Crónica del reinado de Carlos IX: 15

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XIV - La cita[editar]

«A veros va a venir a este mismo salón y os pide mi señora
la deis conversación
».

(Molière: Tartufo)


Mergy volvió a alojarse en casa de su hermano; fue luego a dar las gracias a la reina madre y reapareció en la corte. Al entrar en el Louvre pudo advertir que había heredado algo de la consideración que gozaba Comminges. Personas que no conocía más que de vista le saludaban con aire humilde y familiar. Los hombres, al hablarle, ocultaban mal su envidia con una cortesía solícita, y las mujeres le guiñaban los ojos y le hacían toda clase de arrumacos, porque la reputación de duelista era entonces el mejor medio de conmover los corazones femeninos. Haber matado a tres o cuatro hombres en singular combate se consideraba de tanto valor como la hermosura, la riqueza y el ingenio. Así que cuando nuestro héroe apareció en la galería del Louvre escuchó que se levantaba alrededor de él un prolongado murmullo. «Aquí está Mergy el menor, que ha matado a Comminges». «¡Qué joven es!» «¡Y qué apostura más gallarda!» «¡Qué buen empaque!» «¡Lleva el bigote airosamente levantado!» «¿Se sabe quién es su amada?»

Y Mergy buscaba en vano entre la multitud los ojos azules y las cejas negras de la señora de Turgis... Fue a casa de ella, y allí pudo enterarse de que uno de los días después de la muerte de Comminges había marchado a una de sus haciendas, alejándose de París unas veinte leguas... Si se había de dar crédito a las murmuraciones, el dolor que le causara la muerte del hombre consagrado a ella le había obligado a buscar un refugio donde pudiera olvidar sus nostalgias.

Una mañana, mientras el capitán, tumbado en la cama, leía, esperando el desayuno, La vida muy horrenda de Pantagruel, y a su hermano le daba una lección de guitarra el profesor Humberto Vinibella, un lacayo fue a anunciar a Bernardo que una vieja vestida con pulcritud le aguardaba en la sala del primer piso y que con aire misterioso había pedido molestarle unos momentos. Bajó en seguida y recibió de las manos curtidas de la vieja, que no era ni Marta ni Camilla, una carta, que esparció un dulce perfume. Estaba cerrada con un hilo de oro y un largo sello de cera verde, sobre el cual, en vez de escudo heráldico, no se veía más que un Amor, puesto el dedo en la boca y con esta divisa castellana: «Callad».

Abrió la carta y no se encontró sino una sola línea escrita en español, y que apenas pudo comprender: «Esta noche, una dama espera a vuestra merced».

— ¿Quién os ha dado esta carta? — preguntó a la vieja.

— Una dama.

— ¿Su nombre?

— No lo sé; dice ella que es española.

— ¿De dónde la conocéis?

La vieja se encogió de hombros.

—Vuestra galantería y vuestra reputación os proporcionan estas molestias —dijo ella en tono burlón—. Pero, decidme, ¿vendréis?

— ¿Adónde hay que ir?

— Estad a las ocho y media en la iglesia de San Germán, al lado izquierdo de la nave.

— ¿Es en la Iglesia donde veré a esa dama?

— No; alguien irá a buscaros y os conducirá donde está ella. Pero sed discreto e id solo.

— Sí.

— ¿Lo prometéis?

— Os doy mi palabra.

— Adiós, pues... Sobre todo, no me sigáis.

Hizo una reverencia profunda y partió rápida.

— ¡Veamos! ¿Qué quería de ti esa noble entrometida? — preguntó el capitán cuando volvió su hermano y hubo partido el maestro de guitarra.

— ¡Oh, nada! — respondió Mergy con aire de indiferencia, mientras miraba con mucha atención la virgen, de la cual hemos hablado.

— ¡Misterios conmigo! ¿No es necesario que te acompañe a una cita, guarde la calle y reciba a los celosos a estocada limpia?

— Nada; no es necesario nada.

— Bueno, como quieras. Guarda para ti tus secretos; pero apostaría cualquiera cosa a que tienes tantas ganas de contarlo como yo de saberlo.

