Cartas marruecas: 10

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Cartas marruecas
Carta IX
 de José Cadalso


De Gazel a Ben-Beley

Acabo de leer algo de lo escrito por los europeos no españoles acerca de la conquista de la América.

Si del lado de los españoles no se oye sino religión, heroísmo, vasallaje y otras voces dignas de respeto, del lado de los extranjeros no suenan sino codicia, tiranía, perfidia y otras no menos espantosas. No pude menos de comunicárselo a mi amigo Nuño, quien me dijo que era asunto dignísimo de un fino discernimiento, juiciosa crítica y madura reflexión; pero que entre tanto, y reservándome el derecho de formar el concepto que más justo me pareciese en adelante, reflexionase por ahora sólo que los pueblos que tanto vocean la crueldad de los españoles en América son precisamente los mismos que van a las costas de África a comprar animales racionales de ambos sexos a sus padres, hermanos, amigos, guerreros victoriosos, sin más derecho que ser los compradores blancos y los comprados negros; los embarcan como brutos; los llevan millares de leguas desnudos, hambrientos y sedientos; los desembarcan en América; los venden en público mercado como jumentos, a más precio los mozos sanos y robustos, y a mucho más las infelices mujeres que se hallan con otro fruto de miseria dentro de sí mismas; toman el dinero; se lo llevan a sus humanísimos países, y con el producto de esta venta imprimen libros llenos de elegantes inventivas, retóricos insultos y elocuentes injurias contra Hernán Cortés por lo que hizo; ¿y qué hizo? Lo siguiente. Sacaré mi cartera y te leeré algo sobre esto.

