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Carne doliente/Simbólica/El sacrificado

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EL SACRIFICADO

I

¡Adelante! Por encima de las tumbas:

¡Adelante!

GOETHE.

Triste y bueno. Así era. No se le había visto llorar nunca pero su rostro, su pequeño y fino rostro de niño, parecía hecho, amasado con lágrimas y hojas de rosas otoñales. Cuánta suavidad, cuánta dulzura la que trasparentaban aquellos ojos, grandes, muy grandes, lo único grande en aquel rostro casi enjuto; cuánta amable caricia escondida en aquella boca que solo sabía de palabras afables cuando hacia los demas iban; y qué de sombras, trágicas y crueles, en esa su frente altiva, soberana, corona espléndida de un armazón endeble, enteco, indigno para sustentarla!

Vivía amando, esparciendo á su alrededor algo así como un hálito puro de esencia humana, proyectando luz tan potente de belleza y bondad que más parecía aquel cuerpo una de esas flores-tal las pequeñas magnolias―que, después del martirio, ya marchitas y estrujadas, dan á los vientos su mas grato, su mas intenso perfume.

Vaso deforme y raro. aquel organismo, parodia infame del hombre, aplastaba su vida psíquica, desmoronándose más cuanto mayor campo de acción buscaba aquella para expandirse.

-¡Para qué he de servir? decíase el pobre niño, presa de la epilepsia, al contemplar, impotente, el combate brutal por la vida en que padres y hermanos hallábanse envueltos. A la casa pobre cada uno aportaba su material contingente. Ellos, cada uno constituía una columna dolorosa. ¡Qué el edificio pesaba y los hombros, los pobres hombros no presentaban mayor resistencia! Y carga, pesada carga también era él para aquellas columnas que á quebrarse empezaban. ¡Oh, bien lo comprendía el mísero cuerpo presa de la epilepsia!

El pobre niño pálido deteníase á meditar y, fronte à frente de la vida, argumentaba.

-¡No puede ser! decía después; y, al lanzar el grito, erguía la frente altiva agitando hebras de oro sobre el cuerpo enteco.

Entonces era cuando las sombras, trágicas y crueles, se arremolinaban formando tormenta, y, al sacudir el cerebro, podía vérseles á través de los ojos, cristales puros, dar pábulo á un pensamiento. A un pensamiento enorme, muy grande y muy negro, con bordes rojos.

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II

Sobre la mesa donde él había atado el arma para poder degollarse con el propio peso de la frente altiva, las hebras de oro flotaban sobre la sangre humeante que alcanzaba á manchar la plana amarillenta donde el pobre niño había escrito su última cláusula. El testamento del suicida era corto. Era una síntesis puesta en una palabra, síntesis que yo he descifrado. Decía: Goethe!...