Crónica del reinado de Carlos IX: 21

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XX - La caballería ligera[editar]

«Jaffier.
He amongts us
that spares his father, brother,
or his friend is damned».

(Otway: Venecia preservada)


La tarde del 24 de agosto, un escuadrón de caballería ligera entró en París por la puerta de San Antonio. Las botas y los trajes de los jinetes, cubiertos de polvo, delataban que venían de hacer una larga caminata. Las últimas luces del Sol expirante esclarecían los rostros curtidos de los soldados, en los cuales se podía leer cierta vaga inquietud que les hacía sentir la proximidad de un suceso que aún desconocían, pero que por instinto juzgaban de naturaleza funesta.

La tropa se dirigió al paso hacia un gran espacio de terreno sin edificar que se extendía cerca del antiguo palacio de Tornillos. Allí, el capitán ordenó hacer alto, y envió para el reconocimiento a una docena de hombres, al mando del teniente, y colocó centinelas, con la mecha encendida, a la entrada de las calles vecinas, como si estuviera aguardando la llegada del enemigo. Después de haber tomado esta precaución extraordinaria volvió al frente de su escuadrón.

— ¡Sargento! — dijo con voz más dura y más imperiosa que de costumbre.

Un viejo jinete, que tenía el sombrero ornado de un galón de oro y que llevaba una banda bordada, se aproximó respetuosamente a su jefe.

— ¿Todos los soldados están provistos de mechas?

— Sí, capitán.

— Las gualderas de cureña, ¿están preparadas? ¿Hay balas en cantidad suficiente?

— Sí, capitán.

— Bien.

E hizo marchar al paso a su cabalgadura delante de sus soldados. El sargento le seguía a la distancia del largo de un caballo. Había advertido la intranquilidad del capitán y dudaba en preguntarle. Al fin tomó valor.

— Capitán, ¿permitís a los soldados que den de comer a las bestias? Sabéis que no han comido en todo el día.

— No lo autorizo.

— Un poco de avena. Concluyen en seguida.

— ¡Que ni un solo caballo sea desbridado!

— Es que si fuese necesario que trabajasen esta noche... Como se dice... que tal vez...

El capitán hizo un gesto de impaciencia.

— ¡Volved a vuestro puesto! — dijo secamente.

Y continuó paseándose. El sargento se juntó con los soldados.

— ¿Qué ocurre, sargento? ¿Es verdad lo que se dice? ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué ha dicho? ¿Qué le ha dicho el capitán?

Una veintena de preguntas le fueron dirigidas a la vez por los veteranos, cuyos servicios y una costumbre de camaradería autorizaban esta familiaridad con un superior.

— ¡Vamos a ver cosas buenas! — dijo el sargento en el tono de un hombre que sabe más de lo que dice.

— ¿Cómo? ¿Cómo?

— No quiere que desbridemos a los caballos ni por un instante..., porque..., ¿quién sabe?..., de un momento a otro puede tener necesidad de nuestros servicios.

— ¡Ah! ¿Pero nos vamos a batir? ¿Y contra quién? — preguntó el teniente.

— ¿Contra quién? —dijo el sargento, repitiendo la pregunta para tener tiempo de reflexionar—. ¡Pardiez! ¿Contra quién va a ser? Pues contra los enemigos del rey.

— Sí. Pero ¿quiénes son los enemigos del rey? — insistió el terco preguntón.

— ¡Los enemigos del rey!... ¡Ésos serán!

Y se encogió de hombros desdeñosamente.

— Los españoles son los enemigos del rey —observó uno de los soldados—. Pero no creo que hayan venido en catimini sin que nadie los advierta.

— ¡Bah! —manifestó otro—. Yo conozco enemigos del rey que no son españoles.

— Berrando tiene razón —dijo el sargento—, y me figuro de quiénes habla.

— ¿De cuáles?

