Contra la guerra (José Verdes Montenegro)
A los lectores
Este número ha sufrido un considerable retraso. Causa de ello, es la escasez de papel y las deficiencias de los transportes.
El presente volumen debía haberse publicado el 15 de diciembre. Aparecerá el 15 de Enero, sufriendo esta publicación un mes de retraso, durante el cual debían aparecer dos volúmenes. Procuraré adelantar la publicación de estos dos volúmenes y restablecer la normalidad de esta publicación, que solo causas imprevistas han podido quebrantar.
No dudo los lectores se darán por satisfechos con estas ligeras explicaciones.
Contra la guerra
CASA EDITORIAL MONCLÚS
— TORTOSA —
Siempre consideré la guerra como una de las mayores calamidades que pesan sobre la Humanidad.
Pero como la contienda entre los pueblos llegados al auge de la civilización moderna, contaba con la animadversión de los más y aún de los mejores y parecía tan imposible se produjera, a estas alturas, entre las naciones de Europa, solo por incidencia casual ocurrióseme hablar de ella. Más producido el cruel conflicto, suscitadas antiguas pasiones y sufriendo descamino el juicio entre los ecuánimes y sesudos de otros tiempos, pensé escribir acerca de la guerra en múltiples ocasiones para mostrar y recordar cuanto ella representa y los dolorosos efectos, más o menos lejanos y complejos que de la misma derivan.
Una demanda de la Casa Monclús bríndame al presente a dar mayor radio de acción a la publicidad de los tales artículos y que aparezcan conjuntamente, con lo cual creo gane eficacia mi propaganda, e incítame a decir algo nuevo que complete mis puntos de vista Contra la guerra, en general, y en particular, contra la presente.
A esto, pues, responde la presente publicación que ojalá pueda servir para volver al buen camino a los descarriados, ganar a otros a la santa causa de la paz entre los hombres y contribuir a que para honra y beneficio de los pueblos, no se repita ya más en lo porvenir tanto desastre y dolor como hoy conturba y acongoja a los hombres de buena voluntad.
En los tiempos que corren y más aún en los venideros, ya no se desarrollarán los acontecimientos cual determinados por la diosa Fatalidad, pues la superioridad mental alcanzada por el hombre representa brújula y timón y máquina potente que puede conducir la nave humana al Puerto deseado, a despecho del embate de las circunstancias adversas. Va estando en nuestra mano el que los Sucesos sean como queramos. Dejémonos por tanto de lamentaciones y de abatirnos ante los males que nos aquejan y procuremos ponerles remedio actuando racional y vigorosamente.
La pérdida de hombres—principal riqueza de un país— y la pérdida de todo género de bienes económicos que se experimenta con ocasión de las guerras, hieren la mirada de todos y, por consiguiente, nadie hay que no se dé perfecta cuenta de esos graves males que acompañan a la lucha de los pueblos. Pero la suma de daños que por modo directo e indirecto se originan en la nación a causa de la guerra no se vé por todos, ni se aprecia en su justo valor. Y quizás esas encubiertas y solapadas influencias de la guerra sean de mayor perjuicio a la vida humana que la pérdida de hombres y de riqueza.
Pasemos siquiera sea rápida revista a ciertos hechos para que nuestra afirmación se patentice.
Ya de ha tiempo, los naturalistas, pusieron de manifiesto la decadencia de la raza de los modernos pueblos guerreros, por virtud de la selección retrógada que se efectua al perecer en los combates lo más sano y florido de la población y quedando tan solo, para perpetuar las generaciones los séres débiles, deformes o enfermizos. Lo que por tal modo pierde la nación y la Humanidad, no ya de presente, si que tambien para lo porvenir, es invaluable. Ya Marx, al señalar el origen de las guerras modernas—tan diverso de las antiguas—en la política de la burguesía, en su lucha por la extensión del mercado, nos da a entender como a la venta de los productos en el exterior se sigue la reducción del consumo del trabajador y como al aumento plutocrático de la burguesía acompaña la mayor opresión del proletariado.
Ya sesudos historiadores consignaron, en más de una ocasión, como las guerras sirvieron de señuelo para apartar la vista del pueblo de la conducta torpe o inmoral de sus hombres de gobierno; para afirmar tronos vacilantes, o para producir una paralización y aún retroceso en la marcha política del país.
Ya sociólogos—aún no socialistas—pusieron de manifiesto los múltiples enlaces que tiene la guerra con los diversos órganos y funciones de la vida nacional. Y así, mostraron como el absolutismo político se une al espíritu guerrero, en tanto la democracia se hermana con la paz; como el deseo de no querer depender del extranjero—propio de los pueblos militantes—acompaña a la pretensión de cerrar las fronteras con las aduanas, es decir, a una política comercial proteccionista efecto de la cual se conservan las formas atrasadas de producción—la familiar frente a la del taller y la del taller frente a la de la fábrica—y asímismo, a conceder predominio a la agricultura respecto de la industria. De igual modo, la Hacienda nacional siente el contragolpe de las guerras pues en casos tales, se contraen cuantiosos empréstitos, no para fomento del bien público sino para allegar recursos para la lucha, y el sistema tributario no solo gravita con mayor pesadumbre sobre el pueblo, sino que en él se entroniza el privilegio en favor de los poderosos y de los combatientes.
Con la guerra, el imperio de la autoridad personal, más o menos arbitraria, supera al de la ley; la centralización política se acrece y las libertades ciudadanas se amenguan.
Asímismo, la hostilidad entre naciones repercute y se graba en el corazón de los ciudadanos, despiértanse los dormidos instintos agresivos, y el encono y malquerer se adueña de los hombres; de ahí que el duelo y los delitos de sangre, como se ha notado, florezcan con el abono espiritual de las contiendas entre naciones.
Y cuan distinta, en general, la moral de los pueblos que gozan de la paz y la de aquellos que por más tiempo guerrearon. La obediencia y hasta la sumisión más o menos ciega son las virtudes de los pueblos en guerra; la iniciativa y la bondad, sobretodo con los débiles, se engendran en el seno de la paz. Tan diferente orientación toma la vida en paz o en guerra que todas las actividades y virtudes se polarizan en cada caso en diverso sentido y se valoran muy distintamente. Hasta el patriotismo se trasforma según las circunstancias, pues en los pueblos que contienden lo único, patriótico, o lo más patriótico, estriba en dar su vida frente al enemigo y quien entrega la suya por salvar la de muchos, no se le estima como patriota. En guerra Napoleón y Bismarck valen muchísimo más que Pasteur, Lister y Kock.
Por tales razones, y muchas más que podrían aducirse, nosotros los socialistas, y más en este día de santa consagración para nosotros, hemos de levantar en alto la bandera de la paz, que en otro tiempo enarbolaron los cristianos, y que muy luego, desertando del deber, han dejado caer de sus manos.
Mayo, 1912.
