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Carne doliente/Salvaje/La traición

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LA TRAICION

I

—Vea, mi jefe. En esa nubecita de tierra que se ve allí, le aseguro que va envuelto el hombre. Si no me equivoco lleva el caballo cansado y antes de media hora caeremos sobre él.

El milico, con el brazo derecho extendido, señalaba allá, á gran distancia, un minúsculo remolino polvoriento completamente imperceptible para seres no habituados á las colosales perspectivas presentadas por nuestras áridas planicies.

Un estudio inconciente le había dado lo que podríamos llamar el golpe de ojo, aclarándole las pupilas en cuyo fondo reflejábase la vida de las pampas, como las nubes y las constelaciones en el cristal de un lago.

El que huía era un matrero. El gaucho malo, el perseguido eterno, el levantisco, el bravío, uno de los últimos ejemplaros del centauro armado, hoy en derrota pese á sus astucias de zorro y á sus guapezas de león.

Hacía once horas largas que la partida de policía, mandada por el mismo comisario, seguía tras la huella del gaucho, con encarnizamiento felino. Dos veces la fuerza armada habíase visto en la necesidad de cambiar cabalgadura, á trueque de quedar entre las breñas burlada por el flete del perseguido.

—Si no me equivoco lleva el caballo cansado. había dicho el milico, gaucho también ayer pero vendido al orden, brazo derecho hoy, guía y luz de su jefe comprometido á llevar la cabeza del matrero para presentarla á los amilanados vecinos de la población, por la integridad de cuyos intereses estaba encargado de velar.

Más que por lo hecho, la persecución del gancho habíase ordenado en previsión del futuro, de lo que pudiera realizar. Se le consideraba capaz del crimen y del robo, con superiores condiciones de dañabilidad por sus conocimientos del pago y de sus hombres. Se le temía como á nadie. La leyenda contaba de él cosas extraordinarias, actos de valor y de audacia en que su figura aparecía rodeada de resplandores siniestros. No existía hecho sangriento vi salteo célebre en que su nombre no se hallara mezclado en alguna forma. La fantasía suele ser fatal para estos personajes misteriosos, creaciones, en su mayor parte, de imaginaciones tan fecundas como simples. Era éste el caso del gaucho Ibañez, del matrero perseguido, cuya fama había traspuesto los límites del pago para extenderse por todos los ámbitos de la república, llevando á ellos un eco lúgubre de muerte.

Con la tolerancia, más, con el asentimiento, la autorización de la parte conservadora de la localidad campesina, buscábasele en el desierto para exterminarlo, tal á una fiera gruñendo en los montes.

El comisario encargado de darle caza estaba, según el milico guia, á punto de encontrarse frente á frente del gaucho, de la presa ansiada. ¿Se habría engañado el milico? Media hora después demostraba lo contrario.

II

A cincuenta metros del gaucho había hecho alto la partida. El cuadro era soberbiamente hermoso. Pocas veces ha podido darse quia nota más vigorosa dentro de un marco más plácido, más grande. La naturaleza toda hablando de paz á los hombres. Estos, resueltos al engaño, á la traición y al crímen, persiguiéndose hasta encontrarse, empujados por tempestades de iras, de odios y de venganzas.

Como fondo el desierto, fondo único de tonos inimitables, á la hora en que el sol lanza, en plenitud de fuerza, sus rayos vivificantes. Como figura saliente la del gaucho, altivo en su desgracia, al pie del caballo rendido doblándose bajo el peso del cansancio; figura antigua de líneas tan enérgicas, tan viriles, que evocan en nuestro cerebro crónicas de tiempos épicos en que el tipo de esos valientes perseguidos fué el que con más relieve destacóse en la defensa de la libertad, cantada después en himnos altisonantes por hombres más pequeños.

La melena flotando á los vientos como una negra bandera llena de pliegues, la mirada intensa y fija, con reflejos de lanza nueva, clavada en el grupo armado, el ademán sereno, resuelto del que ha jugado su vida y sólo teme al cautiverio, dábale al gaucho todo el aire de un héroe legendario digno de ser cantado por un homérida ó esculpido en mármoles valientes.

III

—Mire, Ibáñez, usted me conoce. Sabe que soy incapaz de hacerle mal; pero tengo el encargo de prenderlo. Le aseguro que antes de poco tiempo yo mismo conseguiré su libertad porque su causa tiene defensa. Por otra parte estoy seguro que usted no hará armas contra mí.....

Era el comisario quien, adelantándose solo, hablaba con voz meliflua próxima á ser convincente.

—¡El niño Martín de comisario! ¿Que si lo conocía? ¡Vaya! Como á sus propias manos. Lo había hecho jugar de chico y le había enseñado á andar á caballo en el petizo overo de la estancia amansado por él mismo.

—Oiga, niño. ¡Ni á Dios me hubiera entregao! Pero mire, dése cuenta de mi situación y digamé si es posible que me deje llevar preso así no más. Yo le pido pelear con sus soldados. Con usté nó. Contra usté no puеdo hacer armas, es cierto. Pero.... ¿Y qué quiere que haga entonces?.....

Entre tanto el comisario avanzaba, bastante confiado en el estado de ánimo reflejado en las palabras del gaucho respecto á su persona.

A pesar de su penetración, el comisario, el niño Martin de ayer, rogó al gaucho el abandono de sus armas. Iba á acercarse para hablar con más confianza y más detenidamente. Quería que se entendieran solos y en voz baja lejos de la partida que, por su orden, permanecía á distancia.

El gaucho dudó un momento y detuvo su mirada escudriñante en la del niño Martín. Esto fué su perdición, pues vió en ella los mismos reflejos que tenían los ojos de aquel chico á quien antaño hiciera jugar, ocultándole la intención un fenómeno de espejismo mental al que contribuía su viejo afecto despertado de pronto.

—¡Como voy á dudar del niño!.... Y el gaucho abrió su poncho pampa, colgado á manera de escudo en el antebrazo izquierdo, arrojandolo sobre los pastos. El comisario seguía sus movimientos sin perder un detalle.

—Y ahora ahí están mis armas. ¡Vea! Y empezó á echarlas en el poncho. Primero la daga. Las dos pistolas después. ¡Y hasta el rebenque también! ¿Para qué lo quería si iban á hablar como amigos?.... Y el gaucho se irguió cruzándose de brazos á cinco pasos del poncho.

—Diga no más, niño. Usted sabe que le habla siempre al criollo viejo.

Tratando como antes de inspirar la mayor confianza el comisario avanzó hasta ponerse frente à frente del gaucho desarmado.

—Escúcheme, Ibáñez... Y el comisario posó sobre el hombro del gaucho la mano izquierda en tanto que, disimulando el movimiento en lo posible, con la derecha desnudaba el revólver.

—¡Ahora sí! Tomá, gaucho pícaro!.... Y sobre el pecho del hombre descargó el arma.

—Fué como un rayo. El gaucho vaciló un momento.—¡Ahijuna, Dios me ha vendido! dijo después y avanzó sobre el poncho donde estaban las armas. Sonó un segundo tiro al propio tiempo que, claro y vibrante, podía percibirse el galope cerrado de los caballos de los milicos que avanzaban hacia el grupo, sable en mano.


—¡Niño Martín!.... ¡Qué ha hecho!... Y cayó desplomado.

El gaucho había muerto de pie con los ojos fijos en los de su matador, sin poder ver en ellos ya los reflejos del niño de ayer, la fiera de hoy convertida en autoridad.