Cuarto Libro de La Galatea: 05

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Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


-Ése no faltará en mí mientras la vida me durare -respondió Grisaldo-, de hacer, pastora, lo que fuere en tu servicio, pues no se debe pagar con menos la voluntad que nos muestras. Mas, por parecerme que será bien hacer lo que dices, y por tener entendido que no ignoráis lo que entre mí y Rosaura ha pasado, no quiero deteneros ni detenerme en referirlo. Sólo os ruego seáis servidas de llevar a Rosaura en vuestra compañía a vuestra aldea, en tanto que yo aparejo en la mía algunas cosas que son necesarias para concluir lo que nuestros corazones desean. Y, porque Rosaura quede libre de sospecha, y no la pueda tener jamás de la fe de mi pensamiento, con voluntad considerada mía, siendo vosotras testigos della, le doy la mano de ser su verdadero esposo.

Y, diciendo esto, tendió la suya y tomó la de la bella Rosaura. Y ella quedó tan fuera de sí de ver lo que Grisaldo hacía, que apenas pudo responderle palabra, sino que se dejó tomar la mano; y, de allí a un pequeño espacio, dijo:

-A términos me había traído el amor, Grisaldo, señor mío, que con menos que por mí hicieras, te quedara perpetuamente obligada; pero, pues tú has querido corresponder antes a ser quien eres que no a mi merescimiento, haré yo lo que en mí es, que es darte de nuevo el alma, en recompensa deste beneficio; y después, el cielo de tan agradescida voluntad te dé la paga.

-No más -dijo a esta sazón Galatea-, no más, señores, que adonde andan las obras tan verdaderas, no han de tener lugar los demasiados comedimientos. Lo que resta es rogar al cielo que traiga a dichoso fin estos principios, y que en larga y saludable paz gocéis vuestros amores. Y en lo que dices, Grisaldo, que Rosaura venga a nuestra aldea, es tanta la merced que en ello nos haces, que nosotras mesmas te lo suplicamos.

-De tan buena gana iré en vuestra compañía -dijo Rosaura-, que no sé con qué la encarezca más que con deciros que no sentiré mucho el ausencia de Grisaldo, estando en vuestra compañía.

-Pues, ¡ea! -dijo Florisa-, que el aldea es lejos y el sol mucho, y nuestra tardanza de volver a ella notada. Vos, señor Grisaldo, podéis ir a hacer lo que os conviniere, que en casa de Galatea hallaréis a Rosaura, y a éstas, una pastora, que no merescen ser llamadas dos las que tanto se parecen.

-Sea como queréis -dijo Grisaldo.

Y, tomando a Rosaura de la mano, se salieron todos del bosque, quedando concertado entre ellos que otro día enviaría Grisaldo un pastor, de los muchos de su padre, a avisar a Rosaura de lo que había de hacer; y que, enviando aquel pastor, sin ser notado, podría hablar a Galatea o a Florisa, y dar la orden que más conviniese. A todas pareció bien este concierto; y, habiendo salido del bosque, vio Grisaldo que le estaba esperando su criado con el caballo; y, abrazando de nuevo a Rosaura y despidiéndose de las pastoras, se fue acompañado de lágrimas y de los ojos de Rosaura, que nunca dél se apartaron hasta que le perdieron de vista. Como las pastoras solas quedaron, luego Teolinda se apartó con Leonarda, con deseo de saber la causa de su venida; y Rosaura asimesmo fue contando a Galatea y Florisa la ocasión que la había movido a tomar el hábito de pastora y a venir a buscar a Grisaldo, diciendo:


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