Cuarto Libro de La Galatea: 10

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Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


Todos lo hicieron así, obligados de su buen comedimiento. Hasta este punto, habían tenido las damas cubiertos los rostros con dos ricos antifaces; pero, viendo que los pastores se quedaban, se descubrieron, descubriendo una belleza tan estraña que en gran admiración puso a todos los que la vieron, pareciéndoles que, después de la de Galatea, no podía haber en la tierra otra que se igualase. Eran las dos damas igualmente hermosas, aunque la una dellas, que de más edad parescía, a la más pequeña en cierto donaire y brío se aventajaba. Sentados, pues, y acomodados todos, el segundo caballero, que hasta entonces ninguna cosa había hablado, dijo:

-Cuando me paro a considerar, agradables pastores, la ventaja que hace al cortesano y soberbio trato el pastoral y humilde vuestro, no puedo dejar de tener lástima a mí mesmo y a vosotros una honesta envidia.

-¿Por qué dices eso, amigo Darinto? -dijo el otro caballero.

-Dígolo, señor, -replicó estotro-, porque veo con cuánta curiosidad vos y yo, y los que siguen el trato nuestro, procuramos adornar las personas, sustentar los cuerpos y augmentar las haciendas, y cuán poco viene a lucirnos, pues la púrpura, el oro, el brocado que sobre nuestros cuerpos echamos, como los rostros están marchitos de los mal degiridos manjares, comidos a deshoras, y tan costosos como malgastados, ninguna cosa nos adornan, ni pulen, ni son parte para que más bien parezcamos a los ojos de quien nos mira. Todo lo cual puedes ver diferente en los que siguen el rústico ejercicio del campo, haciendo experiencia en los que tienes delante, los cuales podría ser, y aun es así, que se hubiesen sustentado y sustentan de manjares simples y en todo contrarios de la vana compostura de los nuestros; y, con todo eso, mira el moreno de sus rostros, que promete más entera salud que la blancura quebrada de los nuestros; y cuán bien les está a sus robustos y sueltos miembros un pellico de blanca lana, una caperuza parda y unas antiparas de cualquier color que sean; y con esto, a los ojos de sus pastoras, deben de parecer más hermosos que los bizarros cortesanos a los de las retiradas damas. ¿Qué te diría, pues, si quisiese, de la sencillez de su vida, de la llaneza de su condición y de la honestidad de sus amores? No te digo más, sino que conmigo puede tanto lo que de la vida pastoral conozco, que de buena gana trocaría la mía con ella.

-En deuda te estamos los pastores -dijo Elicio- por la buena opinión que de nosotros tienes; pero, con todo eso, te sé decir que hay en la rústica vida nuestra tantos resbaladeros y trabajos como se encierran en la cortesana vuestra.

-No podré yo dejar de venir en lo que dices, amigo -replicó Darinto-, porque ya se sabe bien que es una guerra nuestra vida sobre la tierra. Pero, en fin, en la pastoral hay menos que en la ciudadana, por estar más libre de ocasiones que alteren y desasosieguen el espíritu.

-Cuán bien se conforma con tu opinión, Darinto -dijo Damón-, la de un pastor amigo mío que Lauso se llama, el cual, después de haber gastado algunos años en cortesanos ejercicios y algunos otros en los trabajosos del duro Marte, al fin se ha reducido a la pobreza de nuestra rústica vida; y, antes que a ella viniese, mostró desearlo mucho, como parece por una canción que compuso y envió al famoso Larsileo, que en los negocios de la Corte tiene larga y ejercitada experiencia. Y, por haberme a mí parecido bien, la tomé toda en la memoria, y aun os la dijera si imaginara que a ello diera lugar el tiempo y a vosotros no os cansara el escucharla.

-Ninguna otra cosa nos dará más gusto que escucharte, discreto Damón -respondió Darinto, llamando a Damón por su nombre, que ya le sabía, por haberle oído nombrar a los otros pastores, sus amigos-; y así, yo de mi parte te ruego nos digas la canción de Lauso; que, pues ella es hecha, como dices, a mi propósito y tú la has tomado de memoria, imposible será que deje de ser buena. Comenzaba Damón a arrepentirse de lo que había dicho y procuraba escusarse de lo prometido; mas, los caballeros y damas se lo rogaron tanto, y todos los pastores, que él no pudo escusar el decirla. Y así, habiéndose sosegado un poco, con gentil donaire y gracia, dijo desta manera:



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