Contestación de Sánchez al Oficio de la Junta de Gobierno (27 de octubre de 1813)

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Contestación de Sánchez al Oficio de la Junta de Gobierno

27 de octubre de 1813.

Desentendiéndome de contestar a las varias imposturas que voluntariamente se atribuyen al origen y principios de esta expedición de un modo que no dejare la menor duda de la rectitud y justicia con que ha obrado en todo mi antecesor el señor Brigadier don Antonio Pareja desde que saludó a la provincia de Chiloé hasta que expiró en esta ciudad, labrándose en el corto espacio de cuatro meses y pocos más días, una corona que brillará por todos los siglos, sólo me contraigo a decir a V. S. en respuesta a su oficio de 22 del corriente que su General cumplió muy mal el encargo que le hizo sobre la dulzura y consideración con que debía tratar a los de ejército; pues su primer paso fue la amenaza de un general degüello repetida en todos sus papeles que puedo manifestar, y la ha verificado siempre que ha podido, cuando por otra parte podemos asegurar que si la guerra de Chile no está concluida es porque consiguientes a la promesa de aquel jefe hemos alimentado los traidores que no nos hubieran hecho la guerra más cruel, si menos piadosos e indulgentes les hubiésemos tratado con el rigor que merecían.

Un ejército del Rey no necesita para entrara un país de traidores que se le han rebelado del permiso de sus insurgentes mandones para hacer respetar sus legítimos derechos.

No obstante, el señor Pareja antes de desembarcar sus tropas en San Vicente comisionó a su Intendente don Juan Tomás de Vergara al Gobierno de Concepción anunciándole los designios con que venia de orden superior; llegó a Talcahuano en solicitud del salvoconducto para pasar a la ciudad, y el Gobernador de aquella plaza contra el sagrado derecho de gentes que respetan las naciones más incultas, le amenazó con prisiones, y le, estorbó su comisión oficiando por sí mismo a Concepción y despachándole con vilipendio.

Semejante conducta motivó el uso de la fuerza con la que se hizo dueño de Talcahuano respetando los derechos, personas y bienes de sus vecinos de un modo que los edificó, y que no ha sabido imitar el ejército de los insurgentes.

Posesionado de aquel punto, ofició de nuevo al Gobierno, quien libre y espontáneamente, deliberó entregársele previo el consentimiento de los cabildos eclesiásticos y secular, y de las demás corporaciones, de todo el pueblo convocado por instancia del Procurador de esta ciudad, y aun por la tropa que públicamente gritaba ¡Viva el Rey!

Hizo lo que debía, y lo que la capital no hubiera desaprobado, si más que de la justicia no se hubiese ocupado de la ambición y prurito de mandar.

No fue menester más para que la provincia de Santiago cometiese las más inauditas tiranías en la Frontera de ésta, hostilizando, robando las haciendas, saqueando casas, llevando presos a los sujetos más distinguidos y aun a los curas y otros ungidos del Señor; crueldades que alarmaron justamente a los concepcionistas, y obligaron al señor Pareja a poner en marcha sus divisiones, y encaminarse al Maule desde cuya orilla ofició al jefe del ejército, convidándole con la paz por medio de unas propuestas las más ventajosas al reino, pero no fueron admitidas porque, como V. S. da entender, despreció nuestras fuerzas, y creyendo que en cuatro días seríamos destruidos.

No ha podido conseguirlo hasta ahora, ni lo conseguirá por más que V. S. se haya tomado la pensión de trasladarse a esa ciudad con las respetables fuerzas que me relaciona, y cuyo número y calidad no teme ocultar, ni amedrentan a mis valientes soldados.

Cuente V. S. enhorabuena con todo el poder de Buenos Aires que yo sin contar como pudiera con toda esta provincia que abomina a los insurgentes porque los conoce, con más de seis mil indios que por medio de treinta y seis caciques que han venido a esta ciudad, me han hecho saber la disposición en que se hallan de defender los derechos de su monarca con las providencias [provincias] de Chiloé, Osorno y Valdivia, con Lima y todo el Perú triunfante de los viles cobardes de Buenos Aires, con toda España, de donde han salido, y se esperan por momentos dos mil hombres expedicionados a este reino, con toda la Inglaterra, con toda la Europa, y con toda la América despreocupada ya de sus errores; sólo cuento con las fuerzas que tengo efectivas como suficientes y aun sobrantes para no temer a todo el poder de Chile reunido y a todos los esfuerzos que V. S. haga en su auxilio.