1.º Acepta Hernán Cortés el cargo de mandar unos pocos soldados para la conquista de un país no conocido, porque reciben la orden del general bajo cuyo mando servía. Aquí no veo delito, sino subordinación militar y arrojo increíble en la empresa de tal expedición con un puñado de hombres tan corto, que no se sabe cómo se ha de llamar.
2.º Prosigue a su destino, no obstante las contrariedades de su fortuna y émulos. Llega a la isla de Cozumel (horrenda por los sacrificios de sangre humana, que eran frecuentes en ella), pone buen orden en sus tropas, las anima y consigue derribar aquellos ídolos, cuyo culto era tan cruel a la humanidad, apaciguando los isleños. Hasta aquí creo descubrir el carácter de un héroe.
3.º Sigue su viaje; recoge un español cautivo entre los salvajes y, en la ayuda que éste le dio por su inteligencia de aquellos idiomas, halla la primera señal de sus futuros sucesos, conducidos éste y los restantes por aquella inexplicable encadenación de cosas, que los cristianos llamamos providencia, los materialistas casualidad y los poetas suerte o hado.
4.º Llega al río de Grijalva y tiene que pelear dentro del agua para facilitar el desembarco, que consigue. Gana a Tabasco contra indios valerosos. Síguese una batalla contra un ejército respetable; gana la victoria completa y continúa su viaje. La relación de esta batalla da motivo a muchas reflexiones, todas muy honoríficas al valor de los españoles; pero entre otras, una que es tan obvia como importante, a saber: que por más que se pondere la ventaja que daba a los españoles sobre los indios la pólvora, las armas defensivas y el uso de los caballos, por el pasmo que causó este aparato guerrero nunca visto en aquellos climas, gran parte de la gloria debe siempre atribuirse a los vencedores, por el número desproporcionado de los vencidos, destreza en sus armas, conocimiento del país y otras tales ventajas, que siempre duraban, y aun crecían, al paso que se minoraba el susto que les había impreso la vista primera de los europeos. El hombre que tenga mejores armas, si se halla contra ciento que no tengan más que palos, matará cinco o seis, o cincuenta, o setenta; pero alguno le ha de matar, aunque no se valgan más que del cansancio que ha de causar el manejo de las armas, el calor, el polvo y las vueltas que puede dar por todos lados la cuadrilla de sus enemigos. Este es el caso de los pocos españoles contra innumerables americanos, y esta misma proporción se ha de tener presente en la relación de todas las batallas que el gran Cortés ganó en aquella conquista.
5.º De la misma flaqueza humana sabe Cortés sacar fruto para su intento. Una india noble, a quien se había aficionado apasionadamente, le sirve de segundo intérprete, y es de suma utilidad en la expedición: primera mujer que no ha perjudicado en un ejército, y notable ejemplo de lo útil que puede ser el bello sexo, siempre que dirija su sutileza natural a fines loables y grandes.
6.º Encuéntrase con los embajadores de Motezuma, con quienes tiene unas conferencias que pueden ser modelo para los estadistas, no sólo americanos, sino europeos.
7.º Oye, no sin alguna admiración, las grandezas del imperio de Motezuma, cuya relación, ponderada sin duda por los embajadores para aterrarle, da la mayor idea del poder de aquel emperador y, por consiguiente, de la dificultad de la empresa y de la gloria de la conquista. Pero lejos de aprovecharse del concepto de deidades en que estaba él y los suyos entre aquellos pueblos, declara, con magnanimidad nunca oída, que él y los suyos son inferiores a aquella naturaleza y que no pasan de la humana. Esto me parece heroísmo sin igual: querer humillarse en el concepto de aquéllos a quienes se va a conquistar (cuando en semejantes casos conviene tanto alucinarnos), pide un corazón más que humano. No merece tal varón los nombres que le dan los que miran con más envidia que justicia sus hechos.
8.º Viendo la calidad de la empresa, no le parece bastante autoridad la que le dio el gobernador Velázquez, y escribe en derechura a su soberano, dándole parte de lo que había ejecutado e intentaba ejecutar, y acepta el bastón que sus mismos súbditos le confieren. Prosigue tratando con suma prudencia a los americanos amigos, enemigos y neutrales.
9.º Recoge el fruto de la sagacidad con que dejó las espaldas guardadas, habiendo construido y fortificado para este efecto la Vera Cruz en la orilla del mar y paraje de su desembarco en el continente de Méjico.
10.º Descubre con notable sutileza y castiga con brío a los que tramaban una conjuración contra su heroica persona y glorioso proyecto.
11.º Deja a la posteridad un ejemplo de valentía, nunca imitado después, y fue quemar y destruir la armada en que había hecho el viaje, para imposibilitar el regreso y poner a los suyos en la formal precisión de vencer o morir: frase que muchos han dicho, y cosa que han hecho pocos.
12.º Prosigue, venciendo estorbos de todas especies, hacia la capital del imperio. Conoce la importancia de la amistad con los tlascaltecas, la entabla y la perfecciona después de haber vencido el ejército numerosísimo de aquella república guerrera en dos batallas campales, precedidas de la derrota de una emboscada de cinco mil hombres. En esta guerra contra los tlascaltecas, ha reparado un amigo mío, versado en las maniobras militares de los griegos y romanos, toda cuanta diferencia de evoluciones, ardides y táctica se halla en Jenofonte, en Vegecio y otros autores de la antigüedad. No obstante, para disminuir la gloria de Cortés, dícese que eran bárbaros sus enemigos.
13.º Desvanece las persuasiones políticas de Motezuma, que quería apartar a los tlascaltecas de la amistad de sus vencedores. Entra en Tlascala como conquistador y como aliado; establece la exacta disciplina en su ejército, y a su imitación la introducen los de Tlascala en el suyo.
14.º Castiga la deslealtad de Cholula. Llega a la laguna de Méjico y luego a la ciudad. Da la embajada a Motezuma de parte de Carlos.
15.º Hace admirar sus buenas prendas entre los sabios y nobles de aquel imperio. Pero mientras Motezuma le obsequia con fiestas de extraordinario lucimiento y concurso, tiene Cortés aviso que uno de los generales mejicanos, de orden de su emperador, había caído con un numeroso ejército sobre la guarnición de Vera Cruz que, mandada por Juan de Escalante, había salido a apaciguar aquellas cercanías; y, con la apariencia de las festividades, se preparaba una increíble muchedumbre para acabar con los españoles, divertidos en el falso obsequio que se les hacía. En este lance, de que parecía no poder salir por fuerza ni prudencia humana, forma una determinación de aquéllas que algún genio superior inspira a las almas extraordinarias: prende a Motezuma en su palacio propio, en medio de su corte y en el centro de su vasto imperio; llévaselo a su alojamiento por medio de la turba innumerable de vasallos, atónitos de ver la desgracia de su soberano, no menos que la osadía de aquellos advenedizos. No sé qué nombre darán a este arrojo los enemigos de Cortés. Yo no hallo voz en castellano que exprese la idea que me inspira.
16.º Aprovecha el terror que este arrojo esparció por Méjico para castigar de muerte al general mejicano delante de su emperador, mandando poner grillos a Motezuma mientras duraba la ejecución de esta increíble escena, negando el emperador ser suya la comisión que dio motivo a este suceso, acción que entiendo aún menos que la anterior.
17.º Sin derramar más sangre que ésta, consigue Cortés que el mismo Motezuma, cuya flaqueza de corazón se aumentaba con la de espíritu y familia, reconociese con todas las clases de sus vasallos a Carlos V por sucesor suyo y señor legítimo de Méjico y sus provincias; en cuya fe entrega a Cortés un tesoro considerable.
18.º Dispónese a marchar a Vera Cruz con ánimo de esperar las órdenes de la Corte; y se halla con noticias de haber llegado a las costas algunos navíos españoles con tropas mandadas por Pánfilo de Narváez, cuyo objeto era prenderle.
19.º Hállase en la perplejidad de tener enemigos españoles, sospechosos amigos mejicanos, dudosa la voluntad de la Corte de España, riesgo de no acudir al desembarco de Narváez, peligro de salir de Méjico, y por entre tantos sustos fíase en su fortuna, deja un subalterno suyo con ochenta hombres, y marcha a la orilla del mar contra Pánfilo. Éste, con doble número de gente, le asalta en su alojamiento, pero queda vencido y preso a los pies de Cortés, a cuyo favor se acaba de declarar la fortuna con el hecho de pasarse al partido del vencedor ochocientos españoles y ochenta caballos con doce piezas de artillería, que eran todas las tropas de Narváez: nuevas fuerzas que la Providencia pone en su mano para completar la obra.
20.º Cortés vuelve a Méjico triunfante y sabe a su llegada que en su ausencia habían procurado destruir a los españoles los vasallos de Motezuma, indignados de la flojedad y cobardía con que había sufrido los grillos que le puso el increíble arrojo de los españoles.
21.º Desde aquí empiezan los lances sangrientos que causan tantas declamaciones. Sin duda es cuadro horroroso el que se descubre; pero nótese el conjunto de circunstancias: los mejicanos, viéndole volver con este refuerzo, se determinan a la total aniquilación de los españoles a toda costa. De motín en motín, de traición en traición, matando a su mismo soberano y sacrificando a sus ídolos los varios soldados que habían caído en sus manos, ponen a los españoles en la precisión de cerrar los ojos a la humanidad; y éstos, por libertar sus vidas y en defensa propia natural de pocos más de mil contra una multitud increíble de fieras (pues en tales se habían convertido los indios), llenaron la ciudad de cadáveres, combatiendo con más mortandad de enemigos que esperanza de seguridad propia, pues en una de las cortas suspensiones de armas que hubo le dijo un mejicano: «Por cada hombre que pierdas tú, podremos perder veinte mil nosotros; y aun así, nuestro ejército sobrevivirá al tuyo». Expresión que, verificada en el hecho, era capaz de aterrar a cualquier ánimo que no fuera el de Cortés; y precisión en que no se ha visto hasta ahora tropa alguna del mundo.

