Crónica del reinado de Carlos IX: 07

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VI - Un jefe de partido[editar]

«Jocky of Norfolk he not too bold, for Dickon thy master is bought and sold.»

(Shakespeare: Ricardo III.)


Bernardo de Mergy, al regresar a la humilde posada, miró con tristeza a su estancia vieja y lóbrega. Cuando comparó en su espíritu las paredes del cuarto —en otro tiempo primorosamente enjalbegadas y ahora ennegrecidas— con las brillantes tapicerías de seda de la habitación que acababa de abandonar; cuando recordó la bonita virgen italiana, y en lugar de ella veía sobre su lecho una viejísima imagen de santo, penetró en su cerebro una idea bastante vil. Todo aquel lujo, aquellas elegancias, los favores de las damas, la protección del rey, tantas cosas gratísimas, no le habían costado a Jorge sino una sola palabra, y una palabra bien fácil de pronunciar, pues era suficiente que saliera de los labios, sin que para nada se interrogase el fondo del corazón. Pronto se presentaron a su memoria los nombres de varios protestantes que el abjurar su religión les produjo grandes honores, y como el diablo hace un arma de cualquiera cosa, recordó la parábola del hijo pródigo para deducir esta moralidad extraña: que a un hugonote converso le tiene que ir mejor que a un católico perseverante.

Estos pensamientos, que se reproducían en todas formas y que le obsesionaban a pesar suyo, empezaban a proporcionarle disgusto. Tomó una Biblia de Ginebra que había pertenecido a su madre, y leyó durante algún tiempo. Más calmado entonces, dejó el libro, se metió en la cama y, antes de cerrar los ojos, se hizo interiormente el juramento de vivir y morir dentro de la religión paterna.

Mas a pesar de la lectura y el juramento, no podía olvidarse de las aventuras de la tarde. Veía las cortinas de seda púrpura, la vajilla de oro; luego se le presentaban las mesas derribadas, las espadas brillando, y la sangre que corría mezclada con el vino. Después, y en ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, se le apareció la pintada virgen italiana saliendo de su marco y bailando, delante de él. Quería fijar los rasgos de su cara en la memoria, y entonces sólo percibía un velo negro... ¡y aquellos ojos de un azul intenso y aquel cutis tan blanco que a través del velo advirtió un instante!... El velo caía, al fin, y aparecía una figura celeste, pero sin contornos fijos; era como la imagen de una ninfa surgiendo de un agua turbia. Involuntariamente bajó los ojos; pero presto los levantó, al no aparecer ante ellos sino la silueta del terrible Comminges con una espada ensangrentada en la mano...

Mergy se levantó pronto, y marchó en seguida a casa de su hermano para dejar su ligero equipaje. Rehusó por el momento visitar en su compañía las curiosidades de la ciudad, y se marchó solo al palacio de Chatillon para presentar al almirante las cartas donde le recomendaban.

Encontró la casa obstruida por una muchedumbre de criados y caballos, entre los cuales se abrió camino a duras penas, hasta llegar a una enorme antecámara repleta de escuderos y pajes, que aunque no tenían más armas que sus espadas, formaban una imponente guardia del almirante. Un ujier vestido de negro echó una mirada sobre la gorguera de Mergy y sobre una cadena de oro que su hermano le había prestado, y al ver este atavío lujoso, no tuvo inconveniente en introducirle en la habitación donde se hallaba su amo.

Señores, caballeros, pastores evangélicos, en número de más de cuarenta personas, todos en pie y con la cabeza descubierta y en una actitud respetuosa, rodeaban al almirante, que se hallaba vestido todo de negro y con gran sencillez. Era alto de estatura, pero algo encorvado, y las fatigas de la guerra habían impreso en su frente más arrugas que los años. Sobre su pecho caía una luenga barba blanca. Sus mejillas, ya de natural hundidas, le parecían ahora más a causa de una herida que le dejó una enorme cicatriz que apenas si podía tapar el largo bigote. En la batalla de Montcontour un pistoletazo le había horadado el carrillo, perdiendo varios dientes y muelas. La expresión de su fisonomía era más bien triste que severa, y podría asegurarse que después de la muerte del bravo Dandelot[1] ninguno le había visto sonreír. Estaba en pie con la mano apoyada en una mesa cubierta de mapas y planas, en medio de los cuales había una enorme Biblia en 4º. Algunos mondadientes esparcidos entre los mapas recordaban una costumbre de la cual con frecuencia se le hacía burla. En la mesa trabajaba un secretario, escribiendo cartas, que entregaba luego al almirante para la firma.

A la vista de este grande hombre, que para sus correligionarios era más que un rey, pues reunía en una sola persona las cualidades del héroe y del santo, Mergy se sintió acometido de un respeto tal, que involuntariamente llevó una rodilla a tierra. El almirante, sorprendido y molesto por tan excesiva veneración, le hizo señas de que se levantara, tomó con cierta negligencia la carta que le entregaba el joven entusiasta y lanzó una mirada sobre las armas del sello.