Pretender que la guerra actual sea un beneficio fuera insensato, pues como todas las guerras produce pérdidas de vidas, menoscabos de la integridad física, deteriores de la raza, despertamientos de formas mentales retrogadas, destrozo y dispendio de bienes, polarización anómala de la actividad humana trocada en destructora en vez de creadora..... Pero aun cuando la guerra presente merezca todas nuestras maldiciones, no por eso hemos de perder el juicio, como hacen muchos, hasta el punto de creer que esta guerra es la peor de todas y como indefectible se cuela afirmar que la Humanidad no camina y siendo hoy tan bárbara como en pasadas edades, hayamos de perder toda esperanza de redención.
No, eso no. Para pensar de tal suerte, fuera menester olvidáramos por entero cual ha sido la Historia, aun esa Historia radicalmente falsificada por incompleta, con que se nos alimentó desde niños y que se circunscribía al mero relato de las batallas y tratados de paz.
Veamos si no. En punto a duración, la guerra presente por mucho que se prolongara—que no lo espero—ni comparación admite con las habidas en otros tiempos; pues aparte aquel periodo en que se enseñoreaba de la vida de los pueblos, de tal modo que no pasaba día sin contienda; cuando se adentra en la civilización, tras la época selvática primitiva, no hay sino recordar las guerras Púnicas, las continuadas de Roma, las Cruzadas, nuestra Reconquista, la guerra de los 100 años, la de 30 años, las de la Revolución.....
En cuanto a los efectos de la guerra, en el curso de los tiempos, bueno será tener presente como las primeras luchas conducían al total exterminio del vencido; despues a su esclavitud, más tarde, a desposeerle de sus bienes; posteriormente, a mermarle de parte de ellos; y últimamente se llega a respetar su persona y hacienda y tan solo se cambia el gobierno y la bandera del país conquistado.
Tocante a la manera de hacer la guerra también pueden señalarse profundas variaciones a través de las edades. Antiguamente el pueblo en masa—varones y mujeres, niños y ancianos—iba a la pelea en tanto con el andar de los tiempos poco a poco fué limitándose la lucha únicamente a la que se efectúa entre los ejércitos quedando vedada a la población civil.
En su aspecto moral las guerras modernas, y con ellas la presente, son incomparablemente superiores a cuantas le precedieron pues, aun suponiendo ciertos los inflados y tendenciosos escritos de la prensa y los folletos informativos en que mútuamente se zahieren y descalifican los países en guerra, relatándonos escenas cruentas de barbarie—yo no creo en la materia ni a unos ni a otros acordándome de que en España se llamó Pepe Botellas a José I, el cual se sabe hoy que no bebía vino—en todo caso, tales brutalidades representarían lo excepcional, lo extraordinario, mientras que en otros días eso era la regla, lo común. Y algo parecido puede decirse respecto a la inculpación de violar los tratados, hecho frecuente en todo tiempo y más cuando..... ni los había siquiera.
Además pensemos, de otra parte, en el trato dado a los prisioneros y en el salvamento de los náufragos en medio del combate y comparemos semejante proceder con cuanto se hacía en épocas no muy añejas cuando ni se daba cuartel al vencido, pensemos en el cariño y respeto que se tiene a los viejos y niños, a las mujeres..... aunque pudiera contarse algunos hechos en contrario; pensemos en los cuidados solícitos prestados a los heridos por esa admirable institución de la Cruz Roja, la cual cuenta no más con medio siglo de existencia y recuérdese como antes heridos y prisioneros se veían sometidos a peor trato y aun a los más atroces tormentos.
Y si no olvidamos hechos semejantes, maldiciendo siempre la guerra como un cruel azote de los humanos, habremos de pensar que la Humanidad camina, que hoy ya no es como ayer y, por consiguiente, podemos abrigar la razonable y cálida esperanza de que llegará día en que sea redimida de los males que le aquejan al presente.
Abril, 1915.
Cuando se publicaba semanalmente El Mundo Obrero por esta Agrupación de Alicante, había un afiliado—que por mucho tiempo militó en las filas republicanas—el cual siempre que escribía algún artículo para el periódico se metía con la aristocracia; revelando con tal proceder como a pesar de su socialismo declarado su aversión más viva no era contra el capitalismo sino contra la clase que había de combatir al ser republicano. Inútil resultaba toda advertencia al compañero acerca de lo inadecuado de sus ataques, mostrándole como la aristocracia no juega ya ningún papel en la historia de los pueblos de régimen capitalista y que, si se dá el caso de que algunos aristócratas pesan en los negocios públicos no es porque sean aristócratas sino por el capital que los tales poseen.
Tal hecho representa una categoría de otros semejantes; y ahora, con motivo de la guerra que asola y conturba las naciones, se dan en tal número que ni los hongos tras día de lluvia. En nuestro propio campo podemos observarlos.
Hemos reconocido y por tal declarado y propagado que, la clase burguesa, al presente, se adueña del Poder público y que el Estado no otra cosa representa sino el Comité gerente de dicha clase; y, sin embargo, hoy muchos acusan al kaiser, al rey de Inglaterra o al Presidente de la vecina república de ser los verdaderos causantes de la guerra presente.
Siempre dijimos que el ejército, el clero y la magistratura no eran sinó los instrumentos y servidores del capitalismo y que, por tanto, precisaba no andarse por las ramas combatiéndoles cual si fueran los principales causantes de los males que herían al proletariado y atacar al tronco, esto es, al capitalismo, verdadero foco en que se originan; y, no obstante, en el día salen de la boca y de la pluma de muchos de nuestros compañeros, inculpaciones contra el militarismo alemán o inglés y quiere atribuirle la catástrofe que presenciamos.
Monarquía y República significaban bien poco en nuestra ideología pensando, con acierto, que la explotación de los trabajadores no dependía de tal o cual forma de gobierno; y tiempo hubo en que, viendo como en el Reischtag alemán se asentaban numerosos diputados socialistas y se legislaba en favor de la clase trabajadora (recuérdese la enorme reforma de los seguros obreros) y en tanto en el Parlamento francés no tenía representación nuestro partido y apenas se tanteaba una legislación provechosa a los intereses proletarios, combatíamos aquello de la necesidad de pasar por el escalón de la República para llegar a realizar la emancipación social y el advenir del Socialismo; y ahora nos encontramos con que, son incontables quienes exaltan a Francia «por ser el país de la libertad» y abominan de Alemania «porque representa la opresión».
¿Qué explicación pueden tener hechos semejantes, tan ilógicos o contradictorios? Una relativamente sencilla.
De un lado, se habrá de reconocer que colectividades e indivíduos no viven cual desean o piensan vivir, pues la tradición en los pueblos, como los hábitos y recuerdos en los indivíduos, se imponen en mayor o menor grado: en nuestro mismo Programa se consiga más de una declaración como indefectible o necesaria deferencia o concesión al pasado. Y tanto más la tradición gravita y merma las ansias ideales y viene a modificar la realización de las aspiraciones presentes, cuanto más inmaduro el ideal y cuanto menos encarnó en nosotros por falta de reflexión. Por eso, de vez en vez, en el campo de las ideas y sentimientos de todos, afloran aquellas capas más o menos profundas de la mentalidad, que un día tambien fueron superficiales.
