Crónica del reinado de Carlos IX: 26

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XXV - La Noue[editar]

«¡Este hombre es invulnerable hasta por el talón!»

(D'Aubigné: El barón de Foeneste)


Los sitiados acababan de realizar un feliz ataque contra las defensas avanzadas del ejército católico. Habían tomado unas cuantas varas de trinchera, destruido varios gaviones y matado un centenar de soldados. El destacamento que obtuvo esta victoria volvía a la ciudad por la puerta de Tadou. Al frente de una compañía de arcabuceros marchaba el capitán Dietrich, con el rostro congestionado, sin aliento y pidiendo de beber, señal segura de que no se mostrara ocioso en la pelea. Le seguía una muchedumbre de burgueses, entre los cuales figuraban numerosas mujeres, que por su aspecto parecían haber tomado parte en la lucha. Detrás caminaban unos cuarenta prisioneros, la mayor parte cubiertos de heridas, entre dos filas de soldados, que a duras penas podían defenderles contra el furor del pueblo, que se acumulaba a su paso. Unos cuarenta caballeros formaban la retaguardia. La Noue, acompañado de Mergy, que le servía de ayudante de campo, marchaba el último. Su coraza había sido abollada por una bala y su caballo tenía heridas en dos sitios del cuerpo... En su mano izquierda asía una pistola descargada, y gobernaba las bridas de su caballo, con un gancho colgante de su brazo derecho, en el lugar donde debiera tener la mano.

— Dejad paso a los prisioneros, amigos —exclamaba a cada momento—. Sed humanos y compasivos. Están heridos y no pueden defenderse; ya no son vuestros contrarios.

Pero la canalla respondía con vociferaciones salvajes.

— ¡A cazar a los papistas! —gritaban—. ¡A la horca con ellos! ¡Viva La Noue!

Mergy y los otros jinetes distribuyeron entre la multitud algunos lanzazos, como añadidura a las exhortaciones generosas de su jefe. Los prisioneros pudieron ser, al fin, conducidos a la cárcel de la ciudad, donde, vigilados por una buena guardia, no tenían que temer los furores del populacho. El destacamento se dispersó, y La Noue, acompañado de algunos caballeros, puso pie a tierra ante el municipio en el momento mismo en que salía el alcalde, seguido de numerosos burgueses y de un pastor viejo llamado Laplace.

— ¡Salud, valeroso La Noue! —dijo el alcalde, tendiéndole la mano—. Acabáis de demostrar a esos asesinos que aunque haya muerto el almirante no se ha exterminado la raza de los bravos.

— El combate ha terminado felizmente, señor —dijo La Noue con modestia—. No hemos tenido más que cinco muertos y unos cuantos heridos.

— Como vos mandabais el ataque, estábamos seguros del buen éxito.

— ¡Eh! ¿Qué podría hacer La Noue sin el socorro de Dios? —exclamó en tono displicente el viejo pastor—. Es Dios, que ha combatido hoy a favor nuestro y se ha dignado escuchar nuestras plegarias.

— Dios es, en efecto, quien da o quita la victoria a su agrado —respondió La Noue con gran calma—, y nada más que a él se pueden agradecer las victorias en las guerras.

Y después, dirigiéndose al alcalde, añadió:

— ¿Y el concejo ha deliberado sobre las nuevas proposiciones de su majestad?

— Sí —respondió aquél—; hemos despedido al emisario rogándole que no se tome la molestia de dirigirnos nuevas notificaciones. De aquí en adelante no responderemos más que con arcabuzazos.

— ¡Debíais haber ahorrado al emisario —exclamó el pastor—, pues está escrito: Algunos granujas hay entre vosotros que han querido seducir a los habitantes de esta ciudad... Pero no faltarás a tu obligación de hacerles morir; tu mano será la primera sobre ellos, y en seguida la de todo el pueblo.

La Noue suspiró y elevó los ojos al cielo, sin responder.

— ¿Qué? ¿Rendirnos? —prosiguió el alcalde—. ¿Rendirnos cuando nuestras murallas están todavía de pie? ¿Cuando el enemigo no se atreve a atacarlas de cerca mientras que nosotros podemos ir todos los días a insultarle a sus trincheras? Creedme, señor de La Noue, si no hubiera soldados en la Rochela las mujeres serían suficientes para contender con los enemigos de París.

— Señor, cuando se es más fuerte es necesario hablar con miramiento del enemigo, y cuando se es más débil...