V. S. me anuncia una intimación para que rinda las armas luego que acercándose sus tropas a esta ciudad, logre ponerme en la necesidad de verificarlo; pero desde ahora le prevengo con toda seriedad omita esa diligencia, si no quiere exponerse al desprecio y al plenipotenciario a un chasco que le sea muy pesado y costoso.

Sin duda V. S. regula sus cálculos por las infinitas quimeras de que se han valido los Carrera para apocar mis fuerzas y abultar las suyas, y sus glorias imaginarias.

Aun concediéndole a V. S. todas las que decanta, no soy árbitro para someterme a un Gobierno tirano, cual, atendidas las circunstancias, vendrá a ser el de este reino, puesto que los hermanos Carrera están de acuerdo para alzarse con el mando luego que desembarazados de los cuidados en que los tiene este ejército, puedan usar de la fuerza a su antojo.

Paran en mi poder muchas cartas interceptadas que manifiestan a todas luces este proyecto meditado por los antedichos, y de que son sabedores el Cónsul, don Juan de Dios Vial, doña Javiera Carrera, y algunos otros; y quisiera que V. S. enviase un sujeto de toda su confianza que, leyéndolas, pudiese informarle de sus traidoras miras, y del riesgo que V. S. mismo corre.

Vería por ellas que el Egañita es un diablo causante de la dura terquedad del ignorante Gobierno y de todos los desprecios inferidos al Cónsul. Vería que la División de observación que V. E. quería acantonar en Talca, es un cuerpo de reserva para preponderar a las fuerzas de don José Miguel que no podrá vencer a Chillán, sino después de debilitadas de un modo en que a V. S. le sea fácil colgar a los que le dan las glorias. Vería que el Cónsul americano es un aleve con quien don José Miguel tiene tratada para el último trance su fuga a un país más ilustrado que este bárbaro reino; y en una palabra, admiraría el dolo, la mala fe y las intenciones más depravadas, hijas todas del egoísmo, y de la ambición.

Esta sola consideración haría resolver a mi ejército a morir peleando antes que rendir las armas a unos tiranos que siéndolo de su patria misma dan a entender lo poco que pueda esperarse de sus promesas, aunque se viese reducido al estado de indefenso.

Ello es que cuento en el día con una fuerza muy superior en número y calidad a la de V. S.: mil treinta chilotes de fusil y trescientos artilleros; cuatrocientos ochenta valdivianos; el batallón de fieles de Fernando Séptimo que reforzado como está, consta de quinientas plazas; cuatrocientos fusileros bien disciplinados del batallón de Chillán; el cuerpo reformado de Dragones en números de trescientos sesenta; trescientos de caballería disciplinados de la Laja; más de seiscientos agregados en los batallones veteranos de Chiloé, voluntarios de Castro y Valdivia; componen un número de muy cerca de cuatro mil hombres armados, todos aguerridos, acostumbrados a vencer siempre y muy voluntarios a pesar de cuantos embustes se han forjado para hacer creer a V. S. lo contrario.

Una ciudad como la de Chillán abierta por todas partes sería muy poco a propósito para contener a unos hombres forzados como V. S. supone a los que componen este ejército, y si fuese cierto, ya se hubieran desertado todos; han discurrido también por las fronteras, y actualmente están muchos en Arauco, y otros puntos, de donde les sería fácil, sin que hasta ahora a uno siquiera le haya pasado por la imaginación el irse a Valdivia o Chiloé, y mucho menos el acogerse a las banderas tricolores.

Desean todos, y cuentan por dicha el morir en defensa de los derechos de su idolatrado Fernando: nada más que esto les hizo privarse de la tranquilidad y sosiego de su patrio suelo, y cuantas calumnias se les impongan no servirán, sino de atizar más el fuego de fidelidad que arde en sus corazones.

