Crónica del reinado de Carlos IX: 03

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II - El despertar de un festín[editar]

«Me va a ser necesario
buscar dinero en seguida».

Molière: Las preciosas ridículas.


Al día siguiente, Mergy se despertó muy avanzada la mañana, con la cabeza un poco turbada por los recuerdos de la noche última. Sus prendas de vestir estaban tiradas por el cuarto, y su maleta, abierta sobre el suelo. Se incorporó en la cama, y durante algún tiempo estuvo contemplando esta escena de desorden, mientras se frotaba el rostro para coordinar sus ideas. Su fisonomía expresaba a la vez la fatiga, el asombro y la inquietud.

Unas pisadas se empezaron a oír por la escalera de piedra que conducía a la habitación. Se abrió la puerta sin que nadie se tomase la molestia de pedir permiso, y penetró en la estancia el hostelero, con una cara todavía más enfurruñada que la víspera; pero era fácil observar en sus miradas una expresión impertinente que había substituido a la del miedo.

Después de advertir el espectáculo que ofrecía la habitación, se santiguó, como presa de horror a la vista de tanto desorden.

— ¡Ah, caballerito! ¿Todavía en la cama? —exclamó—. ¡Vamos! A levantarse, que hay que arreglar nuestras cuentas.

Mergy, bostezando, sacó una pierna fuera de la cama.

— ¿A qué se debe este desorden? ¿Quién se ha permitido la libertad de abrir mi maleta? — preguntó con un tono tan malhumorado como el del hostelero.

— ¿A qué se debe? ¿A qué se debe? —respondió éste—. Y yo qué sé. No me voy a cuidar de vuestra maleta. Vos habéis trastornado toda mi casa; pero, por San Eustaquio, mi Patrón, que me lo pagaréis.

Mientras hablaba, Mergy fue a ponerse las botas de campaña color escarlata, y al hacer un movimiento, la bolsa cayó de su bolsillo. Pareciole que el sonido producido en la caída era muy diferente del que había escuchado antes, y con cierta inquietud la recogió del suelo.

— Me han robado — gritó al abrirla, volviéndose hacia el hostelero.

En vez de veinte escudos de oro que contenía antes no encontró sino dos.

Eustaquio se encogió de hombros y sonrió con aire de desprecio.

— ¡Se me ha robado! —repitió Mergy, anudándose con rapidez su cinturón—. Tenía veinte escudos de oro en esta bolsa, y yo quiero que se me reintegren; en vuestra casa es donde me los han quitado.

— ¡Por mi salud! Os aseguro que me satisface —exclamó insolentemente el posadero—. Así aprenderéis a no fiaros de brujas ni de ladrones. Pero siempre se juntan los de la misma calaña. Y a todos estos herejes, brujos y ladrones no les hacen compañía sino sus semejantes.

— ¿Qué dices, granuja? — exclamó Mergy, colérico, al sentir interiormente la justicia del reproche. Y como todo hombre que ha sufrido una equivocación, deseoso de asir por los cabellos un pretexto cualquiera de contienda.

— Digo —contestó el hostelero, alzando la voz y poniéndose en jarras— que habéis saqueado mi casa, y quiero que se me pague hasta el último sueldo.

— Pagaré mi escote; pero nada más. ¿Dónde está el capitán Corn... Hornstein?

— Me han bebido —proseguía Eustaquio, gritando cada vez más alto— más de doscientas botellas de mi vino añejo. Pero vos me respondéis de ellas.

Mergy había terminado ya de vestirse.

— ¿Dónde está el capitán? — volvió a repetir con voz tonante.

— Hace dos horas que se ha marchado, y por mí que se vaya al diablo con todos los hugonotes, en espera de que los católicos los quemen vivos.

Una vigorosa bofetada fue la única respuesta que Mergy encontró de momento a estas palabras.

