Crónica General del No. 25, 1880

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
La Ilustración Española y Americana (1880)
Crónica General del No. 25, 1880
 de José Fernández Bremón

Nota: Se han modernizado algunos acentos.

CRÓNICA GENERAL

8 de Julio 1880

Las vacaciones han llegado. Suspensas las Cortes; veraneando SS. MM. en el Real sitio de la Granja; dispersos los políticos; en víspera de distribuirse por los establecimientos balnearios y las playas la aristocracia de todo género, y aun la democracia, que sólo puede costearse un corto viaje de placer, se disfruta una paz deliciosa y sólo se habla de política a plazo ó en verdadera profecía, ó se recuerda el pasado con un oficio de difuntos, como el que los veteranos del 7 de Julio, este año como los anteriores, dedicaron a sus camaradas; conmemoración que en ciertas épocas se verificaba con gran pasión política, y que el tiempo y el olvido de nuestras primeras luchas civiles ha ido suavizando.

En efecto: los escasos defensores de la Plaza Mayor que han resistido a la acción de más de medio siglo sirvieron acaso a las órdenes del ilustre D. Luis Fernández de Córdova, que capitaneaba a la Guardia Real agresora: la Constitución del año 12, que trataban de anular los realistas, lo fue más adelante por los mismos liberales, que la sustituyeron por otras varias, y la idea liberal, que era el ideal de los milicianos vencedores, ha sido sustituida por la idea democrática, que significa ya otra cosa.

-----

Testigo de ello Francia. Los jesuitas, expulsados de sus celdas, en vano invocan su condición de ciudadanos de un Estado liberal para no ser arrojados de su domicilio, de donde salen obligados por la policía, mientras resuena en las calles el grito subversivo de ¡viva la libertad!, condenación de una política que no tendría inconveniente en adoptar el Czar de Rusia si sospechase de la Compañía de Jesús, y como sucede al Gobierno francés, no tuviese pruebas para llevarlos a los tribunales. Es la lucha de la incredulidad contra la fe.

Tiene razón Víctor Hugo:

«Siempre los vencedores juzgando a los vencidos.»

Su sentencia tiene en esta ocasión una grave variante: Los vencedores condenando a los vencidos sin oírles.

¡Oh libertad! Creían tus cándidos y honrados iniciadores que, una vez proclamada, resolverías todas las cuestiones y en tu regazo vivirían los hombres como hermanos.

¡Sublime y generosa candidez!

-----

La voz del perdón siempre es hermosa, aunque no sea siempre justa. En el siglo de las tempestades políticas y de las luchas civiles hay que ser algo tolerantes con la ceguedad de la pasión,cuando se la excita de tantos modos admitidos y corrientes. Pero Víctor Hugo es un poeta, no es un legislador. Su argumento en favor de los comunalistas enternece, y no puede admitirse sin embargo. Las madres y los hijos, extendiendo las manos y pidiendo misericordia, son dignos de lástima, pero no convencen de la legitimidad de sus ruegos. Todos los criminales tienen familia, y habría que desocupar todos los presidios y cárceles del mundo.

Y tal se van confundiendo las ideas, que con el tiempo puede tener más cuenta ser un bribón que un hombre honrado.

En el momento en que escribimos no se sabe fijamente si los chinos han decidido hacer la guerra a Rusia.

Sería una gran revancha de lo del Aghanistán para Inglaterra.

La asociación dedicada a preparar el futuro Congreso de Americanistas, que ha de efectuarse en Madrid en Setiembre de 1881, celebró su última sesión en el Ministerio de Fomento, presidida por el Director de Instrucción pública, Sr. Cárdenas, que dio cuenta de haberse dignado aceptar S. M. la presidencia honoraria, así como el secretario, distinguido colaborador nuestro, Sr. Fernández Duro, demostró en el extracto de los asuntos despachados, que se prosiguen con actividad los trabajos que han de preceder a aquel importante Congreso.