Mergy punteaba con aire distraído las cuerdas de su guitarra.

— A propósito, Jorge; yo no puedo ir a comer esta noche a casa de Vandreuil.

— ¡Ah! Es para esta noche... ¿Y es ella bonita? ¿Es una dama de la corte? ¿Una burguesa? ¿Una tendera?

— Pues no lo sé, en verdad... Voy a ser presentado a una dama... que no es de nuestro país...; pero ignoro quién sea.

— ¿Pero al menos sabrás dónde vas a ir a buscarla?

Bernardo enseñó la carta y repitió lo que la vieja acababa de decir.

— La letra está disimulada, y yo no sé qué pensar de todas estas precauciones.

— Debe ser una gran señora, Jorge.

— Todos los jóvenes, por el más ligero motivo, se figuran que las más encopetadas damas van a perder por ellos la cabeza.

— ¿No te gusta el perfume que exhala el billetito?

— ¿Qué prueba todo esto?

La frente del capitán se obscureció repentinamente, pues una idea siniestra se enseñoreó en su espíritu.

— Los Comminges son rencorosos —dijo—, y acaso esta carta no sea sino una invención suya para llevarte a algún sitio separadamente y hacerte pagar caro la puñalada que los ha hecho herederos.

— ¡Oh! ¡Qué idea!

— No sería la primera vez que el amor ha servido de pretexto para la venganza. Tú has leído la Biblia. ¿Recuerdas a Sansón traicionado por Dalila?

— Sería preciso que fuese un cobarde para que una conjetura incierta me hiciese faltar a una cita que acaso sea deliciosa... ¡Una española!

— Al menos ve bien armado... Si quieres, te haré seguir por dos lacayos.

— ¡Vaya! ¿Quieres que sean viles testigos de mi buena fortuna?

— Ésta es la costumbre en la actualidad. Cuántas veces no habré visto a mi grande amigo Ardelay ir a ver a su amada con una cota de malla en la espalda y dos pistolas en la cintura... y detrás marchaban cuatro soldados de su compañía con sendos arcabuces cargados. Tú no conoces todavía París, hermanito; y créeme, el exceso de precaución no es inútil jamás. Nadie lleva la cota de malla por gusto siendo ella tan incómoda.

— Me encuentro sin ninguna inquietud. Si los parientes de Comminges lo quisieran, me habrían podido atacar de noche en la calle.

— En fin; no te dejo salir sino a condición de que lleves tus pistolas.

— Bueno; pero se burlarán de mí.

— Pero esto no es todo; es necesario almorzar bien, comer dos perdices y un buen pastel de gallo, a fin de hacer honor esta noche a la familia Mergy.

Bernardo se retiró a su habitación, donde pasó lo menos cuatro horas con los peines, los rizos y los perfumes y estudiando los discursos elocuentes que se proponía pronunciar ante la bella desconocida.

Dejo al lector que considere si fue exacto a la cita. Durante más de media hora estuvo paseándose por la iglesia. Había ya contado tres veces los cirios, las columnas y los ex votos, cuando una mujer vieja, envuelta cuidadosamente en una capa negra, le tomó de la mano, y sin decir una sola palabra, lo condujo a la calle. Siempre guardando el mismo silencio, le llevó ella, después de dar varias vueltas, a una callejuela estrecha y en apariencia deshabitada. Se detuvo delante de una pequeña puerta ojival muy baja, que ella abrió con una llave sacada del bolsillo. Entró la primera, seguida de Mergy, que se agarró al manto de la vieja a causa de la obscuridad. Una vez dentro percibió el ruido que producían dos enormes cerrojos. Su guía le previno en voz baja que estaba junto a una escalera y que tenía que subir veintisiete peldaños. La escalera era muy estrecha, y los escalones, viejos y desiguales, le hicieron temer más de una vez que caería al suelo. Por fin, después del vigesimoséptimo escalón, que terminaba en un descansillo, la vieja abrió una puerta, y una luz viva deslumbró un momento los ojos de Mergy, que entró en seguida en una habitación amueblada con una elegancia muy superior a lo que hacía suponer el aspecto de la casa.

