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Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir)/Salvaje/El enemigo

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EL ENEMIGO...

I

El dia era hermoso. Tranquilo, suave, transparente, fúlgido. Dia de primavera. Los campos parecían dormir como aletargados en una embriaguez deliciosa. Se diría que el amor y la voluptuosidad brindaban, de consuno, en la copa dorada del triunfo, el himno grandioso, solemne y serenamente radiante de la vida. ¡Oh, luz!

Todo esplendía. La pampa, floreciente, crepitaba bajo la caricia fecundante del gran sol, centro del universo que dijera el anciano maestro en clausula tan imperecedera como su nombre.

Loca de espasmos la naturaleza toda daba á los vientos el lamento, la queja, el grito del eterno parto, de la eterna transformación, de la perpetua mudanza. Era la aurora.

Alegres, con el músculo fuerte y el cerebro. en ebullición continua, cruzabamos un pedazo del jardin porteño totalmente enbierto por silvestres flores, sobre cuyas hojas temblaban, lucientes, las gotas del rocio nocturnal. Todo parecia empapado de agua, luz y color.

Bella era la vida en medio de aquella gloria, de aquella palpitación. de aquel bregar sin tregua, en que los elementos todos, - fusion de átomos- presentaban el espectáculo de la gestación del mundo á simple vista de ojo.

¡Qué ansias de gustar cosas y sensaciones nuevas! ¡Qué deseo de sentir el hálito de las fecundaciones perennes invadiendo nuestros

pechos, infiltrándose en nuestra sangre, inundando el cauce vivo de nuestra existencia!


Sobre una loma cercana un grupo. Doce ó catorce hombres, ginetes todos en gordos pingos de campo.

-Caso extraño, dice mi compañero, un criollo de pura cepa - sangre de andaluz y de querandi-tanta gente por este lado, á estas horas y todos juntos.

-Acerquemosnos.

Y, de un galope, estabamos sobre la loma.

-¡Salud, compadre!

-¿Que pasa?

-¿No sabe!

Y escuchamos, por boca del gaucho más ladino del grupo, el tremendo drama.

II

La tarde anterior, ébrio y loco, el gaucho Ferreyra habia llegado á casa del colono Straus, el viejo colono honra y orgullo de la comarca.

Maria, la más rubia y la más linda de las hijas del colono, salió á recibirle en el palenque.

Desmontado el gaucho acondicionó su cabalgadura y, mientras ataba corto al pangaré oscuro, el más conocido, de los fletes del pago, miraba á la muchacha con ojos llenos de codicia trágica.

-Vengo á buscarla, rubia... porque quiero que sea mia ¿sabe?...

Y le tiró un manotón de bruto que la muchacha esquivó, ágil, huyendo, despavorida, en direccion á las casas. Avanzó el gaucho arrastrando el poncho y el rebenque, prendas ambas que llevaba como colgadas en la mano izquierda y, al enfrentar á la puerta del comedor de la modesta vivienda, exclamó sin quitar los ojos del cuerpo hermoso de Maria que trataba, á toda costa, de esconderse detras de las polleras maternales:

-¡Ahijuna! ¡No te has dir lejos aunque te defienda el gringo!

Y los ojos del gaucho continuaban brillando llenos de codicia trágica,

Su frase era una frase de enojo. Se diría que hablaba, no á una mujer á quien se desea, sino á un enemigo á quien se odia.

¡Y Maria era su enemigo; el enemigo!... La madre, leona herida en su orgullo y en su carne, se paró, bravía, ante el gaucho insolente.

-Mire Doña, pa mi todo es igual; vengo resuelto. ¡Me da la hija ó los mato á todos!

La leona se vió impotente. Estaba sola en la casa con las hijas. ¿Qué hacer? Sin embargo ensayó un golpe de astucia pero sin resultado. Y al verse perdida quiso morir resistiendo.

La casa entonces fue inundada de sangre y el gaucho hizo suyo á un cadáver. ¡La pobre rubia! El enemigo...


El relato terrible acababa de dejarnos mudos.

-¡Qué horror! dijo al rato alguien.