Lo imprevisto y lo fuerte del golpe hicieron retroceder al hostelero algunos pasos. El mango de un gran cuchillo asomaba por el bolsillo de sus calzones. Le asió de su mano derecha con mucha violencia, y sin duda habría sucedido una gran desgracia si el hombre cede a su primer arrebato de cólera. Pero la prudencia detuvo el efecto de su ira, sobre todo al ver que Mergy alargaba la mano hacia la cabecera de la cama, de la cual pendía un espadín. Renunció, pues, a un combate desigual, y descendió precipitadamente la escalera, dando enormes voces:

— ¡Al asesino! ¡Al asesino!

Dueño del campo de batalla, pero algo inquieto por las consecuencias de su victoria, ajustó Mergy bien su cinturón, se colocó las pistolas, cerró la maleta, y, llevándola de la mano, decidió ir a dar sus quejas ante el juez más próximo; abrió la puerta, y al poner el pie en el primer peldaño de la escalera, se encontró con que un ejército enemigo le salía al encuentro inopinadamente.

El hostelero marchaba a su cabeza con una vieja alabarda en la mano; tres marmitones armados de asadores y palos le seguían de cerca; un vecino, con un arcabuz enmohecido, formaba la retaguardia. Tanto de una parte como de otra no se aguardaba nada para empezar el terrible encuentro. Sólo cinco o seis escalones separaban a los dos ejércitos enemigos. Mergy dejó caer la maleta y asió una de las pistolas. Este movimiento hostil hizo advertir a Eustaquio y a sus acólitos que el orden de batalla en que se presentaban adolecía de grandes vicios. Igual que a los persas en la batalla de Salamina, se les había olvidado a ellos escoger una buena posición para desarrollar con ventajas su fuerza numérica. El único soldado de este ejército que llevaba un arma de fuego no se podía servir de ella sin herir a sus compañeros que le precedían, mientras que las pistolas del hugonote enfilaban bien la escalera y era posible que todos fueran derribados de un solo golpe. Al montar Mergy el gatillo de su pistola se produjo cierto sonido, que hizo estremecer las orejas de sus enemigos, como si éstos hubieran escuchado la propia explosión del alma. Con un movimiento espontáneo, la columna atacante dio media vuelta y corrió a buscar en la cocina un campo de batalla más vasto y más ventajoso. Pero en el desorden irremediable de toda retirada forzosa, el hostelero, al querer volver su alabarda, se enredó con ella entre las piernas y cayó al suelo. El enemigo se mostró generoso y desdeñó hacer uso de sus armas, contentándose con arrojar la maleta sobre los contrarios, que cayó sobre ellos como un pedazo de roca y les hizo acelerar su movimiento de retirada, quedando para Mergy libre la escalera y en posesión, como trofeo, de la rota alabarda.

Bernardo descendió rápidamente a la cocina, donde el enemigo estaba formado en línea. El hombre que llevaba el arcabuz tenía ya el arma en alto y soplaba la mecha encendida. El posadero, todo cubierto de sangre, pues su nariz había resultado en la caída violentamente golpeada, se colocó detrás de los suyos, a semejanza de lo hecho por Menelao cuando fue herido en la guerra de Troya y no quiso abandonar las filas griegas. Representando el papel de Poladira, la mujer del hostelero, con los cabellos en desorden y la papalina rota, le limpiaba la cara con una servilleta sucia.

Mergy adoptó, sin vacilar, un partido. Se encaminó hacia el que llevaba el arcabuz y le puso en el pecho la boca de su pistola, diciendo:

— O sueltas la mecha, o te mato.

La mecha cayó a tierra, y Mergy, con su bota, pisoteó hasta aplastarlo el trozo de cuerda encendido. En seguida todos los aliados rindieron sus armas simultáneamente.

— Respecto a vos —dijo Mergy dirigiéndose al huésped—, el correctivo que os he impuesto os enseñará a tratar a vuestros huéspedes con más cortesía. Si quisiera podría obligar al preboste a que os retirase el permiso para ejercer vuestra industria. Pero no soy rencoroso... Veamos: ¿a cuánto alcanza mi cuenta?

