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Catalanas. Posadas para turistas

De Wikisource, la biblioteca libre.
Catalanas. Posadas para turistas (1930)
de José Escofet
Nota: José Escofet «Catalanas. Posadas para turistas» (21 de enero de 1930) La Voz, n.º 2828, p. 2

CATALANAS

Posadas para turistas

Algunos, muchos seguramente de los españoles que tengan la curiosidad de leer este artículo, habrán viajado por España en automóvil. Y convendrán conmigo en que nos queda mucho por hacer si queremos que la corriente de turismo iniciada con motivo de las exposiciones de Barcelona y Sevilla no quede bruscamente detenida al cerrarse dichos certámenes, sino que, por el contrario continúe engrosando y afirmandose hasta convertirse en un ingreso normal y cuantioso para la economía del país.

Hemos empezado por las carreteras. Era, por descontado, lo más elemental y preciso. España empieza a tener caminos excelentes, inmejorables. De Barcelona a Sevilla se puede atravesar toda la Península, de Norte a Sur, marchando siempre por una pista perfecta. Lástima que el itinerario esté alejado de los paisajes más bellos de España, lanzado a través de la parte más árida de Aragón y luego por la Mancha, desnuda y parda hasta Despeñaperros. Pero pistas semejantes existen en el país vasco, tan jugoso y fino, y se construyen otras en Levante, entre las huertas incomparables de Valencía y Murcia. Cataluña tiene ya las carreteras necesarias en muy buen estado, y no creo que se pase mucho tiempo sin que las tengan igualmente Asturias y Galicia, regiones maravillosas que el turismo extranjero desconoce todavía.

Por ahí vamos bien. El estado y las diputaciones, dándose cuenta del desarrollo alcanzado por el automovilismo turista, procuran poner los caminos a la altura de las circunstancias y atender a una necesidad que no descuida ningún país civilizado. Los viajes por carretera tienen en España, para los extranjeros que la visitan, un interés excepcional. A nuestro pesar, continuamos siendo, para ñas gentes extrañas, un país pintoresco, y se entiende que lo colorido y castizo no está en las grandes ciudades modernizadas, sino en las pequeñas y antiguas, de vida cansina y ambiciones exhaustas, así como en los villorrios, habitados por españoles esclavos del pegujal, unos siglos retrasados de la civilización y con unass costumbres únicas en el mundo.

Los pueblos de España, especialmente en determinadas regiones, como, por ejemplo, algunos de las provincias de Granada y Almería, que recuerdan los comienzos de la vida social en la época cavernaria, son ciertamente demasiado pobres para que hallemos un placer en mostrarlos al extranjero. Pero el extranjero quiere verlos, y una de dos: o le hacemos pagar el capricho, o desviamos su ruta hacia otros lugares menos primitivos y más risueños y hermosos. Aunque de todos modos la explotación turística se ha de basar en el color, que han perdido, naturalmente, Madrid y Barcelona.

Quien no haya recorrido España por carretera a través de sus pueblos, unos placenteros y originales, otros miserables y trágicos, no puede decir que la conoce. Las agencias de turismo, especializadas en la explotación de lo pintoresco, que es lo que busca de preferencia el viajero curioso, han empezado a organizar viajes colectivos en autocar, al parecer con éxito lisonjero. El pavimento magnífico de las nuevas carreteras permite este negocio, que, bien llevado, llegaría a ser muy productivo.

Ahora bien: es de toda urgencia, si hemos de perseverar en nuestro propósito de hacer al extranjero agradable su estancia en España, que se modernicen las fondas o paradores pueblerinos; que se establezcan en puntos estratégicos, los más frecuentados por el turismo, hoteles y restaurantes confortables; donde se pueda hacer noche o almorzar sin recelos ni molestias de ningún género. La vida es ahora más muelle y agradable que en tiempo de nuestros abuelos. Al menos así la concebimos y así espera encontrarla el que viaja por placer. Nada de incomodidades, y, sobre todo, limpieza, mucha limpieza, por fuera y por dentro. No basta con tener muy blanqueadas las paredes del exterior y muy relucientes los azulejos del patio..., cuando hay patio. Se necesitan hotelitos y restaurantes modestos, pero cómodos y pulcros, con calefacción y lavabos de esmalte, y un menú para la mesa todo lo español que se quiera, pero a base de alimentos sanos. La posada obscura y sórdida, destartalada y fría, con camas duras, inquietantes y monumentales; con guisotes de salsas complicadas y sospechosas, es lo más antituristico que se conoce.

Si la iniciativa privada necesita de estímulos para mejorar los paradores lugareños y hoteles provincianos, se habrá de emprender en la Prensa una campaña reformadora. Las señoras temen viajar por carretera, en España, porque se les presentan casos de apuro para vencer los cuales se necesita de una resolución opuesta absolutamente a la delicadeza y al pudor femeninos. Abundan los pueblos donde se carece de lo más necesario y previsto por la discreción más elemental. Verdad es que lo más necesario es el agua, y que abundan los pueblos donde se emplea toda la disponible en el riego de sus huertecillos misérrimos.

Claro está que no todo puede improvisarse y que nuestra esperanza puesta en el turismo es cosa de ayer. En las Provincias Vascongadas no se encuentran estas deficiencias ni en Cataluña tampoco. Pero no es difícil ni muy costoso dotar a los pueblos que empiezan a ser muy transitados de aquellas condiciones que son indispensables para dar al turista extranjero la sensación de que lo pintoresco tiene sus límites aquí como en otras partes.

Si fuera posible enseñar a los fondistas de los pueblos cómo, con poco dinero, podrían sorprender agradablemente a los extranjeros que viajan por nuestra país, reformando sus establecimientos de acuerdo con las exigencias de la higiene y hasta con el buen gusto artístico, el progreso deseado se produciría rápidamente. En el Pueblo Español, de la Exposición de Barcelona, hay, entre otros, un restaurante, el Hostal del Sol, que podría servir de modelo. Se trata simplemente de huir de la imitación de los hoteles ciudadanos de tercer orden, conservando la posada española antigua con elementos decorativos que no faltan en ningún pueblo de España. Pero eso sí, sin sacrificar lo higiénico a lo típico, que es un sacrificio fácilmente evitable. Escalonadas al largo de las carreteras unas cuantas posadas como el Hostal del Sol, dicho se está que con un servicio más modesto, como corresponde a un parador pueblerino, pero de la época del automóvil, pronto conseguiríamos elevar la impresión que se llevan los extranjeros de nuestras costumbres y de nuestra inteligencia.

Que es otra de las cosas que necesitamos urgentemente.

José Escofet

Barcelona. }}