— ¿Y quién os dice que somos los más débiles? —interrumpió Laplace—. ¿No combate Dios con nosotros? ¿Y Gedeón con trescientos israelitas no fue más fuerte que todo el ejército de los medianitas?

— Sabéis mejor que nadie, señor alcalde, la escasez de los aprovisionamientos; la pólvora va faltando y me veo obligado a escasearla a nuestros arcabuceros.

— Montgomery nos la enviará desde Inglaterra — dijo el alcalde.

— El fuego del cielo caerá sobre los papistas — añadió el pastor.

— El pan encarece cada día, señor alcalde.

— Un día u otro veremos aparecer a la armada inglesa y entonces volverá la abundancia a la ciudad.

— ¡Si es preciso Dios hará caer el maná! — exclamó impetuosamente Laplace.

— En cuanto a los socorros de que habláis —respondió La Noue— bastaría un viento Sur que durase algunos días para que no pudiesen llegar a nuestro puerto. Además, pueden capturarlos nuestros enemigos...

— ¡Soplará viento del Norte! ¡Yo te lo predigo, hombre de poca fe! —dijo el pastor—. ¡Perdiste el brazo derecho y la bravura a un tiempo mismo!

La Noue parecía dispuesto a no responderle. Prosiguió dirigiéndose tan sólo al alcalde.

— Perder un hombre es para nosotros más grave que diez para el enemigo. Creo que si los católicos estrechan el sitio con energía nos veremos obligados a aceptar unas condiciones mucho más duras que las que habéis rechazado con tanto desprecio. Si, como espero, el rey se contenta con ver su autoridad reconocida en esta ciudad, y no exige de ella sacrificios que no puede hacer, creo que es nuestra obligación abrir las puertas, pues, a pesar de todo, Carlos IX es nuestro amo.

— ¡No tenemos más amo que Cristo! ¡Sólo un impío puede llamar amo suyo al feroz Achab, a ese Carlos que bebe la sangre de los profetas! — y la cólera del pastor redoblaba viendo la imperturbable sangre fría de La Noue.

— Respecto a mí —agregó el alcalde—, recuerdo que la última vez que el almirante pasó por nuestra ciudad nos decía: «El rey me ha dado su palabra de que tanto los protestantes como los católicos serán tratados lo mismo.» Seis meses después, el rey, que tenía empeñada su palabra, hizo asesinar a los hugonotes. Si abrimos nuestras puertas hará con nosotros una matanza idéntica a la de San Bartolomé.

— El rey ha sido engañado por los Guisas. Está arrepentido y quiere rescatar la sangre vertida. Si por vuestra obstinación en no querer tratos, irritáis a los católicos, toda la energía del reino caerá sobre la Rochela, y será destruido el último baluarte de la religión reformista... ¡La paz! ¡La paz! Creedme a mí, señor alcalde.

— ¡Cobarde! —exclamó el pastor—. Deseas la paz porque tienes miedo a perder la vida.

— ¡Oh!, señor Laplace... — dijo el alcalde.

— ¡Bueno! —y La Noue prosiguió fríamente—. Mi última palabra es que si el rey consiente en no traer guarnición a la Rochela y dejarnos con libertad religiosa, debemos entregar las llaves y afirmar nuestra sumisión.

— Eres un traidor —exclamó Laplace— que ha sido sobornado por los tiranos.

— ¡Por Dios! ¿Qué decís, señor Laplace? — respondió el alcalde.

La Noue sonrió con aire despectivo.

— Ya lo veis, señor alcalde, vivimos en tiempos muy extraños; los hombres de guerra hablan de paz y los ministros de Cristo predican la guerra... ¡Querido señor —prosiguió el general, dirigiéndose por fin a Laplace—, ya es hora de comer y me parece que vuestra esposa debe de estar esperándole en casa!

Estas últimas palabras acabaron de poner furioso al pastor. No encontró ninguna injuria con qué contestar, y como una bofetada excusa responder razonablemente, golpeó la mejilla del viejo militar.

— ¡Por el nombre de Dios! ¿Qué hacéis? —exclamó el alcalde—. El señor La Noue es el mejor ciudadano y el más bravo soldado de la Rochela.

Mergy, que estaba presente, se dispuso a imponer un correctivo a Laplace, del cual hubiese guardado recuerdo; pero La Noue lo detuvo.

Cuando su barba gris fue tocada por la mano del viejo loco, hubo un instante, rápido como el pensamiento, en que sus ojos brillaron con relampagueo de indignación y coraje... Pero pronto su fisonomía recobró la acostumbrada impasibilidad; se hubiera dicho que el pastor había golpeado el busto de mármol de un senador romano, o, más bien, que ya La Noue no había sido tocado en el rostro sino por una cosa inanimada.

