Comentarios a la Guerra Civil: Libro 1

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Comentarios a la Guerra Civil: Libro I

de


( Traducido y comentado por Musaranya )

Ejemplo.jpg



Debate en el Senado[editar]

[1] ...[1] una vez que llegan las cartas de Gayo César a los cónsules, se pide en ellas, con el máximo esfuerzo por parte de los tribunos de la plebe, que se lean ante el senado, ya que era imposible solicitar que se debatiera su contenido en el senado. Entretanto los cónsules inician un debate sobre el estado de la República: Lucio Léntulo se compromete a no dejar de lado al Senado ni a la República, si los senadores pretenden expresar su opinión con valentía y vigor; pero que si miran por César y siguen su juego, como ya habían hecho antes, les advierte de que él tomaría la decisión que más le beneficiara y no obedecería a la autoridad del senado: también procuraría recuperar el favor y la amistad de César. Escipión se expresa en contra de esta opinión: si el senado le sigue, —afirma— Pompeyo está dispuesto a no fallarle a la república; si prefiere contemporizar y actuar con debilidad, que no venga después con ruegos a pedirle ayuda para nada por más que lo prefieran a él.

[2] Este discurso de Escipión, dado que la reunión del senado tenía lugar dentro de la ciudad y Pompeyo estaba fuera[2], parecía haber salido de la propia boca de Pompeyo. Algunos expresaron una opinión más suave, como Marco Marcelo en primer lugar, que al principio de su discurso afirmó que no convenía debatir esta cuestión en el senado antes de que se decretaran levas por toda Italia y se reclutaran ejércitos, bajo cuya protección el senado podría, con seguridad y en libertad, atreverse a decretar lo que deseara; como Marco Calidio, que pensaba que Pompeyo debía marcharse a sus provincias para que no hubiera motivo alguno para la violencia: César, toda vez que Pompeyo le había arrebatado dos legiones, tenía miedo de que Pompeyo parecía que las guardaba y las mantenía cerca de la ciudad para amenazarlo; como Marco Rufo, que apoyó la opinión de Calidio sin apenas cambios... No obstante, todos ellos se sintieron atemorizados ante los gritos del cónsul Lucio Léntulo, el cual se negó rotundamente a hacer pública la opinión de Calidio, y Marcelo se desdijo de su opinión por el miedo que le causó este griterío. De esta manera, entre los gritos del cónsul, el temor a la presencia de un ejército [3]y las amenazas de los amigos de Pompeyo, la mayoría de senadores respaldaron, presionados, a desgana y obligados, la opinión de Escipión, a saber, que César debía licenciar a su ejército antes de un determinado día y que, si no lo hacía, se le consideraría en rebelión contra la República. En ese momento Marco Antonio y Quinto Casio interponen el veto, se pronuncian opiniones de gran violencia y, según cada uno decía algo más violento y cruel, recibe las mayores alabanzas por parte de los enemigos de César.

[3] Cuando se levanta la sesión por la tarde, todos sus integrantes reciben la llamada de Pompeyo, el cual alaba y confirma a los partidarios de tomar acciones rápidas pero critica e aguijonea a los más titubeantes. Muchos veteranos de los ejércitos de Pompeyo se reenganchan con la esperanza de recompensas y mayor rango y se convoca a muchos de las dos legiones que César le había entregado. La ciudad e incluso las propias asambleas se llenan de tribunos, centuriones y soldados realistados; todos los amigos de los cónsules, los más íntimos de Pompeyo y de aquellos que tenían unas largas enemistades con César, se reúnen en el senado y con su griterío al unísono aterrorizan a los más débiles y fortalecen a los indecisos, pero impiden a la mayoría ejercer libremente su derecho a reflexionar. Promete el censor Lucio Pisón que irá a ver a César y lo mismo dice el pretor Lucio Roscio para poner al corriente a César de las novedades y piden seis días de plazo para llevar a cabo esta tarea; se oye la opinión de algunos que proponer enviar delegados a César para que le informen de los deseos del senado. [4] Hay oposición a todas estas propuestas, a todas se enfrentan el cónsul, Escipión y Catón con sus palabras. A Catón lo aguijonean su antigua enemistad con César y el dolor por haber perdido unas elecciones ante él; a Léntulo lo mueven su gran cantidad de deudas, la esperanza de recibir el mando de un ejército y provincias y los regalos que se suelen recibir de los reyes que buscan un reconocimiento romano; además, se vanagloria entre sus allegados de que será un segundo Sila, al cual volverá la máxima autoridad. A Escipión lo incita la misma expectativa de recibir el mando de provincias y ejércitos, que considera que compartirá con Pompeyo por su amistad, y al mismo tiempo su miedo a ser encausado y la adulación y arrogancia de él y de los poderosos, que entonces tenían un gran poder en la República y en los juicios. El propio Pompeyo había sido incitado por los enemigos de César y, puesto que no deseaba que nadie lo igualara en prestigio, se había apartado totalmente de su amistad con César y se había congraciado con esos enemigos comunes, a la mayor parte de los cuales había sido él quien los había unido a César durante aquel tiempo en el que estuvieron aliados. Al mismo tiempo, se sentía exaltado por la deshonrosa argucia con la que había trasladado a su poder y dominio a dos legiones [de César] que iban de camino a Asia y Siria y estaba ansioso por dirimir su rivalidad por las armas.

[5] Por estos motivos se llevaba a cabo toda esta operación de una manera tan desordenada y apresurada: ni les daban tiempo a los allegados de César a informarlo ni a los tribunos de la plebe de tratar de evitar el peligro que corría con súplicas ni se les permite hacer valer su autoridad[4], lo único que Sila les había dejado, sino que al séptimo día les obligan a pensar en su integridad física, cosa que ni aquellos tribunos de la plebe tan exaltados de épocas pasadas[5] no acostumbraban a pensar ni temer hasta pasados ocho meses en su cargo. Al final se llega a aquel extremo, al senadoconsulto último, al cual no se había recurrido antes excepto en los casos de un incendio en casi toda la ciudad o de temor por la salvación común ante el atrevimiento de unos conspiradores: “se les encarga —dice el decreto— a los cónsules, pretores, tribunos de la plebe y todos los procónsules que estén cerca de la ciudad que ningún mal alcance a la república”. El senadoconsulto se aprueba en estos términos siete días antes de la kalendas de enero[6] y así, en los cinco primeros días en los que se puede reunir el senado, desde el día en que empezaba el consulado de Léntulo, a excepción de dos días en los que se reunían las asambleas, se toman unas decisiones extremas y muy agrias respecto al mando militar de César y los hombres más espléndidos. Al punto huyen de la ciudad los tribunos de la plebe y se reúnen con César; él por aquel entonces estaba en Ravena y esperaba la respuesta a sus moderadas propuestas, por si pudiera llevarse la disputa por vía de la paz gracias a algo de equidad por parte de los senadores.

[6] En los siguientes días, el senado se reúne a las afueras de la ciudad. Pompeyo dice lo mismo que habíadejado ver a través de Escipión: alaba la valentía y la fortaleza del senado y expone el número de sus tropas: afirma que tiene diez legiones dispuestas y que, además, los soldados de César no sienten aprecio por él y que él no los puede convencer para que lo defiendan o lo sigan. Enseguida propone al senado el resto de medidas: que se realice una leva por toda Italia, que se envíe rápidamente a Fausto Sila a Mauritania y que se le permita a Pompeyo utilizar el dinero de las arcas del Estado. Incluso propone al senado que se nombre al rey Jubo amigo y aliado [del pueblo romano], pero Marcelo se niega a aceptar esa propuesta por ahora y Filipo, un tribuno de la plebe, veta lo de Fausto; el resto de propuestas se aprueban en el senado. Se decide poner al frente de las provincias —dos de ellas, consulares; el resto, pretoriales— a unos senadores sin cargos[7]; Escipión consiguió Siria, Lucio Domicio la Galia y por un pacto privado dejan de lado a Filipo y a Cota y no los incluyen en el sorteo. Al resto de provincias envían a pretores[8] y no se esperan, como se solía hacer en los años anteriores, a que se lleve a votación su nombramiento a la asamblea popular y a que salgan de la ciudad con la capa militar después de haber pronunciado sus juramentos. Los cónsules, cosa que nunca había sucedido hasta entonces, abandonan la ciudad y senadores sin cargo tienen escolta de lictores en a ciudad y en el Capitolio, en contra de toda nuestra tradición. Por toda Italia tienen lugar las levas y las armas toman el mando: se pide dinero a las ciudades y se toma de los templos: todas las leyes humanas y divinas quedan confundidas.


Arenga de César a los soldados: se inicia la guerra[editar]

[7] Cuando se entera de estas acciones, César reúne a sus soldados. Les recuerda todas las afrentas que le han hecho sus enemigos desde siempre, por los cuales —se queja— Pompeyo se ha visto seducido y corrompido hasta odiarlo y rechazar su gloria, mientras que César siempre había favorecido su honor y prestigio y le había ayudado. Lamenta este revolucionario precedente que han introducido en la república de que el veto de los tribunos, que pocos años antes se había recuperado por las armas, ahora se controlara y silenciara mediante la fuerza; Sila, aun privando a los tribunos de todas sus atribuciones, les había dejado libremente la intercesión; Pompeyo, en cambio, que parecía haber recuperado lo perdido[9], había eliminado incluso los privilegios que antes habían tenido. Dice César a sus soldados que todas las veces que se ha decidido encargar a los magistrados que ningún mal alcance a la república —con cuyo mensaje y decisión el pueblo romano ha sido movilizado—, ha sido siempre contra unas leyes perjudiciales, contra la violencia de los tribunos, contra la ocupación de templos y lugares más elevados de la ciudad durante la secesión de la plebe: y estos ejemplos del pasado fueron perdonados por los dioses como nos enseñan los finales de Saturnino y los Gracos. De aquellas acciones de entonces, ahora nada se ha hecho, ni siquiera se ha pensado: César no ha promulgado ninguna ley, no ha iniciado ninguna conjura con el pueblo, no ha realizado ninguna secesión. Anima a sus soldados, bajo cuyo mando durante ocho años han gozado de gran fortuna, han obtenido infinidad de victorias, han sometido la Galia y la Germania, que defiendan su honor y su prestigio frente a sus enemigos. Los soldados de la decimotercera legión, que estaban presentes, lo aclaman —había convocado a esta legión al empezar los disturbios, el resto todavía no habían llegado— y afirman que ellos están preparados para defender a su general y a los tribunos de la plebe frente a las injusticias de sus enemigos.

[8] Tras conocer los deseos de sus soldados, marcha hacia Ariminio con esa legión y allí se encuentra con los tribunos de la plebe que se había refugiado con él; convoca al resto de legiones de sus cuarteles de invierno y les ordena que lo sigan. A ese lugar llega el joven Lucio César, cuyo padre había sido legado de César; después de decirle a César por qué motivo había llegado, le enseña unas misivas de carácter privado que Pompeyo le había mandado. En ellas, Pompeyo quería limpiar su nombre ante César, para que no convirtiera en críticas contra él lo que hacía en aras de la república, puesto que él siempre había considerado más importante el beneficio de la república que las ambiciones de un ciudadano. Afirmaba que César también debería para conservar su prestigio no sólo deponer su ambición e ira contra la república sino también no airarse tanto contra sus enemigos que, aun cuando espere perjudicarlos, también perjudique a la república. Añade la carta unas pocas palabras más en esta línea e incorpora al final una nueva excusa de Pompeyo. El pretor Roscio le transmite el mismo mensaje y casi con las mismas palabras y le confirma que Pompeyo se las había recordado.

[9] Aunque nada de esto parecía ayudar a aliviar las injusticias, les pide a aquellos dos hombres de ilustre linaje, mediante los cuales podría transmitirle a Pompeyo lo que quisiera, que, puesto que le habían transmitido los recados de Pompeyo, no les pesara también llevar sus peticiones a Pompeyo, por si con ese poco esfuerzo pudieran evitar tan grandes rivalidades y liberar a Italia entera del miedo. Les dice que para él el prestigio de la república siempre había sido lo primero, más importante que su vida; que le había dolido que le hubieran arrancado sus enemigos con injurias las bondades que el pueblo romano le había concedido, que le habían privado de seis meses de mando y lo arrastraban de nuevo a la ciudad, a pesar de que el pueblo había ordenado que, aun ausente, se le tuviera en cuenta en los próximos comicios. Sin embargo —seguía— él había soportado esta afrenta a su honor con ecuanimidad por el bien de la república; ni siquiera había conseguido que todos los generales abandonaran sus mandos en las cartas con las que lo había pedido. Mientras, toda Italia padecía reclutamientos, mantenían apartadas de él dos legiones que le habían sido arrebatadas bajo el pretexto de una guerra contra los partos y toda la ciudad estaba en armas. ¿A qué venía todo esto, si no era en su perjuicio? Sin embargo, estaba preparado a rebajarse a todo y sufrirlo todo en aras de la república. Pide que Pompeyo se marche a sus provincias, que los dos licencien sus ejércitos, que todos en Italia abandonen las armas, que liberen a la ciudadanía del miedo y que se permitan unos comicios libres y todos los asuntos públicos al senado y pueblo de Roma. Con tal que estos objetivos se cumplan bajo unas condiciones seguras y se sancionen con juramentos, pide que se le permita ir ante Pompeyo y afirma que permitirá que Pompeyo venga: puede ser que hablando se arreglen todas estas disputas.

