Cuarto Libro de La Galatea: 09

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Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


No cantó más el enamorado pastor, ni por lo que cantado había pudieron las pastoras venir en conocimiento de lo que deseaban; que, puesto que Lauso nombró a Silena en su canto, por este nombre no fue la pastora conoscida. Y así, imaginaron que, como Lauso había andado por muchas partes de España y aun de toda la Asia y Europa, que alguna pastora forastera sería la que había rendido la libre voluntad suya. Mas, volviendo a considerar que le habían visto pocos días atrás triunfar de la libertad y hacer burla de los enamorados, sin duda alguna creyeron que con disfrazado nombre celebraba alguna conocida pastora a quien había hecho señora de sus pensamientos. Y así, sin satisfacerse en su sospecha, se fueron hacia el aldea, dejando al pastor en el mesmo lugar do se estaba. Mas no hubieron andado mucho, cuando vieron venir de lejos algunos pastores, que luego fueron conoscidos, porque eran Tirsi, Damón, Elicio, Erastro, Arsindo, Francenio, Crisio, Orompo, Daranio, Orfinio y Marsilo, con todos los más principales pastores de la aldea, y entre ellos el desamorado Lenio, con el lastimado Silerio, los cuales salían a tener la siesta a la Fuente de las Pizarras, a la sombra que en aquel lugar hacían las entricadas ramas de los espesos y verdes árboles. Y, antes que los pastores llegasen, tuvieron cuidado Teolinda, Leonarda y Rosaura de rebozarse cada una con un blanco lienzo, porque de Tirsi y Damón no fuesen conocidas. Los pastores llegaron haciendo cortés rescibimiento a las pastoras, convidándolas que en su compañía la siesta pasar quisiesen; mas Galatea se escusó con decir que aquellas forasteras pastoras que con ella venían tenían necesidad de ir a la aldea. Con esto se despidió dellos, llevando tras sí las almas de Elicio y Erastro, y aun las encubiertas pastoras los deseos de conoscerlas de cuantos allí estaban.

Ellas se fueron al aldea y los pastores a la fresca fuente, pero, antes que allá llegasen, Silerio se despidió de todos, pidiendo licencia para volverse a su ermita; y, puesto que Tirsi, Damón, Elicio y Erastro le rogaron que por aquel día con ellos se quedase, jamás lo pudieron acabar con él, antes, abrazándolos a todos, se despidió, encargando y rogando a Erastro que no dejase de verle todas las veces que por su ermita pasase. Erastro se lo prometió; y con esto, torciendo el camino, acompañado de su continua pesadumbre, se volvió a la soledad de su ermita, dejando a los pastores no sin dolor de ver la estrecheza de vida que en tan verdes años había escogido; pero más se sentía entre aquellos que le conoscían y sabían la calidad y valor de su persona.

Llegados los pastores a la fuente, hallaron en ella a tres caballeros y a dos hermosas damas que de camino venían, y, fatigados del cansancio y convidados del ameno y fresco lugar, les pareció ser bien dejar el camino que llevaban y pasar allí las calurosas horas de la siesta. Venían con ellos algunos criados, de manera que, en su apariencia, mostraban ser personas de calidad. Quisieran los pastores, así como los vieron, dejarles el lugar desocupado, pero uno de los caballeros, que el principal parescía, viendo que los pastores de comedidos se querían ir a otra parte, les dijo:

-Si era, por ventura, vuestro contento, gallardos pastores, pasar la siesta en este deleitoso sitio, no os lo estorbe nuestra compañía; antes, nos haced merced de que con la vuestra augmentéis nuestro contento, pues no promete menos vuestra gentil dispusición y manera; y, siendo el lugar, como lo es, tan acomodado para mayor cantidad de gente, haréis agravio a mí y a estas damas si no venís en lo que yo en su nombre y el mío os pido.

-Con hacer, señor, lo que nos mandas -respondió Elicio-, cumpliremos nuestro deseo, que por agora no se estendía a más que venir a este lugar a pasar en él en buena conversación las enfadosas horas de la siesta; y, aunque fuera diferente nuestro intento, lo torciéramos sólo por hacer lo que pides.

-Obligado quedo -respondió el caballero- a muestras de tanta voluntad; y, para más certificarme y obligarme con ella, sentaos, pastores, alrededor desta fresca fuente, donde, con algunas cosas que estas damas traen para regalo del camino, podáis despertar la sed y mitigarla en las frescas aguas que esta clara fuente nos ofrece.



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