Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir)/De amor/La sugestión
LA SUGESTION
I
—¿A pistola?
—Sí; á pístola.
—¿Apuntando?
—Diez segundos.
—¿Pasos?
—Veinte.
—¿Hora?
—La seis y media.
—¿Sitio?
—¡Espléndido! La quinta de Andrés, bajo los manzanos en flor, frente al rio azul, allá al oeste, en la parte más alta de la ciudad, la primera que baña el sol...
—¡Asesinos! Están locos todos; ella, la impávida; ustedes los cómplices: ellos, los ciegos, los pobres....
¡Habla, impreca, insulta: todo es inútil! Lo hecho, hecho está.
—¡Y á lo hecho, pecho! ¿no es verdad? Pues bien, sábelo de antemano: ustedes, sí, ustedes serán los responsables de esa muerte. Más aun que él. Porque al fin él...
—Precisamente, en su calidad de ofendido, él ha impuesto las condiciones. Y se aceptaban ó se rehuia el lance. En cuanto á nosotros, teníamos órdenes terminantes de aceptar el duelo.
—¡Ah, bárbaros! Pero ¿no se dan ustedes cuenta del crimen? Estos ojos han visto la proeza. A veinte pasos ese hombre parte una nuez de un tiro. ¿Como quieren entonces ponerlo frente de Ernesto? Piensen ¡oh, irresponsables! que nuestro buen sabio no ha manejado una arma en su vida.
—Tampoco no había tenido ninguna aventura, y sin embargo...
—Sí, una y basta: porque en ésta lo perdemos para siempre, lo perdemos.
—Lo que puedo asegurarte es que él permanece sereno, confiando quién sabe en qué estrella.
—¿No sería posible aún alguna estratagema que impidiera el encuentro? Meditalo, Juan.
—Bátete tú por él y asunto concluido.
—¡Ah, farsante trágico! ¿Conque yo por él? ¿Y por qué no? Puedes creerlo: no sería yo su padrino, á buen seguro, pero su reemplazante sí, sin titubear.
—Bueno, basta. Déjate de reproches y ve luego al club, donde nos será dado presenciar un espectáculo raro en verdad: el de un hombre que no teme á la muerte.
—Hasta luego, entonces.
—Hasta luego.
Y en medio del bullicio de la calle estréchanse las manos los dos amigos.
II
En el club.
—Debe ser curioso el caso. Cuenta tú los detalles. Todos, sin omitir ninguno.
Y un rubio ladino y buen mozo, poniendo en sus frases cierta especie de voluptuosidad propia del tema, explicó cómo Ernesto Daymond, el joven estudiante, gala y orgullo de su curso, había conocido á la bella y valiente mujer, causa del sonado drama cuya última escena debía desarrollarse en el próximo amanecer.
Como siempre, la casualidad los había unido. Entregado á sus libros, él hacía vida de estudio y de miseria. Triste estancia lo guardaba en el piso último de conocidísimo hotel, parodia de piedra de la organización social que alcanzamos, lujo desbordante en la base, modestia afectada, pasar dificultoso en el centro, fuerza, trabajo, dolor arriba.
Allí, arriba, estaba Daymond, el joven estudiante, gala y orgullo de su curso, y allí, arriba, había llegado ella, Vera, la valiente, la impávida compañera de aquel tirador célebre por su «suerte de la nuez». difícil y peligrosa en verdad. Imaginaos que, finalizando una serie de admirables ejercicios de tiro, en los cuales se hallaba siempre en peligro la vida de Vera, ésta sacaba del bolsillo izquierdo de su pantalón azul una pequeña nuez que colocaba serena, majestuosa, heroicamente, sobre su hermosa cabeza, en el centro mismo de su cabellera, partida con sencillez en dos como la de un muchacho. Un momento de silencio absoluto, una racha fría cortando el ambiente de la sala, y el estampido llegaba aliviando la sofocación de muchos pechos. La nuez había saltado al aire convertida en fragmentos microscópicos y Vera, tranquila, serena, casi fría, saludaba con ademán gentil á un público más estusiasta cada noche.
Como amor encendió aquellos dos corazones, ni se pregunta, ni se explica. No hay para qué. Baste saber que los ojos de Vera habían entrado proyectando torrentes de luz nueva en el misero habitáculo de Ernesto y que éste fué feliz hasta que un descuido, una indiscreción, una fatalidad, si queréis, hizo que el terrible y celoso dueño, el célebre tirador Horman, los sorprendiera en pleno y delicioso idilio.
Horman hubo de matar á Ernesto en aquella ocasión. Pero cuenta éste que los ojos de Vera lo salvaron. ¡Cómo miraron á Horman los crueles, los bellos ojos! Eran ellos, sin duda, los que guiaban la mano del tirador en el teatro. Y al hacer esta observación recordaba el estudiante la forma en que Vera miraba á Horman cuando un tiro fallaba el blanco. Era indudable: los crueles, los bellos ojos guiaban la mano del tirador en el teatro...
III
A la seis y media, padrinos y duelistas estaban sobre el terreno. A pesar de lo que pudiera suponerse, el aire de Ernesto no era el de un condenado á muerte. Por el contrario, su seriedad aparente, si no asombraba, infundía algo de misterioso y sugerente en aquel soberbio despertar de primavera en que por vez primera iba á jugarse la vida en una forma tan loca.
La verdad es que en ese momento él no tenía presente sino los ojos de Vera, los crueles y bellos ojos cuya luz estaba en los suyos y que, podía asegurarlo, guiarían esta vez también la mano del tirador.
—Un tiro... á veinte pasos... apuntando diez segundos... Era exactamente la prueba de Horman en el teatro. La «suerte de la nuez»... ¡Pobre Ernesto! ¡Pobre niño! Ni el recuerdo de la clase de ofensa hecha á Horman que, por su índole, ponía al estudiante en tan excepcionales condiciones, constituía motivo suficiente para aminorar el grado de compasión que los curiosos sentían hacia Ernesto, en quien se empeñaban en ver un sacrificado á las iras del tirador. Deseos sentían algunos de insultar á Horman por cobarde.
Revisadas convenientemente las armas, indicados los sitios respectivos de los duelistas por los padrinos, y colocados aquellos en posición de hacer fuego, hubo alrededor de esta escena el mismo silencio é idéntica expectativa á la que Horman provocara todas las noches en el teatro con su célebre suerte. La imagen de Vera, fría, impasible, estática, estaba allí representada por Ernesto cuyos ojos miraban al tirador con la misma fijeza, el mismo gesto, casi diríamos la misma amenaza, con que la bella mujer atraía hacia sí toda la simpatía de un público conmovido.
Dada la voz de «¡apunten!» se vió á Ernesto, más seguro que nunca, mirar al adversario, sacar su mano izquierda del bolsillo del pantalón y hacer el mismo ademán, sereno, majestuoso, casi heroico de Vera, al llevarse á la cabeza el fruto que la pistola de Horman no dejaba de herir nunca.
—¡Fuego! Y el prodigio fué. La bala de Horman había pasado rozando la cabellera de Ernesto por el propio sitio donde éste colocara su mano. ¡Horman había apuntado á la nuez!... El estudiante acababa de realizar con él un caso de verdadera sugestión, aprovechando en su beneficio la fuerza de la costumbre. Demás está decir que la bala adversaria sólo consiguió asustar á dos gorriones que saltaban, traviesos, entre los manzanos en flor.
Ante sonrisas incrédulas, Ernesto sostiene que los ojos, los hoy para él dulces y siempre bellos ojos de Vera, habíanle salvado la vida por segunda vez. Los bellos ojos cuya luz estaba en los suyos....