Si a ello se añade la vuelta o retorno a condiciones semejantes a las un día actuantes sobre sociedades e indivíduos—tal como la guerra actual—se comprenderá muy bien como pueden suscitarse o despertarse afectos y pensamientos dormidos, los cuales están en abierta contradicción y discordancia con la mentalidad adquirida, fruto de nuestro tiempo y de sus necesidades.
Y esa disparidad entre afectos e ideas producto del presente y producto del pasado habrá de ser tanto mayor cuanto más se deje sentir en pueblos e indivíduos la acción de circunstancias retrógradas o tambien según el punto en que se hallen unos y otros en el cultivo de su ideal.
1915.
El sentimiento del deber en cuestión que estimo de importancia y el no querer parecer desdeñoso con el compañero que se ocupa de mi articulejo, me hacen vencer mi habitual apatía para este género de acción.
No la censura, sino la crítica de una situación y su explicación para llamar a meditación a los propios y exculparnos ante los extraños, me llevó a escribir las líneas de referencia.
Seria para largo ocuparme en dilucidar las cuestiones tocadas y así, no he de intentarlo. Sólo con brevedad y casi en estilo telegráfico espresaré lo más saliente de mi pensamiento respecto de ellas.
Se dice que, el causante de la guerra es el imperialismo prusiano y se personaliza ese imperialismo en el kaiser (lo mismo daría hacerlo en cualquier otro jefe de Estado)... Y a ese, hacía notar que nuestro criterio de siempre era muy distinto.
En efecto, nosotros habíamos considerado la guerra como una secuela del capitalismo, como el punto extremo de la concurrencia capitalista con objeto de captarse clientes, para de tal modo poder realizar, en mayor grado, la explotación de los trabajadores; puesto que vendiendo fuera se mantiene más facilmente los bajos salarios y el alza del interés del capital, ya que se aleja el temor de aquellas crisis que necesariamente habrían de producirse como consecuencia de no poder comprar su propio producto el trabajador, con el salario que le dan. Y cuando esas cosas decíamos, y cuando veíamos constante la amenaza de la guerra y por ello preparábamos los espíritus y tratábamos de apercibirnos para cuando estallase, en modo alguno pensábamos en los jefes de Estado sino en la burguesía dueña del Poder público, que obraba según sus intereses, reflejados en la ideología de «la expansión comercial», «del engrandecimiento de la patria», «de la misión civilizadora»... etc. En cuanto a personificar dicho fenómeno social, como cualquier otro, puede serle lícito a los poetas a quienes según Horacio, siempre le fueron concedidas ciertas libertades; pero les está vedado a los socialistas más que a ningún otro, pues sobre incurrir en grave pecado de individualismo—explicando hechos sociales por personas determinadas—conduciría lógicamente a la acción contra las personas a quienes se inculpa. Y a este propósito quiero recordar una célebre discusión habida en el Parlamento francés en que, nuestro compañero Guesde rebatía la doctrina de los buenos y de los malos patronos sostenida por el conde de Mum y, asimismo, aquél pasaje de la introducción de El Capital de Marx, en que exime a los indivíduos de las responsabilidades del capitalismo.
El Kaiser, como cualquier jefe de Estado de régimen constitucional—que es tanto como decir burgués o capitalista—no es más que el portavoz, el representante de dicha clase y manda en tanto dice lo que quieren sus mandatarios, en tanto está acorde con la voluntad del país, según frase corriente. Quiere esto decir que, los jefes de tales Estados practican el consejo dado por Quevedo para que a un hombre le sigan las mujeres: ponerse delante. Y si todos los jefes de Estado no se conducen de igual manera ante los mismos problemas políticos que se les presenta, débese a que las respectivas burguesías no se encuentran en igual nivel de desarrollo real o ideológico.
Por otra parte, no ha de olvidarse que el principio del régimen constitucional «el rey reina pero no gobierna» implica que el rey ha de dejarse conducir y, por consiguiente, el monarca ideal es un rey holgazán, un imbécil, un rey de papel. Por eso pudo decir un día Gladstone: Yo no necesito para gobernar sino la estampilla de la reina; porque era ministro de un país de pleno régimen constitucional. Así, quienes quieren que el rey sirva para algo, tenga iniciativas, etc., se inclinan inconscientemente a patrocinar el absolutismo.
Tocante al papel que se asigna al ejército en las naciones burguesas podemos aducir algo semejante a lo dicho. La actuación del ejército en los países de régimen industrial desarrollado, se limita a satisfacer las exigencias y deseos de la clase capitalista, abriendo mercados, defendiendo su comercio, exigiendo el pago de los valores del Estado y de los nacionales en el exterior...
Ahora bien, el que en tal o cual país existan poderosos ejércitos o armadas no quiere decir que en ellos haya militarismo cuando la fuerza pública se limita a ser brazo y no cabeza del Estado. Con notoria impropiedad, pues, se habla de militares allí donde las guerras ni se inician ni se siguen por exigencias del ejército y la guerra se habrá de acabar cuando convenga al Estado y donde a nadie se le ocurrirá el oponer el honor de las armas a las conveniencias del país. El militarismo, es decir, el predominio del ejército en la gobernación del país, se contrapone al industrialismo o capitalismo y por eso puede hablarse tanto más de él, cuanto más atrasados se hallen los pueblos en la evolución económica. Entre nosotros aún queda algo; a ello responde la especial ley de Jurisdicciones y alguna otra manifestación. Y volviendo la vista a tiempos pasados el golpe de Pavía, la sublevación de Sagunto, las cuarteladas revolucionarias y el hecho curioso de haber enriquecido el vocabulario de otras naciones con la palabra pronunciamiento indica que era mayor ese predominio del ejército ayer que hoy. Por eso, yo no soy antimilitarista, como no soy tampoco anticlerical... para no andarme por las ramas.
Y tratemos ahora de Monarquía y de República y de las libertades.
Monarquía y República son formas de gobierno que nada dicen respecto a las libertades y bienestar de los ciudadanos. Lo dijimos siempre los socialistas y lo debemos seguir diciendo siempre. Monarquía y República son rótulos o etiquetas puestos por las clases directoras a los Gobiernos, modos de organizar el comité gestor de sus asuntos. Por bajo de las indicadas denominaciones está lo fundamental; está la soberanía, está la posición real de las diversas fuerzas sociales. Es de saber que, pasado el primer periodo de la vida de las sociedades en que existiera una verdadera democracia—el Gobierno de todos y para todos—se pasó, acentuándose cada vez más en el transcurso de los tiempos, a una oligarquía—gobierno de una minoría en beneficio de sí misma—; más después, las sociedades caminan poco a poco hacia una nueva democracia por la participación creciente de unos a muchos y de muchos a todos, en el poder público. Tal es la curva normal que señala la evolución política, como lo es tambien de la evolución económica. Porque lo político y lo económico, antes, ahora y siempre no son sino facetas de un mismo hecho social.
Ahora bien, la soberanía política, trasunto de la distribución de la riqueza, expresa la constitución real y, por eso, según la posición o nivel que alcanza la evolución económica de un país, así es la soberanía y, por tanto, las libertades de que gozan los ciudadanos del mismo.