[10] Roscio, junto con Lucio César, acepta el encargo, llega a Capua y allí encuentra a Pompeyo y a los cónsules, a los que les anuncia las peticiones de César. Aquellos deliberan la cuestión para responderle y se la mandan por medio de Roscio y César por escrito. Este es el resumen: piden que César vuelva a la Galia, que abandone Ariminum y, si lo hace, Pompeyo se irá a Hispania. Entretanto, hasta que no quede demostrado que César va a realizar lo que prometió, ni los cónsules ni Pompeyo interrumpirán sus reclutamientos. [11] Era injusto pedir que César abandonara Arimino y volviera a sus provincias mientras Pompeyo mantenía sus provincias y unas legiones ajenas ni pretender que César licencie a su ejércitos mientras el otro seguía reclutando; no era justo prometer que se marcharía a su provincia sin dejar claro antes de qué día se iba a ir, para que así no pareciera obligado por ningún juramento en falso, aunque César ya se hubiera marchado al acabar su consulado; sin embargo, el hecho de no reservar un momento para conversar ni prometer verse dejaba muy poco margen para tener esperanzas en la paz. Y así manda a Antonio con cinco cohortes desde Ariminio a Arretio; él permanece en Ariminio con dos cohortes y ordena que se realicen reclutamientos y ocupa Pisauro, Fano y Ancona con una cohorte cada una.

Guerra de movimientos en Italia[editar]

[12] Mientras, se entera de que el pretor Termo controla Iguvio con cinco cohortes y está fortificando la ciudad, pero que todos los iguvinos tienen son grandes partidarios suyos. Manda entonces a Curión con tres cohortes, a las que tenía en Pisauro y Arimino, y al conocer su llegada Termo, que no confiaba en la lealtad de los habitantes, saca a las cohortes de la ciudad y se da a la fuga; los soldados durante la marcha se separan de él y se marchan a sus casas. Curión toma Iguvio con la aceptación de todos sus habitantes. Cuando César conoció lo sucedido, cobra confianza en la voluntad popular de las ciudades, retira a las cohortes de la XIII legión de las guarniciones y marcha hacia Auximo, una ciudad en la que Acio había introducido sus cohortes y controlaba, mientras los senadores que había mandado por todo el Piceno realizaban reclutamientos. [13] Cuando se supo de la llegada de César, la mayoría de decuriones de Auximo se reúnen con Acio Varo: le informan de que, aunque no está en sus manos decidirlo, ni ellos ni sus conciudadanos podrían tolerar que a Gayo César, un general que tanto bien había hecho por la república y tan grandes hazañas, se le impidiera la entrada a la ciudad y a las murallas y que, en consecuencia, tomara en consideración el porvenir y el peligro que corría. A Varo estas palabras lo conmocionaron y sacó la guarnición que había introducido en la ciudad y huyó. A este unos pocos soldados de la vanguardia de César lo obligan a entrar en batalla y, en cuanto se entabla el combato, los soldados de Varo desertan: una parte de soldados se vuelve a casa y el resto se cambian al bando de César; con ellos, llevan a Lucio Pupio, un centurión primipilo que habían capturado, el cual había gozado de esta misma posición anteriormente en el ejército de Gneo Pompeyo. César elogia a los soldados de Acio, deja libre a Pupio y da las gracias a los ciudadanos de Auximo y les promete que recordará sus acciones.

[14] En cuanto estas noticias llegaron a Roma, se difundió de repente tan gran terror que, aunque el cónsul Léntulo había venido a abrir el erario y llevarse su dinero para Pompeyo siguiendo las órdenes del senadoconsulto, tras abrir la cámara del tesoro enseguida huyó de la ciudad [sin nada], pues unos jinetes a las órdenes de César anunciaban en falso que este se acercaba y que estaba a punto de llegar. A este cónsul lo siguen su colega Marcelo y la mayoría de magistrados; Gneo Pompeyo el día antes había salido de la ciudad y estaba en camino hacia los campamentos de las legiones, de las cuales había dispuesto a las que había recibido de César en Apulia para pasar el invierno. Cesan los reclutamientos en torno a la ciudad; nada les parece a todos seguro a este lado de Capua. Allí es donde primero toman posiciones firmes: se reúnen y decretan realizar un reclutamiento entre los colonos que se habían asentado en Capua en virtud de la ley Julia[10]; a los gladiadores, que César tenía allí en una escuela, los llevan al foro y Léntulo los convence prometiéndoles la libertad, les otorga un caballo y les ordena que le siguieran. Después, siguiendo los consejos de sus allegados —en cuya opinión esa era una mala idea—, los distribuye entre los esclavos de la región de Campania para vigilarlos.

[15] César abandonó Auximo y recorrió en su avance todo el campo de Piceno. Todas las prefecturas de aquellas regiones lo reciben muy gustosamente y ayudan al ejército con todo tipo de suministros. Incluso en Cíngulo, una ciudad que había fundado Labieno y había construido con su propio dinero, llegan los legados de la ciudad y le prometen cumplir de buen grado con cualquier cosa que les ordene. Les pide soldados: se los envían. Entretanto, la legión XII alcanza a César; con estas dos legiones marcha hacia Ásculo Piceno. Léntulo Espinter guardaba esta ciudad con diez cohortes, si bien cuando conoce de la llegada de César, huye de la ciudad y al intentar que las cohortes le sigan un gran número de soldados deserta. Cuando se encontraba en camino acompañado por unos pocos soldados, se encuentra con Vibulio Rufo, al cual había enviado Pompeyo a Piceno para reforzarlos. Una vez que Léntulo informa a Vibulio de cuanto sucedía en Piceno, aquel toma sus soldados y lo despacha. Al mismo tiempo, recluta donde puede entre las regiones más cercanas a partidarios de Pompeyo; entretanto se encuentra a Lucilio Hirro con seis cohortes, que había tenido de guarnición en Camerino, de donde huía: con todo esto reúne doce cohortes. Con estos efectivos, a marchas forzadas se dirige a reunirse con Domicio Ahenobarbo en Corfinio y le anuncia que César se acerca con dos legiones. Domicio, por sí solo, había conseguido reunir cerca de 20 cohortes de Alba, los marsos, los pelignos y las regiones adyacentes.

[16] Tras capturar Firmo y haber expulsado a Léntulo, César ordena que se busque a los soldados que lo habían abandonado y ordena reclutarlos; también se demora allí un día para aprovisionarse y parte hacia Corfino. Cuando llega allí, cinco cohortes que Domicio había enviado cortan el paso hacia la ciudad en un puente, que distaba de la ciudad alrededor de 3 millas. César entabla combate allí con sus tropas de vanguardia y rápidamente expulsa a los soldados de Domicio del puente, que se retiran a la ciudad. Cuando las legiones ya han cruzado el puente, César se acerca a la ciudad y establece su campamento ante sus muros.[17] Tras enterarse de sus actos, Domicio envía a Pompeyo, que estaba en Apulia, a unos mensajeros que conocían el terreno prometiéndoles una gran recompensa para que le pidan y le rueguen que venga en su ayuda: sería fácil encerrar a César entre dos ejércitos y un lugar angosto y poder evitar que se aprovisionara; si no lo hacía, más de 30 cohortes, un gran número de senadores y caballeros romanos y él mismo se encontrarían en peligro. Entretanto, anima a los suyos, prepara máquinas de asedio en los muros y le encarga a cada uno la vigilancia de unas determinadas partes de la ciudad; promete a sus soldados en una asamblea entregarles terrenos de sus tierras, cuatro iugera[11] por soldados y una parte proporcional a centuriones y reenganchados. [18] Mientras tanto, los habitantes de Sulmona —ciudada situada a siete millas de Corfinio— anuncian a César que ellos desean cumplir con cualquier cosa que les ordene, pero se lo impiden el senador Quinto Lucrecio y Atio Peligno, que guarnecían la ciudad con siete cohortes. Envía allí a Marco Antonio con cinco cohortes de la XIII legión. Los sulmonenses, en cuanto ven nuestras enseñas, abren las puertas y salen todos, ciudadanos y soldados, a recibir en el camino con bienvenidas a Antonio. Lucrecio y Atio saltan las murallas; ttio es llevado ante Antonio y le pide ver a César; Antonio con sus cohortes y acompañado por Atio vuelve al campamento de César en el mismo día que había salido. César une esas cohortes a su ejército y despacha a Atio sin causarle mal alguno. César en los primeros días fortifica el campamento con grandes obras y ordena traer grano y el resto de tropas de los municipios más cercanos. En tres días llega la VIII legión, 12 nuevas cohortes de reclutas galos y 300 jinetes del rey Norico. Con su llegada añade otro campamento al otro lado de la ciudad y pone al frente a Curión. El resto de días ordena rodear la ciudad con una empalizada y fortificaciones, que casi están acabadas al mismo tiempo que llegan los mensajeros de Pompeyo.

[19] Tras leer sus cartas, Domicio, ocultando la verdad, anuncia en su consejo que Pompeyo rápidamente vendrá en su ayuda y los anima a que no pierdan el ánimo y preparen cualquier cosa que se pueda utilizar para defender la ciudad; él, por su parte, habla con unos pocos de sus allegados y decide optar por fugarse. Como la expresión de Domicio no parecía concordar con sus palabras y todo lo realizaba de una manera más confusa y temerosa que como acostumbraba en los días anteriores y hablaba en secreto con los suyos mucho más de lo habitual para tramar bien el plan pero evitaba las reuniones y los encuentros con los soldados, llegó un punto en el que ya no pudo ocultar y disimular por más tiempo la verdad: Pompeyo le había respondido que él no se lo jugaría todo y que Domicio se había refugiado en Corfinio sin su consejo ni su orden; por tanto, si tenía alguna posibilidad, que se reuniera con él con todas sus tropas. Sin embargo, para que esto no sucediera, se había rodeado la ciudad con una circunvalación y estaba bajo asedio. [20] Una vez que se extendió la noticia de sus planes entre la tropa, los soldados de Corfino esa misma tarde se separan y conversaban entre sí a través de sus tribunos de los soldados, sus centuriones y los más honrados de entre los suyos. Afirmaban que estaban asediados por César y que sus obras ya casi estaban acabadas, que su jefe, Domicio, por cuya esperanza y confianza habían permanecido en la ciudad, ahora había decidido abandonarlos a todos y huir: su deber era tomar en consideración ahora su propia salvación. Los marsos fueron los primeros en discrepar de su opinión y ocupan la parte de la ciudad que mejor fortificada parece, aunque existía tan gran división de pareceres entre ellos que llegan incluso a pelearse y a combatir con las armas; sin embargo, poco después, gracias a los mediadores, todos llegan a enterarse del proyecto de fuga de Domicio, lo cual desconocían. Entonces todos a una sacan a Domicio a la vista de todos, lo rodean y lo ponen bajo vigilancia y mandan a algunos de los suyos como legados ante César: le comunican que están dispuestos a abrir las puertas, a hacer cualquier cosa que les ordenara y a entregar a su poder a Lucio Domicio vivo.

[21] Tras conocer estos hechos, César, por más que consideraba que apoderarse cuanto antes de la ciudad y unir esas cohortes a su ejército era especialmente importante, para que no se produzca ningún cambio en su voluntad por las promesas de dinero, nuevos ánimos o unas falsas noticias, — pues en una guerra pueden acontecer grandes cambios de fortuna en unos pocos instantes— pero temiendo sin embargo que con la entrada de los soldados y la llegada de la noche en la que estos se solazan la ciudad acabara saqueada, alaba a aquellos que han venido a él y los devuelve a la ciudad, y les ordena que guarden las puertas y los muros; él por su parte ubica a los soldados en las fortificaciones que había ordenado construir no con unos ciertos intervalos, como había hecho hasta entonces, sino con una guardia y guarnición constante, para que se tocaran entre sí y ocupen todas las fortificaciones; envía por toda la obra a los tribunos de los soldados y a los prefectos y les avisa de que no solo se guarden de una irrupción del enemigo sino que también vigilen las salidas a escondidas de algunos hombres a solas. Y no hubo nadie con un ánimo tan tranquilo o descansado que aquella noche durmiera: tan gran expectativa había sobre lo que iba a pasar que todos se preguntaban, en su mente y en sus ánimos, varias cosas: qué pasaría con los propios soldados de Corfino, qué le pasaría a Domicio, qué a Léntulo, qué a los demás y qué sucesos seguirían a cada uno de estos.

