Cartas a Lucilio - Carta 66

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Carta XLVI Elogio de una obra de Lucilio Recibí el libro que me habías prometido, y con la intención de leerlo con libertad, lo abrí solo para tomarle el gusto, pero él me sedujo y fui más allá (algunos han creído que este libro era el poema de Lucilio sobre el Etna, que poseemos en pare, pero no es demasiado posible, puesto que en la Carta 79 Séneca trata de este poema como de cosa nueva. No se tiene noticia de ningún libro más de Lucilio) Como es de elocuente, lo entenderás si te digo que me ha parecido breve, todo y no ser de una grandeza correspondiente a mi ni a ti, pues a primera vista podría parecer de Tito Livio o de Epicuro. Me retuvo con una dulzura tan atractiva que lo leí sin ratardarme. Bastante me convidaba el solo, y la gana me avisaba, y me amenazaban las nubes: así me lo trague todo. Y no solamente me delecte, antes me alegré. Qué inteligencia tenía el autor, qué coraje, e incluso diría que empuje, si descansara de tanto en tanto, y se levantara en momentos; ahora no es empuje lo que tiene, sino un estilo seguido, una composición “machista” y severa, y no nada menos, a menudo encontraba aquella dulzura y suavidad. Eres elevado de espíritu e inflexible; mantenlo y continúalo. También le ayudó la materia; por eso hay que elegirla bien fecunda, que impacte y excite la inteligencia. Cuando lo releeré, te escribiré más cosas; ahora no tengo el juicio bien asentado, tal como si lo hubiera sentido, no sentido. Déjame que lo examine, y no tengas ningún miedo, que yo te haré sentir la verdad. Oh tu, hombre feliz, que no tienes nada que obligue a ninguno a mentirte de tan lejos ¡ Si no que allí donde falta el motivo, mentimos por costumbre.

Carta XLVII Conviene tratar humanamente a los esclavos (Esta carta manifiesta el influjo del Cristianismo en Séneca, que abrió la lucha contra la esclavitud. Fue reproducida casi totalmente por Macrobi en el Saturno I, 11,7 ss – escritor y gramático de finales del IV al V d JC) Por los que me han venido del país de donde eres, Lucilio, he sabido con mucho gozo que vives familiarmente con tus esclavos. Así corresponde a tu prudencia, a tu cultura. <<Son esclavos.>> No obstante, son hombres. <<Son esclavos.>> A pesar de ello, familiares. <<Son esclavos.>> A pesar de lo cual, son amigos de condición modesta. <<Son esclavos.>> Son cosirvientes, si reflexionas que igual poder tiene en nosotros y en ellos la fortuna. Por eso me río de aquellos que creen inconveniente cenar con su esclavo, y no por otra cosa, sino porque una orgullosísima usanza ha querido que el señor en su cena sea rodeado de un conjunto de esclavos de pié. Tal come más de lo que puede engullir, y con insaciable avidez desahoga su vientre inflado y olvidado de sus oficios propios, para después vomitar las comidas con más pena que no las había ingerido. Pero a los infelices esclavos, no les está permitido mover los labios, ni siquiera hablar. La vara reprime todo murmullo, y ni los ruidos involuntarios, como la tos, el estornudo, el hipo, no se perdonan los azotes; con grandes castigos se paga el haber interrumpido con cualquier sonido el silencio; toda la noche han de pasar en ayuno y con la boca cerrada. Así resulta que hablan del señor aquellos a los que no les está permitido hablar delante del señor. Aquellos, al contrario, que no solo hablan delante del señor, si no también con él, aquellos a los que no cosían la boca, estaban dispuestos ofrecer el cuello por el señor, y a desviar sobre su cabeza un peligro inminente: hablaban en los convites, pero callaban en los tormentos. He aquí, aún, un proverbio inventado por este arrogante señorito: Tantos esclavos, tantos enemigos, No es que sean enemigos, sino que nos los hacemos. Dejo de lado otras crueldades, otras