Las paredes estaban adornadas con una tapicería de flores, algo pasada a decir verdad, pero que todavía resultaba propia. En medio de la estancia vio una mesa que alumbraban dos bujías de cera rosa, cubierta de varias clases de frutas y pasteles, vasos y jarras de cristal que contenían vinos de diferentes especies. Dos grandes sillones colocados a cada extremo de la mesa parecían aguardar a los convidados. En una alcoba a medio cerrar por unas cortinas de seda había una cama ornada y cubierta de satén carmesí. Varios braserillos esparcían por la habitación un perfume voluptuoso.

La vieja se quitó su manto, y Mergy su capa. Pronto reconoció a la mensajera que le había llevado la carta.

— ¡Santa María! —exclamó la vieja al advertir las pistolas y la espada de Mergy—. Pero ¿creéis que vais aquí a luchar con unos gigantes? Mi buen caballero, no se trata ahora precisamente de andar a estocadas.

— Así prefiero creerlo; pero pudiera ocurrir que unos hermanos o un marido malhumorado viniera a turbar nuestra conversación, y traía eso para sacudirles el polvo.

— No tenéis que temer nada aquí. Mas, decidme: ¿qué os parece esta habitación?

— Muy bonita; pero me aburriría mucho si tuviera que estar solo en ella.

— Alguien vendrá que os hará buena compañía. Pero me tenéis que hacer antes una promesa.

— ¿Cuál?

— Si sois católico, poned la mano sobre este crucifijo —y sacó uno de un armario—, y si sois hugonote, jurad por Lutero..., Calvino..., por vuestros dioses, en fin...

— ¿Y qué debo jurar? — preguntó riendo.

— Vais a jurar que no haréis ningún esfuerzo para intentar conocer a la dama que va a venir aquí.

— La condición es rigurosa.

— Jurad, o os vuelvo a conducir hasta la calle.

— Os doy mi palabra de honor. Vale ella más que los ridículos juramentos que me proponéis.

— Eso está bien. Esperad con paciencia; comed y bebed, si gustáis, y muy pronto os hallaréis en presencia de la dama española.

La vieja cogió de nuevo su manto, salió y cerró la puerta con doble vuelta.

Mergy se sentó en un sillón. Su corazón latía con violencia; experimentó una emoción fuerte y casi de la misma naturaleza que aquella que había sentido unos días antes en el Pré-aux-Clercs en el momento de encontrarse con su enemigo.

El más profundo silencio reinaba en la casa, y transcurrió un terrible cuarto de hora, durante el cual la imaginación de nuestro héroe le iba representando, una detrás de otra, vanas imágenes: Venus saliendo de la tapicería para arrojarse en sus brazos; la condesa de Turgis en traje de casa; una princesa de sangre real; una banda de asesinos, y, por último, la idea más horrible: una vieja enamorada.

De repente, y sin que el menor ruido anunciase que alguien había entrado en la casa, la llave dio vueltas rápidamente en la cerradura, la puerta se abrió y se cerró pronto y una mujer enmascarada penetró en la estancia.

Su estatura era alta y proporcionada. Un traje muy apretado de talle hacía resaltar la elegancia de su apostura; mas ni el pie, chiquito, calzado con un chapín de terciopelo blanco, ni la mano, pequeña, aunque por desgracia cubierta por un guante bordado, permitían adivinar la edad de la desconocida. Pero no se sabe qué, acaso una influencia magnética o quizá un presentimiento, hacía suponer que ella no tenía arriba de veinticinco años. Su tocado era rico, galante y sencillo a la vez.

Mergy se levantó en seguida, y después puso una rodilla en tierra delante de ella. La dama dio un paso hacia él, y dijo luego con voz dulce:

— Dios os guarde, caballero. Sea vuestra merced bien venido.

Mergy hizo un movimiento de sorpresa.

— ¿Habla vuestra merced español?.

Mergy ni hablaba español ni casi lo entendía.

La dama pareció contrariada... Se dejó conducir a uno de los sillones y en él tomó asiento, haciendo señas a Mergy de que ocupara él otro. Entonces ella comenzó la conversación en francés, pero con un acento extranjero que unas veces era marcadísimo y otras cesaba por completo.