Por consiguiente, Monarquía y República nada son que importe a un socialista ni a un trabajador, ni a nadie; lo de miga, lo de enjundia estriba en saber en quien reside la soberanía y quienes toman parte efectiva en el poder público. Las constituciones de papel nada son; lo hondo es la constitución real, expresión de las libertades efectivas. No se olvide que de un clavo pintado no se puede colgar sino una cosa pintada.
La cuestión de la República en contraposición a la Monarquía, en los tiempos modernos, tiene su explicación en la doctrina individualista y personalista de la Revolución francesa que hacía responsable al rey de todos los males sufridos, en querer desvincular la representación de una familia dinástica y en contraponer una obra racional al sentido tradicional.
Pero lo fundamental es lo otro. Así se ha visto que cambiada la soberanía en Inglaterra, a pesar de su monarquía hereditaria declarada, no fué un pueblo menos libre que Francia. ¡Natural! El desarrollo económico de Inglaterra había sido mayor que el de Francia y en eso estriba el secreto.
Por tanto, no la República por la República es lo que precisa conquistar, sino trasformar la sociedad en todos sentidos y hacer efectivas las libertades. Las palabras, los nombres por sí solos, no tienen virtud mágica para mudar las cosas.
Así, pues, lo que dijimos ayer está en pié; ciertas naciones monárquicas son preferibles a naciones de régimen republicano; Inglaterra es más libre que Francia, y en Alemania hay tambien más libertad que en Francia.
Lo económico y lo político no son dos cosas sino una sola; y como esté la extructura económica estará lo político, jurídico, religioso, etc. Y en esto punto no hago más que repetir a Marx.
Si económicamente Monarquía es igual que República, políticamente... tambien.
Y para terminar. Acordémonos del refrán de que pasión quita conocimiento y por tanto que, la condición primera para apreciar rectamente la actualidad es tener presente las verdades cardinales, los principios que nos servían de criterio en los tiempos en que los dolorosos hechos de ahora no nos conturbaban.
Bien se me alcanza lo dificil de abstraernos del presente; pero tambien veo es requisito indispensable para caminar por los senderos del acierto.
1915.
No podemos preveer cual habrá de ser el mapa de Europa y por repercusión el de todo el mundo, en cuanto dependencia colonial, más o menos encubierta de las principales potencias, porque no estamos en condiciones de estimar la magnitud dinámica que representa cada una de las naciones en conflicto; tampoco somos capaces de presumir a donde pueden conducir, en el momento de pactar la paz, los arreglos compensadores en que se traduzcan las simpatías, las afinidades de raza o de historia de los pueblos. Nos es imposible determinar sí, a la postre, podrían aparecer algunas Federaciones de Estado—en Europa—latinos; anglosajones y eslavos—porque el efecto útil de tales organizaciones puede hallarse en una nueva orientación de la política económica de los diversos países. No nos es dado profetizar cuales serán las modificaciones que habrán de operarse en punto a la organización de los ejércitos y las proporciones que adquirirán los armamentos, aun cuando podamos afirmar no se llegará al desarme general de las naciones, pues mientras cabe acuerdo entre todos por aliviar la carga de los gastos militares, no es factible prescindir de los ejércitos en tanto perdure el régimen capitalista.
Más si no cabe pronosticar todavía ciertos grandes hechos que han de tener realidad en lo porvenir, si podemos, con entera evidencia vaticinar los derroteros fundamentales que habrá de tomar la Humanidad y, proclamar, como lejos de producirse un retroceso ni un estancamiento, en su marcha, cual lo pinta el pesimismo de muchos, tendrá lugar un avance acelerado y, por consiguiente, un auge y ensanchamiento en la acción de las fuerzas socialistas en el mundo. Y esto sea cual fuere la suerte de las armas de los pueblos en lucha.
Tales vaticinios no proceden de un don profético misterioso sino que son predicciones racionales basadas en la Ciencia, alma de las reivindicaciones proletarias.
Nosotros hemos reconocido y afirmado siempre que, en el capitalismo, alta cima a que llegan en su evolución económica los pueblos, se muestra la ley de competencia por virtud de la cual la palma del triunfo se confiere a quienes muestran una superioridad técnica, teniendo por tal no tan solo las ventajas del herramental si que también las de organización económica que da el poder financiero, es decir, que los grandes capitalistas baten a los medianos y pequeños. Fruto de semejante concurrencia de capitales es su concentración, ya en menor número de manos, ya en vastas y potentes organizaciones de Compañías y Anónimas.
Ahora bien, con la guerra presente (como en toda guerra) tiene lugar una enorme destrucción de bienes—explotaciones agrícolas e industriales, pérdidas de clientela, alteración de valores de particulares y de los Estados, etc. y los efectos de tal tempestad económica vienen a gravitar y hieren con mayor grado, a las personas de más débil resistencia. Los grandes capitales, colocados en múltiples negocios y aun en diversos países, encuentran compensación a sus pérdidas, en todo o en parte, y aun dado caso de perder, su posición superior respecto de los demás permanece; pero los medianos y sobre todo los pequeños capitales quedan anonadados.El pequeño propietario individual o colectivo destruída su fábrica o su granja, suspendido su comercio etc. al no contar ya con recursos para reponer su negocio se ve lanzado al hoyo del proletariado; el mediano capitalista quebrantado hondamente con lo que pueda recoger tras la catástrofe y, dada su educación económica, será llevado a entrar en compañías y anónimas, las más de las veces de un modo subalterno.
De esta manera, el capitalismo acrece ciertamente su fuerza y función social, y el proletariado, por su parte, encontrará aumentadas sus filas con la nueva recluta de los vencidos y desposeídos capitalistas de ayer. La guerra, por tanto, por indeclinable consecuencia viene a acelerar el movimiento de ascención capitalista y de proletarización de más gente.
De otra parte, las vastas organizaciones y los radicales procedimientos a que fué preciso recurrir ante el apremio de la defensa exterior e interior, servirá de copiosa y provechosa enseñanza a las finalidades capitalistas, y la ruina y desamparo en que muchos quedan les hará caer la venda de sus ojos y multitud de ideas retardatarias huirán de sus inteligencias. Patriotismo, imperialismo... dejarán de ser ya los puntos de mira y ataque de la acción política y se verá más claro que nunca que la responsabilidad de la catástrofe y del dolor universal pertenece por entero al capitalismo, pues la guerra no fué más que una orgía capitalista.
Y a remolque de esa idea central caminarán las demás, muriendo la antigua fé en muchas cosas y vigorizándose la nueva fe en el advenimiento de una sociedad de paz, de amor y de bienestar. La sociedad irá, pues, indefectiblemente para adelante.—1915.
En los exordios de la civilización, el objetivo de la guerra de un pueblo contra otro fué la obtención de los medios materiales para poder vivir. Los frutos de la tierra, del río, del lago, de la costa, una vez consumidos y no sabiendo producirlos, precisaba ir a buscarlos a otra parte. Y al tropezar con otros hombres en posesión de ellos, menester era exterminarlos para desposeerlos, pues se hacía imposible la coexistencia de unos y otros. La lucha por la existencia regía en toda su fiereza. En semejante situación, los ejércitos eran pueblos contra pueblos, en masa.
