Cesta de lotos (Versión para imprimir)

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A media Voz[editar]





Un cielo de verano,

una piedra y los dos en esa piedra,

que tapiza la hiedra,

sentados y cogidos de la mano.


Un árbol cerca, un nido

en el árbol y un ave

que llega sin ruido

y que registra de su voz la clave.


A nuestros pies un lago cristalino

y en él dos cines que su cuello enlazan;

espumas que reinventan de contino

y linfas que parece que se abrazan.


De pronto... un dulce beso

que se difunde por el aire vago;

si conmigo tu quieres hacer eso,

yo tengo una piedra y árbol, nido y lago.



Alondra[editar]





Cuando como un raudal, hecho gorjeo,

se deslizó tu voz por tu garganta,

cerré los ojos, vaciló mi planta

y presa fui de celestial mareo.


Tu canción, digna del divino Orfeo,

me inundó el corazón de dicha santa:

canción doliente, de dulzura tanta,

que oírla aún entre mis sombras creo.


Las notas, en miríficas escalas,

sacudieron sus alas armoniosas,

(porque todas tus notas... tienen alas!)


Y huyeron, como mariposas,

dejando, en el ambiente de las salas,

algo así... como un hálito de rosas.



Arrullo[editar]





Tornaste más bella

que un sol de verano,

más fresca que un cáliz

de rosa en botón,

más pura que el éter

del cielo italiano...

pero sin sonrisas

y sin corazón!


Qué pena te agobia?

qué mal te consume?

quién es el ingrato

qué te hace sufrir?

tus manos exagües

que exhalan perfume,

parecen dos lirios

que van a morir!


Para castigarlo

con ansia quisiera

saber al instante

quién es el ladrón,

que pudo robarte

sin que yo supiera,

tus dulces sonrisas

y tu corazón!


Por qué tus pupilas

en mar de tristeza,

naufragan cual barcos

pequeños de luz?

y doblas doliente

la rubia cabeza

como el Nazareno

clavado en la cruz?


Por qué no me cuentas

tus mudos dolores?

por qué no me miras

lo mismo que ayer?

si siempre son tuyos

mis versos mejores

y toda la sangre

que corre en mi ser?


No se... pero toda

tu blanca hermosura

refleja la nota

de un hondo pesar:

tus labios rebozan

intensa amargura...

tus ojos divinos

parecen llorar!


Si son tus mejillas

hoy más hechiceras,

tus labios enrancian

angustia precoz;

más grandes... más hondas

están tus ojeras!...

más tristes tus ojos...

más grave tu voz!


Tornaste más bella

que un sol de verano,

más fresca que un cáliz

de rosa en botón,

más pura q´ el éter

del cielo italiano...

pero sin sonrisas

y sin corazón!



El bofetón[editar]





¡Oh, noche inolvidable! ¡Oh, noche mía,

en que sufrí gozando! ¡Oh noche bella!

Noche en que no faltó ninguna estrella

á nuestra cita de pasión! Vertía.


un hálito nupcial de noche fría

sobre mi ardiente corazón, aquella

noche será inmortal. Estaba ella

sola conmigo en el balcón... --¡María!


¡Luz! ¡Alma! ¡Cielo! ¡Vida! ¡Idolatrada!

dije -¡y con rapidez vertiginosa,

la dí un beso en la boca entrecerrada.


-¡No...! Clamó a un tiempo, esquiva y temblorosa.

Y sentí en mi mejilla avergonzada,

un flagelo de pétalos de rosa.



En alta mar[editar]





Nuestro barco en las ondinas se perdía;

moría el sol en su sangrienta fragua;

en la azul lontananza sólo había,

cielo y agua.


Te acuerdas? tú llorabas aquel día

de amor... iba á colmarse nuestro anhelo;

en tus ojos azules sólo había,

agua y cielo!