[22] En la cuarta hora de la vigilia, Léntulo Espinter charla con nuestros guardias y centinelas desde la muralla: decía que quería, si se le concedía el permiso, reunirse con César. En cuanto se le permite, se le envía desde la ciudad, y no se separan los soldados de Domicio de él antes que llegue a presencia de César. Cuando le pide por su vida, le ruega y suplica que le perdone, le recuerda su antigua amistad y reconoce los favores que César le había hecho, que eran de lo más importantes: gracias a César había entrado en el colegio de pontífices, gracias a él había conseguir la provincia de Hispania como propretor, él lo había apoyado en su candidatura al consulado. César interrumpe sus palabra: afirma que él no ha vuelto de su provincia para realizar malos actos, sino para defenderse de las injurias de sus enemigos, para restablecer a los tribunos de la plebe, expulsados de la ciudad por defender su honor, para recuperar su propia libertad y la del pueblo romano, que se veía sometido por una facción de unos pocos. Léntulo cobra ánimos con sus palabras y pide que se le permita volver a la ciudad: con el perdón que él había conseguido, serviría para apaciguar a los demás con buenas esperanzas, pues recuerda que hay quienes, cuando están muy aterrorizados, se ven impulsados a defender su vida con con las más duras acciones. Una vez que se le permite, se marcha. [23] César, en cuanto amaneció, ordena que se traiga a su presencia a todos los senadores, hijos de senadores, tribunos de los soldados y caballeros romanos. Eran 50; del orden senatorial, Lucio Domicio, Publio Léntulo Espínter, Lucio Cecilio Rufo, Sexto Quintilio Varo, cuestor, y Lucio Rubrio; además, estaban el hijo de Domicio, otros muchos jóvenes y un gran número de caballeros romanos y decuriones, a los que Domicio había convocado de los municipios. Una vez en su presencia, los protege de los insultos y el griterío de los soldados; comenta cuatro cosas con ellos y se lamenta de que, a su parecer, una parte de ellos no ha correspondido a sus favores, pero los despide a todos sin herirlos. Los 6.000.000 sestercios que Domicio había traído consigo, se los había dejado a plena vista de todos; a pesar de que los cuatro dirigentes de Corfinio se los habían entregado a César, este se los devuelve a Domicio, para que no parezca que era más moderado con las vidas de los hombres que con su dinero, a pesar de saber con seguridad que ese dinero era público y que le había sido entregado por Pompeyo como estipendio. Ordena que los soldados de Domiciano realicen el juramento de lealtad hacia él y en ese día levanta el campamento y realiza una marcha normal tras haberse demorado una semana ante Corfinio, con la que llega al territorio de Larino en Apulia cruzando los territorios de los marrucinos y los frentranos.

[24] Pompeyo, una vez que estuvo al corriente de lo sucedido en Corfinio, marcha de Luceria a Canusio y de allí a Brundisio. Ordena que se reúnan con él todas las tropas de las últimas levas; arma a los esclavos y pastores y les concede caballos, con lo que consigue unos 300 jinetes. El pretor Lucio Manlio huye de Alba con seis cohortes; Rutilio Lupo, pretor, abandona Tarracina con tres, las cuales, en cuanto vieron a lo lejos a la caballería de César, comandada por Vibio Curio, abandonaron al pretor, entregaron sus enseñas y se pasaron a su bando. Durante el resto de la marcha algunas cohortes se encuentran con el ejército de César, otras con su caballería. Traen ante César a Numerio Magio Cremona, prefectus fabrum[12] de Gneo Pompeyo, al cual César manda de vuelta con Pompeyo con un mensaje: dado que hasta entonces no habían podido reunirse para parlamentar y César en persona iba a llegar a Brundisium, era de interés para la república y para la salvación común que él hablara con Pompeyo y que no se realizara esa negociación a larga distancia, cuando las condiciones se plantean a través de otros como si las debatieran todas cara a cara.

[25] Tras entregarle este recado llega a Brundisio con seis legiones, tres de ellas veteranas y otras tres que había creado a partir de sus últimas levas y había completado sobre la marcha; a las cohortes de Domicio las había enviado por delante desde Corfinio hacia Sicilia. Descubre que los cónsules ya han marchado a Dirraquio con una gran parte del ejército y que Pompeyo permanece en Brundisio con veinte cohortes, pero no pudo saber a ciencia cierta si Pompeyo había permanecido allí para mantener Brundisium bajo control, a fin de poder controlar con más facilidad todo el mar Adriático desde las regiones más remotas de Italia y Grecia y así dirigir la guerra desde ambas partes, o si lo había dejado allí la falta de una flota, por lo que, temeroso de que Pompeyo pensara que no era necesario abandonar Italia, decidió obstaculizar las salidas y comunicaciones del puerto de Brundisio. El plan de sus obras era el siguiente: por donde la bocana del puerto era más estrecha, arrojaba grandes masas de tierra y construía terraplenes desde ambas costas, dado que en aquel lugar el mar era poco profundo. Más adelante, cuando el terraplén ya no podía contener el agua en los lugares más profundos, ubica ante el terraplén unas balsas dobles, de sesenta pies de ancho y las afianza con un ancla desde cada esquina, para que las olas no las desplacen. Una vez que ya tuvo estas colocadas, les iba uniendo otras balsas de tamaño similar y entretejía estas con la tierra y el terraplén para que no impidiera el acceso para defenderlas. Por delante y por los lados las cubría con unos parapetos de cañizo y en una de cada cuatro añadió una torre de dos pisos para poder defenderlas con mayor facilidad del ataque de una flota y los incendios.

[26] Pompeyo preparaba para hacer frente a estas maniobras a unas grandes naves de carga que había tomado en el puerto de Brundisium. En ellas alzaba unas torres de tres pisos, que estaban repletas de máquinas de asedio y todo tipo de armamento a distancia, y las guiaba hacia las obras de César, para que rompieran las balsas y entorpecieran las obras: así luchaban cada día a larga distancia, con flechas y cualquier clase de proyectiles. César dirigía las obras como si pensara que todavía había esperanza para la paz y, sin embargo, le extrañaba de sobremanera que aun no le hubieran enviado de vuelta a Magio, al cual él había mandado a Pompeyo con un recado. Aquel propósito, que tantas veces había intentado cumplir, aunque retrasaba su ataque y sus planes, consideraba que debían mantenerse a toda costa: así pues, envía a Caninio Rebilo, un legado, amigo íntimo de Escribonio Libón, para parlamentar: le encarga que anime a Libón a conciliar un acuerdo; en primer lugar, le pide reunirse en persona con Pompeyo; sobre todo, demuestra que él confía, si se le diera permiso para ello, en conseguir que ambos abandonen las armas en igualdad de condiciones; además, añade que una gran parte de los elogios y el aprecio recaería sobre Libón, si por su obra y acción consigue el abandono de las armas. Libón, en cuanto se separa de Canino, marcha a hablar con Pompeyo y poco después anuncian que, dado que los cónsules no están presentes, sin ellos no puede hablarse de acuerdo alguno. Y así César llegó a la conclusión de que ese acuerdo que había intentado tantas veces en algún momento tendría que dejarlo de lado y centrarse en dirigir la guerra.

[27] Aproximadamente a mitad de camino para concluir las obras, cuando ya llevaba nueve días, vuelven a Brundisium por orden de los cónsules desde Dirrachium las naves que había llevado antes a la primera parte del ejército y Pompeyo, ya fuera por la angustia ante las obras de César, ya fuera porque tenía decidido desde un principio abandonar Italia, con la llegada de las naves empieza a preparar su marcha y, para retrasar con mayor facilidad el ataque de César y que sus soldados no irrumpieran en la ciudad justo durante su partida, obstruye las puertas, planta barricadas en las calles y plazas y excava zanjas a lo largo de los caminos, donde clava pinchos y estacas y después las recubre e igual con cañizos y tierra. Por otro lado, las entradas y los dos caminos que llevaban desde fuera de la ciudad hasta el puerto los cierra con enormes vigas clavadas y afiladas en los extremos. Cuando ya lo tiene todo preparado, ordena a sus soldados embarcar en silencio, pero dispone a lo largo de las murallas a algunos de los veteranos sin bagaje y unos pocos arqueros y honderos. Decide convocar a estos con una señal en concreto cuando todos los soldados hayan subido en los barcos y para ellos deja en un lugar accesible unas naves más rápidas. [28] Los ciudadanos de Brundisium veían con buenos ojos a César puesto que habían aborrecido las injusticias de los soldados de Pompeyo y el desprecio del propio Pompeyo. Por esto, en cuanto conocieron la partida de Pompeyo, mientras aquellos corrían y estaban ocupados en esta tarea, hicieron todos señas desde los techos. Gracias a ellos, César conoció esta decisión y ordena que se preparen las escalas y los soldados se armen, para no perder la posibilidad de entrar en acción. Pompeyo zarpa con las naves de noche y convoca la guarnición que vigilaba los muros con la señal pactada y corren hacia las naves por los caminos conocidos. Los soldados de César ponen las escalas en las murallas y suben por ellas, pero como los ciudadanos les aconsejan que tengan cuidado con las zanjas cubiertas y los agujeros, se quedan quietos. Entonces los brundisinos los llevan por un largo camino hasta el puerto y allí capturan con unos esquifes y unas barcas a dos naves repletas de soldados que se habían quedado encalladas en el terraplén de César, y tras capturarlas las sacan de allí.

[29] César, aunque consideraba una buena idea cruzar el mar y seguir a Pompeyo para llevar a acabo las negociaciones, antes de que aquel cobrara fuerzas con sus refuerzos allende los mares, temía no obstante las demoras a la hora de conseguirlo y que se alargara la campaña, porque Pompeyo, al capturar todas las naves, le había privado de poder perseguirlo ahora. Además, también quedaba el hecho de que tenía que esperar la llegada de naves desde la Galia, el Piceno y desde el estrecho, lo cual parecía largo y difícil debido a la época del año. Entretanto, no quería que el ejército veterano de Pompeyo conquistara las dos Hispanias, de las cuales ya había sometido a una con los grandes favores de Pompeyo, reclutara auxiliares y caballería y probase de atacar Galia e Italia mientras él estaba ausente. [30] Así las cosas, deja de lado el plan de seguir a Pompeyo de inmediato y decide marchar hacia Hispania: ordena a los duóviros de todos los municipios que reúnan naves y se encarguen de que las lleven a Brundisio.

Primeras maniobras políticas de César[editar]

Envía Cerdeña con una legión a Valerio como legado, a Sicilia a Curión en calidad de pretor con dos legiones y le ordena que, una vez haya capturado Sicilia, pase directamente con su ejército a África. Marco Cota controlaba Cerdeña, Marco Catón Sicilia y Tuberón debería haber conseguido Africa en el sorteo. Los habitantes de Calaris, en cuanto oyeron que les había enviado a Valerio, antes incluso de que saliera de Italia echaron a Coto por voluntad propia de su ciudad. Aquel se sintió aterrorizado, puesto que pensaba que toda la provincia sentía igual, y huyó de Cerdeña a África. Catón en Sicilia estaba reparando unas antiguas naves de guerra y les pedía nuevas a las ciudades, cosa que realizaba con gran entrega. Entre los lucanos y los brutios sus legados realizaban un reclutamiento de ciudadanos romanos y pedía un determinado número de jinetes e infantería a las ciudades de Sicilia. Cuando todo esto estaba ya casi acabado, se entera de la llegada de Curión y en una asamblea se queja de que ha sido dejado de lado y abandonado por Pompeyo, el cual había iniciado una guerra innecesaria sin tener nada preparado pero que, cuando Catón y los demás senadores le habían preguntado, les había asegurado que lo tenía todo preparado y dispuesto para ella. Tras quejarse de esto en la asamblea, huye de la provincia. [31] Valerio llega a Cerdeña y Curión a Sicilia y se encuentran con ambas provincias sin gobernador. Tuberón, al llegar a África, se encuentra que se ha hecho cargo de la provincia Atio Varo, al cual, como hemos contado, abandonaron sus cohortes cerca de Auximo y llegó a África en su huida, donde, como encontró la provincia vacía, ocupó el poder por iniciativa propia y realizó una leva de dos legiones: pudo intentarlo gracias a su conocimiento de aquellos pueblos y tierras y experiencia en la provincia, dado que pocos años antes tras su pretura recibió esta provincia. Cuando llegó Tuberón a Útica con la flota, este le prohibió la entrada al puerto y la ciudad y no toleró que su hijo, enfermo, pisara la tierra, sino que le obligó a marcharse tras levar anclas.