Llegaron tiempos en que el saber de los hombres hizo posible sacar de la naturaleza no sólo lo imprescindible para subsistir, sino algo más—los hombres ya pastoreaban y aún ya labraban la tierra—, Entonces el hambre no puso frente a frente los pueblos, sino la codicia. De otra parte, al tropezar unos hombres contra otros podían coexistir, y coexistieron; pero el vencedor esclavizó al vencido, bien limitando su patrimonio a escasos y pobres terrenos, bien posteriormente, haciéndole trabajar en provecho de él. El ejército, en tal momento, lo constituían los varones válidos, los cuales, al triunfar, se repartían como botín de guerra el terreno conquistado en proporción a su jerarquía militar: desde el rey al último caballero y aún peón, constituía la clase de los hombres libres y eran tambien el Estado. Nació la explotación del hombre por el hombre.
Caminando en la Historia, acrecido el conocimiento de las cosas y, por tanto, el dominio sobre la Naturaleza, multiplicáronse los beneficios de la producción de los adscritos al trabajo. La parte más saneada y copiosa correspondió en la primer época al comercio y luego, posteriormente, alcanzó a la gran industria; y por tales rendimientos llegaron a valer tanto o más que la antigua clase dominadora. Si queremos fijar la situación diremos que, la burguesía comercial e industrial se equiparó y hasta superó a la nobleza militar, nacida de la conquista de la tierra. El comerciante, al principio, partió sus ganancias con el señor o los señores, o se armó para no ser desvalijado por éstos. Las naves mercantes iban armadas de cañones; sus expediciones terrestres, defendidas por gentes de armas, y los depósitos de mercancías en las poblaciones eran fortalezas.—Testimonio de lo afirmado el Hansa germánica, entre otros.
Conforme la burguesía superaba a la nobleza, transfería el papel defensivo de sus gendarmes a los ejércitos nobiliarios o reales, y sus buques mercantes dejaron de llevar cañones y eran protegidos por una marina de guerra.
Por tal modo, el ejército pasó de ser el conquistador de territorios para sí propio a ser el instrumento de la burguesía, que por aquél entonces se identifica con el nuevo Estado. La armada y el ejército, supeditados a la burguesía, es decir, al capitalismo, ya no tienen otra misión que proteger los intereses y los capitales empleados dentro y fuera del territorio nacional por la clase directora. En lo sucesivo, cuando un ejército conquista nuevos territorios no se aprovecha de lo conquistado, no hace más que entregarlo a la explotación capitalista.
Por tanto, los pueblos llegados al régimen capitalista no son dominados por el ejército, sino que dominan al ejército y hacen de él un instrumento de explotación, como de toda la masa de trabajadores.
Obreros, abrid los ojos; no tenemos más enemigo que el capitalismo. El causante de la guerra presente es la burguesía de las naciones y nadie más. No haya, pues, franceses ni alemanes, no haya ingleses ni turcos... Acordáos de las sabias palabras: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
1916.
Y aconteció... lo de casi siempre. Apenas el joven expiró, la familia dió rienda suelta a su dolor. Las mujeres derramaban cálidas y copiosas lágrimas y los sollozos sucedían a los sollozos. Los varones crispaban sus puños y retorcían los brazos. De labios de unos y otros no salían sino entrecortadas voces o expresiones de cariño para el que acababa de terminar sus días.
Sólo después, tras expresar el intenso duelo que les ahogaba y cuando cayeron deshechos y casi atontados, ocurrióseles proferir ciertas palabras que parecían tener sentido, que ellos creían lo tenían, y aun eran como sentencias derivadas de la más profunda reflexión:—¡Yo quiero morirme¡—¡Para mí acabó la vida!—Señor, ¿por qué la muerte, si nos creas?—Vivir, pero ¿para qué vivir? ¿Qué es la vida sino un contínuo sufrimiento?—¡Trabajar, afanarse, y todo para ir al sepulcro!—Y hablan de progreso y de civilización, ¿quién puede contra la muerte?
Y así iban saliendo de sus pechos exclamaciones que el ecuánime y el tranquilo de ánimo respetaban como signos de dolor; pero no podía menos de considerar como otros tantos desatinos y descarríos de la humana razón. Claro, la hora del padecer no es la del razonar discreto.
Estalló la guerra; estalló cual estalla el rayo cuando las electrizadas nubes llegan a ponerse en contacto. La muerte, con su triste cortejo de heridos, lesionados y enfermos; con su desvastación de campos y de ciudades se enseñoreó de parte de la tierra. Y también el odio cruel, el egoísmo, la traición y todo género de añejas pasiones hicieron presa en el corazón de los hombres. Los que nunca conocieron cosa semejante, y sólo por relato de otros construían en su imaginación los horrores de la guerra, se percataron de que la realidad se mostraba muy superior a
sus vanas quimeras.
Hombres sesudos habían estudiado con anterioridad la guerra cual estudiaron la caída de los graves, el gracioso aleteo de la mariposa o el horripilante terremoto. En sus investigaciones llegaron a la conciencia de que la guerra confundíase en sus orígenes con una de las leyes de la vida—con la lucha por la existencia—, y que en nuestra época, en el llamado régimen capitalista, esa lucha revestía cada día más la forma de competencia económica desenfrenada. De otra parte, hecho tal era una de tantas manifestaciones colectivas; lo era por ser un fenómeno entre colectividades; éralo también porque ante la ciencia los fenómenos individuales no existían y todo era social común, general. Los economistas, cual sociólogos especialistas, veían en la guerra el punto extremo a que llegaba la concurrencia económica de nuestros tiempos; el ensanche de mercado en el aspecto del cambio, la concentración industrial en la producción, el abaratamiento en el consumo, marcaban la trayectoria de la acción humana de la época. El régimen capitalista tenía sus crueldades y horrores, como traía la nueva vida, ya bajo las apariencias de lo ordinario y del trivial quebranto y molestia, ya bajo la forma violenta y despiadada del choque de los ejércitos luchando por abrir mercados y nuevos campos de explotación a la histórica burguesía. Lo visto por los sabios fué difundido, acogido y hecho como propio pensamiento por cada vez más numerosos hombres de todas las naciones.
Estalló la guerra; estalló cual estalla el rayo cuando electrizadas nubes llegan a ponerse en contacto; el hecho no era insólito, y, cual siempre, arrancaba de las entrañas de la vida en su posición histórica.
Más los horrores de la matanza, la destrucción de la obra secular del hombre estaban a la vista, herían las más íntimas fibras del corazón, penetraban hasta los más apartados confines del mundo, hacían sentir, aun a los más alejados del vórtice devastador, torcedores dolores, y entonces, perdida la calma, se nubló el juicio y se descaminó la razón en los más.
