Cuarto Libro de La Galatea: 32

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 32 de 36
Cuarto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes


Y, dejándolas a ellas, se fue adonde el pastor estaba dando a aquellos pastores cuenta de la estraña condición de Gelasia y de las infinitas sinrazones que con él usaba. A su lado tenía el pastor la hermosa pastorcilla que decía que era su hermano, a la cual llamó Rosaura, y, apartándose con ella a un cabo, la importunó y rogó le dijese cómo se llamaba su hermano y si tenía otro alguno que le pareciese, a lo cual la pastora respondió que se llamaba Galercio y que tenía otro, llamado Artidoro, que le parecía tanto que apenas se diferenciaban, si no era por alguna señal de los vestidos o por el órgano de la voz, que en algo difería. Preguntóle también qué se había hecho Artidoro. Respondióle la pastora que andaba en unos montes algo de allí apartados, repastando parte del ganado de Grisaldo con otro rebaño de cabras suyas, y que nunca había querido entrar en el aldea ni tener conversación con hombre alguno después que de las riberas de Henares había venido. Y con éstas le dijo otras particularidades, tales que Rosaura quedó satisfecha de que aquel pastor no era Artidoro, sino Galercio, como Leonarda había dicho y aquella pastora decía, de la cual supo el nombre, que se llamaba Maurisa; y, trayéndola consigo adonde Galatea y las otras pastoras estaban, otra vez, en presencia de Teolinda y Leonarda, contó todo lo que de Artidoro y Galercio sabía, con lo que quedó Teolinda sosegada y Leonarda descontenta, viendo cuán descuidadas estaban las mientes de Galercio de pensar en cosas suyas. En las pláticas que las pastoras tenían, acertó que Leonarda llamó por su nombre a la encubierta Rosaura, y oyéndolo Maurisa, dijo:

-Si yo no me engaño, señora, por vuestra causa ha sido aquí mi venida y la de mi hermano.

-¿En qué manera? -dijo Rosaura.

-Yo os lo diré si me dais licencia de que a solas os lo diga -respondió la pastora.

-De buena gana -replicó Rosaura.

Y, apartándose con ella, la pastora le dijo:

-Sin duda alguna, hermosa señora, que a vos y a la pastora Galatea mi hermano y yo con un recaudo de nuestro amo Grisaldo venimos.

-Así debe ser -respondió Rosaura.

Y, llamando a Galatea, entrambas escucharon lo que Maurisa de Grisaldo decía, que fue avisarles cómo de allí a dos días vendría con dos amigos suyos a llevarla en casa de su tía, adonde en secreto celebrarían sus bodas, y juntamente con esto dio de parte de Grisaldo a Galatea unas ricas joyas de oro, como en agradecimiento de la voluntad que de hospedar a Rosaura había mostrado. Rosaura y Galatea agradecieron a Maurisa el buen aviso, y en pago dél, la discreta Galatea quería partir con ella el presente que Grisaldo le había enviado, pero nunca Maurisa quiso rescebirlo. Allí de nuevo se tornó a informar Galatea de la semejanza estraña que entre Galercio y Artidoro había. Todo el tiempo que Galatea y Rosaura gastaban en hablar a Maurisa, le entretenían Teolinda y Leonarda en mirar a Galercio; porque, cebados los ojos de Teolinda en el rostro de Galercio, que tanto al de Artidoro semejaba, no podía apartarlos de mirar, y, como los de la enamorada Leonarda sabían lo que miraban, también le era imposible a otra parte volverlos.



La Galatea
Libro ILibro IILibro IIILibro IVLibro VLibro VI