En la ausencia[editar]





Ya la pálida muerta de la noche,

al resplandor de los celestes cirios,

va descendiendo en su enlutado coche:


Mientras que los ensueños y delirios,

surgen en los pensiles de la mente,

albos como las garzas y los lirios.


Habla el silencio al corazón y siente

el espíritu un ansia indefinible

de alzarse hasta el azul resplandeciente.


Hasta ese inmenso azul inaccesible,

donde los astros, como flores vivas,

hechas de fuego, alumbran lo invisible.


Y en donde como trémulas cautivas,

tras de rejas ignotas, las estrellas

enderezan sus frentes pensativas.


Y abren sus ojos luminosos, ellas,

las soñadoras blancas del vacío,

esquivas siempre, pero siempre bellas.


Todo duerme: la vega, el bosque, el río.

Todo duerme: la flor, el ave, menos

tú, en el sopor del pensamiento mío.



Entonces[editar]





Jamás con mi recuerdo estarás sola:

viviré sin cesar en tu presencia,

mientras el lago aquel tenga una ola;

mientras el bosque aquel... guarde una esencia.


Mientras que de tu pecho los ardores

des a mi imagen cariñoso abrigo,

mientras reces por mí, mientras me implores,

mientras me quieras estaré contigo.


¿Sabes cuándo, en la vida estarás sola?

¿Cuándo no me verás en tu presencia?

cuando en el lago aquél no haya una ola.

cuando en el bosque aquél no haya una esencia.


¡Ay...! cuando de tu pecho en los ardores.

a mi imagen no des cálido abrigo,

cuando por mí no reces, ni me implores,

ni me quieras, tú, sí estarás conmigo.



Estatua viva[editar]





Como un sol derretido, tu cabellera, en ondas

opulentas desciende por tu cuello y tu espalda:

cubre tus blancos hombros y se pierde en tu falda,

velando las turgencias de tus líneas redondas.


Bajo tu frente nívea, donde las hebras blondas

de tus rizos se encrespan con tintas de oro y gualda,

tu pupila llamea, como viva esmeralda,

aunque el parpado cierre y en su nácar las escondas.


Erecto y duro se alza tu palpitante seno,

rebosando perfumes y morbidez, y vida,

como un nido de garzas de suave calor lleno.

Y cuando estás desnuda, como rama florida,

sueltas tu cabellera, dorada como el heno,

para quedar entonces, si desnuda, vestida.



Flor dañina[editar]





¡Ah, me parece mentira

que haya mi boca libado

en esa flor de granado,

en esa flor... que suspira!


No es cierto, mi alma delira;

pues si la hubiese besado,

se habría esa flor secado

de mis labios en la pira.


Pero, es verdad, niña amada,

que mi boca hizo su nido

en esa flor escarchada.


Mi labio, está dolorido...

tiene una herida adorada.

Mira: esa flor... me ha mordido.



Limosna de amor[editar]





Miel y luz, el peregrino

bardo que va sobre escombros

y lleva sobre sus hombros

el instrumento divino,

pide para su camino.

De su lira es tanto el peso,

que tú le puedes dar eso

para aliviar su jornada:

luz, dale en una mirada,

y dale miel en su beso.



Mística[editar]





Cuando bajo la comba de la nave,

del vasto templo, rezas con fervor,

y tu oración se eleva, como una ave,

del órgano al gemido vibrador,


desde un rincón obscuro te contemplo,

fijos los ojos en el viejo altar,

en tanto q' en los ámbitos del templo

el órgano parece sollozar.


Mientras se va tu espíritu del mundo,

de la infinita claridad en pos,

exclamo a solas con dolor profundo:

¡ah, sí me amara a mí... como ama a Dios!



Natal[editar]





Cuando bajo la comba de la nave,

del vasto templo, rezas con fervor,

y tu oración se eleva, como una ave,

del órgano al gemido vibrador,


desde un rincón obscuro te contemplo,

fijos los ojos en el viejo altar,

en tanto q' en los ámbitos del templo

el órgano parece sollozar.