En el Perú anduvieron menos humanos, dijo doblando el papel, guardando los anteojos y descansando de la lectura. Sí, amigo, lo confieso de buena fe, mataron muchos hombres a sangre fría; pero a trueque de esta imparcialidad que profeso, reflexionen los que nos llaman bárbaros la pintura que he hecho de la compra de negros, de que son reos los mismos que tanto lastiman la suerte de los americanos. Créeme, Gazel, créeme que si me diesen a escoger entre morir entre las ruinas de mi patria en medio de mis magistrados, parientes, amigos y conciudadanos, y ser llevado con mi padre, mujer e hijos millares de leguas metido en el entrepuentes de un navío, comiendo habas y bebiendo agua podrida, para ser vendido en América en mercado público, y ser después empleado en los trabajos más duros hasta morir, oyendo siempre los últimos ayes de tanto moribundo amigo, paisano o compañero de mis fatigas, no tardara en escoger la suerte de los primeros. A lo que debes añadir: «que habiendo cesado tantos años ha la mortandad de los indios, tal cual haya sido, y durando todavía con trazas de nunca cesar la venta de los negros, serán muy despreciables a los ojos de cualquier hombre imparcial cuanto nos digan y repitan sobre este capítulo, en verso o en prosa, en estilo serio o jocoso, en obras columinosas o en hojas sueltas, los continuos mercaderes de carne humana».




Cartas marruecas de José Cadalso
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