Se pronunciaban ciertas palabras que parecían tener sentido, que ellos creían lo tenía, y hasta eran como sentencias derivadas de la más profunda reflexión. Haciendo depender lo colectivo de lo individual, se inculpaba a las personas más representativas de ser los malhadados autores del conflicto; se blasfemaba de la obra entera de la civilización; se decía que el Progreso era una mentira y el hombre de hoy cual el mismo que habitaba en las cavernas en épocas prehistóricas; se afirmaba también que la Ciencia no había servido sino para el mal; se achacaba la catástrofe al militarismo, ya ha tiempo enterrado, precisamente en las grandes potencias en lucha.
Todo cuanto se sabía acerca de la explicación de los hechos parecía haberse olvidado.
Algunos, muy contados, que por donde los dioses, aunque doloridos, conservaron la visión objetiva de las cosas que aprendieron de los sabios, llamaban a reflexión a los que su tristeza o su ira conducía a agravar el mal, a quienes creían que una guerra más extensa y duradera era mejor que una guerra entre menor número de naciones y por más corto tiempo. Pero su labor fué en vano, y entonces, enmudeciendo, pensaron cuando pase la locura..
Yo no soy anglófilo ni germanófilo; yo no soy neutral: yo soy internacionalista, que es tanto como decir socialista no olvidadizo de sus principios.
No soy anglófilo ni germanófilo, porque ello significaría que quería atizar el fuego de la discordia entre los hombres, que pretendía echar más leña a la hoguera en que se consume— no ya inútilmente, sino con perjuicio—el más preciado bien: la vida humana llegada a la cúspide de la civilización, y en que se destruye para siempre y sin ventaja de nadie el fruto de la labor de las generaciones, las de hoy y las que fueron, bienes algunos insustituibles. No soy anglófilo ni germanófilo porque no creo que del triunfo de un bando o de otro dependa el que haya más justicia, ni más libertad para los hombres, ni se beneficie la civilización de los pueblos; porque pienso que la maldita guerra es una de tantas orgías de la clase capitalista en que ésta hace su agosto a costa de los proletarios, en que proletariza a pequeños y medianos burgueses y en que sus fraciones nacionales compiten por obtener la supremacía mundial. No soy germanófilo ni anglófilo porque mi razón me dice que con la victoria de unos u otros no gana un ápice la causa del proletariado, pues que la burguesía subsiste y, como repetimos hasta la saciedad, tanto da al trabajador ser explotado por un capitalista inglés, como por uno alemán, por un ruso o un austriaco. No soy anglófilo ni germanófilo porque la experiencia me ha enseñado que cuando en un pueblo sobreviene una calamidad cualquiera—guerra, inundación, incendio, epidemia o sequía—ésta gravita principal o exclusivamente sobre los pobres trabajadores, y nada o poco hiere a los acomodados y, en cambio, si la fortuna sonríe a las naciones, va bien para los de arriba; pero poco o nada llega a los de abajo. ¿Pues qué hizo abrir los ojos al proletariado y sensibilizarle, sino el amargo e injusto espectáculo del incremento colosal de los bienes de la civilización y la escasa participación que al obrero le fué concedida? Y cuando eso sucede, ¿es cosa de que el proletario sacrifique su vida—todo cuanto tiene que perder—por preferir un amo a otro? ¿Es qué venciendo Inglaterra y sus secuaces, es que saliendo triunfadora Alemania y sus aliados cesaría la explotación del hombre por el hombre? Más aún: ¿se amengüaría siquiera? Seguramente que no, y como otra cosa no haga el proletariado sino tomar partido a favor de unos u otros, puede afirmarse que tras la guerra vería acrecida su miseria y su dolor. Porque ¿cómo aumentando el poder del explotador puede mejorar la condición del explotado?
No soy neutral porque, si el resultado de la guerra me es indiferente, no puedo ver sin dolor la suerte de quienes combaten, que no son artefactos ni muñecos sino hombres como yo, de carne y hueso, que sienten y padecen sinnúmero de males, que arriesgan su vida, que muchos la pierden y que su dolor y su muerte radia a los suyos sumiéndoles cuándo en la miseria, cuándo en el desamparo, cuándo en la tribulación para todo el resto de sus días. No soy neutral porque tengo corazón y no puedo contemplar cual si fuera entretenido espectáculo cómo se destrozan los hombres, y los sufrimientos de esos malaventurados amargan mi existencia y turban mi ánimo y angustian mi espíritu. No soy neutral porque tengo cabeza y pienso que esa siega de vidas y esa pérdida de bienes no puede menos de repercutir en mí y en los míos y retardar el auge de la civilización, porque con la destrucción de los hombres se merma el elemento transformador de la naturaleza en que la civilización se cifra, y con la destrucción de las cosas se aminora el tesoro de recursos necesario para vivir y que hace posible subir de nivel a la vida humana.
Soy internacionalista porque considero la guerra como el mayor mal de los males que puede afligir a la Humanidad. Fué la guerra un día la antropofagia y al siguiente la esclavitud; fué la guerra la engendradora de la explotación del hombre por el hombre, y por la guerra se apoya, y hasta que la guerra desaparezca no puede pensarse sea un hecho la emancipación humana. La guerra sirve para abrir mercados en el exterior y de ese modo hacer que no estalle en el interior la contradicción que inside en el régimen capitalista de productores, los cuales al ser defraudados en su retribución, no pueden adquirir su propio producto. Además la guerra, hoy en día, verifica una selección a la inversa en las razas, pues, no permite la descendencia de los sanos, que van a guerrear, y sí la sucesión de los débiles y enfermos, que no van al combate. La guerra despierta el odio y las bajas pasiones del pasado.....
Soy internacionalista porque me hago cargo de que la patria fué, pero ya no és; pues si, de una parte, los capitalistas buscan la ganancia dondequiera; de otra, los trabajadores van a dar empleo a sus energías adonde encuentran un salario más conveniente. Por eso vemos que los capitalistas de tal nación no sólo venden los productos de su industria al extranjero, si que hasta se sitúan en otra nación, si allí hay negocio y les va mejor. Por eso vemos a obreros que marchan a otra parte, y algunos ni piensan en volver al lugar de su nacimiento, porque allá lo pasan mejor que en su patria. Por eso vemos hoy mismo, que industriales franceses, ingleses o alemanes negocian contra sus naciones respectivas.
Soy internacionalista porque pienso que los socialistas, no sólo por principios, que deben ser norma de conducta siempre y en toda ocasión, sino por interés, han de ser contrarios a toda guerra y, por tanto, impedir que se produzcan, y de no poder evitarlo, procurar que la paz se haga cuanto antes: que tal fué la voz unánimemente repetida en nuestros Congresos.
Soy internacionalista porque, como socialista, no puedo olvidarme del fin que persigo—la emancipación humana por la liberación de la clase proletaria—, y ésta ha de efectuarse por la unión estrecha de los trabajadores de todas las naciones—¡Proletarios de todas las naciones, uníos!—, y sería torpe sembrar el odio y hacer desunión para ahora y para luego en las falanges de la Internacional.
Soy internacionalista por que juzgo que el proletariado no debe desangrarse y ofrendar sus vidas haciendo la guerra por intereses que no son los suyos, sino, ahora y siempre, moviéndose revolucionariamente contra la burguesía que le explota y oprime.