[32] Tras ejectuar estos planes, César, para tomarse un respiro del trabajo durante el resto del tiempo, acuartela a los soldados a las ciudades más cercanas y él mismo marcha a Roma. Allí reúne al senado y recuerda las afrentas de sus enemigos; les demuestra que él no había buscado ninguna honra extraordinaria, sino que después de haber cumplido con el plazo requerido para presentarse al consulado habría tenido suficiente con lo que se le permite a cualquier ciudadano: los diez tribunos de la plebe, en contra de sus enemigos —aunque Catón, que se resistía tenazmente, demorase la propuesta con sus tradicionales técnicas de hablar todo el día[13]— habían propuesto que se presentara en ausencia, mientras el propio Pompeyo era cónsul: si desaprobaba la moción, ¿por qué toleró que se aprobara? Y si la aprobaba, ¿por qué le impidió a él beneficiarse del favor popular? Les expone su voluntad de sacrificarse cuando propuso licenciar a sus ejército, una medida que le iba a restar prestigio y honras; les muestra la acritud de sus enemigos, los cuales rechazan realizar lo que pedían del otro y preferían mezclarlo todo antes que renunciar a su mando y ejército. Explica la afrenta que le infringieron al quitarle sus legiones, su crueldad y soberbia al amordazar a los tribunos de la plebe y les recuerda sus propuestas, sus peticiones para parlamentar y las negativas de aquellos. Por todos estos motivos les anima y les ruega que respalden a la república y tomen las riendas junto con él, pero si huyen de miedo, él no los agobiará y asumirá el mando por sí solo; señala que es menester enviar unos legados a Pompeyo para parlamentar y que él no teme, como dijo Pompeyo poco antes en el senado, que a los que se les envían legados se les conceda mayor autoridad y que quienes los mandan demuestren miedo, pues esa opinión le parece propia de débiles y pusilánimes. Él, al igual que en los asedios se esfuerza por ir por delante, también prefiere superarlos en justicia y ecuanimidad.

[33] Aprueba el senado la propuesta de enviarle legados pero no encuentran a quiénes enviar, ya que todos —temiendo cada uno sobre todo por su vida— rechazaban este encargo. Pompeyo había dicho ante el senado cuando partió de la ciudad que consideraría por igual a quienes se quedaran en Roma y a quienes estuvieran en el bando de César. Así discurren tres días entre debates y excusas; además, los enemigos de César habían sobornado a L. Metelo, tribuno de la plebe, para que demorara el asunto y obstaculizara cualquier otra propuesta que César decidiera hacer. Una vez que conoció su plan, César, después de haber desperdiciado en vano tantos días, marcha de la ciudad sin haber hecho lo que quería y llega a la Galia transalpina.

Inicio del asedio en Massilia[editar]

[34] Al llegar allí, se entera de que Pompeyo ha enviado a Vibulio Rufo, al cual pocos días antes él mismo había liberado tras capturarlo en Corfinio, y también a Domicio a ocupar Massilia con siete embarcaciones ligeras, que había requisado a unos particulares en Igilio y en Cosano[14] y las había tripulado con esclavos, libertos y colonos suyos; incluso Pompeyo había enviado primero a unos legados masilienses de vuelta a casa, unos jóvenes nobles, a los que Pompeyo, antes de abandonar Roma, les había animado a que los nuevos favores de César no les hicieran olvidar los antiguos favores que él les había concedido. Los masilienses, que aceptaron su encomienda, cerraron las puertas a César, y habían convocado a los albicos, unos bárbaros con los que desde muy antiguo estaban aliados y habitaban en unos montes alrededor de Masilia; habían acumulado en la ciudad la comida de todas las fortificaciones y regiones próximas; habían establecido forjas de armas en la ciudad y reparaban sus murallas, puertas y flota.

[35] César convoca a los quince ciudadanos más importantes de Massilia y parlamenta con ellos con la intención de que masiliotas no den comienzo a las hostilidades. Les señala que ellos deberían seguir el consejo de toda Italia antes que obedecer a los deseos de un solo hombre, y les recuerda otros argumentos que considera oportunos para devolverles el juicio. Los delegados transmiten a la ciudad sus palabras y con el respaldo de sus ciudadanos le contestan a César que, por lo que ellos saben, el pueblo romano se halla dividido en dos bandos y que no tienen la capacidad, ni por su juicio ni por sus fuerzas, de discernir cuál de las dos partes tiene un motivo más justo. Confiesan que los cabecillas de ambas facciones, Pompeyo y César, han beneficiado a la ciudad: el uno abiertamente les concedió los campos de los volcos, los arecomicos y los helvios, mientras que el otro puso bajo su jurisdicción a los salias después de derrotarlos y aumentó su recaudación: por este motivo, dado que ambos les habían concedido iguales favores, ellos deberían mantener también una posición equilibrada y no ayudar a ninguno de ellos contra el otro ni recibirlos en la ciudad o en los puertos. [36] Mientras estaban negociando, llega Domicio a Masilia con sus naves: los masiliotas lo reciben de buen grado y lo ponen al frente de la defensa de la ciudad y de la dirección de la guerra. Bajo su mando, envían su flota en todas las direcciones y capturan cuantas naves mercantes pueden para llevárselas al puerto; utilizan los clavos, madera y armas que encuentran para armar y reparar el resto; almacenan en los graneros públicos el grano que encuentran y reservan el resto de mercancías y suministros para resistir a un asedio, si tuviera lugar. César, que se siente injuriado por esta maniobra, lleva tres legiones hacia Masilia y construye torres y manteletes para asediar la ciudad; ordena que en Arelate se construyan doce naves de guerra. Tardan treinta días en construirlas desde el momento en que talan el primer árbol y, tras llevarlas hasta Massilia, las pone a las órdenes de Décimo Bruto y deja a Gayo Trebonio al mando del asedio de Masilia.

La campaña en Hispania[editar]

[37] Mientras prepara y dirige estas operaciones, envía por delante a Gayo Fabio hacia Hispania con tres legiones que había ubicado en Narbo para que pasaran allí el invierno y le ordena que ocupe los pasos en los Pirineos, que por aquel entonces controlaba el legado de Pompeyo Lucio Afranio con una guarnición. También ordena al resto de legiones que pasaban el invierno más lejos que lo sigan. Fabio, tal y como le había ordenado, con gran celeridad llega a los pasos de los Pirineos y expulsa a las guarniciones de allí, tras lo cual se dirige al encuentro del ejército de Afranio a marchas forzadas. [38] Con la llegada de Lucio Vibulio Rufo, al cual, como hemos señalado, Pompeyo había enviado a Hispania, Afranio, Petreyo y Varrón, los legados de Pompeyo de los cuales uno controlaba la Hispania Citerior con tres legiones, el otro la Ulterior desde el valle de Castulo[15] hasta el Ana[16] con dos legiones y el otro, a partir del Ana, el territorio de los vetones[17] y la Lusitania con igual número de legiones, se reparten entre sí las tareas: a Petreyo le corresponde unirse a Afranio cruzando el territorio de los Vetones desde Lusitania con todas las tropas y Varrón debe guardar toda la Hispania Ulterior con las legiones que tenía a su disposición. Tras decidir el plan, Petreyo ordena reclutar jinetes y tropas auxiliares por toda Lusitania y Afranio hace lo mismo por Celtiberia, entre los cántabros y todos los bárbaros, que habitan junto al Océano; una vez que ya los ha reunido, Petreyo rápidamente cruza el territorio de los vetones hasta llegar a reunirse con Afranio, tras lo que deciden por común acuerdo en un consejo de guerra llevar a cabo la guerra en las cercanías de Ilerda por las ventajas que les ofrece.

Enumeración de las tropas[editar]

[39] Tenían a su disposición, como decíamos, tres legiones Afranio y dos Petreyo; además, cerca de 80 cohortes[18], armadas con escudos las de la Hispania Citerior y con rodelas las de Hispanai Ulterior y alrededor de 5.000 jinetes de cada una de las dos provincias. César había enviado por delante seis legiones, 5.000 auxiliares y los 3.000 jinetes, con los que había contado en sus anterior campañas, además de un número igual de jinetes de la Galia —que él mismo había pacificado— a los que había convocado de uno en uno eligiendo entre los más nobles y valientes de cada ciudad; a esta fuerza se le sumaban contingentes con los mejores hombres de Aquitania y de las montañas que bordean la provincia de la Galia. Había oído comentar que Pompeyo estaba cruzando la Mauritania con legiones para entrar en Hispania y que pronto iba a llegar. Al mismo tiempo, tomó prestado dinero de los tribunos de los soldados y de los centuriones, que distribuyó entre la tropa. Con esta acción consiguió dos cosas: que la lealtad de los centuriones quedara comprada por esta deuda y con su generosidad compró la voluntad de los soldados.

[40] Fabio tanteaba los ánimos de los pueblos más cercanos con cartas y noticias. En el río Segre había construido dos puentes a cuatro mil pasos de distancia el uno del otro y a través de estos puentes llegaba la comida, porque sus soldados ya habían consumido en los anteriores días la que había disponible a ese lado del río. Esto mismo, y casi por los mismos motivos, lo hacían los generales pompeyanos y con frecuencia la caballería de ambos bandos entablaba combates. Entonces, cuando las dos legiones de Fabio dispuestas, como todos los días, más cerca del puente para así poder defender a los forrajeadores cruzaron el puente y las siguió toda la caballería y la impedimenta, una súbita ráfaga de viento y una crecida del río cortó el puente y dejó atrapada a una gran cantidad de caballería. En cuanto Afranio y Petreyo conocieron este suceso por la madera y los mimbres que el río transportaba, Afranio tomó la decisión de cruzar su puente —que comunicaba la ciudad y el campamento— y partió con cuatro legiones y toda la caballería hasta que se encontró con las legiones de Fabio. Cuando Lucio Planco, que comandaba las legiones, supo de su llegada, obligado por las circunstancias tomó posiciones en un lugar elevado y dispuso sus tropas en dos frentes distintos, para que la caballería no los pudiera rodear. Así entran en combate y mantiene la posición mientras resiste los fuertes embates de un enemigo superior en número; cuando la caballería entra en combate, ambos bandos atisban a lo lejos las enseñas de dos legiones que Gayo Fabio había enviado en ayuda de los nuestros por el puente más alejado al sospechar que iba a suceder lo que sucedió, que los generales enemigos aprovecharían la oportunidad y la ayuda de la fortuna para atacar a los nuestros. Con su llegada, cesa el combate y cada bando retira sus legiones a sus campamentos.

Llegada de César y primeros contratiempos[editar]

[41] César llegó al campamento dos días después con su escolta de 900 jinetes que se había reservado. El puente que aquella tormenta había cortado ya casi estaba reconstruido: César ordena que por la noche se complete. Cuando ya conoce la fisonomía del entorno, deja a seis cohortes para guarnecer el puente, el campamento y toda la impedimenta y al día siguiente parte hacia Ilerda con todas sus tropas organizadas en formación de combate a tres líneas y toma posiciones en las inmediaciones del campamento de Afranio, donde espera con las armas preparadas durante un rato y permite que el enemigo tome posiciones para combatir en igualdad de condiciones. Con esta oferta, Afranio saca a sus tropas del campamento pero las dispone en el medio de una colina, cerca del campamento. César, cuando se da cuenta de que Afranio no pensaba combatir, ordena construir un campamento a unos 400 pies del final de la colina y, para que los soldados no sientan temor ante un posible ataque del enemigo ni este impidiera las obras, les prohibe construir una empalizada, dado que esta destacaría y era necesario ver a lo lejos, pero les ordena excavar un foso de 15 pies en el lado que da al enemigo. La primera y la segunda línea permanecían armadas igual que desde el principio; tras ellas, la tercera línea realiza estas obras a escondidas. Así consiguen completar el foso antes de que Afranio se percate de que estaban construyendo un campamento y, por la tarde, César retira a sus legiones tras esa fosa y allí descansan esa noche con las armas en la mano.[42] Al día siguiente, mantiene a todo el ejército a resguardo de la fosa y, como tenía que ampliar el terraplén, inmediatamente ordena que se organicen las obras de una forma similar: encarga a cada legión la fortificación sucesiva de cada uno de los lados, con unas fosas excavadas de un tamaño adecuado; mientras una cava, al resto de legiones las dispone en armas, preparadas para hacer frente al enemigo. Afranio y Petreyo, a los que las obras les habían infundido terror, llevan sus tropas al pie de la colina para impedir las obras e intentan incitarlo al combate, pero no por ello César, que confiaba en las tres legiones que había dejado de guardia y en la fosa, interrumpe las obras. Aquellos no esperan mucho y cuando aun no habían avanzado un largo trecho desde el pie de la colina, retiran a sus tropas al campamento. Al tercer día César fortifica con una empalizada el campamento y ordena que el resto de cohortes que había dejado atrás en el campamento río arriba vengan a él con la impedimenta.