Para que las tareas de éste sean fructíferas, se necesita la cooperación de cuantos puedan ilustrar con sus estudios, obras y noticias la historia, las antigüedades prehistóricas y el conocimiento científico de aquel vasto continente, como región terrestre y como habitación humana, en todas sus vicisitudes históricas ó geológicas. El Sr. Cárdenas hace un llamamiento que nos honramos en trasmitir a cuantos se interesen en llenar los grandes vacíos que oponen a la cultura general el descuido de otros siglos. El espíritu investigador moderno ha emprendido la colosal tarea de reconstituir edades que apenas han dejado en la tierra leves huellas, y América tiene en su pasado nieblas muy oscuras que es preciso disipar. Hay, sin embargo, muchos materiales dispersos y trabajos diseminados, que reunidos darían mucha luz.

Los escritores y los sabios de aquel hermoso continente están interesados en la obra de la civilización; nuestros representantes diplomáticos y consulares en América no lo están menos, y cuantos americanos y españoles puedan prestar ayuda en tan honrosa tarea desde lejos y de cerca sobre el terreno que se trata de estudiar, y aquí donde esta vez se verifican los estudios, sin duda alguna que acudirán al llamamiento.

La muerte de los médicos ilustres produce una impresión más dolorosa en el ánimo que el fallecimiento de otros personajes: cuando los centinelas colocados a las puertas de la muerte para la defensa de la vida desaparecen, nos sentimos desamparados y vendidos. Don Melchor Sánchez Toca fue, en su tiempo, no uno de nuestros operadores más hábiles, sino el primero, y deja grandes discípulos, educados en su escuela: retirado ya, por los achaques de la edad, de la práctica de su difícil profesión y sustituido en ella por otros operadores de gran fama, su pérdida no produce hoy el conflicto moral que hubiera causado hace veinte años, cuando se confiaban casi exclusivamente a su mano ejercitada las operaciones quirúrgicas más arriesgadas y difíciles; pero deja un vacío muy sensible como autoridad y consejo, pues éste era en él importantísimo, y aquélla indiscutible.

Hay médicos insignes, grandes anatómicos a cuya naturaleza se resiste la práctica de la cirugía, que requiere condiciones físicas y morales de índole puramente individual: el Sr. Marqués de Toca había consagrado especialmente a ésta sus grandes aptitudes y su enérgico carácter: maestros y discípulos le rodearon muchas veces para presenciar las maravillas de su atrevido bisturí, con el interés y el asombro con que nosotros contemplamos la destreza de un prestidigitador famoso: hay en el arte de cortar la carne viva, además de ciencia y maestría, como lucha contra la enfermedad y la muerte, otras cualidades que sólo saben apreciar los profesores, y que tienen algo de las condiciones generales de lo bello: seguridad y hasta elegancia en la ejecución, una mezcla de sobriedad y atrevimiento, que no sabemos si llamarán corrección los inteligentes. Hemos oído describir con entusiasmo muchas de las operaciones del Sr. Marqués de Toca.

Su muerte es un acontecimiento funesto: fue un hombre ilustre en su humanitaria y honrosa profesión. Cuéntase que el Sr. Toca había padecido, siendo aún joven, una gravísima enfermedad, de que logró curarse, aunque perdiendo el uso de uno de los pulmones, y se le atribuye esta frase humorística:

—He podido llegar a viejo a fuerza de arte.


El editor Sr. Zozaya había tenido la galantería de convidar a La Ilustración a oír una parte de la ópera La Czarina, que su joven y ya reputado autor, el compositor cubano Sr. Villate, de quien nuestro periódico publicó hace tiempo el retrato y algunos apuntes biográficos, iba a dar a conocer, tanto a la prensa como a algunos entendidos maestros.

Era domingo, y el almacén musical de la Carrera de San Jerónimo estaba cerrado para el público: el Sr. Villate se había sentado al piano, y aunque su rostro aparecía risueño y tranquilo, sin duda experimentaba una de las grandes emociones de su vida: se trataba de un juicio de paz, pero era al fin un juicio: a su lado, para ayudarle en aquel momento difícil, se habían colocado los maestros Chapí y Bretón, prestándole sus manos y sus gargantas; detrás del piano, los Sres. Val y Santisteban tenían al lado al Sr. Rovira, que oía con esa impenetrable atención de un empresario; en sentido diagonal, y en torno de un velador, los maestros hojeaban con interés las partituras, teniendo la vista en el papel y el oído en el piano: eran Arrieta, Fernández Caballero, Llános, Monasterio y Casáres: el Marqués de Gauna oía sin leer, y el Sr. Tragó llegó al final: a la derecha del auditorio estaban: Peña y Goñi, como crítico; los profesores Saldoni, Puig, Galiana y Oliveres; el joven cronista de La Época, Alfredo Escobar, y varias otras personas.