— De los hugonotes —dijo Berrando—. No hace falta ser brujo para notarlo. Todo el mundo sabe que los hugonotes han tomado su religión de Alemania, y yo tengo la seguridad de que los alemanes son nuestros enemigos, y contra ellos he peleado con frecuencia, sobre todo en San Quintín, donde se batían como demonios.

— Todo eso está muy bien —opinó otro—; pero la paz ha sido hecha, y para celebrarla y que no se olvide ha habido mucha música.

— La prueba de que no son nuestros enemigos —dijo un soldado joven y mejor trajeado que los demás— es que el conde de la Rochefoucauld mandará la caballería ligera de la guerra que vamos a hacer en Flandes. ¿Y no es sabido que la Rochefoucauld pertenece a la religión protestante? ¡Que me lleve el diablo si ese conde no es reformista de los pies a la cabeza! Lleva espuelas a lo Condé y el sombrero a lo hugonote.

— ¡Mala peste se le lleve! —exclamó el sargento—. Tú no sabes nada, Merlin. No estabas todavía con nosotros. Fue la Rochefoucauld quien dirigió la emboscada, que nos impidió llegar a tiempo a La Robraye en Poitou. Es un costal de malicias y un pícaro consumado.

— Además, ha dicho —añadió Berrando— que una compañía de alemanes vale más que un escuadrón de caballería ligera. Estoy tan seguro de ello como de que estos caballos han galopado. Me lo dijo un paje de la reina.

Un movimiento de indignación se manifestó en el auditorio; pero cedió bien pronto a la natural curiosidad de saber contra quién se dirigían los preparativos belicosos y las precauciones extraordinarias que se acababan de adoptar.

— ¿Es verdad, sargento —preguntó el teniente—, que ayer han querido matar al rey?

— Apostaría que ésas son cosas de herejes.

— El hostelero de la Cruz de San Andrés, donde hemos almorzado —dijo Berrando—, nos ha dicho que los hugonotes quieren concluir con las misas.

— En ese caso comeremos cerdo todos los días —observó Merlin filosóficamente—. Pedazos de tocino en lugar de la gamella de habas. No hay por qué afligirse.

— Sí; pero en cuanto los hugonotes manden, la primera cosa que harán es disolver todos los escuadrones de caballería ligera para substituirlos por esos perros de alemanes.

— Si esto fuera así, sería voluntario para darles la grupa. ¡Por mi vida! Me voy a hacer buen católico. Decid, Bertrand: vos, que habéis servido con el almirante, ¿es verdad que no paga más que ocho sueldos a sus jinetes?

— Ni un dinero más da ese viejo leproso... Le tuve que abandonar después de la primera campana.

— ¡De qué mal humor está hoy el capitán! —dijo otro—. Un hombre que de ordinario es tan francote y que charla gustoso con el soldado, no ha despegado los labios en todo el camino.

— Son las noticias que corren, que le fastidian — respondió el sargento.

— ¿Y qué noticias?

— Por la apariencia, lo que quieren hacer los hugonotes.

— La guerra civil va a recomenzar — dijo Berrando.

— Mejor para nosotros —contestó Merlin, que veía siempre el lado bueno de todas las cosas—. Habrá entonces estocadas y tiros, aldeas que quemar y hugonotes a los cuales sacudiremos fuerte.

— Todo parece tener la apariencia de que han querido resucitar el viejo asunto de Amboise —dijo el sargento—. Por esto nos han hecho venir... Guardemos buen orden.

En este momento el teniente llegó con tropa, se acercó al capitán y le habló bajo, mientras los soldados que le habían acompañado se mezclaban con sus camaradas.

— ¡Por mi vida! —dijo uno de los que habían ido al reconocimiento—. No sé lo que ocurre hoy en París. No hemos visto ni un gato en la calle; pero, en cambio, la Bastilla está repleta de tropas. He observado que las picas de los suizos abundan tanto en la corte como las espigas de trigo en los campos.

— No habría menos de quinientos — añadió otro.

