Ir al contenido

Carne doliente/Simbólica/Hércules

De Wikisource, la biblioteca libre.

HERCULES...

I

Talla enorme. Diríase un Hércules caricaturado. Pero un Hércules bondadoso. Se le quería y admiraba por obrero hábil y de una integridad total. No había una mancha en su vida. Tuvo dos cultos: la amistad y la causa. Defendía el derecho de los forjadores de vida, de los que, como él, batallaban en el taller moderno, esclavos del capital. Hablaba poco y accionaba siempre. No escatimaba nunca el esfuerzo y allá donde era necesario un brazo ó una partícula de cerebro estaba listo el suyo para el sacrificio, dispuesta la partícula para arrojarse como germen. Valor lo tenía á todas horas para brillo de los suyos y mengua de los enemigos. Luchador, como ninguno, parecía dotado por la naturaleza de los mas altos atributos de hombría.

La exageración de sus formas dábale un aspecto raro é impresionante. A ser adusto hubiera causado temor al mas decidido. Pero en sus labios la sonrisa era habitual y ella borraba, segura y rápida, el primer movimiento de disgusto sentido al chocar con su silueta. Sus ojos claros, de una claridad abismática, ponían después una nueva duda en el espíritu de quien le contemplaba por primera vez pero, si hablaba, volvía la duda á desaparecer arrastrada por el ademán gentil y suave, por la voz impregnada de ternuras aunque serena y clara y sin una debilidad en la emisión.

Una vez, en una asamblea de obreros huelguistas á los que él pertenecía, tuvo ocasión de poner a prueba, como nunca, la pujanza de sus músculos y la entereza de su ánimo. La policía, confiando en la audacia y la sorpresa, tentó un golpe de mano para disolver la reunión y, á no ser por la actitud heroica del Hércules, á buen seguro lográralo sin grande dificultad. Allí, en la puerta del salón asaltado, casi solo, porque hasta era un peligro combatir á su lado, puso á raya á los salteadores uniformados blandiendo sobre sus cabezas y, á guisa de masa, un banco de madera.

El enemigo huyó, maltrecho, excepto un oficial criollo, el jefe de aquella banda, quien, revólver en mano y sintiendo despertarse en él todo el instinto de guapeza heredado de sus abuelos, esperó, á pié firme, al Hércules en el terreno que creía conquistado. Avanzó el héroe y sonó el primer disparo. Todos creyeron ver: la bala había dado en pleno pecho: pero el héroe siguió su camino en derechura al sayón. Éste, sin inmutarse al parecer, hizo girar el tambor del arma y otro fogonazo incendió el aire. Los circunstantes volvieron á ver; la segunda bala acababa de encontrar idéntico alojamiento que la primera en el pecho del Hércules que avanzaba siempre. Entonces, lívido de coraje ó de rabia, el oficial pretendió ensayar de nuevo. Ya no era tiempo: sobre su cabeza se agitaba la masa, el banco, que descendió, formidable, abriéndola en cuatro. Solo, sin ayuda, el Hércules, atravesado el cuerpo por el plomo legal y homicida, salió á la calle donde incitó á los remisos, reunió á su alrededor á los suyos y, escoltado, con asombro de las gentes, cruzó la ciudad en dirección al barrio obrero donde tenía su guarida. Un mes después su palabra volvía á oirse en las asambleas obreras impregnada de ternuras.

En otra ocasión, triste ocasión por cierto, exteriorizó su generosidad realizando un acto que, á no ser suyo, hubiera asombrado á todos. Un compañero de taller había muerto dejando hijos y mujer en estrechez lastimosa. El Hércules vió el cuadro miserable y se propuso remediarlo solo. Acudió á su casa, tomó de ella todos sus útiles de obrero, todos sus ahorros, todo lo que había de algún valor, en fin, y corrió á realizar los objetos en el primer bric-á-brac con que tropezó en la calle. Ese mismo día la mujer, afligida, recibió en el apretón de sus manos de coloso el importe de todo su haber sobre la tierra.

