, no más. Y señaló el gaucho, con el rebenque, la botella á medio vaciar erguida con altivez sobre la mesa grande. Los judíos se miraron sin decir palabra.
El mozo, muchacho extranjero también y bastante tímido, no se atrevía ni á desobedecer al gaucho que había entrado pretendiendo imponerse, ni á faltar el respeto á
los clientes conocidos. Al ver su indecisión el gaucho tuvo un arranque.
-¡Sirva, le digo! ¡O de no!...
El muchacho asustado tomó la puerta.
En tanto los judíos habían vuelto á mirarse y continuaban mudos, formando en medio de la sala, algo así como una grande, enorme interrogación.
-¡Canejo! dijo el gaucho levantándose con cierta majestad compadrona que le daba todo el aire de un dominador campestre, de un Mefistófeles pampeano.-¡A ver, gringos! agregó ¿por qué no invitan? ¡O van solos á tomarse todo el jagüel! Dejen un trago pá el gaucho pobre.... Y se acercó á la mesa. Alguien se atrevió á contradecirle, muy debilmente, por cierto, tratando de poner término á la insolencia.
Iba á hablar de nuevo el gancho cuando apareció el patrón.
-Haga el servicio de retirarse, será mejor para todos, dijo razonablemente el dueño de casa.
-Con usted no es el asunto, amigo, replicó el gaucho. ¡Hágase á un lao y no embrome!
Estos señores me han invitao y eso es todo; agregó socarronamente.
Con la llegada del patrón los judíos habían cobrado corage y se pusieron de acuerdo, hablando en su idioma, para deshacerse, en cualquier forma, del pendenciero. Por lo que pudiera acontecer uno de ellos tenía revólver. Y si era necesario se emplearía. La resolución. como se vé, estaba á la altura de las circunstancias y, logicamente, no podía ser otra.
Entre tanto el gaucho había tomado la botella y con una flema única se servía un vaso que empuñó á guisa de bandera. Él se consideraba ya en campo conquistado.
El más quisquilloso de los judíos retiró la botella y se le enfrentó decididamente al gaucho apostrofándole por su actitud. El salvaje no esperó más.
-¡Tomá eso! Y le arrojó, entero, al rostro el líquido servido. Entonces los compañeros se irguieron, rápidos, como tocados. por un resorte eléctrico y trataron de echársele encima al gaucho. Pero éste, como una luz, se les escurrió de las manos y, de un salto, corrióse hasta la pared, escudándose;
sacó, rápido, el arma filosa y atropelló al grupo que tuvo que replegarse hacia el fondo. Sonó un tiro, el gaucho pareció vacilar un momento; enseguida, con mirada de águila, de animal de presa, escudriñó al enemigo y cayó, daga en mano, sobre el judío armado. Después un gemido, el ¡ay! del moribundo, un cuerpo que cae, el desbande del grupo ganando, aterrorizado, la puerta de salida y, por fin, la figura del gaucho, dueño del campo ya, destacándose terrible, limpiando sobre el cuerpo del vencido la hoja del acero ensangrentada.
-¡Aura sí! lijo; tomaré solo.... Y allí, al pie del sacrificado, empinó la botella que, milagrosamente, había quedado parada en medio del estrago.
Minutos después abandonaba el gaucho La Esperanza y, á galope corto, emprendía, tranquilo, el viaje rumbo al nido de la prenda.
II
En el rancho.
-Me voy del pago y para siempre. Esta no me la perdonan, china. Tené paciencia. Puede ser que alguna vez volvamos á encontrarnos. Cuidálo al nene. Dáme un beso y cebáme un mate. El último; el de despedida. En cuanto oscuresca, y esto será pronto, me pongo en camino.
-Te has perdido, Juan; y por tu culpa. Pero yo te esperaré hasta la muerte. ¡Te lo juro!
Esta escena tierna, que no debe asombrar á nadie por cuanto también los tigres saben acariciarse, se prolongó hasta que las sombras comenzaron á aparecer en la altura.
-Adios, prenda.
Estaban en la puerta del rancho cuando se oyó, afuera, el relincho del moro atado corto adentro del patio. Enseguida ladraron los perros.
-No te asustés, china. Será mi compadre Martín. Dejáme asomar.
La pobre mujer temblaba presintiendo cosas negras. Si fuera su compadre los perros se habrían callado. En cambio ladraban desesperadamente.
Cuando el gaucho se asomó á la puerta quedó como clavado en ella. Nunca había tenido miedo. Pero ahora.... ¡No! No fué miedo lo que sintió, en verdad. Es que se acababa de ver muerto y con él la prenda y el hijo. En la puerta del rancho había más de cien hombres armados. Eran los judíos, todos los judíos de la comarca. ¡Los vengadores! ¡Ah, guapos! ¡Un batallón, un ejército para él solo! Rujían. Las fieras venían á matar á la fiera. Entonces tuvo el rasgo supremo.
-Andá con el chico voz y dejáme salir solo.
¡Quedáte, Juan! ¡No salgas! ¡No quiero!
-Si no salgo harán fuego contra el rancho. ¡Salvá al chico!
En esto una bala de winchester atravesó el rancho.
-¡Me van á matar el chico; y á vos también!
La situación no podía prolongarse.
-¡Agacháte y salí por este costado! Y la arrastró á la mujer.
El gaucho había calculado todo con precisión admirable. Aparecer de pronto, hacer fuego primero y, aprovechando el tumulto, correr hacia el caballo. ¿Podía aún salvarse?... ¡Él, no! La prenda y el hijo, sí.
III
Transformado en héroe, pues, el gaucho acababa de aparecer en la puerta del rancho. Cien cañones de muerte apuntaron á su pecho. La prenda salió, arrastrándose, con el chico en brazos, empujada por la voluntad férrea del compañero hacia el costado izquierdo. En tanto é daba un brinco de acróbata en opuesto sentido, pretendiendo descargar su viejo trabuco lleno de recortados hasta la boca. La echa, húmeda quizá, ó enmohecida, no estalló esta vez, aminorando así la figura del gaucho que, entre el fogonazo, hubiera surgido circundada por líneas de fuego, grande, soberbia, heroica, en medio de la noche trágica cuyas primeras sombras escondían el dolor y la muerte.
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-¡A mí cobard.....!
No dijo más. Allí, á diez pasos del moro, que, asustado esperaba, el cuerpo del dueño había caído atravesado por una treintena de balas certeras.
Y mientras la descarga formidable hacía estremecer el corazón de la pampa, sofocaba el estruendo el lamento de una madre y el vagido de un niño huyendo, sombras dolientes, en fuga desesperada, del furor de los hombres.