Ya han conocido que es máxima adoptada generalmente por los de Chile el atribuirles los defectos que le son propios: tienen a la vista más de quinientos prisioneros y desertores de la patria de todas clases, y de cuyas bocas oyen a menudo la violencia con que en Santiago, Talca y Concepción se hizo tomar el fusil a sastres, zapateros, silleros, plateros, peluqueros y toda suerte de artesanos que se hallan mejor ejerciendo aquí sus oficios que en los riesgos de la campaña.

V. S. desprecie, como es justo, los asertos de cuatro adulones que por política se valen de la mentira para agradarle con lo mismo que desea.

Ni el señor Pareja ni yo hemos tenido jamás la impolítica de alistar a estas banderas sino a los muy voluntarios, y después de haberlos dejado en la más plena libertad de seguir a este ejército o de irse a sus casas.

De esta clase son también mil quinientos milicianos de Rere, la Laja y Tucapel, seiscientos de Chillón, y montañas, quinientos de las inmediaciones de Ñuble a la otra banda, quinientos del Parral, ciento cincuenta de Longaví y Linares; cuatrocientos de la Vega de Itata, Corta y Ranquil, trescientos de la Florida y sus contornos que componen todos el número de casi cuatro mil más que regularmente montados, fuera de tres mil hombres que a mi primera insinuación vendrán de Los Ángeles, y que ya no están aquí porque no los he considerado necesarios por ahora; me sobran provisiones y carnes vivas para sostener por el tiempo de seis meses este brillante ejército.

Dinero tengo el necesario para unas tropas virtuosas que no peleando como no pelean por interés ni por seducción, se contentan con lo que se les da; y, sobre todo, hay constancia y valor en todos para hacer la defensa con el último hombre sin miedo de que les falten municiones por todo un año.

El pueblo de Arauco sobre que tanto se ha mentido en los papeles públicos de Chile, no pudiendo resistir las violencias de la patria, de suyo, y sin mi conocimiento entró a fuerza a la plaza, aprisionó a su Comandante don Joaquín de la Huerta y a otros varios y se sometió a la obediencia de este ejército y se defendió con gloria de la invasión de don Fernando Urízar,

He protegido su fidelidad, y reforzado con doscientos hombres veteranos se halla con ellos con ocho cañones y dos mil araucanos fieles, capaz de burlarse de todas las tentativas de Chile.

Vea V. S. las contestaciones que allí se han dado en estos días al seductor Spano y al intruso Pastor Guerrero, y conocerá evidentemente que no obra en ellos la coacción, sino la persuasión en que están de que nuestra causa es la más justa, como universalmente lo sienten todos los pueblos de esta provincia, y aun muchos de la de Santiago que ansían porque llegue el momento que les permita desplegar los sentimientos que políticamente encubren para no exponerse al rigor y despotismo con que el Gobierno chileno ha arcabuceado a los que tuvieron la imprudencia de explicarse según su corazón.

Ejemplares de tiranía que no ha dado ni dará jamás este ejército que sabe respetar los derechos del hombre y cumplir mejor que el de V. S. las órdenes del Gobierno que se le encargan.

En conformidad con ellas, solicitado por el General de las tropas de V. S. para una composición a fin de evitar el derramamiento de sangre, le propuse el día 6 del próximo pasado agosto una suspensión de armas por el tiempo de seis meses con el objeto de dar lugar a los gobiernos de Chile y Lima al trato de paces, sujetándome al resultado de las disposiciones de ambos Gobiernos.

Un partido tan cohonestado por las continuas fatigas de uno y otro ejército, por las intemperies que habían sufrido en todo el invierno y tan generoso por mi parte que justamente me consideraba superior, fue despreciado por aquel jefe en tiempo que era testigo de la desolación, y pequeñez de su ejército que lo obligó a retirarse a los dos días vergonzosamente, y con aumento de sus ruinas privando así a este reino de las conocidas utilidades que debían resultarle de aquel tratado, sólo porque no era conforme con su ambición.

De todo esto es fácil colegir que me animan los mismos deseos que a V. S. de evitar los males de la guerra, pero no de un modo que me haga, y que aun cuando quisiere, no podría recabar de mis tropas que están resueltas a morir antes que entrar en un partido vergonzoso.