Mientras se va tu espíritu del mundo,

de la infinita claridad en pos,

exclamo a solas con dolor profundo:

¡ah, sí me amara a mí... como ama a Dios!



Ojos y Ojeras[editar]





En la penumbra, mística y opaca,

de tus dos melancólicas ojeras,

l' aurora de tus ojos se destaca,

dividida en dos fúlgidas hogueras.


¿Sabes qué son los círculos violados

en q' esa aurora su fulgor desliza?

son, por esas hogueras, no colmados

aún, dos tristes pozos de ceniza.


Como arden tanto tus dolientes ojos

en esas cavidades traicioneras,

al caer d' esas llamas los despojos,

esos despojos forman tus ojeras.


Es por eso que, siempre, en cada día,

esos profundos círculos s' ensanchan

y llenos de precoz melancolía,

tu palidez adornan, no la manchan.


Porque son como abiertos calabozos

en que brillan loa astros de otra esfera.

¡Quién pudiera caer en esos pozos

y consumirse en tan divina hoguera!



Por siempre[editar]





Como alumbra el relámpago la densa

obscuridad de la noche borrascosa,

tú, iluminaste la negrura inmensa

de esta alma triste, con la luz intensa

de tu pupila cándida y piadosa.


Pero, como el relámpago en el cielo,

huyó también la luz de tu pupila:

y hoy, otra vez, el mismo desconsuelo

reina en mi corazón, y en hondo duelo

mi espíritu, asombrado se aniquila.


Torna a mí, dulce y bien, y tu mirada,

pon de mis ojos en las noches frías?

y no la apartes más... ¡oh, mi adorada!

para que con su luz eternizada,

por siempre alumbres las tinieblas mías.



Reto[editar]





Si porque a tus plantas ruedo

como un ilota rendido

y una mirada te pido

con temor, casi con miedo;

si porque ante ti me quedo

extático de emoción,

sintiendo que el corazón

se va en mi pecho a romper,

piensas que siempre he de ser

esclavo de mi pasión.


Te equivocas, te equivocas,

-fresco y fragante capullo-

yo quebrantaré tu orgullo

como el minero las rocas.

Si a la lucha me provocas,

dispuesto estoy a luchar:

tú eres espuma, yo, mar

que en sus cóleras confía.

¿Me haces llorar? Algún día

yo también te haré llorar.

Te haré llorar; y después

de que tú también rendida,

me ofrezcas toda tu vida

perdón pidiendo, a mis pies,

como mi cólera es

formidable en sus accesos,

sabes tú lo que haré en esos

instantes de indignación?

-Arrancarte el corazón

para... comérmelo a besos.



Sueño dorado[editar]





Veo como á través de un esmeralda

gigantesca, el confín del horizonte:

allá, un risco y después, de un alto monte

una casita entre la verde falda.


Y pienso -con el alma estremecida-

¡Cuán feliz fuera yo, tú, cuán dichosa,

si en aquella casita silenciosa,

pudiéramos vivir... toda la vida!



Tus manos[editar]





Esas manos delicadas,

fragantes como una flor,

pienso que carbonizadas

van a ser, de mis miradas

por el intenso calor.


Sí, porque mucho las miro

y además, porque ellas son,

frágiles como un papiro

y blandas como un suspiro

de tu ingrato corazón.


Cuando las puedo estrechar

y en las mías retener,

pienso, con hondo pesar,

que se van a evaporar

ó que se van a romper.


Pero... aunque me martirices,

en mis duras manos pon

tus manos, porque ellas son,

con sus dedos, diez raíces

q´ entran en mi corazón.


Como las quiero arraigar

para siempre, por los días

que me restan de pesar,

no las volveré a soltar

cuando estén entre las mías!



Visión[editar]





¿Eres un imposible?, ¿una quimera?

¿un sueño hecho carne, hermosa y viva?

¿una explosión de luz? Responde, esquiva

maga en quien se encarnó la Primavera.