— Lo que es cierto —dijo el primero— es que los hugonotes han querido asesinar al rey, y que durante el alboroto el almirante ha sido herido por la propia mano del duque de Guisa.

— ¡Ah, el bandido!... Muy bien hecho — exclamó el sargento.

— Además —continuó aquél—, los suizos dicen en su jerga que ya están hartos de sufrir herejes en Francia.

— Durante mucho tiempo se han fiado de ellos — dijo Merlin.

— ¿No podrán decir los hugonotes que nos han derrotado en Jarnac y Montcontourt, a pesar de su fantasía y su petulancia?

— Quisieran —dijo el teniente— engullir la tajada y que nosotros nos comiéramos los codos.

— Ya es hora de que los buenos católicos les demos lo que se merecen.

— Por mí —dijo el sargento—, si dice el rey: «¡Mata esos granujas!», que pierda mi tahalí si espero a oírlo dos veces.

— ¡Oye, Belle-Rose! Dinos algo de lo que ha hecho el teniente — preguntó Merlín.

— Ha hablado con una especie de oficial de los suizos. Debía de ser cosa curiosa, pues exclamaba a cada momento: «¡Ah Dios mío! ¡Ah Dios mio!»

— Silencio... Mirad esos jinetes que llegan al galope... Sin duda nos traen una orden.

— Me parece que no son sino dos. El capitán y el teniente van a su encuentro.

En efecto, dos jinetes se dirigían rápidamente hacia el escuadrón de caballería ligera. El uno, ricamente vestido y llevando un sombrero cubierto de plumas y una banda verde, montaba un caballo de batalla. Su compañero era un hombre grueso y pequeño de estatura, que lucía un traje negro y mostraba un gran crucifijo de madera.

— Nos vamos a batir, seguro —dijo el sargento—; pues envían un limosnero para que confiese a los heridos.

— Es poco agradable batirse sin haber comido — dijo Merlin por lo bajo.

Los dos jinetes fueron deteniendo la marcha de sus caballos, de modo que al juntarse con el capitán les pudieron parar sin esfuerzo.

— Beso las manos de M. De Mergy —dijo el hombre de la escarapela verde—. ¿Reconocéis a vuestro servidor Tomás de Maurevel?

El capitán ignoraba todavía el nuevo crimen de Maurevel, pero le conocía como el asesino del bravo Mouy. Así es que le contestó secamente:

— No conozco a M. De Maurevel. ¿Supongo que habréis venido para decirnos por qué nos han traído aquí?

— Se trata, caballero, de salvar a nuestro buen rey y a nuestra santa religión del peligro que los amenaza.

— ¿Cuál es ese peligro? — preguntó Jorge en tono de desprecio.

— Los hugonotes han conspirado contra su majestad; pero su miserable maquinación ha sido descubierta a tiempo, gracias a Dios, y todos los buenos cristianos deben reunirse esta noche para exterminarlos, aprovechando su sueño.

— Como fueron exterminados los medianitas por el fuerte Gedeón — dijo el hombre del traje negro.

— ¿Qué decís? — dijo Mergy estremecido de horror.

— Los hugonotes están armados —prosiguió Maurevel—; pero dominan la ciudad los guardias franceses y tres mil suizos. Contamos en conjunto con sesenta mil hombres; a las once en punto será dada la señal y comenzará el movimiento.

— ¡Miserable impostor! ¿Qué infame mentira estáis divulgando? El rey no ordena asesinatos... Todo lo más, los paga.

Pero al hablar así, Jorge recordó la extraña conversación que hacía algunos días sostuvo con Carlos IX.

— No os encolericéis, señor capitán; si el servicio del rey no reclamara todos mis cuidados, sabría contestar a vuestras injurias. Escuchadme: vengo de parte de su majestad para requeriros que me acompañéis con vuestros soldados. Estamos encargados de la calle de San Antonio y de sus cuarteles vecinos. El reverendo padre Malebouche va a exhortar a la tropa, y les distribuirá cruces blancas, como llevan todos los católicos, a fin de que en la obscuridad no se confunda los fieles con los herejes.