Así era él. Impulsivo en la bondad, generoso hasta la esplendidéz y el sacrificio; valiente hasta la temeridad; Hércules siempre...

II

Un día corrió entre los amigos del Hércules la sin par noticia. Estaba enamorado... Nadie había pensado jamás que aquel hombre-montaña pudiera tener novia. Por otra parte nadie, asimismo, pudo hacer recuerdo de haberle conocido alguna relación amorosa. Y esto, ignorase el motivo. no fué causa de extrañeza. Lo era si, lo otro, el que tuviera novia. Grande fué, pues, la curiosidad despertada por conocerla. ¿Quien era ella? El asombro redobló al saberse. Pequeña pero armoniosa. Una figurita vivaracha, elegante, frágil en apariencia, sèvres viviente. Tal era ella, la novia del coloso. Al evocarla uno imaginábase verla quebrarse, hacerse pedazos en sus descomunales manos. ¡Pobre figurita!...

Cómo aquella porcelana animada, aquel ser delicado de contextura endeble, había fijado sus picarescas pupilas en el armazón formidable, en la estupenda fachada de aquel gigantón terrible, pese á su sonrisa permanente y bondadosa y á las condiciones excelsas de su corazón magnánimo, fué cosa ignorada hasta hoy. Bástenos saber que ella le amó porque el amor tiene cintas para medir todos los cuerpos y rodearlos con lazos fuertes, así sean ellos más anchos y más elevados que el del mismísimo Atlante.

Retraídose había el Hércules de todos los sitios adonde solía encontrarse con los amigos y camaradas. Tiempo hacía que su enorme presencia no animaba las reuniones obreras donde antes fuera infaltable, ni los cafés adonde entraba como en casa propia saludado y admirado por la mayoría de los parroquianos. En cuanto á los compañeros de taller tampoco sabían palote de su vida. No iba al trabajo desde que se supo la noticia, la gran noticia de sus amores. Alguien que le viera por casualidad y le entrevistara en la calle dió sobre él datos extraordinarios, que, corriendo de boca en boca, llegaron á forjar una leyenda, la del Hércules triste. El Hércules enamorado sufría. ¿Qué seria ello? Nadie osó imaginarlo siquiera pero todos, sin dar con la causa de ese dolor, presintieron algo extraño, algo funesto, sombrío, como si, al escuchar la relación, sintieran á sus espaldas el soplo de un aletazo trágico.

III

Una noche de estío, amable, alegre, diáfana, el Hércules había invitado á comer á un grupo de amigos íntimos. Media docena quizá. En el comedor del restaurant preferido, preparada de antemano, esperaba la mesa. Como otrora llegó el Hércules causando placer su presencia. Alguien creyó notar un cambio en la habitual sonrisa pero la advertencia no encontró mayor acogimiento. No todos eran capaces de penetrar aquella faz, en la que por primera vez aparecía el disimulo.

Sentados los comensales el Hércules se apresuró á manifestar el objeto de su invitación. Era aquella una comida de despedida. Un motivo muy intimo, que por el momento callaba, le obligaba á embarcarse al siguiente día para un punto que también callaba. Esta declaración la hizo en un tono especial, extraño en él, pero fué tal la seriedad del gesto con que acompañó las frases que los amigos resolvieron respetar el misterio conque las envolvía. Uno, sin embargo, se atrevió á hacer una alusión á su compromiso amoroso.-No me caso, interrumpió el Hércules, fría, casi agresivamente. Entonces el misterio tornóse absoluto y nadie osó ya penetrarlo.-Y ahora no se hable más del asunto hasta que yo escriba. Será pronto. Era una orden digna de acatarse por cuanto él la daba deseando, agregó, que en aquella reunión no se ocuparan sino de estar alegres, ya que él también lo estaba pese á la circunstancia antedicha.