La idea madre de que en toda sociedad hay explotadores y explotados, constituye la idea madre de nuestras doctrinas y la razón y móvil de nuestra actuación política, de nuestra existencia como partido.
Por eso, socialistas y obreros repitieron hasta la saciedad en sus propagandas el concepto que figura a la cabeza de nuestro programa, cual es «que esta sociedad se halla dividida en dos clases iguales y antagónicas; una, la burguesía que poseyendo los instrumentos de trabajo es la clase dominante; otra, el proletariado que, no poseyendo sino su fuerza vital es la clase dominada».
Toda la historia política de los pueblos, en especial manera a partir del advenimiento de la burguesía al poder, sirve de testimonio irrecusable a la veracidad de nuestras ideas.
Más quienes ignoren la Historia consideren la vida presente y, por modo especialísimo, España durante estos tiempos dolientes en que se hallan en guerra otros pueblos de Europa.
Aquí y ahora es manifiesto como existen dos clases sociales; una, que explota y goza; y otra, explotada y sufriente.
Quienes han tenido que vender—salvo rarísimas excepciones, para ser completamente exactos—están encantados de la vida. El que vendió y vende trigo, patatas o arroz; el que vendió y vende plomo o hierro; el que vende lana o ganado, el que trafica con sus barcos, se llena hasta los topes y repite el refrán de otros tiempos. «Agua y sol y guerra en Sebastopol»... y está contentísimo de haber nacido y de que siga la guerra... y la bendice.
Más quienes han tenido y tienen que comprar—fuera de contadísimos casos, para ser completamente exactos—están que echan las muelas. Quien gana un salario o depende de un sueldo y ni el salario subió ni el sueldo aumentó y se encuentra en que todos los medios de vida encarecieron; quien ganaba un jornal y ya no puede ganarlo porque no encuentra empleo... ese reniega de la hora en que ha nacido, lamenta que la guerra continúe... y la maldice.
Ahora bien ¿todo esto nos muestra con entera clarividencia como existen dos clases sociales de intereses opuestos en la nación, que es tanto como decir que, en cada nación nominal hay en realidad dos naciones cuyos intereses son no ya distintos sino opuestos? Unos interesados en que exista la guerra; otros, en que se acabe cuanto antes; unos, que quieren se suba el precio de todas las mercancías y otros que desean que baje; unos que se benefician de la escasez de los productos y otros que padecen por su falta; unos, que se procuran un seguro para sus barcos y otros que no encuentran quien les asegure su existencia?
Y siendo ello así, no estará también claro, que los trabajadores, los explotados han de tener una política enteramente opuesta a la de sus explotadores?
Entonces, los trabajadores han de ser partidarios de la paz entre los pueblos, en todo momento y circunstancia y abominadores de la guerra; entonces, deben no ser ni aliadófilos ni germanófilos para no echar más leña al fuego; entonces deben estar decididos a no ir a la guerra, no por ser neutrales sino por ser internacionalistas; entonces, no han de mirar con odio a ingleses, alemanes, franceses o austriacos, sino dolerse de que los trabajadores de esas naciones hayan sido llevados a la guerra por sus respectivas burguesías.
Entonces, han de estar dispuestos a no combatir frente o al lado de tal cual nación sino, como siempre, luchar contra la clase burguesa que les explota en su país ahora y siempre, en los tiempos de paz como en los tiempos de guerra.
Entonces, no deben preocuparse por el bloqueo de España por Inglaterra o por Alemania sino por «el bloqueo a la inversa» a que les somete la clase capitalista y sus gobiernos, dejándoles sin pan y sin carne y privándoles de los medios de vida porque ella hace su agosto y no cuidándose, por añadidura, de dar empleo a su trabajo.
De consiguiente, obreros, si nuestros mayores enemigos no son los de fuera sino los de la propia casa, sino aquellos que ahora como antes nos explotan ya por sí, ya por los gobiernos que les representa, a éstos y solo a estos debemos combatir.
Toda otra actitud equivaldría a desertar de nuestra bandera olvidándonos de nuestros principios.
1917.
Sí, bueno será recordar cuanto sabemos para no obrar a tontas y a locas.
Y para no hacer el tonto o el loco bueno es recordar.
Recordemos, sí, cuanto reconocimos en otros tiempos por nosotros mismos, o cuanto por cierto teníamos de lo dicho por otros. Recordemos nuestros principios, los que siempre nos sirvieron de guía, de faro para seguir acertado derrotero en nuestra vida política.
Y vayan, en primer término, los considerandos doctrinales de nuestro programa. ¿Qué dicen?
Que esta sociedad es injusta porque divide a sus miembros en dos clases desiguales y antagónicas: la burguesía y el proletariado. ¿Se nos olvidará ahora? Antagónicas, esto es, que luchan frente a frente porque sus intereses son opuestos. Por tanto, de combatir las fracciones de la burguesía entre sí, sea por lo que fuere, ¿toca al trabajador mostrarse parte en el pleito poniéndose al lado de alguna fracción?
Dos Casas o Empresas entablan encarnizada competencia ¿han de competir asimismo sus operarios? ¿Deberán los de la una apretar para que no sea vencida por la otra? No. Y si una de las Empresas pudiera desaparecer, ¿qué hacer? Nada; ya quedará con todo el mercado la vencedora y ocupará a los obreros de la Casa vencida. ¿Sería, pues, sensato en una huelga tener en cuenta si la Casa tal tiene que perecer de triunfar nuestra demanda? ¿No es verdad que cada cual ha de atender a lo suyo? ¡Bueno sería que después de explotados, llegada la ocasión de hacer nuestra justicia, nos convirtiéramos en protectores de nuestros explotadores!
Pues bien, apliquemos lo dicho a la cuestión de la guerra actual entre las naciones y pensemos como sube de punto el disparate si pretendiéramos los trabajadores ponernos de parte de unos u otros.
Recordemos también «que la sujeción económica del proletariado es la causa primera de la esclavitud en todas sus formas»—servidumbre, salariado;—¿luego la esclavitud durará en tanto haya sujeción económica; luego el grado de esclavitud dependerá del grado de sujeción económica? Entonces ¿creeremos, dígalo quien lo diga, que de la guerra, sin mas, va a venirnos, como caídas del cielo, la libertad, la justicia y no sé cuánto? ¿No es eso incurrir en feo pecado de ideologismo burgués o individualista y renegar del principio marxista que afirma ser el derecho, la moral, la religión... superestructuras de la constitución económica de las sociedades? De consiguiente, ¿será posible creer que vamos a disfrutar de más libertad y de más justicia—así, como de regalo—subsistiendo la constitución económica de nuestro pueblo, la cual no puede cambiar de la noche a la mañana? El que algunos socialistas tengan hoy por derecho una idea, cual los individualistas, y no una posición de las fuerzas sociales, es un descamino que llega a los lindes de lo pintoresco.
