Cuarto Libro de La Galatea: 07

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Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


-«Sabrás, hermana, que así como tú faltaste de nuestra aldea, se imaginó que te había llevado el pastor Artidoro, que aquel mesmo día faltó él también, sin que de nadie se despidiera. Confirmé yo esta opinión en mis padres, porque les conté lo que con Artidoro había pasado en la floresta. Con este indicio cresció la sospecha, y mi padre procuraba venir en tu busca y de Artidoro, y en efecto lo pusiera por obra si de allí a dos días no viniera a nuestra aldea un pastor que, al momento que fue visto, todos le tuvieron por Artidoro. Llegando estas nuevas a mi padre de que allí estaba el robador tuyo, luego vino con la justicia adonde el pastor estaba, al cual le preguntaron si te conoscía, o adónde te había llevado. El pastor negó con juramento que en toda su vida te había visto, ni sabía qué era lo que le preguntaban. Todos los que estaban presentes se maravillaron de ver que el pastor negaba conocerte, habiendo estado diez días en el pueblo, y hablado y bailado contigo muchas veces, y sin duda alguna creyeron todos que Artidoro era culpado en lo que se le imputaba; y, sin querer admitir disculpa suya ni escucharle palabra, le llevaron a la prisión, donde estuvo algunos días sin que ninguno le hablase, al cabo de los cuales, yéndole a tomar su confisión, tornó a jurar que no te conoscía y que en toda su vida había estado más de aquella vez en nuestra aldea, y que mirasen -y esto otras veces lo había dicho- que aquel Artidoro que ellos pensaban ser él, por ventura no fuese un hermano suyo que le parecía en tanto estremo, como descubriría la verdad cuando les mostrase que se habían engañado tiniendo a él por Artidoro, porque él se llamaba Galercio, hijo de Briseno, natural de la aldea de Grisaldo. Y, en efecto, tantas demonstraciones dio y tantas pruebas hizo, que conocieron claramente todos que él no era Artidoro, de que quedaron más admirados; y decían que tal maravilla como la de parecernos yo a ti, y Galercio a Artidoro, no se había visto en el mundo.

»Esto que de Galercio se publicaba me movió a ir a verle muchas veces a do estaba preso; y fue la vista de suerte que quedé sin ella, a lo menos para mirar cosas que me den gusto en tanto que a Galercio no viere. Pero lo que más mal hay en esto, hermana, es que él se fue de la aldea sin que supiese que llevaba consigo mi libertad, ni yo tuve lugar jamás de decírselo; y así, me quedé con la pena que imaginarse puede, hasta que la tía de Rosaura me envió a pedir a mi padre por algunos días, todo a fin de venir a acompañar a Rosaura, de lo que recebí summo contento, por saber que veníamos a la aldea de Galercio y que allí le podría hacer sabidor de la deuda en que me estaba. Pero he sido tan corta de ventura que ha cuatro días que estamos en su aldea y nunca le he visto, aunque he preguntado por él, y me dicen que está en el campo con su ganado. He preguntado también por Artidoro, y hanme dicho que de unos días a esta parte no parece en el aldea; y, por no apartarme de Rosaura, no he tenido lugar de ir a buscar a Galercio, del cual podría ser saber nuevas de Artidoro.» Esto es lo que a mí me ha sucedido, y lo demás que has visto, con Grisaldo, después que faltas, hermana, del aldea.

Admirada quedó Teolinda de lo que su hermana le contaba; pero, cuando llegó a saber que en el aldea de Artidoro no se sabía dél nueva alguna, no pudo tener las lágrimas, aunque en parte se consoló, creyendo que Galercio sabría nuevas de su hermano. Y así, determinó de ir otro día a buscar a Galercio, doquiera que estuviese. Y, habiéndole contado con la más brevedad que pudo a Leonarda todo lo que le había sucedido después que en busca de Artidoro andaba, abrazándola otra vez, se volvió adonde las pastoras estaban, que, un poco desviadas del camino, iban por entre unos árboles, que del calor del sol un poco las defendían. Y, en llegando a ellas, Teolinda les contó todo lo que su hermana le había dicho, con el suceso de sus amores y la semejanza de Galercio y Artidoro, de que no poco se admiraron, aunque dijo Galatea:

-Quien vee la semejanza tan estraña que hay entre ti, Teolinda, y tu hermana, no tiene de qué maravillarse aunque otras vea, pues ninguna, a lo que yo creo, a la vuestra iguala.

-No hay duda -respondió Leonarda- sino que la que hay entre Artidoro y Galercio es tanta que, si a la nuestra no excede, a lo menos en ninguna cosa se queda atrás.

-Quiera el cielo -dijo Florisa-, que así como los cuatro os semejáis unos a otros, así os acomodéis y parezcáis en la ventura, siendo tan buena la que la fortuna conceda a vuestros deseos, que todo el mundo envidie vuestros contentos, como admira vuestras semejanzas.

Replicara a estas razones Teolinda, si no lo estorbara una voz que oyeron que dentre los árboles salía; y, parándose todas a escucharla, luego conoscieron ser del pastor Lauso, de que Galatea y Florisa grande contento rescibieron, porque en estremo deseaban saber de quién andaba Lauso enamorado, y creyeron que desta duda las sacaría lo que el pastor cantase. Y, por esta ocasión, sin moverse de donde estaban, con grandísimo silencio le escucharon. Estaba el pastor sentado al pie de un verde sauce, acompañado de solos sus pensamientos y de un pequeño rabel, al son del cual desta manera cantaba:



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