Tu frente es lirio, tu pupila hoguera,

tu boca flor en donde nadie liba

la miel q' entre sus pétalos cautiva

al colibrí de la pasión espera.


¿Por qué sin tregua, por tu amor suspiro,

si no habré de alcanzar ese trofeo?

¿Por qué llenas el aire que respiro?


En todas partes te halla mi deseo:

los ojos abro y por doquier te miro;

cierro los ojos y entre mi te veo.



Adivina[editar]





Hay entre las tinieblas de mi vida

dos astros luminosos,

que al ver rodar la sangre de mi herida

se ponen taciturnos y llorosos.


Y hay una roja flor en mi camino

que abre sus vivas hojas,

y la sonríe el vate peregrino

que pasa con su fardo de congojas.


Dices que no conoces de esos astros

ni siquiera el reflejo?

Qu´ en mi senda, de aquella flor no hay rastros?

Pues nunca te has mirado en el espejo.



Amor inmortal[editar]





Dile al enterrador, que, cuando mueras,

sepulte tu cadáver junto al mío:

¡quiero ver tus pupilas hechiceras

resplandecer en mi sepulcro frío!

Porque si he de mirar desde la dura

piedra, en que al fin mi helada sien recline,

esos luceros de mirada pura,

que no acabe jamás mi noche obscura,

que mi noche de muerto no termine.


Díle al enterrador, q'entre mis manos,

tus manos ponga de alabastro y rosa:

¡que yo las salvaré de los gusanos

que quieran devorarlas en mi fosa!

Y díle... díle que se marche luego...

Y díle... díle que nos deje solos...

¡que allí tendré para adorarte, el fuego

que derrite la nieve de los polos!



Cárcel perpetúa[editar]





Yo vivo encadenado a tu hermosura,

lo mismo que a su roca, Prometeo;

sin poder quebrantar la ligadura

que me une á ti... por más que forcejeo,


De qué delito bárbaro fui reo,

para tener que soportar tan dura

y á la vez dulce pena? Mi deseo

es un placer que llega á la tortura.


Me atraes como abismo luminoso,

lucho, por arrancarme de tu lado,

con las fuerzas terribles de un coloso.


¡Inútil! A vivir siempre abrazado

a tu cuerpo flexible y armonioso,

parece q´ estuviera condenado.



El primer pétalo[editar]





De hojas blancas y puras

perfumadas y tersas,

formado está este libro

lo mismo que el botón de una azucena.


Tú quieres que lo abra,

lo exiges... me lo ordenas;

pero... yo no soy brisa

ni soy rayo de sol, qué importa? espera!


El libro ya está abierto!

-ya es brillante azucena!-

una lágrima mía

lo abrió... lo ves? en su corola tiembla!



En el río[editar]





En un playón del bajo Magdalena,

que lame el agua con su oleaje mudo,

hay un árbol fantástico, desnudo

de toda pompa en medio de la arena.


Igual á mí, con majestad serena,

resiste el golpe del huracán sañudo:

¡solos y sin verdor... yo te saludo,

compañero la misma es nuestra pena!


Una tímida garza cruza el cielo

y aquel tronco en las calladas ruinas,

refrena el blando y silencioso vuelo;


y encima de esos míseros escombros,

se me parece a ti... cuando reclinas

tu cabecita frágil en mis hombros!



En tu busca[editar]





Dime: si tu mirada es un tesoro

de luz, en mis tinieblas infinitas,

por qué tus ojos de mis ojos quitas,

cuando la luz de tu mirada imploro?


Si pudieras saber cuánto te adoro!

si pudieras oír todas mis cuitas,

secaras con tus luengas manecitas

los torrentes de lágrima que lloro.


¿Qué no sabes quién soy? soy un coplero

que te soñó y abandonó tus lares

por buscarte y por ser tu prisionero.


Eso soy. He cruzado ignotos mares,

tan sólo por decirte que me muero

si no me miras y oyes mis cantares!