Eustaquio, al advertir que Bernardo hablaba al mismo tiempo que volvía a colocar en el cinto su pistola, adquirió algo más de energía, y lacrimoso, murmuró con tristeza fingida:

— ¡Romperme todos los platos, azotar a los desgraciados, golpear las narices de los cristianos viejos..., armar un tumulto del demonio!... ¡No sé cómo después de esto se puede indemnizar a un hombre honrado!

— Vuestra nariz —replicó Mergy— será pagada en lo que valga... Respecto a los platos rotos, diríjase a los soldados alemanes; es un asunto que no me incumbe... Decidme de una vez lo que debo por mi hospedaje.

El posadero miró a su mujer, a los marmitones y al vecino, como queriéndoles pedir consejo y protección.

— ¡La soldadesca! ¡La soldadesca! —dijo—. Ver dinero suyo es difícil... El capitán me ha pagado con tres libras y el teniente con un puntapié.

Mergy tomó uno de los escudos de oro que le quedaban, y arrojándoselo al posadero, dijo:

— Así nos separaremos como buenos amigos.

Eustaquio, en lugar de coger la moneda, la dejó caer desdeñosamente al suelo.

— ¡Un escudo! ¡Nada más que un escudo! —murmuró la mujer con tono compungido—. ¡Y vienen aquí tantos señores católicos que aunque hagan barrabasadas saben pagarlas como es debido!

Si Mergy hubiera tenido más dinero, seguramente el partido hugonote quedara con mayor reputación de generosidad; pero ante la carestía de su bolsa, se contentó con decir:

— Haced lo que queráis. Esos caballeros católicos que tanto os pagan no les habrán robado en esta casa. Tomad el escudo o dejadlo.

E hizo un movimiento como para volver a embolsárselo. El hostelero le atajó y se guardó el dinero.

— ¡Hola! —añadió el viajero en tono imperativo—. ¡Que traigan mi caballo!... ¡A ver tú, bergante! ¡Tira esos asadores y lleva mi maleta!

— ¿Vuestro caballo, señor?... — dijo uno de los marmitones, haciendo un gesto burlón.

El posadero, a pesar de su enfado, levantó la cabeza y sus ojos brillaron un instante con la expresión de una alegría maligna.

— Yo mismo —dijo— os voy a traer el caballo, señor. Yo mismo quiero proporcionaros ese gusto.

Y se marchó con la servilleta puesta todavía sobre la nariz.

Mergy le siguió sus pasos, y cuál no sería su sorpresa al encontrarse, en vez del gallardo alazán que había traído, con un caballo viejo y pío, desfigurado por una enorme cicatriz en la cabeza, y en vez de su elegante silla de fino terciopelo flamenco otra de cuero guarnecido de hierro, como usan los soldados.

— ¿Qué significa esto? ¿Dónde está mi caballo?

— ¡Que el señor se tome la molestia de preguntarlo a los soldados protestantes! —respondió el posadero con falsa humildad—. Esos dignos extranjeros se lo han llevado con ellos... Deben haberse equivocado por la semejanza...

— ¡Bonito caballo! —dijo uno de los marmitones—. ¡Juraría que no tiene arriba de veinte años!

— Nadie podrá negar que sea un caballo, de batalla —añadió otro—. ¡Mirad qué sablazo ha recibido en la frente!

— ¡Y qué colores más preciosos! —dijo un tercero—. Negro y blanco, lo mismo que el traje de un sacerdote.

Mergy entró en la cuadra y la halló vacía.

— ¿Y por qué habéis permitido que se llevaran mi caballo? — gritó, lleno de rabia.

— ¡Oh caballero! El teniente me dijo que era un trato que teníais arreglado entre los dos. Además, mis criados eran los que cuidaban de la cuadra.