— Caballero, vuestra gran valentía me ha hecho olvidar la reserva habitual de nuestro sexo; quería conocer a un caballero perfecto y lo encuentro tal y conforme la fama lo publica.

Mergy se inclinó, con el rostro enrojecido.

— ¿Tendréis la crueldad —preguntó— de conservar, señora, ese antifaz, que como una nube envidiosa me oculta los rayos del Sol?

Esta frase la había leído en un libro traducido del español.

— Señor caballero, estoy contenta de vuestra discreción, y me veréis más de una vez a cara descubierta; pero por hoy contentaros con el placer de la charla.

— ¡Ah señora! Este placer me hace desear veros todavía con más violencia.

Estaba de rodillas y parecía dispuesto a arrancar el antifaz.

— Poco a poco, caballero francés; sois demasiado impetuoso. Estaos quieto, o me marcho al instante. Si supierais quién soy y a lo que me atrevo para venir a veros, os daríais por muy satisfecho del honor que os hago viniendo aquí.

— En verdad me parece que vuestra voz me es conocida.

— Es, sin embargo, la vez primera que la escucháis. Decidme: ¿seréis capaz de amar con constancia a una mujer que os correspondiera?

— Estoy tan cerca de vos...

— No me habéis visto jamás; así que no podéis amarme. ¿Sabéis si soy guapa o fea?

— Estoy seguro de que sois encantadora.

La desconocida retiró su mano, de la cual él se había apoderado, y se la llevó al antifaz como si tuviera miedo de que se lo quitaran.

— ¿Qué haríais si vierais aparecer delante de vos una mujer de cincuenta años, fea hasta dar un susto?

— Es imposible.

— A los cincuenta años se ama todavía.

Suspiró ella y nuestro joven se echó a temblar.

— Vuestro talle elegante, esta mano que parecéis robarme, todo me prueba vuestra juventud.

En esta frase había más galantería que convicción.

— ¡Ay!

Mergy empezó a sentir cierta inquietud.

— Para vosotros los hombres, el amor no es suficiente por sí solo. Necesitáis que le acompañe la belleza.

Y dio un nuevo suspiro.

— Dejadme, por favor; quitaos el antifaz.

— No, no —contestó ella, rechazándole vivamente—. Acordaos de vuestra promesa.

Y después añadió en tono más galante:

— Arriesgo mucho si me descubro... Ahora gozo del placer de veros a mis pies, y si por casualidad no fuera ni joven ni bonita... ni de vuestro gusto..., acaso seríais capaz de abandonarme.

— Mostradme solamente esa mano chiquita.

Se quitó la dama un guante perfumado y tendió a Mergy una mano, como la nieve de blanca.

— Conozco esta mano —exclamó el caballero—, no hay más que otra tan bella en París.

— ¿De verdad? ¿Y de quién es esa mano?

— De... una condesa.

— ¿Qué condesa?

— La condesa de Turgis.

— ¡Ah!... Ya sé lo que queréis decir... Si la de Turgis tiene manos bonitas es merced a las pastas de almendra de su tocador. Pero yo me jacto de que mis manos son más suaves que las suyas.

Todo esto lo manifestó con un tono tan natural, que Mergy, el cual había creído reconocer la voz de la bella condesa, concibió algunas dudas, y se sintió en la necesidad de abandonar aquella idea.

«Dos en vez de una —pensó—; me deben proteger las damas», y buscó en la mano bonita la marca de una sortija que recordó llevaba la de Turgis; pero en los dedos redondos y perfectamente formados no había ni la menor huella de presión ni la más insignificante concavidad.

— ¡La de Turgis! —exclamó la desconocida, riendo—. Parece que estoy obligada a que siempre me confundan con ella. Pero, a Dios gracias, creo valer un poco más.

— La condesa es, y doy mi palabra de honor, la mujer más bella que he visto en mi vida.

— ¿Estáis enamorado de ella? — preguntó la enmascarada vivamente.

— Quizá; mas quitaos, por favor, el antifaz y mostradme que sois más hermosa que la de Turgis.

— Cuando esté bien segura de que me amáis, entonces podréis verme a cara descubierta.