[43] Existía entre la ciudad de Ilerda y la colina más cercana, donde Petreyo y Afranio tenían su campamento, una explanada de unos 300 pasos y aproximadamente en el medio había una pequeña elevación que sobresalía: si César la consiguiera ocupar y fortificar, confiaba en que podría cortar el camino a sus enemigos a la ciudad, al puente y en cualquier dirección. Con este plan en mente, saca a tres legiones del campamento y las dispone en formación de combate en un lugar perfecto para ello; al mismo tiempo, ordena que los antesignanide una de las legiones se adelante y capture aquella elevación. Cuando se enteran de este plan, el enemigo envía a las cohortes de Afranio que estaban destacadas en un puesto de guardia por delante del campamento a capturar ese mismo lugar. Se entabla un combate y, como habían llegado antes los soldados de Afranio, los nuestros se ven rechazados pero, cuando los sustituyen otros refuerzos, obligan al enemigo a huir y a retirarse hasta la posición de su legión. [44] El estilo de combatir de aquellos soldados de Afranio era de atacar primero con gran empuje y ocupar con valentía las posiciones pero sin mantener mucho la formación, luchando en formación abierta y de manera individual; si se les rechazaba, no consideraban una deshonra ceder terreno y retirarse, dado que estaban acostumbrados a esa forma de luchar de los lusitanos y el resto de bárbaros —esto es algo que suele suceder en aquellos lugares en los que un soldado pasa mucho tiempo, de tal manera que al final las costumbres del lugar lo afectan—. Esta forma de luchar sorprendió a los nuestros, que no estaban acostumbrados: pensaban que el mismo grupo de soldados que acababan de retirarse los iba a rodear por el flanco abierto, mientras que ellos consideraban que debían mantener la formación, no abandonar las enseñas ni tampoco retirarse del lugar que habían tomado sin un motivo importante. Así pues, cuando nuestro destacamento se batió en retirada, la legión que se había desplegado en ese flanco abandonó también su posición y se retiró a una colina cercana.

[45] César, a pesar de que el ejército estaba aterrorizado por lo que había sucedido en contra de sus expectativas y su costumbre, anima a los suyos y lleva a la novena legión como refuerzo. Esta legión presiona al enemigo que perseguía con descaro y encono a los nuestros y los obliga a huir de nuevo, retirarse a Ilerda y resistir bajo sus muros. Sin embargo, los soldados de la novena legión, como estaban exaltados por la idea de resarcir el daño que nos habían infringido, sin pensárselo persiguen a los enemigos todo el rato y acaban entrando en el terreno accidentado al pie de la montaña, donde estaba ubicada la ciudad de Ilerda y en cuanto quisieron retirarse del lugar, los enemigos los atacaban de nuevo desde su posición elevada. El terreno, muy difícil, estaba cortado a ambos lados y no era muy ancho, de tal manera que tres cohortes en formación de batalla lo llenaban de lado a lado y no se les podía enviar refuerzos por los flancos ni podía enviarse la caballería para aliviar a los fatigados. Desde la ciudad, la pendiente era ligera y tenía unos cuatrocientos pasos de largo: nuestra tropas se tenían que retirar por este lugar, dado que habían avanzado muy imprudentemente llevados por su pasión. En estos momentos se luchaba en este sitio, injusto por su estrechez y porque estaban dispuestos al mismo pie de la montaña, de tal manera que ningún proyectil que se les arrojara caía en vano. A pesar de todo, su valentía y resistencia los respaldaban, si bien recibían todo tipo de heridas. Los enemigos aumentan la cantidad de tropas y enviaban en auxilio desde su campamento las cohortes a través de la ciudad; César se veía obligado a hacer lo mismo, para poder reemplazar en aquella posición a los soldados agotados por otros de repuesto.

[46] Cuando ya llevaban combatiendo de esta manera con empeño cinco horas y nuestros soldados se veían rechazados duramente por la multitud de enemigos, en cuanto se acaban todos los proyectiles, los nuestros desenvainan sus espadas y se lanzan a la carga montaña arriba contra las legiones enemigas: tras repulsar de su camino a unos pocos, el resto de enemigos se dan a la fuga. Entonces, después de haber despejado el territorio ante las murallas de enemigos y de haberlos rechazado al interior de la ciudad en no poca medida por su pánico, a nuestros soldados les resulta fácil cumplir con la orden de retirarse. Nuestra caballería desde cada lado, a pesar de encontrarse en una posición inferior y expuesta, se esfuerza por llegar a la cima de colina y cabalgar entre los dos ejércitos para proporcionar a los nuestros una retirada más cómoda y segura. De esta manera se combatió en esta batalla cambiante: cayeron en el primer embate unos 70 de los nuestros, entre ellos Quinto Fulginio, el primer centurión de los hastati[19] de la decimocuarta legión, que había alcanzado este rango desde la tropa inferior gracias a su valentía; resultaron heridos más de 600. Entre los soldados de Afranio murieron Tito Cecilio, centurión primipilo, cuatro centuriones más y más de 200 soldados. [47] Pero la interpretación de lo que había pasado aquel difería notablemente, de tal modo que ambos bandos se consideraban vencedores: los soldados de Afranio porque, a pesar de que todos los consideraban inferiores, habían resistido en combate cuerpo a cuerpo durante tanto tiempo a los nuestros, habían resistido a nuestros ataques, habían conservado al principio la posición y la colina que había sido el motivo del combate y en el primer embate habían puesto en fuga a los nuestros; los nuestros porque, a pesar de lo complicado del terreno y la desigualdad numérica, habían mantenido el combate durante cinco horas, habían conseguido ascender hasta la cima de la montaña con las espadas desenvainadas y porque habían obligado a huir a los enemigos en lugar superior y a retirarse a la ciudad. Después los enemigos cubrieron aquella colina por la que se había combatido con grandes fortificaciones y la guarnecieron.

[48] Durante dos días tuvo lugar una tormenta, un contratiempo, pues hizo subir el nivel del río hasta niveles nunca vistos. Se derritieron, en efecto, las nieves de todas las montañas, el río se desbordó y arrasó en un solo día los dos puentes que Gayo Fabio había construido. Este hecho le produjo grandes dificultades al ejército de César: como su campamento, según hemos señalado antes, se hallaba entre dos ríos, el Segre y el Cinca, y ninguno de ellos se podía vadear en un espacio de 30 millas, quedó atrapado a la fuerza en este estrecho espacio. Allí ni podían las ciudades que había prometido lealtat a César suministrarle comida ni podían volver al campamento encerrado por los ríos las partidas de aprovisionamiento que habían partido lejos ni tampoco las largas rutas de suministros que llegaban desde Italia y la Galia. Además era el momento crítico del año, en el que no queda grano en los campamentos y todavía falta un poco para la cosecha; además, las ciudades estaban vacías, porque Afranio había acumulado casi todo el grano antes de la llegada de César en Lérida y, lo poco que había quedado, César ya lo había consumido durante los anteriores días. Por otro lado, el ganado, que podía ayudar en esta situación de carencia, había sido llevado bien lejos por las ciudades más cercanas a causa de la guerra y las guerrillas lusitanas, ligeramente armadas, y los caetrati de la Hispania Citerior, que conocían el terreno y tenían facilidad para vadear el río —están acostumbrados a servir en el ejército con unas vejigas[20], perseguían a nuestras partidas de aprovisionamiento y suministros. [49] Por contra, el ejército de Afranio tenía abundantes provisiones de todo. Había acumulado y reunido mucho grano antes de la llegada de César y toda la provincia le suministraba muchos víveres: tenía almacenada una gran cantidad de comida. El puente que cruzaba Ilerda le permitía todas estas facilidades sin ningún peligro y el otro lado del río, donde César todavía no había podido ir, seguía intacto.

Situación crítica de César[editar]

[50] Las aguas permanecieron crecidas bastantes días. César intentó rehacer los puentes, pero ni la fuerza del río lo permitía ni las cohortes enemigas ubicadas en la otra orilla permitían su construcción, cosa que les resultaba sencilla tanto gracias a la naturaleza del río y la fuerza del agua como al hecho de que debían arrojar sus proyectiles sobre un lugar concentrado y estrecho, por lo que resultaba difícil llevar a cabo las obras al mismo tiempo que evitar los proyectiles.[51] Entonces Afranio recibe noticias de que una gran caravana que buscaba llegar hasta César había acampado cerca del río. Venían en ella arqueros rutenios y jinetes de la Galia, acompañados por grandes carros y una gran impedimenta, como es habitual entre los galos: había en esta caravana, entre esclavos y hombres libres, unos seis mil hombres, pero no seguían ningún orden ni ningún mando, ya que cada uno seguía su propio criterio y todos marchaban sin temor, habituados a la libertad de sus anteriores marchas. Había muchos jóvenes de noble familia, hijos de senadores y caballeros; había embajadas de ciudades y legados de César: a todos ellos estos dos ríos los retenían. Afranio parte de noche con toda su caballería y tres legiones para atacarlos y envía a su caballería por delante contra estos imprudentes. Sin embargo, los jinetes galos rápidamente se preparan y se lanzan al combate: mientras la batalla pudo discurrir en términos igualados resistieron, pese a su poca cantidad, a un gran número de enemigos, pero cuando las enseñas de las legiones empezaron a acercarse se retiran a las montañas más cercanas tras haber perdido a unos pocos hombres. El tiempo que duró este combate proporcionó a los nuestros el momento necesario para salvarse: se retiran a un terreno elevado donde apoyarse en el lugar. Se echó de menos aquel día a cerca de 200 arqueros, unos pocos jinetes y un número no considerable de sirvientes e impedimenta.

[52] Sin embargo, por todos estos motivos el precio del suministro de grano creció: el valor de los suministros tiende a crecer no solo por las carencias actuales sino también por el miedo al porvenir. Ya por entonces cada modio[21] de trigo costaba 50 denarios: las fuerzas de los soldados habían disminuido por la falta de comida y sus penalidades aumentaban cada día. De esta manera, en unos pocos días la situación había cambiado notablemente y la fortuna se había alterado, de tal manera que los nuestros se veían azotados por una gran carencia de todo tipo de víveres mientras que nuestros enemigos tenían abundancia de todo y estaban en una situación mejor. César ordenó a todas las comunidades que se habían pasado a su bando que el enviaran ganado, ya que tenían muy poca cantidad de grano; había enviado a los sirvientes a las comunidades más lejanas y él mismo procuró disminuir esta necesidad con todas las ayudas que podía. [53] Afranio, Petreyo y sus aliados contaron por carta a los suyos todos estos hechos con plenitud y abundancia de detalles; los rumores hacían parecer muchas veces que la guerra ya casi había acabado. Cuando estas cartas llegaron a Roma, un gran multitud se reunió ante la casa de Afranio y lo felicitaban y muchos abandonaban Italia para reunirse con Gneo Pompeyo, algunos para ser los primeros en llevarle esta noticia, otros para que no pareciera que habían esperado hasta que concluyera la guerra y para no llegar los últimos.

[54] Puesto que existía era tan poco el espacio, los soldados y jinetes de Afranio habían podido cortar todos los caminos y los puentes no podían reconstruirse. César ordena entonces que construyan unos navíos de un tipo que había aprendido algunos años antes de las costumbres de Britania. La quilla y los principales soportes se construían con madera ligera, y el resto del casco del barco se formaba con mimbres y cubriéndolo con pieles. Una vez que ya las hubo acabado, las llevó con carros hasta el río a 20 millas de distancia del campamento y transporta a los soldados al otro lado del río con ellas, donde ocupa de improviso una colina junto a la orilla, que fortifica rápidamente antes de que los enemigos se enteren de su presencia. Después trajo allí a una legión y ordenó construir un puente desde la otra orilla, que acabaron en dos días. Así pudo recibir con seguridad los convoyes y las partidas de aprovisionamiento y empieza a facilitar el aprovisionamiento de trigo. [55] Ese mismo día, una gran parte de la caballería cruza el río. Esta se encuentra con un gran partida de aprovisionamiento que no preveía riesgo alguno y estaban dispersos, de la que capturan a un gran número de hombres y bestias. Después, ante unas cohortes de infantería ligera que el enemigo había enviado en auxilio, se dividen sabiamente en dos partes, una para proteger el botín y la otra para resistir frente a los atacantes y rechazarlos; a una cohorte, que se había adelantado imprudentemente del resto de la línea, la rodean, apartan del resto del ejército y la aniquilan, tras lo cual vuelven al campamento a través del mismo puente con un gran botín y sin ninguna baja.