— ¿Y creéis que yo voy a prestarme a que se asesine gente indefensa?

— Sois católico y reconocéis como rey a Carlos IX. ¿Conocéis la firma del mariscal de Retz, al cual estáis obligado a guardar obediencia?

Y le enseñó un papel que llevaba en su cintura.

Mergy hizo aproximar a un soldado, que le presentó una antorcha de paja encendida en la mecha de un arcabuz. A esta luz leyó una orden en regla, en la que se le encargaba prestar ayuda a la guardia burguesa y obedecer a M. De Maurevel para un servicio que dicho señor debía explicarle. Adjunta a esta orden había una lista de nombres con el siguiente título: Lista de los herejes que deben morir en el barrio de San Antonio. La fogata de la antorcha que se quemaba en manos de los soldados mostró a toda la tropa la emoción profunda que producía en su jefe esta orden, que ignoraba hasta entonces.

— Jamás mis soldados harán el oficio de asesinos — dijo Jorge, arrojando el papel al rostro de Maurevel.

— Éstos no se pueden llamar asesinatos —replicó el sacerdote—; se trata de herejes, y es, por lo tanto, justicia lo que se va a hacer en este lugar.

— Bravos soldados —exclamó Maurevel, dirigiéndose al escuadrón—: Los hugonotes quieren asesinar al rey y a los católicos. Es preciso anticiparnos. Esta noche les sorprenderemos dormidos y les mataremos... El rey autoriza el saqueo de sus casas.

Un grito feroz de alegría partió de las filas.

— ¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes!

— ¡Silencio en las filas! —exclamó el capitán con voz tonante—. Sólo yo tengo el derecho de mandar a estos soldados. Camaradas: lo que dice ese miserable no puede ser verdad, y aunque el rey lo hubiese ordenado, nunca mis gentes podrían matar a gente indefensa.

Los soldados guardaron silencio.

— ¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes! — exclamaron casi a la vez Maurevel y su acompañante.

Y la soldadesca repitió con entusiasmo:

— ¡Viva el rey! ¡Mueran los hugonotes!

— Capitán, ¿obedeceréis? — dijo Maurevel.

— Yo ya no soy capitán — exclamó Jorge, y se arrancó el alzacuello y la banda, insignias de su dignidad.

— ¡Apoderaos de ese traidor! —exclamó Maurevel, sacando su espada—. Matad a ese rebelde que desobedece a su rey.

Pero ni un soldado osó levantar la mano contra su jefe... Jorge hizo saltar la espada de la mano de Maurevel; pero en vez de atravesarle con la suya, se contentó con golpearle con el puño en la cara, tan violentamente, que le hizo caer por el suelo.

— Adiós, cobardes —dijo a su tropa—. Creía tener soldados y no asesinos.

Después, volviéndose hacia el teniente, añadió:

— Alfonso, si queréis ser capitán, aquí tenéis una buena ocasión. Poneos a la cabeza de esos bandidos.

Y diciendo estas palabras picó espuelas y se alejó al galope hacia el interior de la ciudad. El teniente dio algunos pasos como para seguirle; pero pronto detuvo el paso de su caballo, volvió bridas y se incorporó al escuadrón, juzgando tal vez que el consejo del capitán, aunque dado en un momento de cólera, no era malo de seguir.

Maurevel, todavía aturdido del tremendo golpe que acababa de recibir, montó a caballo blasfemando; el cura elevaba su crucifijo y exhortaba a los soldados a no perdonar ni un solo hugonote, a ahogar la herejía en ríos de sangre.

La tropa, que un momento había estado dudosa ante la actitud del capitán, al verse desembarazada de su presencia, y ante la perspectiva de un gran saqueo, se decidió pronto. Sacaron todos sus sables, y colocándolos por encima de su cabeza, juraron ejecutar fielmente cuanto les mandara Maurevel.