Esquife Aéreo[editar]





Siempre que la luna miro

cruzar el azul espacio,

como un doliente topacio

por un inmenso zafiro,

pienso en mi madre y suspiro,

porque recuerdo q´ en una

noche clara cual ninguna,

en que l´ acecho la Parca

me dijo:--mira esa barca!

allá está nuestra fortuna!

apronta, apronta los remos

porque en ella bogaremos...

y me mostraba la luna!



Estela[editar]





Escrito con estrellas

quise leer tu nombre

en las profundidades

de encresponadas noches;


y con los ojos puestos

en las altas regiones,

forjé con astros... letras,

hasta formar tu nombre.


Imaginarias líneas

en los eternos orbes

tracé con mis miradas

para ensalzar los soles...


y escrito con estrellas

hoy ya leo tu nombre,

en el dorado libro

de las constelaciones.



Íntima[editar]





Anoche, cuando huiste

y me dejaste solo,

desconfiado y triste

y yerto como un tempano del Polo,

sentí cólera y celos

y, para despreciarte, pedí bríos

al Dios que está en los cielos!


Más... volviste! Y tus ojos más sombríos

me miraron... entonces tu hechicera

pupila pareciome más obscura

que la siniestra hondura

de un cielo por la sombra encapotado:

¡ah... como si la hubiera

reteñido la tinta del pecado!


Pero al hacerte un tímido reproche

y saber la verdad desnuda y fría,

de tu pupila entre la ardiente noche,

la estrella del cando resplandecía.



Miosotis[editar]





Alargó la mirada intensamente

y con ella abarcó las serranías,

húmedas azulosas y bravías

que sirvan de escabel al sol naciente.


Yo, que ya coronaba la pendiente

del más abrupto monte, entre las frías

nieves y brumas, las miradas mías

torné, lloroso, hacia la dulce ausente.


Estaba en el balcón, llena de duelo,

solitaria, mirando hacia el lejano

monte en que me perdía!... Abrióse el cielo


Y cuando en luz el sol anego el llano,

ella aún agitaba su pañuelo

como una garza muerta entre su mano!



Monotonías[editar]





I

Se están poniendo tristes

las tardes de verano;

ya no se ve en los cielos

siquiera un arrebol.

Y está desierto el bosque

y está marchito el llano...

¡que triste va muriendo

tras de la sierra el sol!


Es que tras de la bruma,

q´ el horizonte cierra,

el blanco viejo apoya

la frente en su bordón.

¿Más que importa ese frío

del cielo, mar y tierra,

si fuego, amor y abrigo

te da mi corazón?


II

Oye, el cielo rasguña la vidriera:

llegó el invierno al fin... pero el estío

surge en mi amante corazón, afuera

cae la lluvia, el cielo está sombrío,

más, no importa, bien mío,

porque en mi corazón hay una hoguera

que te dará calor si sientes frío.


III

¡Mientras que tú me inundas

en la onda fragante de tu aliento,

oye, el ala del viento

arrebata las hojas moribundas!

Pero ese viento helado

no llegará hasta ti, ni la llovizna

tu cuerpo mojará, ni ese nublado,

que el triste cielo de la tarde tizna,

te quitará la luz: corto es el trecho

que nos separa. Vén! La chimenea

fría está... ni una brasa!


Ven! la cabeza pon sobre mi pecho:

así... más cerca... que tus ojos vea

mientras el soplo del invierno pasa...

¡Oh, q´ este invierno interminable sea!



Nieves y sombras[editar]





Cuando tras de la noche, larga y fría,

de los polos, el sol rasga a los cielos,

y abre sus puertas diáfanas al día,

sobre el umbral augusto de los hielos.


Al vivo rayo de la antorcha rubia,

q' en los azules ámbitos renace,

todo un mundo de nieve, en clara lluvia

de menudos arroyos, se deshace.


Y torna oírse el canto de la ola,

y torna a oírse del halcón el grito,

y otra vez, en el mar, trémula y sola,

se retratan el sol y el infinito.