Bajo de este supuesto medite v. s., un partido que con arreglo a la relación ingenua que he hecho del estado actual de este ejército, pueda admitir sin delito ni contravención a las leyes militares; y nadie más pronto que yo propenderá a los justos sentimientos de humanidad que le han movido a oficiarme, sintiendo que la primera vez que ese Gobierno se ha resuelto a dar este paso, no haya podido prescindir del uso de ciertos términos y expresiones con que injustamente se ofende al decoro y respeto con que merece ser tratado un ejército, que aunque pequeño, es parte de la grande monarquía española que no mirará con indiferencia los ultrajes que se le infieren, ya que ha procurado no dar margen, contenido siempre con las leyes de la modestia y del Estado que lo ha expedicionario.

El ha visto con dolor y escándalo el desorden con que el ejército de Chile ha abusado del poder y de la fuerza de las armas para violar a toda clase de mujeres, saquear a los pueblos, y reducir al estado más deplorable a todos los habitantes de esta provincia, de cuya infelicidad cabe no poca parte a las restantes del reino sin que V. S. se haya determinado a reprimir por una sola vez estos defectos que harán en la historia de esta época abominable para siempre al reino de Chile, y a su débil Gobierno.

V. S. no conoce ni penetra todavía bien las funestas consecuencias que ha de traerle el hecho de haber depositado toda la fuerza y recursos del reino en manos de unos nombres perversos y de costumbres las más depravadas; cuyo conocimiento los constituye el objeto de la general abominación de que resulta que cuanto más trabaje para conseguir el grande empeño de destruir a este ejército, sólo habrá aumentado sus sacrificios y los de la patria, haciendo más poderoso a un enemigo disimulado que mañana u otro día querrá imponerle la ley.

Carecemos aquí de profesores que puedan adornar un papel con trapos y figuras, pero nos sobran hombres meditativos y de reflexión que hechos cargos de nuestra historia comprenden que tanto será V. S. más dichoso cuanto más se le tarde el gusto de vernos destruidos, y alcanzan también a conocer que V. S. aunque tarde ha llegado a persuadirse de esta misma verdad.

La grande fortuna de V. S. y de todo el reino será el que no llegará este caso porque al fin V. S., los Carrera y cuantos alucinados sostienen el temerario empeño de separarse de la senda común, y menos escabrosa cual es la obediencia a las legítimas potestades que a nombre de Fernando gobiernan la monarquía, tendrán que ceder a la fuerza de este ejército que cuando menos piensen será irresistible.

Ojalá que con tiempo supiere V. S. prevenir los males que le amenaza su terquedad, y que libertándose de ellos, hiciere al mismo tiempo felices a los pueblos de que dispone, terminando de una vez los males de la actual guerra, negando sus auxilios al ejército devastador y proponiéndome un partido que ni aun a V. S. ni al reino, ni a mí sea indecoroso.

Medítelo V. S. bien, y al tanto de todo lo que llevo dicho repita sus oficios en inteligencia de que me creo, y creeré siempre favorecido de su correspondencia como esta sea ceñida a los límites de la honradez y moderación con que deben tratarse dos autoridades tan respetables como la de V. S. y mía.

Dios guarde a V. S. muchos años. Cuartel General de Chillán y octubre 27 de 1813.

Juan Francisco Sánchez, General del Rey.- José de Berganza.- Matías de la Fuente.- Ildefonso Elorriaga.- Luis Urrejola.- Francisco Tadeo de Sepúlveda.- José Ballesteros.- Juan José de Huidobro.- Juan Nepomuceno Carballo.- Pedro Lagos- Dionisio Martínez.- Fermín de Sorondo. Francisco de Borja de Urrejola.- Fray Domingo González.- Fray Lorenzo Barrano.- Fray Felipe Garramuño.- Fray Salvador Sepúlveda.- José Velásquez.- Tomás Plá.- Joaquín de Unzueta.- José María Arriagada.- Manuel de Acuña.- José Hurtado.- Manuel Berraña.- Apolinar del Pino.- José María Soto.- José Ramón Vargas.- Pedro José Zapata.- Esteban Fonseca.- Fray Juan Almirall, Secretario,

Señores de la Junta del Supremo Gobierno del Reino de Chile don José Miguel Infante, don Agustín de Eyzaguirre y don José Ignacio Cienfuegos.