La cólera dominaba a Mergy, y en su mal humor no sabía qué partido tomar.

— Buscaré al capitán —murmuró entre dientes— y me hará justicia del bandido que me ha robado.

— Hará muy bien, ciertamente, vuestra señoría —dijo el posadero—, porque aquel capitán... ¿cómo se llamaba?... tenía cara de ser una persona muy decente.

Mergy se había hecho ya la reflexión de que el capitán había favorecido o acaso ordenado el robo.

— Y vuestros escudos de oro —añadió Eustaquio— podríais pedírselos a aquella muchacha tan bonita con quien tanto hablabais. De seguro que, por equivocación, los metió en su equipaje esta mañana.

— ¿Pongo la maleta de vuestra señoría sobre el caballo de vuestra señoría? — preguntó el mozo de cuadra en un tono mezcla de respeto y burla.

Mergy comprendió que cuanto más tiempo permaneciera en la posada tendría que sufrir nuevas y mayores insidias de aquella canalla. Colocada la maleta, se colocó sobre la pésima silla del caballo, el cual, al sentir que tenía encima un nuevo amo, le vino en gana probar los conocimientos hípicos del jinete. No tardó mucho en convencerse el rocín de que le montaba un hombre experto y con pocos deseos de sufrir sus chanzas, y que contestaba a las coces con fuertes espolazos... Entonces el animal tomó el prudente partido de obedecer y lanzarse por el camino a un trote largo. Pero en su lucha con el caballero había perdido parte de su vigor y le ocurrió lo que acontece a cuantos realizan esfuerzos desproporcionados: que cayó a tierra falto de resistencia. Nuestro héroe se levantó rápido del suelo, ligeramente molido, pero mucho más molesto por el griterío burlesco que se levantó contra él. Pensó un instante si no debería tomar venganza a estocada limpia; pero, por reflexión, creyó que era lo más prudente hacer como que no oía las injurias que le lanzaban desde lejos, y volviendo a montar en el penco lentamente, continuó el camino de Orleans, seguido a distancia de una banda de chiquillos, de los cuales unos le cantaban la canción de Juan Pataquín[1], mientras que otros gritaban con todas las fuerzas de sus pulmones: «¡Al hugonote! ¡Al hugonote!».

Después de haber cabalgado cerca da media legua reflexionó que no encontraría a los soldados de la noche anterior; que su caballo estaba ya rendido, y que podía considerarse feliz con no volver a ver a aquellos caballeros. Poco a poco se fue acostumbrando a la idea de que su caballo estaba perdido sin remedio, y como no tenía nada que hacer en la carretera de Orleans, tomó la de París, o, mejor dicho, un atajo que le evitaba pasar nuevamente por la posada, testigo de sus desastres. Como estaba acostumbrado a buscar el buen aspecto de cuantas cosas ocurren en la vida, insensiblemente fue considerando que podía sentirse muy satisfecho de aquella aventura... Pudo haber sido robado por completo, y hasta estuvo expuesto a que le asesinaran..., y, sin embargo, le había quedado en medio de tantos azares un escudo de oro y un caballo, que, aunque viejísimo, todavía andaba un poco... Y, para decirlo todo..., el recuerdo de la bohemia bonita le hacía de vez en cuando sonreír.

Después de algunas horas de marcha y de reconfortarse con un almuerzo, encontró hasta gentil el acto realizado por Mila de no llevarse más que diez y ocho escudos de una bolsa que contenía veinte.

No se curaba del todo la pena que le producía la pérdida de su hermoso alazán; pero no dejaba de convenirse consigo mismo que un ladrón de peores instintos que el teniente se hubiera llevado el caballo sin dejar otro que le reemplazara...

Mergy llegó por la tarde a París, un poco antes que cerraran las puertas, y se alojó en una posada de la calle de Santiago.



  1. Personaje ridículo de la época.