Una ópera de compositor español es para nosotros un gran acontecimiento: hacer óperas en España, más que el trabajo de un artista, es un lujo de millonario. Oír antes que el público y que los profesores de la orquesta la música de un autor es un placer de sibarita. Escuchamos con la estimación que merecía, y aplaudimos. Pero ¿qué valen estos aplausos cuando se aspira a los del gran Jurado del teatro Real, donde la orquesta, las voces, el asunto, la letra, los personajes, el decorado, el movimiento, las luces y los trajes constituyen el conjunto del poema?

Los maestros escuchaban con gran atención; el Sr. Villate hería el piano con la seguridad de un profesor y el entusiasmo de un padre: los Sres. Chapí y Breton cantaban sin voz a fuerza de arte: el deleite que causaban aquellas melodías es de esos que no podemos confesar los profanos, porque decidir del mérito de una ópera ejecutada al piano y cantada a media voz se queda para los muy inteligentes. Si debemos consignar que los profesores aprobaron: la ciencia había quedado satisfecha. Sólo falta que el público decida.

Hace un año quedó viuda la linda Amelia, con un capital de cincuenta mil duros en metálico. La viudita no entendía los negocios, y buscando una persona de confianza para que manejase el capital, eligió a su primo Adolfo, calculando que el parentesco garantizaba por completo a su administrador.

Amelia no contaba con la desgracia de su primo, que a los cuatro meses tuvo la mala suerte de perder el capital de la viudita: ésta recurrió a un abogado, el cual la aconsejó resignarse para evitar gastos inútiles, toda vez que su primo era insolvente. Amelia se conformó, dedicándose a ganar la vida con su trabajo, y además hizo las paces con su primo, tratándole con tanto cariño y bondad, que Adolfo se enamoró de la viudita.

Hace tres meses Amelia anunció a su primo que acababa de pedir su mano un comerciante para cuya tienda trabajaba.

—¿Has aceptado? –preguntó Adolfo con temor.

—Todavía no; pero estoy cansada de trabajar, y él es un hombre honrado y rico.

—¡Amelia, Amelia, yo te adoro!—repuso el primo con vehemencia.

—Aunque fuera cierto, somos pobres ambos, y nuestra unión sería un desatino.

—¿Me quieres? —replicó Adolfo con pasión.

—Te quiero; pero he visto de cerca la miseria, y sólo me casaré con un hombre que tenga capital.

—Pues bien, prepara tus papeles para casarte conmigo: tengo tus cincuenta mil duros en mi casa, debajo de un ladrillo.

Hace unos quince días se casaron, y hace catorce que Amelia se fugó, llevándose de la casa de su esposo cincuenta mil duros en oro.


Un muchacho amigo nuestro, a quien, como a todo el mundo, exigen la nueva cédula de vecindad para cualquier asunto, y que, como todo el mundo, se encuentra sin ese documento, se decidió hace cuatro días a hacer el amor a la hija de un alcalde para ver si por su conducto lograba conseguir aquella cédula: por desgracia, las preocupaciones de los padres influyen en las de los hijos.

—¿Qué tal se presenta la niña —dijimos antes de ayer al pretendiente.

—Perfectamente —contestó—; esta tarde tenemos una cita.

Ayer, apenas vimos al novio, le preguntamos con verdadero interés:

—¿Se hablaron ustedes?

– Nos hablamos.

—¿Y qué resultó?

—Una catástrofe: la hija del alcalde me ha dado calabazas por indocumentado.

—Se comprende: la niña habría oído a su padre muchas veces que es necesaria la cédula de vecindad para hacer una declaración.

José FERNÁNDEZ BREMÓN.