Carne doliente/Simbólica/Job en la calle
JOB EN LA CALLE
Llovía. Caía el agua, implacable como un dolor. Era uno de esos aguaceros torrenciales que castigan, que azotan si dar tiempo siquiera á esquivar el bulto, á guarecerse. Chaparrones que, de improviso ¡zas!-agua, rayos, truenos-como una bomba, que digo, como mil bombas, caen sobre las pobres ciudades, inundando sus vías como ríos, mojándolo todo, salpicándolo todo, ensuciándole todo. Peatones, sorprendidos á muchas cuadras de sus casas, que entran chorreando en el primer café con que tropiezan; modestas mujeres que, inútilmente, buscan un coche donde meter sus maltrechas figuras; temerosas obreritas que, rápidas, bajo las gruesas gotas, marchan esperanzadas ¡ay! vanamente, en llegar á sus talleres sin estar hechas sopas; viajeros de tranvías descubiertos á quienes las cortinas, empapadas, golpean cruelmente el rostro; y, por fin, niños y perros vagabundos que solo se atreven á detenerse sobre un umbral, al abrigo-¡misero abrigo!-de algún portalón de Banco ó de casa rica, sin temor esta vez de que el portero verdugo les rompa una costilla de un palo por insolentes y sucios.
Ibamos entre los pasajeros de un tranvía, Via Paseo de Julio. Y fué al llegar á una de las esquinas centrales que, puestos en la disyuntiva de optar entre la espada, que en este caso era el vehículo abierto, y la pared, optamos, sin titubear, por la pared. Nos echamos al río, pues, es decir, á la calle, y, de tres saltos, como nuestros, estabamos bajo la vieja recoba bonaerense sacudiéndonos el saco para evitar la caladura.
En la calzada, frente mismo á nosotros, estaba un hombre sentado. A nuestro alrededor había otros muchos esperando á que la lluvia disminuyera sus ímpetus. Oí decir á uno de ellos:-¡diablos! en ninguna ciudad del mundo cae el agua como en esta! ¿Conocería nuestro hombre otras ciudades? Todo puede ser.
En seguida fíjome en el hombre sentado. No sé que de extraño le encuentro.. Fijome nuevamente. Ahora los rasgos de su cara me producen una impresión dolorosa. Me parece que ese hombre sufre. Acércome. ¿Qué tiene? interrogo. ¿Por qué hace esas muecas tan raras? Los músculos faciales movíansele como azogados. ¿Qué le pasa? El hombre me contempla un instante. Después—¿quiere saberlo? dice en tono brusco.—Sí.- Bueno, déme tabaco primero. Saco un cigarrillo. A todo esto algunos curiosos se han acercado. Ninguno de ellos, hasta ese momento, había reparado en el hombre que sufría...
Este ha deshecho ya el cigarro y masca el tabaco, todo el tabaco, como si fuera un pan. Acto continuo se para ante nosotros. Mira ¿Hay en él algo de terriblemente trágico ó es ficción de mis ojos predispuestos siempre á ver lo que no existe? Escuchad. De un tirón ha abierto su chaqueta. Como movido por un resorte uno de los curiosos huye bajo la lluvia. No puede más. Aquello es espantoso. Oculta por la ropa estaba la llaga. El hueso, la eslilla al aire, rodeada de carne fétida, podrida. Podrida, sí. Yo he sentido su hedor, la he admirado con mis ojos, la he cubierto con mis manos. ¡Estaba podrida!
Es feo ¿verdad? díjome el hombre. Pero hay algo peor aún; agregó. Y se tomó la cabeza con ambas manos como si pretendiera arrancarla del tronco. Hay algo peor y es que la llaga me duele hasta aquí. Y movía la martirizada cabeza. En tanto la herida permanecía al aire, como una bandera de odio, de rencor que no muere, que no puede morir.
El hombre me seguía mirando: Yo le di el nombre de su enfermedad.
-Sí... sí... eso me han dicho en el hospital. ¡Pero no me curan, no quieren curarme!...
¡Con qué dolor dijo esta frase: Creedme: oir el acento del viejo era más terrible, si cabe, que ver su llaga.
Di vuelta. A mi alrededor no quedaba nadie. Estaba solo con el enfermo. ¡Nadie! ¡Nadie! ¡Nadie! ¡Todos huian! Mientras, la herida continuaba al aire, como una bandera de odio, de rencor que no muere, que no puede morir ya.
Entonces pensé que de ella salian, en multitud, las ondas fétidas que el viento de la tarde llevaba, presuroso, hacia los cuatro puntos cardinales de la gran ciudad.