Breve excursus sobre una batalla naval en Massilia[editar]

[56] Mientras tenían lugar estas acciones frente a Ilerda, los masiliotas preparan, según los planes de Lucio Domicio, 17 naves de guerra, de las cuales 11 eran cubiertas[22]. Las acompañan también muchas pequeñas embarcaciones, para que por su propia cantidad infundan miedo en nuestra flota. Embarcan un gran número de arqueros y de albicos, de los que antes hemos hablado, y los empujan al combate con promesas y recompensas. Domicio pide para sí unas determinadas naves, las cuales llena con colonos y pastores que había traído consigo. Así se despliega su flota, equipada con todo lo necesario, y avanza con gran confianza contra nuestras naves, que comandaba Décimo Bruto. Estas naves estaban estacionadas en una isla frente a Marsella. [57] Bruto tenía un número de naves muy inferior, pero César le había asignado una tropa selecta: a los más valientes de entre todos los legionarios, a los antesignani y a los centuriones que le habían solicitado este servicio. Estos tenían preparadas las manos de hierro y los garfios y se habían equipado con una gran cantidad de jabalinas, dardos y demás proyectiles. Una vez que se supo del ataque del enemigo, sacan sus naves del puerto y se enfrentan a los masiliotas. Ambos bandos combatieron con gran valía y encono y los albicos, recios montañeses expertos con las armas, no andaban a la zaga del valor de los nuestros y, además, tras la reciente embajada de los masiliotas, mantenían sus ánimos con las últimas promesas que les habían hecho; por su parte, los pastores de Domicio se esforzaban en demostrar ante los ojos de su amo su valía, pues les había prometido la libertad. [58] Los propios masiliotas, que tenían fe en la velocidad de sus navíos y el arte de sus timoneles, eludían y esquivaban nuestros ataques y, mientras se lo permitía el espacio, intentaban alargar su línea para rodear a los nuestros y atacar con muchas naves a alguna nuestra aislada o cruzar nuestra línea y romper los remos, si podían; cuando se quedaban más cerca de lo necesario, dejaban de lado el arte de los timoneles y sus argucias para refugiarse en el valor de los montañeses. Los nuestros, puesto que disponían de remeros y timoneles menos hábiles, que de repente habían sido reclutados de entre las naves de carga, mientras todavía no conocían ni los términos militares, veían obstaculizadas sus maniobras por la lentitud y pesadez de nuestros navíos, que se habían construido por la prisa con madera verde y no tenían la misma velocidad. Así pues, cuando se les ofrecía la oportunidad de atacar cuerpo a cuerpo al enemigo, se enfrentaban cada nave contra dos naves enemigas sin temor alguno, pues tras arrojar los garfios y haberlas dejado trabadas, luchaban por los dos flancos y llegaban a abordar las naves enemigas. De esta manera, tras matar a un gran número de albicos y de pastores, consiguieron hundir una parte de su flota, capturar algunas otras naves con su tripulación y rechazar al resto a su puerto. En aquel día, los masiliotas perdieron, contando las naves capturadas, 9 barcos.

Cambio de fortuna para César[editar]

[59] En cuanto le llegaron estas noticias a César en las inmediaciones de Ilerda, concluyeron las obras del puente y rápidamente su fortuna cambió. Los enemigos, atemorizados ante la valentía de sus jinetes, podían circular con menos libertad y atrevimiento: unas veces, sin separarse mucho de su campamento para tener una rápida retirada, forrajeaban en un terreno muy estrecho, mientras que las otras veces realizaban un largo rodeo para evitar los puestos de vigilancia y los campamentos de la caballería y, si sufrían algún percance o veían a lo lejos una tropa de caballería, abandonaban los suministros en el medio del camino y se daban a la fuga. Al final, se acostumbraron a enviar partidas de aprovisionamiento durante varios días y, contra toda costumbre, forrajear de noche.

[60] Entretanto, los habitantes de Osca y Calagurris envían embajadores ante César y se comprometen a realizar cuanto él les ordene; a estas embajadas les siguen otras de los habitantes de Tárraco, los jacetanos y los ausetanos y, tras unos pocos días, los illurgavonenses, que habitan a orillas del río Ebro. A todos ellos les pide que le ayuden con el aprovisionamiento. Así lo prometen y transportan al campamento todas las reses que han requisado de todas partes. Una cohorte de los ilurgavonenses se pasa a su bando tras conocer la decisión de su tribu y abandonan su puesto con sus enseñas. Rápidamente cambiaron las tornas: como el puente estaba reconstruido, cinco grandes comunidades se habían aliado con él, el aprovisionamiento de las tropas estaba solucionado y se habían apagado los rumores de la llegada de algunas legiones enemigas en auxilio, de las que se había dicho que venían por Mauritania y a las órdenes de Pompeyo, y muchas e incluso muy lejanas comunidades abandonan a y buscan aliarse con César. [61] Puesto que este cambio había infundido terror entre los adversarios, César ordena la excavación, aprovechando los mejores lugares para ello, de muchos fosos de 30 pies de anchura con el fin de desviar una parte del Segre y crear algún vado en este río, para no tener que enviar la caballería siempre por aquel puente y con tan gran rodeo. Una vez que concluyó esta obra, Afranio y Petreyo sintieron mucho miedo, no fuera que César, que tenía una gran fuerza de caballería, los aislara de toda comida y aprovisionamiento; así pues, deciden abandonar aquel lugar y llevar la guerra a la Celtiberia. Esta decisión se veía respaldada por otro hecho, aunque de dos maneras diferentes: por un lado, las comunidades de aquella región que en la anterior guerra de Sertorio se habían puesto de su lado, temían todavía el nombre y las órdenes de Pompeyo, que las había derrotado, mientras que las que se habían puesto de su lado, como se habían visto recompensadas con grandes favores, le tenían gran aprecio; el nombre de César, sin embargo, les resultaba enteramente desconocido a aquellos bárbaros. Allí esperaban que los ayudarían con una gran fuerza de caballería y muchas tropas auxiliares y pensaban alargar la guerra hasta el invierno en su campo. Para llevar a cabo este plan, requisan todas las embarcaciones en el río Ebro y ordenan llevarlas a Octogesa, una ciudad fortificada a orillas del Ebro y a 30 millas del campamento. Ordenan realizar un pontón con estas embarcaciones en este punto del río, cruzan dos legiones a este lado del Segre y fortifican un campamento con una empalizada de doce pies de alto.

[62] Cuando sus exploradores tuvieron noticias de este hecho, César ordenó continuar con las obras y el esfuerzo de los soldados día y noche para desviar el curso del río en ese lugar, a fin de que los jinetes, aun con dificultades y a duras penas, pudieran y se atrevieran a cruzar el río, si bien a la infantería le llegaba hasta la parte superior del pecho y los hombros y la profundidad de las aguas y la velocidad del río les impedían cruzarlo. Sin embargo, más o menos entonces se enteró de que el puente sobre el Ebro ya estaba casi acabado y que se había descubierto un vado en el Segre. [63] Entonces el enemigo decidió que ya era hora de emprender el camino. Así pues, dejaron a dos cohortes auxiliares guarneciendo Ilerda y con todas sus fuerzas cruzan el Segre y unen su campamento al de las dos legiones que en los días anteriores habían cruzado ya. No le quedaba a César otra opción más que estorbar la marcha del ejército con su caballería y librar escaramuzas: el puente que había construido daba un gran rodeo, de tal forma que los enemigos podían llegar al Ebro por un camino mucho más corto. La caballería que había enviado cruza el río y, cuando en la tercera hora de vigilia Petreyo y Afranio levantaron el campamento, de repente atacó a la retaguardia y con un ataque en masa intenta demorar e impedir la marcha.

Guerra de movimientos[editar]

[64] Al amanecer, se divisaba desde las alturas que estaban unidas al campamento de César a nuestra caballería presionando a la retaguardia enemiga con su empuje: en ocasiones, el enemigo no resistía más y rompía filas; en otras, atacaba y rechazaba a nuestros jinetes, aunque poco después, en cuanto se replegaban, los volvían a perseguir. Por todo el campamento se veía a nuestros soldados reunidos en corrillos y quejándose de que el enemigo se les escapaba de las manos, que no era necesario alargar más la guerra; entonces se presentaban ante los centuriones y los tribunos de los soldados y les pedían que informaran a César de que no debía ahorrarles fatigas ni peligros: que ellos estaban preparados, que podían y se atrevían a cruzar el río por donde había cruzado la caballería. César, al cual incita la pasión y el griterío de sus soldados, a pesar de que temía enfrentar a su ejército a un río con tanta fuerza, considera que vale la pena intentarlo y hacer la prueba: así pues, ordena que se elijan a los soldados más débiles de todas las centurias, a los que pareciera que su ánimo o fuerzas no les darían para tanto y los deja de guardia en el campamento con una legión; conduce fuera del campamento al resto de legiones sin bagajes y les hace cruzar el río tras colocar un gran número de acémilas río arriba y abajo. Los pocos soldados que fueron arrastrados por la fuerza de la corriente fueron cazados por las acémilas y rescatados, pero no murió nadie. Tras cruzar el río sin bajas, despliega a sus tropas y empieza a dirigirlas en una triple línea de batalla, y tan grande fue el ardor de sus soldado que, pese a haber dado un rodeo de seis millas y haberse demorado mucho vadeando el río, lograron alcanzar a quienes habían partido en la tercera vigilia antes de la novena hora.

[65] En cuanto Afranio, junto con Petreyo, avistó a lo lejos a nuestro ejército, este cambio le infundió tal miedo que dispuso sus tropas en orden de batalla en un terreno superior. César dejó descansar a sus soldados en el llano, para no lanzarlos cansados a un combate; cuando el enemigo intentó retomar la marcha, los persiguió y detuvo. Aquellos se ven obligados a construir el campamento mucho antes de lo que habían planeado. Había muy cerca unas montañas y a unas cinco millas empezaba un camino difícil y estrecho. Ellos deseaban adentrarse entre las montañas, para rehuir la caballería de César y dejar una guarnición en el desfiladero que impidiera el avance de César, mientras ellos cruzaban sin peligro ni temor alguno el Ebro con sus tropas. Consideraban que debían intentar seguir este plan por todos los medios, pero después de todo un día de combate y cansados por la marcha dejan sus planes para el día siguiente. César también acampa en una colina cercana. [66] Alrededor de la media noche, la caballería de César capturó a unos enemigos que se habían alejado del campamento para buscar agua, y así César se enteró que los generales enemigos pensaban evacuar el campamento en silencio. En cuanto lo supo, ordena que se dé la señal a los soldados para que empaquen sus macutos al modo militar; los enemigos, cuando oyeron los sonidos, temieron que se verían obligados a combatir de noche cargados y con la impedimenta o bien que la caballería de César los retuviera en los pasos estrechos, por lo que cancelan la marcha y mantienen a sus tropas dentro del campamento. Al día siguiente, Petreyo parte con unos pocos jinetes a explorar la región; esto mismo sucede en el campamento de César, que manda a Lucio Decidio Sas con unos pocos jinetes para observar las características de la región. Ambas partidas anuncian lo mismo: durante las próximas cinco millas continúa el camino llano, después empieza el terreno agreste y montañoso: el que primero ocupe el paso estrecho, impedirá al enemigo cualquier empeño.

[67] Petreyo y Afranio se enzarzan en una debate sobre el momento para partir: la mayoría apoyaba la idea de partir de noche: pueden llegar al paso antes de que se note; otros tomaban como justificación de que no se podía abandonar el campamento en secreto el hecho de que la noche anterior se había dado la voz de alarma: argumentaban que la caballería de César patrullaba toda la región por la noche y que les impedía el acceso a cualquier lugar y camino; que todo combate nocturno se debía evitar, puesto que los soldados aterrorizados en una guerra civil tienden a obedecer antes a su temor que a su juramento. Sin embargo, —proseguían— de día influye mucho la vergüenza que sienten en su interior ante los ojos de los demás y la cercanía de los tribunos de los soldados y los centuriones, dos elementos que suelen obligar a los soldados a mantenerse en sus puestos. Por todo esto, —continuaban— era evidente que debían abrirse paso de día: aunque sufrieran algunas bajas, la mayoría del ejército podría alcanzar ese refugio que buscaban. Esta opinión es la que acaba venciendo en el consejo y deciden partir a primera hora del día siguiente. [68] César, después de haber explorado las regiones vecinas, saca a sus tropas al amanecer y lleva al ejército sin un camino seguro dando un gran rodeo, pues los caminos que iban hacia el Ebro y Octogesa estaban bajo el control del campamento enemigo. A su ejército le tocó cruzar amplios valles escabrosos; algunos derrumbamientos de piedras interrumpían el camino en muchos lugares, de tal modo que los soldados se vieron obligados a entregarse las armas unos a otros e hicieron buena parte del camino desarmados, mientras se ayudaban mutuamente a escalar esas piedras. Nadie se quejaba de estas fatigas, puesto que esta sería la última de sus fatigas si pudieran encerrar al enemigo entre el Ebro y ellos e impedirles avituallarse.