cosas inhumanas, como también abusar más como a animales que como a hombres, que cuando nos reclinamos para cenar, el uno recoja las escupinadas, el otro retire de debajo de la mesa los vómitos de los borrachos. Uno corta las aves de gran precio; moviendo la mano derecha con corte seguro por el pecho y las patas, las deshace en tiras, hombre desgraciado que no vive más que para cortar pájaros debidamente, si no fuera desgraciado quien lo enseña por puro placer que no quien por necesidad lo aprende. Otro, servidor del vino, vestido a modo de mujer, lucha con los años; no le está permitido que sea mayor que los niños, y es repelido; y llegado a la talla militar, tiene el cuerpo liso, rasurado de pelo, o completamente depilado (Séneca se refiere a los <<Glabri>>, <<delicati>> o <<exoleti>>, que eran los esclavos favoritos que, a causa de su belleza, se mantenían por sus señores en una aparente juventud perpétua); el pasa la noche en vela, dividiéndola entre la embriaguez del señor y su gula, barón a la cama, joven al convite. Otro, al cual se comete la censura de los convidados, se está derecho, el infeliz, y a quienes la gracia a adular y a la intemperancia de cuello o de lengua les vale ser convidados otro día. Añade los proveedores, finos conocedores del paladar del amo, que saben cuales sabores le excitan la gana, qué vistas le delectan, con qué novedad le puede despertar de la inapetencia, qué es lo que le asquea de tan saciado, lo que lo gusta aquél día. Cenar con estos, no lo resistiría, antes creería una disminución de su autoridad de ponerse a la mesa con su esclavo. Oh dioses justos ¡ cuántos de éstos señorean! Vi en el lindar de Cal•listo (fue un liberto de de Calígula que bajo Claudio llegó a tener gran influencia en la Corte imperial)a su antiguo señor, el que le había puesto el rótulo de vendible, el que le había lanzado entre los esclavos de rechazo; allí lo vi excluido, mientras otros eran admitidos. Así le devolvía el trato aquél esclavo relegado al primer grupo, en el cual el pregonero ensayaba la voz (los esclavos de los que el señor se quería deshacer más deprisa llevaban una señal que los marcaba como mercancía de rechazo, y en las ventas públicas formaban el primer lote que gritaba el pregonero) ahora tenía él el turno de rehusarlo y de juzgarlo indigno de su casa. El amo vendió a Cal•listo, pero cuantas cosas hizo pagar Cal•listo a su amo, Piensa que éste que tu denominas tu esclavo, nació de la misma semejanza, fruto del mismo celo, respira, y vive, y muere igual que tú. Tanto lo puedes ver libre tu a él, como puede verte esclavo él a ti. En la derrota de Mari (por Sul•la), la fortuna abatió a muchos a los que la dignidad militar hacía augurar la orden senatorial: a uno, lo hizo pastor, al otro guardián de una cabaña; ahora te menosprecia el hombre de aquella condición, a la cual puedes pasar mientras lo menosprecias. No quiero extenderme desmesuradamente disertando sobre el uso de los esclavos, frente a los cuales somos soberbios, cruelísimos, ofensivos. Así, aquí tienes el resumen de mi doctrina; vive de tal manera con el inferior como querrías que el superior viviese contigo. Siempre que te pase por la mente todo lo que has leído hacer con tu esclavo, menciona también que igual puede contigo tu señor. <<Pero yo, dices, no tenga ningún señor.>> Estas en la buena edad: puede ser que lo tendrás. ¿No sabes a cual edad comenzó a ser esclavo Hécuba, en cual Cresus, en cual la madre de Darius, en cual Platón, en cual Diógenes? (Platón tenía 40 años cuando fue deportado a Sicilia por Dionisio el Viejo, y vendido como esclavo a Egina; después fue rescatado por un hombre de Cirene. Diógenes, viajando de Atenas a Egina, se dice que fue capturado porpiratas y vendido en Creta, donde fue comprado por un coruntio que le devolvió la libertad) Vive con el esclavo con clemencia. Incluso como aligo: acéptale conversación, en la deliberación, y en la mesa. Así se exclamará contra mí todo el conjunto de los en plenitud de delicias: <<nada tan bajo como esto, nada tan vergonzoso.