— Llevad a ese viejo con su mujer —dijo a uno de los burgueses que acompañaban al viejo pastor—. Decidle que tenga cuidado; no se ha comportado hoy como es debido... y a vos, señor alcalde, os ruego que me busquéis entre los habitantes ciento cincuenta voluntarios, pues quiero intentar un ataque al amanecer. Es el momento en que los soldados que han pasado la noche en las trincheras se hallan todavía entumecidos por el frío, y hay que cazarlos entonces como a los osos en el deshielo... He observado que las gentes que duermen bajo techado están mucho más ágiles por la mañana que cuantos pasan la noche a la luz de las estrellas...

Y añadió:

— Caballero de Mergy, si no tenéis mucha prisa para comer, os propongo que vengáis conmigo a la atalaya del Evangelio... Desde allí podremos observar los trabajos del enemigo.

Saludó al alcalde, y apoyado en la espalda de su ayudante, marchó a la atalaya.

Llegaron un momento después que un cañonazo había herido mortalmente a dos hombres. Hasta las piedras estaban cubiertas de sangre, y uno de aquellos infelices, alcanzado por la metralla, pedía a voces que le rematasen. La Noue, con el codo apoyado sobre el parapeto, miró algún tiempo silenciosamente los trabajos que realizaban los asaltantes... Después se volvió a Mergy y le dijo:

— La guerra es una cosa terrible... ¡Pero una guerra civil es todavía más espantosa!... Esa bala ha sido puesta en un cañón francés, y fue un francés quien ha disparado y dos franceses han sido muertos por esa bala... No preocupa mucho matar a un hombre a gran distancia, pero es terrible, caballero de Mergy, clavar la espada a un hombre que os pide compasión en vuestra lengua materna... Y, sin embargo, nosotros hemos hecho eso mismo esta misma mañana.

— ¡Ah señor! ¡Si hubierais visto los asesinatos del 24 de agosto! ¡Si hubierais pasado el Sena cuando estaba rojo y llevaba tantos cadáveres, no tendríais esa piedad para los hombres con quien combatimos! Para mí, todo papista es un asesino.

— No calumniéis a vuestro país. En este mismo ejército que nos asedia hay muy pocos monstruos de esos que habláis. Los soldados no son sino aldeanos franceses que dejaron de arar para servir al rey, y los caballeros y los capitanes se baten porque han prestado juramento de fidelidad al monarca... Quizá tengan ellos razón, y nosotros..., nosotros seamos unos rebeldes.

— ¡Rebeldes! Nuestra causa es justa; combatimos en defensa de nuestra religión y nuestra vida.

— Veo que tenéis pocos escrúpulos; sois feliz, caballero de Mergy.

Y el viejo soldado suspiró profundamente.

— ¡Pardiez! —dijo un soldado que acababa de descargar el arcabuz—. Ese hombre debe de tener tratos con el demonio... Le estoy tirando desde hace tres días y no le he podido tocar.

— ¿A quién? — preguntó Mergy.

— ¿No veis aquel hombre alto, de justillo blanco y que lleva la banda y la pluma rojas? Todos los días se pasea ante nuestras narices, como si quisiera hacernos burla... Debe de ser una de las espadas de más nombradía en la corte...

— La distancia es grande —objetó Mergy—; pero no importa. Venga un arcabuz.

Un soldado puso el arma entre sus manos. Mergy colocó el cañón de ella sobre el parapeto y buscó la puntería con grande atención.

— ¿Si fuera alguno de vuestros amigos? —dijo La Noue—. ¿Por qué os gusta desempeñar el oficio de arcabucero?

Mergy iba a hacer jugar el gatillo, pero detuvo su dedo.

— No tengo amigos entre los católicos —dijo—, excepto uno a quien quiero bien... Pero ése estoy seguro que no figura entre los asaltantes.

— Si fuera vuestro hermano, que hubiese acompañado a monseñor...

Partió el tiro de arcabuz; pero la mano de Mergy había temblado y se vio alzarse el polvo mucho más lejos del sitio donde se paseaba el caballero; Mergy no creía que su hermano estuviera en el ejército católico; sin embargo, se alegró al advertir que había errado el golpe... El hombre sobre el cual disparó continuó su paseo con lentitud, y desapareció pronto entre los montones de tierra removida que se elevaban por todas partes alrededor de la Rochela.