Recordemos, igualmente, como fué preocupación constante de nuestros Congresos la cuestión de la guerra y como siempre se abominó de ella y todos los cerebros pusieron en tensión para ver de qué modo podía hacerse imposible la guerra. Se habló de la huelga en las industrias afectas a la guerra y de la huelga general cual medios de impedir se produjera, y se añadía: si no podemos impedir que la lucha se produzca pongamos después todos nuestros esfuerzos, en toda ocasión, para que ésta cese cuanto antes. Entonces, ¿sería consecuente, hoy día, gozarse de ver entrar en la contienda pueblos y más pueblos? ¿Y no sería el colmo, tomar puesto en la lucha, cuando ni nos va ni nos viene en ello? Ahí están, para citar los mejores, los socialistas italianos, que desde un principio se opusieron a la guerra y luego de producida ésta, a su pesar, constantemente no dejan de trabajar para que la paz vuelva cuanto antes.
Y, por último,—porque fuera el caso de nunca acabar—recordemos que la fiesta de 1.º de Mayo, día en que venimos haciendo exposición de nuestras pretensiones y reclamación de nuestros derechos fué llamada por nosotros: Fiesta de la Paz, porque en ella acostumbrábamos a hablar contra la maldita guerra. Y si lo recordamos, no haya labios que se manchen excitando a la pelea de los hombres y tratando de poner frente a frente a quienes militan en las huestes de la Internacional, olvidando el potente grito lanzado por Marx, de espíritu enteramente contrario; «¡Proletarios de todos los países, uníos!»
Sí, unámonos y sea nuestra única y constante lucha contra el común enemigo, contra quienes nos explota y mata en el trabajo y se sirve de nosotros, en la ocasión, para abrir mercados y sojuzgar a su competidor.
Una de las más garrafales inconsecuencias se ofrece ahora en las gentes con motivo de la guerra presente de los pueblos. Se maravillan de la contienda y sus horrores y no ven que, por todos se cultivó la planta maldita que hoy da sus frutos.
En la casa, en la escuela, en la calle se inculcó a los niños el espíritu de agresividad y cultivando el patriotismo no tuvo límites semejante descamino.
Los juguetes más preciados son trompetas y tambores; espadas, sables, lanzas y fusiles; cascos y uniformes militares. Batallones de soldados, plazas fuertes y barcos de guerra constituyen la imaginaria con que predilectamente se distrae a los pequeños. Sus juegos simulan paradas, batallas o encuentros entre civiles y ladrones.
Cuando ya mayores, personas que se dicen sesudas y patriotas, organizan batallones infantiles que simulan en todo los de nuestras tropas, se les exhibe por calles y plazas y se ofrecen en espectáculo a la muchedumbre y a los selectos de la sociedad quienes entusiasmados aplauden.
Cuando no esto, se alista a los mozalbetes en las compañías de los escuchas o boy-scout para que hagan el aprendizaje de quienes guerrean.
En la escuela, la mayoría de los cánticos son bélicos y el mismo himno a la bandera tampoco lo inspira la paz y el trabajo sino la pelea. La enseñanza de la Historia se dirige no a mostrar como los pueblos prosperan merced a su labor y sus virtudes pacíficas sino que, circunscribiéndose al relato de las batallas, se les da la sensación de que del empleo, no más, de la fuerza depende la grandeza de las naciones. Hazañas de reyes y caudillos militares, guerras y tratados de paz es lo único que se considera digno de ser recordado a las tiernas generaciones y, semejante a la crónica del crimen, envenenamientos, asesinatos, lapidaciones, despeñamientos, decapitaciones, descuartizamientos y otras fechorías, en procesión eterna se hace desfilar ante la mente inocente del educando. El mayor número, por no decir casi la totalidad, de las láminas que adornan el salón de la escuela representan escenas de barbarie. Las poesías y cuentos para niños, con suma frecuencia, se encaminan a exaltar los procederes de la violencia y a conceder el máximo valor a la conquista y al atropello de otros pueblos, de modo que el heroismo supremo estribe en acometer al enemigo. Conquistas de la ciencia, del arte y de la industria; conquista de la salud y de la hombría de bien, conquista del espíritu de justicia y del amor al prójimo no merecen atención alguna y las virtudes austeras de la paciencia, de la perseverancia y del sacrificio cuotidiano parecen no tienen valor alguno.
Y por si tal labor temprana de las cabezas y de los corazones fuera poco, se continúa por toda la vida obra semejante. Así, cuando en las páginas de los periódicos ilustrados, cuando en las películas del moderno cine, cuando en las estrofas armoniosas de los poetas en los Juegos Florales, cuando en los cuadros y estátuas que sirven de ornamento a las modestas moradas o a los suntuosos palacios, en todas partes, en fin, las escenas de lucha constituyen el predilecto asunto tratado y, en cambio, las obras de la paz y el trabajo ocupan lugar secundario, si es que ocupa alguno.
En calles, plazas y jardines se está sometido a la contínua a iguales sugestiones; estátuas, arcos y columnas conmemorativos se erigen para recordar y enaltecer más los triunfos guerreros que los del trabajo y virtudes pacíficas. Y sino vedlo; por cada guerrero cuantos maestros, cuantos médicos, cuantos descubridores de verdad, en suma, cuantos beneméritos de la Humanidad fueron puestos en alto para servir de saludable ejemplo y emular a los demás?
A este pensar y a este sentir corresponde la política de los pueblos así educados y que se inspira en dos máximas igualmente funestas; la necesidad de expansión territorial y el «si quieres la paz prepárate para la guerra».
Según tales pensamientos la grandeza de un pueblo se cifra en su grandeza física, en la magnitud del territorio que abarca más no en la altura a que llega en la civilización; dislate igual que si tuviéramos por un gran hombre a un pendenciero, a un maltrabaja sin virtudes que pesara muchos quilos.
Si quieres la paz prepárate para la guerra—si vis pacem para bellum.—Habrá mayor insensatez! Como hacerse maestro de virtud siguiendo el oficio del vicio! Como educarse para el trabajo en la holganza! como en el egoismo para la abnegación! No, en manera alguna; el medio ha de estar forzosamente en consonancia con el fin que persigamos. Si quieres la paz edúcate para la paz, que es tanto como educarse para la justicia. Sea, pues la justicia, en el más alto modo como la concibamos, la que inspire y guie nuestra conducta y no habrá necesidad de pelea, porque en la misma medida que individual o colectivamente nadie quiera oprimir a otro, se amenguará la pretendida necesidad de la defensa. La justicia por si sola se defiende, más la injusticia, fruto de la violencia, ha menester de la violencia para mantenerse. Considerad en justicia quienes son los agresores y los veréis cual producto de la injusticia que en ellos se hizo.
Cada árbol da su fruto, así como por el fruto se conoce el árbol.
Los horrores de la guerra actual—como los de todas las pasadas—son el resultado indeclinable de la poca justicia que se hace entre los hombres. Si nos duele el presente, precisa preparar un porvenir mejor trabajando más por la justicia, educando en la justicia, en todo momento y en todo cuanto pongamos mano, pues solo con tal proceder podremos ahorrarnos el horrendo espectáculo de la guerra.
Lo que hoy cosechamos es el fruto de lo que se sembró.
Diciembre, 1917.