— Es de mi antiguo camarada el barón de Mergy —dijo—, y vos, caballero, se le parecéis tanto que no dudo seáis su hijo.

— Señor, mi padre hubiera deseado venir en persona a ofreceros sus respetos; pero su avanzada edad no se lo permite.

— Caballeros —dijo Coligny, después de haber leído la carta, volviéndose hacia las personas que le rodeaban—, os presento el hijo del barón de Mergy, el cual se halla a más de doscientas leguas de nosotros. Parece que no nos faltarán voluntarios para la campaña de Flandes. Os pido, señores, vuestra amistad para este caballero. Todos tenéis a su padre en la más alta estimación.

Pronto recibió Mergy a la vez abrazos y felicitaciones.

— ¿Habéis guerreado ya, Bernardo? —preguntó el almirante—. ¿Habéis escuchado el ruido que produce el fuego de los arcabuces?

Mergy respondió, poniéndose muy encarnado, que todavía no había tenido la dicha de pelear en defensa de la religión.

— Se os debe felicitar más bien, caballero, de no haberos visto obligado a derramar la sangre de vuestros conciudadanos —dijo, Coligny en tono grave—. Gracias a Dios —añadió suspirando—, la guerra civil ha concluido; ¡la religión es libre! y constituye una dicha para nosotros que no tengamos que sacar nuestras espadas sino contra los enemigos del rey y de la patria.

Después, golpeando la espalda del joven, prosiguió:

— Estoy seguro de que no desmentiréis vuestra sangre. Según la intención de vuestro padre, prestaréis servicio al lado mío, y cuando peleemos con los españoles os haré portaestandarte, y pronto seréis teniente de mi regimiento.

— ¡Os juro —exclamó Mergy en tono resuelto— que al primer encuentro con el enemigo me haréis teniente, o mi padre habrá perdido a su hijo!

— Bien, bravo muchacho; habláis como hablaría vuestro, padre.

Y después, dirigiéndose a su intendente, añadió:

— Aquí tenéis a Samuel. Si necesitáis dinero para el equipo, os lo proporcionará.

El intendente se inclinó delante de Mergy, que, avergonzado, dio las gracias, rehusando la oferta.

— Mi padre y mi hermano —dijo— proveen con largueza mis necesidades.

— ¿Vuestro hermano?... El capitán Jorge Mergy, que después de las primeras guerras abjuró de su religión?

Mergy bajó tristemente la cabeza; algo murmuraron sus labios; pero la respuesta no se entendió.

— Es un bravo soldado —prosiguió el almirante—; ¿pero para qué sirve la valentía sin el temor de Dios? Joven, en vuestra familia tenéis ejemplos a imitar y otros a eludir.

— Procuraré parecerme a mi hermano en sus acciones gloriosas..., pero no en su apostasía.

— ¡Bien, Bernardo! Venidme a ver con frecuencia y consideradme como un buen amigo. París no puede ser para vos un espejo de buenas costumbres; mas yo espero llevaros muy pronto adonde se puede conquistar la gloria.

Mergy se inclinó respetuosamente y se retiró al círculo de señores que rodeaban al almirante.

— Caballeros —dijo Coligny, reanudando la conversación que la llegada de Bernardo había interrumpido—, de todas partes recibo excelentes noticias. Los asesinos de Ruen han sido castigados...

— Pero los de Tolosa, no — dijo un viejo pastor, de rostro sombrío y fanático.

— Estáis completamente equivocado, señor. La noticia me la dieron hace un instante. En Tolosa se halla establecido ya el tribunal de justicia, de nuestro partido[2]. Cada día me da el rey fidedignas pruebas de que la justicia es igual para todos.

El viejo pastor sacudió la cabeza con aire incrédulo.

Un anciano de barba blanca, vestido de terciopelo negro, exclamó:

— ¡La justicia es la misma, sí! A los Chatillon, los Montmorency y los Guisas, todos juntos, quisieran Carlos y su digna madre derribarlos de un solo golpe.

— Hablad más respetuosamente del rey, M. de Bonissan —dijo Coligny, en tono severo—. Olvidaos, olvidaos de los antiguos rencores. Hasta ahora nada nos dice que los viejos católicos practiquen peor que nosotros el divino precepto que nos manda olvidar las injurias.

— ¡Por los huesos de mi padre! Les es más fácil que a nosotros —murmuró Bonissan—. A quien le han martirizado veintitrés parientes no puede exigírsele que lo olvide con facilidad.

Y continuó hablando en el mismo tono hosco hasta que le interrumpió la llegada de un viejo andrajoso, de cara repulsiva y con una capa muy usada, que entró en la sala y, rápido, entregó un papel sellado a Coligny.

— ¿Quién eres? — dijo éste sin romper el sello.

— Uno de vuestros amigos — respondió el viejo con voz ronca.

Y se marchó inmediatamente.

