Crónica del reinado de Carlos IX: 16

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XV - La obscuridad[editar]

«De noche todos los gatos son pardos».


El reloj de una iglesia vecina dio cuatro campanadas.

— ¡Jesús! ¡Las cuatro! Apenas si tendré tiempo de regresar a casa antes que sea de día.

— ¡Oh! ¡Pícara! ¿Me abandonáis tan pronto?

— Es necesario; ya es hora de que se interrumpa nuestro delirio.

— ¡Nuestro delirio! Pensad, querida condesa, que yo no os he visto.

— Dejad ya a vuestra condesa y no seáis niño; yo soy doña María, y cuando tengamos luz podréis convenceros de que no soy la que suponéis.

— ¿Hacia qué lado está la puerta? Voy a llamar.

— No, dejadme andar sola. Conozco muy bien esta cámara, y sé dónde encontraré un eslabón.

— Tened cuidado no os hagáis mal con algún pedazo de vidrio; ¡rompisteis anoche tantos!

— Dejadme hacer. ¿Lo encontráis?

— ¡Ah! Sí. Es mi corsé... ¡Virgen Santa! ¿Cómo haría yo? Corté anoche todos los cordones con vuestro puñal.

— Habrá que llamar a la vieja.

— No os mováis; dejadme... Adiós, querido Bernardo.

La puerta se abrió y se cerró en seguida. Una larga carcajada se escuchó por fuera. Mergy comprendió que su conquista se había escapado. Intentó perseguirla; pero en la obscuridad tropezaba con los mueble y con las cortinas, sin poder encontrar la puerta. Se abrió ésta de repente y alguien entró llevando una linterna sorda. Mergy agarró rápido por el brazo a la persona que la conducía.

— ¡Ah! Ya os tengo. Ahora no podréis escapar — exclamó, abrazándola tiernamente.

— Dejadme, señor de Mergy —dijo una voz áspera—; no se debe apretar a las gentes de esa manera.

Y reconoció a la vieja.

— ¡Que el diablo os lleve! — exclamó.

Se vistió en silencio, recogió sus armas y su capa y salió de aquella casa en el estado de un hombre que, después de haber bebido un excelente vino de Madera, se zampa, por la distracción de un criado, un vaso de jarabe antiescorbútico, olvidado en la bodega durante muchos años.

Mergy fue bastante discreto con su hermano; le habló de una dama española de gran hermosura, por lo que podía juzgarse en la obscuridad; pero no dijo una palabra de las sospechas que había formado sobre la incógnita señora.