Cuarto Libro de La Galatea: 29

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Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


-No te fatigues tanto, Timbrio -dijo Damón-, que el Silerio que Erastro dice es el mesmo que tú dices, y el que desea saber más de tu vida que sostener y augmentar la suya propria; porque, después que te partiste de Nápoles, según él nos ha contado, ha sentido tanto tu ausencia que la pena della, con la que le causaban otras pérdidas que él nos contó, le ha reducido a términos que en una pequeña ermita que poco menos de una legua está de aquí distante, pasa la más estrecha vida que imaginarse puede, con determinación de esperar allí la muerte, pues de saber el suceso de tu vida no podía ser satisfecho. Esto sabemos cierto Tirsi, Elicio, Erastro y yo, porque él mesmo nos ha contado la amistad que contigo tenía, con toda la historia de los casos a entrambos sucedidos hasta que la fortuna por tan estraños accidentes os apartó, para apartarle a él a vivir en tan estraña soledad que te causará admiración cuando le veas.

-Véale yo, y llegue luego el último remate de mis días -dijo Timbrio-; y así, os ruego, famosos pastores, por aquella cortesía que en vuestros pechos mora, que satisfagáis éste mío con decirme adónde está esa ermita adonde Silerio vive.

-Adonde muere, podrás mejor decir -dijo Erastro-; pero de aquí adelante vivirá con las nuevas de tu venida; y, pues tanto su gusto y el tuyo deseas, levántate y vamos, que antes que el sol se ponga, te pondré con Silerio; mas ha de ser con condición que en el camino nos cuentes todo lo que te ha sucedido después que de Nápoles te partiste, que de todo lo demás, hasta aquel punto, satisfechos están algunos de los presentes.

-Poca paga me pides -respondió Timbrio- para tan gran cosa como me ofreces, porque, no digo yo contarte eso, pero todo aquello que de mí saber quisieres.

Y más, volviéndose a las damas que con él venían, les dijo:

-Pues con tan buena ocasión, querida y señora Nísida, se ha rompido el prosupuesto que traíamos de no decir nuestros proprios nombres, con el alegría que requiere la buena nueva que nos han dado, os ruego que no nos detengamos, sino que luego vamos a ver a Silerio, a quien vos y yo debemos las vidas y el contento que poseemos.

-Escusado es, señor Timbrio -respondió Nísida-, que vos me roguéis que haga cosa que tanto deseo y que tan bien me está el hacerla. Vamos en hora buena, que ya cada momento que tardare de verle se me hará un siglo.

Lo mesmo dijo la otra dama, que era su hermana Blanca, la mesma que Silerio había dicho, y la que más muestras dio de contento. Sólo Darinto, con las nuevas de Silerio, se puso tal, que los labios no movía; antes, con un estraño silencio, se levantó, y mandando a un su criado que le trujese el caballo en que allí había venido, sin despedirse de ninguno, subió en él, y, volviendo las riendas, a paso tirado se desvió de todos. Cuando esto vio Timbrio, subió en otro caballo, y con mucha priesa siguió a Darinto hasta que le alcanzó; y, trabando por las riendas del caballo, le hizo estar quedo, y allí estuvo con él hablando un buen rato, al cabo del cual Timbrio se volvió adonde los pastores estaban, y Darinto siguió su camino, enviando a disculparse con Timbrio del haberse partido sin despedirse dellos. En este tiempo Galatea, Rosaura, Teolinda, Leonarda y Florisa a las hermosas Nísida y Blanca se llegaron; y la discreta Nísida, en breves razones, les contó la amistad tan grande que entre Timbrio y Silerio había, con mucha parte de los sucesos por ellos pasados; pero, con la vuelta de Timbrio, todos quisieron ponerse en camino para la ermita de Silerio; sino que a la mesma sazón llegó a la fuente una hermosa pastorcilla de hasta edad de quince años, con su zurrón al hombro y cayado en la mano; la cual, como vio tanta y tan agradable compañía, con lágrimas en los ojos, les dijo:


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