— ¡Amaros!... Pero ¡pardiez!... ¿Cómo puede ser sin haberos visto?...

— Mi mano es bien bonita. Pues figuraos que mi cara está de acuerdo con ella.

— Ahora estoy seguro de que sois encantadora, porque acabáis de traicionaros olvidando disimular vuestra voz. La reconozco; estoy cierto.

— ¿Es la voz de la de Turgis? — preguntó ella riendo y con un marcadísimo acento español.

— Precisamente.

— Error, error por vuestra parte, Bernardo; yo me llamo doña María..., doña María...; ya os diré más tarde mi apellido. Soy una dama de Barcelona; mi padre, que me vigila muy rigurosamente, está viajando desde hace algún tiempo, y yo me aprovecho de su ausencia para divertirme y visitar la corte de París. En cuanto a la de Turgis, cesad, os lo ruego, de hablarme de ella; me es odiosa; es la mujer más mala de la corte... ¿Sabréis, desde luego, cómo quedó viuda?

— He oído alguna cosa.

— ¿Sí?... Hablad... ¿Qué os han dicho?

— Que al sorprender a su marido en amante coloquio con una camarera se enfureció la condesa, agarró una daga y con ella le hirió... El pobre hombre moría al mes siguiente.

— ¿Esta acción os parece... horrible?

— Os confieso que merece excusa. Se dice que la condesa amaba a su marido, y hay que tener en gran estima a los celos.

— Habláis así porque creéis estar delante de la de Turgis; pero sé que la despreciáis en el fondo del corazón.

En este acento había una expresión triste y melancólica; pero no era la voz de la condesa. Mergy no sabía qué pensar.

— ¡Cómo! —dijo—, ¿sois española y no os inspiran simpatía los celosos?

— Dejemos eso... ¿Qué es ese cordón negro que lleváis pendiente del cuello?

— Una reliquia.

— Os creía protestante.

— Y lo soy. Pero esta reliquia me la dio una dama, y la llevo en recuerdo suyo.

— Si deseáis agradarme, no tenéis que pensar más en otras damas. Para vos no debe haber más que yo... ¿Quién os dio esa reliquia?... ¿Fue también la de Turgis?

— No, en verdad.

— Mentís.

— ¿Sois entonces la señora de Turgis?

— Habéis cometido una traición, Bernardo.

— ¿Cómo?

— Cuando vea a la de Turgis, la preguntaré por qué hace el sacrilegio de regalar cosas santas a un hereje.

La incertidumbre de Mergy aumentaba a cada momento.

— Pero quiero esa reliquia; dádmela.

— No; no puedo.

— La quiero. ¿Osáis rehusar?

— He prometido devolverla.

— ¡Bah! ¡Una puerilidad de promesa! ¡Promesa que se hace a una mujer falsa no compromete a nada! Además, estad en guardia; acaso sea un sortilegio, un amuleto peligroso lo que lleváis encima. Se dice que la de Turgis es una gran maga.

— No creo en la magia.

— ¿Ni en los magos?

— Un poco en las magas.

Y recalcó mucho esta última palabra.

— Escuchad: si me dais esa reliquia, tal vez me quite el antifaz.

— ¡Por mi vida!... Ésta es la voz de la señora de Turgis.

— Por última vez: ¿me queréis entregar esa reliquia?

— Os la devolveré cuando os quitéis el antifaz.

— ¡Ah!, ya me tenéis impaciente con vuestra condesa de Turgis. Amadla como os plazca, ¿a mí qué me importa?

Y se dejó caer en un sillón, como si estuviera incomodada. El satén que cubría su garganta se elevaba y descendía con gran rapidez.

Durante algunos minutos guardó silencio, y después, volviéndose repentinamente, dijo en tono burlón:

— ¡Válgame Dios! Vuestra merced no es un caballero: es un monje.

De un puñetazo, la enmascarada derribó las dos bujías que alumbraban la mesa, y la mitad de las botellas y los platos. Las luces se apagaron al instante. Al mismo tiempo se arrancó ella el antifaz... En la más completa obscuridad, Mergy sintió una boca de fuego que buscaba la suya y dos brazos que le estrechaban con fuerza.