Claus el grande y Claus el chico: 2

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Claus el grande y Claus el chico Hans Christian Andersen


El camino era largo y tuvo que pasar por un gran bosque oscuro: hacía un tiempo espantoso. Claus el chico se extravió, y antes que pudo encontrar el camino, llegó la noche; era imposible llegar a la ciudad o volver a casa.

Cerca del camino había una gran granja y aunque las maderas de las ventanas estaban cerradas, se veía brillar la luz.” Acaso me permitan pasar aquí la noche”, -pensó y llamó a la puerta. La mujer le abrió; pero cuando supo lo que quería, le dijo que continuara su camino, que su marido había salido y que ella no recibía a extraños.

-Sea, me acostaré fuera, -respondió, - Y la mujer cerró la puerta.

Cerca de la casa había un pajar con el techo en forma de cabaña lleno de heno.

-Me acostaré aquí, -dijo Claus el chico. Es una excelente cama y no hay más peligro que el que la cigüeña me pique las piernas.

Sobre el techo, donde tenía su nido, había una cigüeña.

Trepó al pajar y se acostó en él, revolviéndose muchas veces para tomar una postura cómoda. Las maderas de las ventanas de la casa no cerraban bien, y pudo ver lo que pasaba en la habitación. Veía allí puesta una gran mesa adornada con un asado, un rico pescado y botellas de vino. La campesina y el sacristán estaban en la mesa y nadie más.

Ella le echaba vino y él se regalaba con el pescado que le agradaba mucho.

-¡Quién pudiera compartir con ellos! –dijo Claus el chico, y alargó la cabeza para ver mejor. -¡Caramba!¡Qué pastel tan delicioso! ¡Gran Dios, qué festín!

De pronto, un hombre a caballo llegó a la casa; era el marido de la campesina que regresaba.

-Era un hombre excelente, pero tenía una debilidad extraña: no podía ver a un sacristán; si por casualidad encontraba uno se ponía furioso. Por eso el sacristán había aprovechado la ocasión para hacer una visita a la mujer y darla los buenos días mientras el marido estaba ausente, y la buena mujer, para hacerle los honores, le estaba sirviendo una deliciosa cena. Para evitar disgustos, cuando sintió que su marido venía, rogó a su convidado que se ocultara en un gran cofre vacío, que estaba en un rincón, lo cual hizo él de muy buena gana, puesto que sabía que el pobre hombre no podía ver a un sacristán. Enseguida la mujer encerró la magnífica comida y el vino en el horno, porque si su marido lo hubiera visto, seguramente hubiera preguntado qué significaba esto.


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