¿Cómo insistir? La imposición se hacía en tal forma que ella adquiría todos los contornos del derecho. Él quería callar, hacer silencio sobre lo que á él solo pertenecía y la amistad tropezaba allí con la más elemental discreción.

En tanto habian empezado á vaciarse las copas y el vino italiano, caliente y generoso, empujaba à los espíritus hacia la placidez y el olvido.

Decidor como nunca el Hércules promovió varias discusiones sobre árduos temas de actualidad social, buscando, empeñosamente, la opinión ajena que él exijía clara y neta en los problemas de interés colectivo á dilucidarse en el siglo.

Llegó á hablarse del sacrificio individual realizado en aras de una idea y entonces él tuvo un estallido. Pareció iluminarse de pronto y, como transfigurado por la emoción, pretendió hablar y no pudo. Dijo entonces cosas incoherentes, sin hilación para los otros, vacías de sentido. De pronto guardó silencio. Fué aquel un momento solemne. El Hércules miró á sus amigos, dejó caer la copa que iba á llevar á los lábios por vigesima vez, hizo una mueca lenta, tan lenta como horrible y rompió á llorar. Parecía un lobo con lágrimas. Aquellas no eran lágrimas de hombre. Le creyeron borracho pero no se lo dijeron. El cariño hacia él podía mucho; tanto que, por una rara sujestión, llegaron á creerse ya borrachos todos. ¡Cuando el Hércules lo estaba!... ¡Pero no! Él, serenándose, explicó el fenómeno. Aquel estado provenía del dolor sentido por él al no poder entregar su vida en holocausto á las ideas de redención humana por las cuales luchaban todos. Si, él había soñado, en más de una ocasión, entregar su vida, su miserable, su triste, su despreciada vida, en bien de la causa y el porvenir. Su dolor estaba, pues, en eso. ¿Podían encontrar fuera de lugar aquel sentimiento? ¡Oh, él lo sabía! Todos, todos los compañeros lo abrigaban con más o menos fuerza. Y pasó á otro tema.

Antes de terminar la comida pidió, en reserva, á uno de sus amigos, el más joven, se hiciera cargo de un dinero que le sobraba, después de descontar todos los gastos de su viaje. Ahí lo tenía; se lo entregaba para ser distribuido entre los periódicos, de propaganda revolucionaria en el mundo. É indicó nombres y ciudades. París, Madrid, Londres, Ginebra, Buenos Aires. Él no tendría tiempo,-el vapor salía temprano,-y pedía aquello como un servicio. Terminado el encargo volvióse á beber á charlar. Se estaba en los postres y el Hércules no había casi probado bocado. Eso sí, bebía por diez, febril, casi desesperadamente. De pronto, y como si se apercibiera de algo importante, dijo, más para él que para los que le escuchaban: si continuo bebiendo no podré embarcarme luego. Y reaccionando:

-¡Mozo! café.

Divagóse un rato más, tocáronse otros temas de escaso interés y la velada dióse por terminada. Eran las doce de la noche. Y eso, para hombres de trabajo, para obreros de taller, equivalía á haber perdido como minimum dos horas de sueño.

Ya en la calle y como obedeciendo á un acuerdo tácito, todos acompañaron al Hércules hasta su casa. Sin fundamento, al parecer serio, una especie de presentimiento triste cerníase sobre el grupo y á ninguno le pareció extraña la resolución tomada por el más joven: permanecer al lado del Hércules hasta el día siguiente, por si era necesaria su presencia antes del embarque.

Aceptada la resolución realizóse la des- pedida exigiéndose noticias prontas del fu- turo viajero.

Este contestó afirmando y confundiendo en un grande abrazo todos aquellos pechos de amigos leales.

-¡Salud, compañeros!...

Desde el umbral el Hércules dirijía su último saludo sellando el rostro con su habitual sonrisa pero esta vez más llena de bondad y misterio.

IV

A las seis de la mañana, cuando despertó el amigo pudo ver al Hércules sentado á su mesa de trabajo, rodeado de piedras y tintas, el Hércules era litógrafo, y escribiendo calmosa pero atenciosamente. Cerca, una tetera y una taza recien servida.