[69] Al principio, los soldados de Afranio salían contentos del campamentos para vernos y provocar a los nuestros con injurias: afirmaban que nuestra carencia de víveres nos obligaba a huir y volver a Ilerda: nuestra marcha seguía una ruta diferente de la propuesta y parecía ir en una dirección contraria. Los comandantes alababan la decisión de sus generales de haberse mantenido en el campamento y era un gran respaldo a esta opinión el hecho de que nos veían marchar sin acémilas ni impedimenta, de tal forma que confiaban que no podríamos soportar la carencia mucho más tiempo. Sin embargo, cuando atisbaron que nuestro ejército giraba poco a poco a la derecha y se dieron cuenta de que nuestra vanguardia había superado la zona de su campamento, no hubo nadie tan lento o tan perezoso como para no pensar que era menester salir enseguida del campamento para enfrentarse a nosotros. Se da la señal de acudir a las armas y todas las tropas, a excepción de unas pocas cohortes que se quedaron de guardia, salen y toman directamente el camino que llevaba al Ebro. [70] Toda la lucha dependía de la velocidad: ¿qué bando ocuparía antes el desfiladero y los montes? El ejército de César se veía retrasado por lo agreste de su camino, la marcha de los soldados de Afranio se veía ralentizada por la caballería que los perseguía. El resultado de la campaña pendía de un hilo: si ellos alcanzaban primero los montes hacia los que marchaban, evitarían el peligro, pero la impedimenta de todo el ejército y las cohortes de guardia en el campamento no se podrían salvar, puesto que no les podría llegar ninguna ayuda de forma alguna al ser rodeadas por el ejército de César.

César llega antes al lugar y, como encuentra un llano tras unas grandes piedras, despliega allí a su ejército frente al enemigo allí. Afranio, como se vio a César a su frente y a su caballería tras su retaguardia, decide tomar posiciones en una colina que se había encontrado. Desde allí despacha a cuatro cohortes de infantería ligera hispana hacia una montaña altísima que se encontraba a la vista de todos. Les ordena y anima a que vayan a tomarla a la carrera para que él y todo el ejército lo puedan ocupar y después, cambiando su rumbo, puedan volver a las colinas de Octogesa. Sin embargo, como la infantería se dirigió en diagonal, la caballería los divisó a tiempo y los ataca: los hispanos no pudieron resistir la fuerza de la caballería ni un solo momento y se vieron rodeados y aniquilados a la vista de ambos ejércitos. [71] Era la ocasión propicia para combatir y no se le escapaba a César que un ejército aterrorizado por haber presenciado tan gran masacre no podría resistir mucho tiempo, especialmente cuando lo rodeaba por todas partes la caballería y recibiría el ataque en un lugar abierto y despejado: esto es lo que le pedían todos. Se reunían los legados, los centuriones y los tribunos de los soldados, que le aseguraban que no dudase de entrar en combate, que el espíritu de todos los soldados estaba más que dispuesto. Afirmaban que, por contra, el ejército de Afranio había dado muestras en todas sus decisiones de sentir miedo, porque no habían ayudado a los suyos, no abandonaban la colina y porque apenas eran capaces de resistir los ataques de la caballería y al estar congregadas todas las tropas en un solo lugar no podían guardar la formación ni la cohesión entre las unidades, y le pedían que, si lo que temía era lo accidentado del terreno, que se les diera la capacidad de luchar en otro lugar, porque desde luego Afranio tenía que bajar de ese lugar y no podía permanecer allí sin agua.

[72] César había llegado a concebir la esperanza de que podría concluir esta campaña sin ningún nuevo combate ni baja dejando al enemigo sin suministros. ¿Por qué enviar a un segundo combate a algunas de sus tropas? ¿Por qué debían sufrir heridas unos soldados que habían merecido lo mejor? ¿Por qué, en definitiva, arriesgarse? Sobre todo cuando no es menos importante que un general venza con su estrategia que con la espada. Además, le influía en este sentido su misericordia por sus conciudadanos, a los que veía que morirían, y prefería conseguir el final de la campaña con ellos sanos y salvos. Muchos no aprobaban este plan de César: los soldados comentaban abiertamente que, como César dejaba pasar una ocasión tan favorable para vencer, aunque después lo quisiera, ellos no combatirían. César se mantiene en sus trece y se aleja un poco del lugar para que disminuya el temor de los enemigos. Petreyo y Afranio aprovechan esa posibilidad y vuelven a su campamento. César deja guarniciones en las montañas, cierra todos los caminos hacia el Ebro y levanta su campamento lo más cerca posible del de los enemigos. [73] Al día siguiente, los generales enemigos se hallan perturbados, porque han perdido toda esperanza de recibir suministros o alcanzar el Ebro. Podían tomar un camino si deseaban volver a Ilerda u otro si se dirigían a Tarragona; mientras debaten estas opciones les anuncian que los aguadores sufren el ataque de nuestra caballería. En cuanto se enteran, ubican abundantes puestos de guardia de caballería y de cohortes auxiliares, a los que añaden algunas cohortes de legionarios, y empiezan a extender la empalizada desde el campamento hasta el agua, para que puedan conseguir agua dentro de sus fortificaciones sin miedo y sin necesitar guardias. Petreyo y Afranio se reparten esta tarea entre ellos y para llevarla a cabo se alejan del campamento.

[74] Con su partida, los soldados aprovechan la posibilidad de hablar libremente y cada uno llama y pregunta por sus conocidos o vecinos en el campamento. En primer lugar todos dan gracias por haberles perdonado el día anterior cuando estaba aterrorizados: ellos vivían gracias a su bondad. Después preguntan por el honor de su general, si ellos fueran a entregarse, y se lamentan de que no haberlo hecho desde un principio y de haber empuñado las armas contra sus allegados y familiares. Animados por estas palabras, piden que se les perdone la vida a Petreyo y Afranio, para que no parezca que han tramado un crimen contra ellos o han traicionado a los suyos. Una vez que se les confirma esto, enseguida confirman que entregarán sus enseñas y envían a César como embajadores de paz a los centuriones de más alto rango. Entretanto, algunos llevan a los suyos al campamento para invitarlos y otros se ven invitados, de tal modo que de dos campamentos diferentes parece que se haya formado uno; la mayoría de tribunos de los soldados y centuriones se presentan ante César y se ponen a sus órdenes. Esto mismo hacen los cabecillas hispanos, a los que habían convocado y retenían en el campamento como rehenes. Estos preguntaban por sus conocidos y huéspedes, mediante los cuales cada uno de ellos tendría una vía de congraciarse con César. Hasta el joven hijo de Afranio trata de su salvación y la de su padre a través del legado Sulpicio. Todo rebosaba alegría y agradecimiento, por parte de los que tan grandes peligros habían evitados y por parte de los que sin una baja tan gran hazaña parecían haber logrado. César conseguía así un gran fruto a partir de su anterior suavidad, a juicio de todos, y todos aprobaban sus planes.

[75] Cuando se entera de estos sucesos, Afranio abandona las obras y vuelve al campamento, preparado para, según parecía, sobrellevar con calma y ecuanimidad lo que hubiera pasado; Petreyo en cambio no se abandona al desánimo: arma a sus esclavos y con ellos, la cohorte pretoriana de hispanos[23] y unos pocos jinetes bárbaros, sus elegidos, a los que solía llevar consigo como guardaespaldas, se lanza al galope hacia la empalizada, interrumpe las conversaciones de los soldados, expulsa a los nuestros del campamentos y mata a los que alcanza. El resto se agrupan y, pese al pavor ante el repentino peligro, envuelven su mano izquierda con su capote, desenvainan sus espadas y así se defienden de la infantería hispana y los jinetes: gracias a la cercanía de nuestro campamento, consiguen refugiarse en él y las cohortes que estaban de guardia en las puertas, los protegen. [76] Tras estos hechos, Petreyo, llorando, va de manípulo en manípulo llamando a los soldados por sus nombres y les ruega que ni lo entreguen a él ni a su general, Pompeyo, a la muerte. Enseguida se reúnen en el pretorio y les pide que juren todos que ni desertarán ni abandonarán ni traicionarán a sus jefes ni guardarán para sus adentros unos planes diferentes a los del resto. El es el primero en jurarlas; pide a Afranio que realice el mismo juramento y le siguen los tribunos de los soldados y los centuriones; después los soldados avanzan por centurias y juran igual. Ordenan que cada uno entregue a los soldados de César que oculte: a los que entregan, los matan en el pretorio públicamente; no obstante, aquellos que ocultaban a alguien, los esconden y por la noche los dejan salir por la empalizada. De esta manera, el terror que imponen los generales, la crueldad del castigo y la nueva obligación de un juramento eliminan la esperanza de una rendición, alteran los ánimos de los soldados y devuelve la situación a la anterior hostilidad. [77] César ordena que se reúnan con la máxima diligencia a los soldados enemigos que habían venido a su campamentos para dialogar y ordena que los devuelvan; sin embargo, unos cuantos de los tribunos de los soldados y de los centuriones, por voluntad propia, prefirieron permanecer con él. A estos hombres César después los honró con grandes honores: ascendió a los centuriones a los primeros escalafones y a los caballeros romanos les otorgó el título de tribunos.

Situación crítica del ejército pompeyano[editar]

[78] Los soldados de Afranio se veían acosados por las dificultades para forrajear y a duras penas podían recoger agua. Los legionarios tenían una cierta abundancia de trigo, porque se les había ordenado llevar desde Ilerda grano para 22 días, pero los hispanos y los auxiliares no tenían nada, porque apenas eran capaces de prepararse para una marcha y sus cuerpos no estaban acostumbrados a cargar pesos. Así pues, un gran número de ellos huían al campamento de César cada día: tan precaria era su situación. Sin embargo, de los dos planes trazados, parecía más asequible el de volver a Ilerda, porque allí habían dejado algo de grano y una vez allí confiaban en definir el resto del plan. Tarraco estaba más lejos: en ese espacio, creían que muchos acontecimientos podrían alterar la situación. Tras aprobar este plan, salen del campamento; César manda a la caballería por delante para que alcance a la retaguardia y entorpezca su avance mientras él los sigue con las legiones. No había ni un instante en el que su retaguardia no combatiera con nuestra caballería. [79] Así se desarrollaba el combate: unas cohortes ligeramente armadas cubrían la retaguardia y muchos de ellos tomaban posiciones a campo abierto. Si había que subir una montaña, la naturaleza del lugar fácilmente rechazaba el peligro, porque desde la posición elevada, los que habían ido por delante fácilmente cubrían a sus camaradas mientras subían; en cambio, cuando bajaban por una cañada o una cuesta, los que iban por delante no podían ayudar a los rezagados, mientras que nuestros jinetes podían arrojar sus dardos desde la posición elevada contra los enemigos: entonces corrían un gran peligro. Por tanto, cuando se acercaban a un lugar así, su única opción era ordenar a las legiones que tomaran posiciones y rechazaran con un gran ataque a la caballería; cuando esta se replegaba, enseguida todos a la carrera cruzaban el valle y así después de haberlo cruzado volvían a tomar posiciones de nuevo en la siguiente cota. Pues carecían hasta tal punto de la ayuda de su caballería —de la cual disponían en buen número— que de hecho la resguardan en el centro del ejército, aterrorizada por sus anteriores combates, y más bien era la infantería quien la protegía. Ningún soldado enemigo podía abandonar la marcha sin que lo capturara la caballería de César.

