Claus el grande y Claus el chico: 4

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Claus el grande y Claus el chico Hans Christian Andersen


-Sí, - dijo Claus, - mi hechicero puede todo lo que le mando.

- ¡Eh!, tú, ¿no es verdad? - preguntó e hizo rechinar el saco.

- ¿Oyes? ¡Dice que sí! Pero el diablo es muy feo, no merece la pena verle.

- ¡Oh! ¡No tengo miedo! ¿Qué facha tendrá?

- Se aparecerá delante de nosotros bajo la forma de un sacristán.

-¡Uf! ¡Qué feo! Es menester que sepáis que no puedo soportar la vista de un sacristán. Pero no importa, como sé que es el diablo tendré valor. Sólo que no se me aproxime.

- ¡Pon atención!- dijo Claus, - voy a interrogar a mi mago, - y acercó su oído al saco...

- ¿Qué dice?

- Dice que os acerquéis a ese gran cofre que está ahí en ese rincón, que lo abráis y veréis al diablo, pero es necesario sostener bien la tapa para que el malvado no se escape.

- ¿Queréis ayudarme a sostenerla? - preguntó el campesino acercándose al cofre donde la mujer había ocultado al verdadero sacristán que daba diente con diente de miedo.

El campesino levantó un poco la tapa.

- ¡Uf! - gritó dando un salto atrás. - ya le he visto. Se parece todo al sacristán de nuestra iglesia; ¡es horrible!

Enseguida se pusieron a beber hasta muy avanzada la noche.

- Véndeme tu hechicero, - dijo el campesino, -pide por el todo lo que quieras, una bolsa de monedas de plata te doy por él.

- No puedo, - respondió Claus el chico, - piensa en lo útil que me es este hechicero.

- Sin embargo, tendría tanto gusto en tenerlo...- dijo el campesino insistiendo.

- Sea. - dijo por fin Claus el chico, - pues que has sido tan bueno y me has dado hospitalidad te cederé el hechicero por una fanega de monedas de plata: pero me la has de dar bien medida.

-Quedarás satisfecho: - dijo el campesino -, sólo te ruego que te lleves el cofre; no quiero que esté ni una hora más en mi casa. ¡Quizá el diablo esté en él todavía!

Con esto, Claus el chico dio al campesino su saco con la piel seca, recibiendo en cambio una fanega de plata. Además le regaló un gran carretón para transportar la plata y el cofre.

- Adiós, - dijo: - y se alejó; llevándose el dinero y el cofre en que estaba todavía encerrado el pobre sacristán.


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