Otro esclamó:

-¡El gaucho Ferreyra! ¡No puede ser! Si es un buen hombre... yo le conozco... Y terminó, balbuceando, como abismándose en su terror: no puede! no puede!...

Un indignado, impulsivo, rugió:

-¡Debe morir!

Entretanto yo trataba de hacer el proceso de aquel estallido bárbaro y primitivo de calor sensual y sangriento, que habia impulsado al gaucho á aquel crímen que, para todos los demas circunstantes, no tenia nombre, emplicación ni justificativo humano posible.

III

-Ese debe ser Ferreyra.

-Lo traen maneao y con grillos.

-¡Y vienen con él como trescientos!

-¡Pucha con los gringos guapos!

—Lo que es de esta no cuenta el cuento.

-¡Lo debian de hacer achuras!

-¡Oh, y de no! Los suizos no son mancos; ya verás vos. Van camino é la iglesia. Pa mi que esto va á ser como en día de elesiones.

-¿Vamos, Don?

-No hay inconveniente.

Y partimos.


Mientras galopabamos yo continuaba formulando en mi cerebro el proceso de aquel caso.

No podría fijar aqui terminantemente como llegué á explicarme la accion del gaucho. Sé solo que, para justificarlo, más bien dicho para comprenderlo, evoqué, mientras marchaba, al hombre rudo de las cavernas apoderándose, violentamente, de la hembra en la noche antigua del mundo, y que mi ser entero-¿porque no decirlo?-concibió en aquel momento, la brama, el celo, la furia, producto de sávia acumulada con esceso en medio de aquella naturaleza salvaje, savia ardiente y bravía que no encontró otro cauce que el extraviado para derramarse, para confundirse en la energía universal.

La fiera, el bruto, tambien hace suya á la hembra matando, si es preciso, poniendo toda clase de obstáculos á un lado. Era, pues, aquel, un caso de regresion.

Sacome repentinamente de mis abstracciones un grito formidable que se alzaba frente á nosotros. Era tambien algo así como la exteriorizacion de la ira del hombre antiguo de las cavernas. Era la fiera colectiva que hablaba rugiendo.

Recien entonces tuvo la impresion neta de que el gaucho debía morir. Pagar el crimen....

Contra el muro izquierdo de la iglesia, de la mesquina casa del Dios de los cristianos, allí donde los niños del pueblo jugaban á la pelota en los hermosos dias, cuatro jovenes fornidos trataban de sugetar al gaucho atándole á un garfio de hierro colocado en ese sitio quien sabe por quien ni con que objeto.

De pronto hubo un gesto de asombro en la multitud. El gaucho, en un arranque supremo, rompiendo las ligaduras que destrozaban sus manos; dando tres saltos de ginnasta, á piés juntos, con grillos y todo, se habia colocado en el centro mismo del atrio frente al grupo feroz y armado que, en el primer instante, sorprendido, retrocedió compacto, como una masa que se amolda á un movimiento ordenado.

-¡Haganmé fuego ahora, cobardes, hijos de p...! El desafio del gaucho tenía toda la terrible y trágica desesperación del hombre que solo desea en el supremo, inevitable minuto, morir luchando.

Había sonado un solo tiro disparado desde un costado del grupo. Despues hízose un momento de silencio. ¡Pero qué silencio! Pretendió moverse el gaucho y cayó de rodillas. Estaba herido y no hablaba. Se ayudó con las manos y volvió á erguirse ante el grupo armado.

Las dos fieras estaban frente à frente...

Entonces comenzaron á sonar, seguidas, las descargas de los fusiles.

-¡Juan, tira tú!

-¡Ahora me toca á mi!

-Yo traje la escopeta vieja cargada con municiones hasta la boca. No quiero dejarle ni un pedazo de cuero sano. ¡Ahí va mi parte!...

Así se expresaban las fieras del grupo.

En cuanto á la otra fiera, el gaucho, tenía algo de salvajemente heróico al recibir el castigo, allí frente á la casa mesquina y sórdida del Dios de los cristianos, todo bondad y amor...