— Yo he visto a este hombre salir esta misma mañana del palacio de Guisa — dijo un caballero.

— Es un hechicero — dijo otro.

— Un envenenador — afirmó un tercero.

— El duque de Guisa le envía para envenenar al almirante.

— ¿Envenenarme? —preguntó el almirante—, ¿envenenarme con una carta?

— ¡Recordad los guantes de la reina de Navarra! — exclamó Bonissan.

— No creo en el veneno de los guantes ni en el de las cartas... De lo que estoy seguro es de que el duque de Guisa no puede cometer una cobardía.

Iba a abrir la carta, cuando Bonissan se lanzó sobre él, y agarrándole una mano, exclamó:

— ¡No la rompáis, por Dios, que saldrá de ella un veneno mortal!

Todos los presentes rodearon al almirante, que hacía grandes esfuerzos para librarse de Bonissan.

— ¡Veo salir un vapor ligero de la carta! — exclamó uno.

— ¡Dejadla! ¡Dejadla! — fue el grito general.

— ¡Pero parecéis locos! ¿Me queréis soltar? — dijo el almirante, contendiendo con sus cortesanos.

Y durante la especie de lucha que había sostenido, el papel cayó al suelo.

— ¡Samuel, amigo Samuel! Mostraos como servidor leal —exclamó Bonissan—. Abrid esa carta y no la entreguéis a vuestro señor sino cuando os halléis seguro de que no contiene nada sospechoso.

La comisión no parecía ser muy del gusto del intendente. Sin titubear, Mergy recogió la carta y rasgó el sello. En el acto se encontró aislado de todos los caballeros, que se habían echado atrás como si estallase una mina dentro del aposento... Pero no salía ningún vapor maligno; no se oyó ni un estornudo... Un papel muy sucio y unas cuantas líneas de escritura era todo lo que contenía el terrible documento.

Las mismas personas que fueron las primeras en separarse temerosas, fueron también las que más pronto se aproximaron riendo al advertir que no existía nada peligroso.

— ¿Qué significa esta impertinencia? —exclamó colérico Coligny, desembarazándose de Bonissan—. ¡Atreverse a abrir una carta que me está dirigida!

— Señor almirante: si por acaso este papel hubiera contenido algún veneno suficientemente sutil para que perdierais la vida, era preferible que fuese la víctima un hombre como yo, y no vos, cuya existencia es preciosa para la causa de nuestra religión.

Se escuchó un murmullo admirativo; Coligny estrechó con cariño la mano del joven, y después de un instante de silencio, dijo:

— Ya que has abierto la carta, lee en voz alta su contenido.

Y Mergy leyó estas líneas:

«El cielo está esclarecido al Occidente de resplandores sangrientos. Algunas estrellas han desaparecido del firmamento y espadas ardiendo han sido vistas en los aires. Es necesario ser ciego para no comprender lo que presagian esos signos. Gaspar, ciñe tu espada, calza tus espuelas, o, en caso contrario, dentro de pocos días los grajos se repartirán tu carne».

— Al decir los grajos designa a los Guisas[3] — dijo Bonissan.

El almirante se encogió de hombros con desdén y todo el mundo guardó silencio, pues era evidente que la profecía había hecho cierta impresión en la asamblea.

— ¡Cuánta gente hay en París que no se ocupa más que de tonterías! —dijo fríamente Coligny—. Lo menos existen diez mil pícaros cuyo solo oficio es el de predecir lo futuro.

— El aviso, tal como viene, no es, sin embargo, de despreciar —dijo un capitán de infantería—. El duque de Guisa ha dicho públicamente que no dormirá tranquilo hasta que no os dé una estocada en el vientre.

— ¡Y le será muy fácil a un enemigo llegar hasta vos! —añadió Bonissan—. En vuestro lugar, no iría al Louvre sino acorazado.

— ¡Vamos, camaradas! —respondió el almirante—. Creed que no es tan fácil que se dirijan los asesinos a viejos soldados como nosotros. ¡Si tienen más miedo de uno que uno de ellos!

Habló después durante algún tiempo de la campaña de Flandes y de asuntos religiosos; varias personas le entregaron memoriales para que los remitiera al rey; a todos los suplicantes les recibía con bondad, dirigiendo a cada uno palabras afectuosas. Sonaron las diez, y pidió su sombrero y sus guantes para marcharse al Louvre. Algunos de los caballeros le suplicaron permiso para retirarse, y otros muchos le acompañaron con objeto de servirle a la vez de guardia y de cortejo.



  1. Su hermano.
  2. Por el Tratado con que terminó la tercera guerra civil se establecieron tribunales de justicia, de los cuales la mitad de los consejeros eran protestantes y la otra católicos, y debían intervenir en las querellas entre ambos bandos.
  3. Éste es un retruécano intraducible. En francés los grajos —geas— es un vocablo que se pronuncia casi igual que Guisas — Guises. (Nota del traductor)