[80] Mientras combatían de esta forma, avanzaban poco a poco y se detenían muchas veces para ayudar a los suyos, como sucedió en ese momento: tras haber recorrido cuatro mil pasos y sintiéndose muy amenazados por la caballería, toman un monte muy alto y allí fortifican el lado que da al enemigo, sin descargar el bagaje de los animales. Cuando se dieron cuenta de que César había levantado el campamento y las tiendas y había dejado marchar a la caballería para forrajear, de repente parten hacia la hora sexta de ese mismo día y empiezan a marchar con la esperanza de que nos demoremos por la partida de nuestra caballería. César, en cuanto se apercibe de la estratagema, recompone a las legiones y los persigue; deja a unas pocas cohortes para guardar la impedimenta y ordena que a la hora décima lo sigan las partidas de aprovisionamiento y que la caballería vuelva. Esta rápidamente vuelve a cumplir con su habitual papel durante la marcha: contra la retaguardia enemiga combaten con dureza, hasta tal punto que casi se dan a la fuga y mueren muchos soldados, incluso algunos centuriones. El ejército de César estaba cerca y todo se les echaba encima. [81] Entonces, como no podían ni explorar un lugar adecuado para establecer el campamento ni continuar adelante, se plantan en un lugar a la fuerza y establecen su campamento lejos de toda fuente de agua, en un lugar desfavorable. Pero por este mismo motivo que hemos descrito antes, César no descansa del combate y no permite que se levanten las tiendas ese día, para que todos estén más preparados para perseguir al enemigo, ya partan de día o de noche; los enemigos, cuando se dan cuenta de las deficiencias del lugar, levantan fortificaciones durante toda la noche y orientan su campamento al nuestro: esto mismo siguen haciendo el siguiente día desde el amanecer y dedican a ello todo el día. Pero cuanto más avanzaban sus fortificaciones y avanzaban el campamento, tanto más se alejaban del agua y remediaban su mala situación actual con otros males nuevos. Durante la primera noche, nadie sale del campamento para recoger agua; al día siguiente, tras dejar una guarnición en el campamento, marchan con todas las tropas a por agua, pero no envían a nadie a forrajear. César prefería que padecieran estas incomodidades y obligarlos a rendirse antes que resolverlo en un combate. Sin embargo, intenta rodearlos con un foso y una empalizada, para ralentizar lo máximo posible sus repentinas partidas, lo cual consideraba que volverían a hacer dada su situación. Los generales enemigos ordenan matar a todas las bestias de carga obligados por la carestía pero también para ser más rápidos.

[82] Gastan dos días en decidir y llevar a cabo este plan; al tercer día, las obras de César ya habían avanzado un buen trecho. Los enemigos, para impedir la fortificación del resto, dan alrededor de la hora novena la señal, sacan a las legiones del campamento y se disponen en formación de combate a poca distancia de su campamento. César convoca a las legiones de los trabajos y ordena a toda la caballería que se reúna; después dispone sus tropas en formación. Rechazar el combate contra los deseos de sus soldados y la opinión generalizada le habría perjudicado notablemente, pero por los mismos motivos que ya hemos descritos prefería no combatir, tanto más porque, a causa del poco espacio entre los campamentos, incluso si el enemigo se diera a la fuga, una victoria no le serviría de mucho: no había más de dos mil pies entre ambos campamentos. Dos terceras partes de este espacio lo ocupaban los ejércitos dispuestos, la tercera quedaba vacía para moverse y atacar. Si entrase en combate, la cercanía del campamento ofrecía un rápido refugio a los vencidos en fuga. Por esta causa, decidió no avanzar y no atacar primero.

[83] La línea de combate de Afranio estaba dispuesta en dos líneas con cinco legiones; en la tercera línea las cohortes auxiliares actuaban como reserva; la de César era triple, pero la primera línea presentaba cuatro cohortes de cinco legiones; les seguían tres más y detrás las restantes de cada legión; los arqueros y honderos ocupaban el centro de la línea y la caballería ceñía los flancos. Con los ejércitos así dispuestos, se adivinaban las intenciones de cada uno: César, de no entablar combate si no era obligado; aquel, la de obstaculizar las obras. Se alarga el plantón y ambos ejércitos mantienen la formación hasta el ocaso del Sol; entonces cada bando se retira a su campamento. Al día siguiente, César se prepara para concluir las obras; aquellos para intentar vadear el Segre, si pueden cruzarlo. Como César se había percatado, dispone algunos germanos con equipo ligero y una parte de la caballería al otro lado del río y ubica muchas partidas de guardia en las orillas. [84] Al final, asediados en todos los sentidos y con cuatro días sin forraje para las bestias, sin agua, sin leña y sin grano, el enemigo pide parlamentar y, si pudiera ser posible, en un lugar alejado de los soldados. Cuando César les niega este punto pero les permite parlamentar abiertamente, se le entrega a César en calidad de rehén al hijo de Afranio. Se reúnen en el lugar que César ha elegido y allí, donde lo podían oír los dos ejércitos, dice Afranio que no merecen reproche alguno ni ellos ni los soldados, porque han querido mantener su lealtad a su general, Gneo Pompeyo, pero que ya habían cumplido con su deber y que habían soportado con paciencia bastantes penas y la más absoluta carestía; sin embargo, ahora, rodeados casi como fieras, se les impedía el acceso al agua, a una salida y ni sus cuerpos podían soportar el dolor y sus ánimos la vergüenza. Así pues, afirma, reconoce que han sido derrotados y pide y ruega que, si queda algo de misericordia, no considere necesario aplicar la pena capital. Explica todo esto de la forma más humilde y modesta posible.

[85] César le responde que él menos que nadie merecía quejarse o recibir compasión. Todos los demás habían cumplido con su deber: él mismo, cuando no quiso atacar cuando se hallaba en una posición ventajosa, en un momento y lugar adecuado, con la intención de mantenerlo todo lo más intacto posible para la paz; su ejército, que había conservado y guardado los prisioneros en su poder incluso cuando habían recibido una afrenta al asesinar a los nuestros; incluso los soldados de Afranio, que habían buscado un acuerdo de paz por su cuenta, con el que pensaban guardar las vidas de todos los suyos. Así, seguía, todas las partes había buscado la misericordia; solo los generales se habían alejado de la paz: ni habían respetado los derechos del parlamento ni de las treguas y habían asesinado a sangre fría a unos hombres que no tenían nada que ver, engañados bajo la bandera de una tregua. Así las cosas, les había pasado lo que les suele suceder a la mayoría de hombres de gran tozudez y arrogancia: que habían tenido que recurrir y anhelar con todas sus fuerza aquello que poco antes habían despreciado, mientras que César no se aprovechaba de su humildad ni de su situación privilegiada para pedirles nada que aumentara su riqueza, sino que pensaba licenciar esos ejércitos a los que ellos habían preparado en su contra durante muchos años: se había enviado a seis legiones a Hispania y allí habían reclutado una séptima, habían dispuesto de muchas y muy grandes flotas y se habían puesto al frente unos generales experimentados en la guerra, pero ninguno de estos recursos se había dedicado a pacificar las Hispanias, nada se había dedicado en aras de la provincia, la cual tras una larga paz no requería ninguna ayuda. Todo esto —les reprochaba César— ya estaba desde un principio dispuesto en su contra; se habían creado nuevos tipos de mandos militares para perjudicarle, de tal manera que el mismo Pompeyo pudiera estar al frente de los asuntos de Roma y al mismo tiempo obtuviera el mando sobre dos provincias extremadamente revueltas sin pisarlas durantes tantos años; en su perjuicio se habían alterado los juramentos de los magistrados, para que no se enviaran a las provincias antiguos cónsules y pretores, como siempre, sino a unos elegidos y aprobados por unos pocos; que para perjudicarle se le había restado validez a la excusa de la edad, si bien se había convocado de nuevo a veteranos de larga experiencia para ponerlos al frente de nuevos ejércitos; que para su perjuicio él era el único al que no se le había permitido lo que siempre se les permitía a los generales tras una guerra exitosa: volver a casa con algunas honras —desde luego, sin ningún baldón— y licenciar a sus ejércitos. Sin embargo —proseguía—, él había soportado todo esto con paciencia y lo seguiría haciendo; no pensaba hacerse ahora con el control del ejército que había conseguido —cosa que no le resultaría difícil— sino no dejárselo para que continuaran utilizándolo en su contra. Por todo esto —concluyó—, como ya había dicho, les ordenaba abandonar la provincia y licenciar al ejército: si cumplían con esto, nadie saldría perjudicado: esta era su única y última oferta de paz.

[86] Esta oferta de paz les resultó especialmente grata y favorable a los soldados de Afranio, como se pudo notar por su propia reacción, por el hecho de que esta oferta les permitía conseguir la recompensa por licencia a quienes había esperado algún tipo de merecido castigo. Pues cuando se planteó el debate sobre el momento y el lugar de su licencia, todos los soldados empezaron a pedir, con sus gestos y sus gritos desde la empalizada donde estaban, que los licenciaran en ese momento, argumentando que podría no ser del todo segura su licencia si, a pesar de todas las promesas, se dejaba pasar hasta otro momento. En cuanto se debatió brevemente el tema, se llegó al siguiente acuerdo: los que tuvieran domicilio en Hispania, enseguida serían licenciados; el resto, lo sería al llegar río Varo, y César advierte que nadie les cause daño alguno ni que obliguen a nadie a prestarle juramento a él a la fuerza. [87] César se compromete a darles de comer hasta que lleguen al río Var y añade también que, lo que cada soldado hubiera perdido en esta campaña y que estuviera en posesión de alguno de sus soldados, se le devolviera a su anterior dueño; a sus soldados se les recompensaba con una indemnización justa por lo devuelto. Después de esto, cualquier disputa que existiera entre los soldados enseguida la llevaban a César para que arbitrara. Cuando las legiones reclamaron a Afranio y Petreyo su estipendio, para lo cual no había llegado todavía el día, según aquellos, y casi se amotinan, se le pidió a César que interviniera y ambas partes estuvieron de acuerdo con su decisión. Cuando se licenció a aproximadamente una tercera parte del ejército en dos días, ordena a dos de sus legiones que vayan por delante y al resto que las sigan, de tal manera que no acamparan muy lejos una de la otra, y puso al frente de este plan a su legado Quinto Fufio Caleno. De acuerdo a sus instrucciones, las legiones marcharon desde Hispania hasta el río Var y una vez allí se licenció al resto del ejército.

Notas[editar]

  1. El abrupto inicio del texto hace suponer que nos falta algún fragmento inicial del texto
  2. Como Pompeyo tenía un cargo militar, no podía entrar dentro de la ciudad, considerada un recinto sagrado donde no se podían portar armas, a no ser que renunciara a él.
  3. César parece sugerir que las dos legiones que Pompeyo mantenía cerca de Roma no solo servían para amenazarlo a él.
  4. Los tribunos de la plebe estaban “protegidos” por el juramento de la plebe de defenderlos frente a cualquier agresión.
  5. Se refiere a los notorios y demagógicos tribunos de la plebe de finales del S.II y principios del S.I, como los hermanos Graco, Sulpicio....
  6. 26 de diciembre
  7. Cada cargo de gobernador en una provincia tenía como requisito haber alcanzado un determinado rango político en el cursus honorum: pretor en muchos casos y cónsul en las más importantes.
  8. Esta afirmación parece contradecirse con la anterior, en la que dice que se decretan las provincias para senadores sin cargos.
  9. Uno de los argumentos dados por Pompeyo y su facción es que con sus acciones preservaban la antigua República. Sin embargo, existe una razonable seguridad de que la república de su época difícilmente podría haber concluido de otra manera aun si César hubiera perdido la guerra (cf. Flower, Roman Republics, 2011)
  10. En su periodo como cónsul, César aprobó una ley agraria que redistribuía algunos terrenos públicos entre los pobres de Roma. César puede estar siendo sarcástico al respecto, comentando cómo sus enemigos toman provecho de medidas que él mismo aprobó.
  11. Un iugerum era un trozo de terreno de aproximadamente 73 x 37 m, en principio el trozo de terreno que un hombre con una yunta de bueyes podía arar en un día.
  12. Literalmente, “encargado de los artesanos”, es decir, el jefe de los ingenieros.
  13. Una táctica para retrasar las propuestas en el Senado consistía en hablar sin para, ya que los oradores no tenían el tiempo limitado y, en cuanto se ponía el sol, se levantaba automáticamente la sesión.
  14. Igilium es una pequeña isla, Giglio, en la costa del mar Tirreno; Cosa (o Cosano) es una antigua colonia romana, hoy deshabitada, cerca de la actual Ansidonia.
  15. Cerca del actual Linares, Jaén.
  16. El flumen Ana pasó a llamarse en árabe al wadi Ana y, de ahí, el castellano Guadiana.
  17. Este pueblo habitaba todo el extremo occidental de la meseta ibérica y ocupaban las actuales provincias de Ávila, Cáceres, Salamanca y trozos de Zamora, Toledo y la parte oriental del actual Portugal.
  18. Una legión constaba de 10 cohortes, así que habían reclutado un número de cohortes hispanas similares a las necesarias para constituir ocho legiones enteras, si bien estas unidades carecían, sin duda alguna, de la cohesión propia de una legión romana.
  19. Por aquella época el sistema de grados típico del ejército polibiano había caído en el equipo militar, pero podemos ver que algunos de sus rasgos todavía perduraban.
  20. Entiéndase que hinchadas de aire para ayudarles a flotar y así cruzar el río incluso con el equipo militar. Hay más instancias en la literatura latina bélica de esta práctica
  21. Aproximadamente unos 8 litros de volumen.
  22. Estos eran los navíos más grandes y espaciosos, puesto que los remeros estaban bajo cubierta y dejaban la cubierta libre para poder llevar más tropas y luchar.
  23. Cohorte de la legión que tenía asignada la salvaguarda del general.