-¿Quieres acompañarme? Tóma. Y le sirvió del liquido humeante.

Amodorrado aún el joven amigo contestó, aceptando, en palabras balbuceadas. Enseguida dióse cuenta de que el Hércules no había dormido aunque no fuera esa la intención manifestada al entrar en casa.

Sin embargo pensó que asuntos urgentes, relacionados con el viaje en perspectiva, le habían impedido realizar su intención y viéndole preocupado prefirió no interrumpirle. Bebió el té y se tiró de la cama. -¡Y, ahora? Vestido ya el amigo se ofrecía al Hércules.

-Antes de nada, ésto. Y le alcanzó un boleto. El boleto decía: «Fotografía X. Una docena de retratos». Vé á buscarlos. Son las siete. Antes de media hora puedes estar de regreso.

El amigo se asombró un poco. Jamás el Hércules había perdido tiempo en esas bagatelas.

Comprendiendo la duda fué ésta disipada con rapidez notable. El viaje... algun accidente que pudiera ocurrir...—¡estamos en todo momento tan expuestos á peligros!...- Y, al fin, aquello era siempre un recuerdo ó cuando menos una curiosidad... ¿No deseaba él uno? Desde ya se lo daba. Podía tomarlo desde que se los entregaran en la fotografía.

-Pero no pierdas tiempo. Vé y vuelve, pues. Tendrás cosas más importantes que hacer... Y salió á escape.

......................................... .........................................

Cuando regresó el amigo, pudo, llorando, reconstruir la escena ocurrida durante su ausencia y en esta forma.

Ya solo el Hércules, y una vez terminada la tarea á que lo dejara entregado, se había erguído, tan alto como era, dando tres pasos hasta llegar á su mesa de luz de donde sacara el arma que aún conservaba en la mano rigida; recostóse en la cama y, sereno, quizá sonriendo bondadosa, misteriosamente, apoyó el cañon de acero en la sien despejada. Después sonó el tiro que no oyera nadie y el cuerpo, por un movimiento convulcivo, había ido rodando así, hasta el pié de la mesa donde estaba sangriento ante sus ojos atónitos y preñados de lágrimas ardientes. ¡Pobre Hércules! ¡Tan bueno, tan generoso, tan exesivo, tan grande de veras! ¡Y cómo le habia engañado! Pero ¿por qué? ¿por qué? ¡Qué horror! ¡Qué tristeza! ¡Qué maldición! ¡Qué injusticia! ¡El Hércules muerto y por su propias manos! ¡Sí, allí estaba! ¡Era él el Hércules, aquel su noble amigo, esencia pura de humanidad, luz de vida, muerto, muerto! Quizo salir huyendo pero un sentimiento íntimo le detuvo frente á la mesa donde, minutos antes, le dejara al parecer lleno de alientos, exteriorizando su dolor, fijando sus pensamientos postreros.

Las cartas del suicida eran tres. Intimas y tan misteriosas como su sonrisa. ¿Por qué se mataba?

Sus cartas, impregnadas de ternura todas, no lo decían. Parecía que su intención final era la de llevarse el terrible, el formidable secreto. Y á fé que nadie lo hubiera desentrañado si él mismo, con anterioridad, no lo hiciera redactando su propio epitafio. En uno de los cajones yacía un manuscrito que el amigo curioso desempolvó: producto soy del esfuerzo de muchas generaciones; en mi acaba la extirpe. ¡Hasta aquí dijo natura! Soy la expresión más alta de mi linaje; pero en mi acaba la raza; los Hércules no dejan descendencia; impotentes son... Así yo.

Y el amigo, evocando los ojos picarescos de la novia enlutada,—la figurita de sévres, delicada y frájil,—quedó convencido de que el Hércules acababa de caer aplastado por su propia impotencia.

¡Y así todos los Hércules!...