>> A éstos mismos, yo los sorprenderé besando la mano de los esclavos de otro. ¿Ni siquiera recordáis como nuestros padres llevaron toda odiosidad al dominio, al deshonor a la esclavitud? Apelaron al señor padre de familia; los esclavos, familiares, eso que aún perdura en las representaciones mímicas. Establecieron un día de fiesta (las saturnales, de que habla Séneca en la carta XVIII) que fue, no el único, pero sí el señalado entre aquellos en los que los señores comían con los esclavos; les permitieron de disfrutar de los honores dentro de casa, de declarar la justicia, considerando la casa como una pequeña república. ¿Pues qué? ¿Aceptaré todos los esclavos a mi mesa? Igualmente que todos los libres. Te equivocas, si te piensas que señalaré algunos de los oficios más denigrantes, como son el del mulero y el vaquero: no los apreciaré por el oficio, sino por las costumbres. La costumbres se las hace cada uno; los oficios, los señala el azar. Algunos hace falta que cenen contigo porque son dignos, otros por que lo sean; pero si nada de servil les ha transmitido la convivencia con gente grosera, se lo borrará el trato con gente noble. Hace falta Lucilio, que no busques al amigo solamente en el fórum y el Senado: si bien lo consideras, encontrarás incluso en tu casa. A menudo un buen material se pierde por falta de artista: tiéntalo y haz la prueba. Así como es un estulto aquél que, habiendo de comprar un caballo, no examina el caballo, sino la silla y los frenos, así es estultisimo aquél que aprecia al hombre por el vestido o por la condición social que, a manera de vestido, llevamos encima. <<Es esclavo>> Pero puede ser libre de espíritu. <<Es esclavo>> ¿Esto ha de perjudicarlo? Enséñame un hombre que no lo sea: uno sirve a la lujuria, el otro a la avaricia, el otro a la ambición, todos al temor. Yo te mostraré un cónsul sirviendo a una vieja, un rico sirviendo a una sirvienta. Yo te mostraré jóvenes nobilísimos criados de las pantomimas. Ninguna servidumbre tan vergonzosa como la voluntaria. Por esto, no hay razón para que estos viciosos se estén de mostrarte sus esclavos rialleros y no los huraños de superior: haz que te respeten más bien que no teman. Alguien dirá que hago a los esclavos una llamada a la libertad, y que hago caer a los señores de su altura, porque he dicho que respeten al señor más que no le teman. ¿Así, dice, hace falta que los respeten como clientes o bien como visitantes? Quien esto dirá, olvidará que no es poco para los señores aquello que es suficiente para Dios. El que es venerado, es estimado; el amor no puede mezclarse con el temor, Haces, pues, muy santamente cuando no quieres ser temido de tus esclaos, cuando no los castigas sino con palabras. Sólo los irracionales se corrigen con azotes. No todo aquello que es enojo es ofensa; pero nuestras costumbres voluptuosas nos conducen a la iracundia, igual que aquello que no se acuerda como la voluntad, despierta la cólera. Tenemos todos un alma de rey, pues los reyes, olvidándose tanto de sus fuerzas como de la debilidad de los otros, se encienden y hacen crueles, como si realmente hubieran recibido una injuria, siendo así que su grandeza los guarda con toda a seguridad de todo peligro, No es que lo ignoren, pero en su misma queja encuentra ocasión de poder. Fingen recibir injuria, por tal de poder hacerla. No te quiero entretener más, pues no tienes necesidad de exhortación. La buenas costumbres tienen, entre otras, la ventaja de la complacencia propia y de la perseverancia: la malicia es ligera y cambia a menudo, no para mejorar, sino para mudar.