¡Oh, mi fulgida estrella, alba y querida!

Así la sombra lúgubre y la nieve

que pesaban en mi alma dolorida,

se disiparon de mi vida, en breve,

al rasgar tú... la noche de mi vida.



Pistilos[editar]





Nadie sonríe como tú: semeja

flor sangrienta tu labio en que se posa

tu sonrisa, impalpable mariposa,

que al henchirse de miel, rauda se aleja.


Solo un instante breve

vive esa mariposa de alegría;

de tus dientes se muestra el alba nieve,

pero me oculta con el alba leve

la sonrosada pulpa de tu encía.


¿Sabes por qué tu boca,

como una flor de fuego estremecida,

arde y tiene color, perfume y vida?

Porque el beso de amor nunca la toca.



Quizás[editar]





Cuando murió mi madre idolatrada,

mi ardiente corazón tornóse en hielo:

en un hielo tan duro, que ya nada

derretirlo podrá... ni el sol del cielo,

ni el rayo abrasador de tu mirada!


Más, sin embargo, mírame ¡Quién sabe?

ya que tan sólo a ti mi fe consagro,

ya que tu amor en mi tristeza cabe,

no tendrás tú la miseria clave

que haga llama ese hielo? haz el milagro!



Sol Blanco[editar]





Ayer, cuando en el templo

el venerable párroco

te dio la comunión, yo te veía

palidecer, desde un rincón sagrado.


Y... nunca un sol más níveo.

tuvo más rojo ocaso,

de aquel sol de espíritu, la hostia,

al desaparecer tras de tus labios!



Todo[editar]





¡Ya verás tras la fiebre que me abrasa,

vendrá el frío que hiela!

Todo pasa en el mundo... todo pasa!

Todo vuela en la vida... todo vuela!


-Eres viento, eres ola -me dijiste-

-no amo lo fugitivo-

¡Bien!; a alejarme voy... un poco triste,

yo, que libre, ser pude tu cautivo.


Mañana, cuando lejos de tu lado,

sepas que estoy tranquilo,

que mi pecho no está despedazado

que tu desdén por el constante filo,


acaso sentirás remordimiento

y al encontrarte sola,

dirás: ¡yo pude detener el viento!

dirás: ¡yo pude detener la ola!


¡Ya verás, tras la fiebre que me abrasa,

vendrá el frío que hiela;

Todo pasa en el mundo... todo pasa!

Todo vuela en la vida... todo vuela!



Tus ojos[editar]





Ojos indefinibles, ojos grandes,

como el cielo y el mar, hondos y puros;

ojos como las selvas de los Andes:

misteriosos, fantásticos y obscuros.


Ojos en cuyas místicas ojeras

se ve el rastro de incógnitos pesares,

cual se ve en la aridez de las riberas,

la huella de las ondas de los mares.


Miradme con amor, eternamente,

ojos de melancólicas pupilas,

ojos que semejáis, bajo su frente,

pozos de aguas profundas y tranquilas.


Miradme con amor, ojos divinos,

que adornáis como soles su cabeza,

y encima de sus labios purpurinos,

parecéis dos abismos de tristeza.


Miradme con amor, fúlgidos ojos,

y cuando muera yo, que os amo tanto,

verted sobre mis lívidos despojos,

el dulce manantial de vuestro llanto.



¡Oh mar![editar]





¡Oh mar, tú me consuelas y me abismas

con tu eterno clamor de encarcelado!

también mi corazón atormentado

tiene y tendrá tus amarguras mismas!


Sueño ser algo tuyo

en esta noche bella,

como sueña el cocuyo,

ser algo de una estrella!


Al recordar las dulces barcarolas

que ella y yo, bajo el oro de tus brumas,

cantábamos ayer, juntos... á solas.


Tanto, al mirarte, el corazón me abrumas,

que quisiera ser una de tus olas...

ó quisiera ser un girón de tus espumas.