Cuesta abajo: 11

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Día 14 de enero de 18...
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


–Ayer fue día de asueto: yo no escribo en día 13.

Continúo. –Pero, niñas –gritó D.ª Eladia–, ¿estáis locas? Tú, torbellino, ven a saludar a D.ª Paz, la señora de Arroyo, nuestra vecina. Mi madre que ya no temía desaires, y que en cuanto vio a Elena se enamoró de ella también a su manera, salió al encuentro de la muchacha, la cual al verla se turbó un poco, y no encontró mejor manera de ocultar la vergüenza que le daba haber estado haciendo la chiquilla en presencia de aquella señora respetable que acercarse a ella, cogerla por los hombros y darle sendos besos en las mejillas. Entonces fue cuando mi madre, muy contenta, se volvió a mí y, sujetando por las muñecas a Elena, dijo con tono solemne, que quería ser cómico:

–Te presento a la pequeña de las de Pombal. –Y nos hizo darnos las manos.

–Sí, señor –dijo Elena–; la pequeña, que se come las sopas en la cabeza de la hermana mayor. –Y fue a unirse a Emilia para demostrarlo; pero la mayor, que ya tenía confianza con nosotros, al verla venir le azotó dulcemente el rostro y se echó atrás de un brinco, diciendo:

–Y quedaste.

–¡Ah! –gritó Elena de un modo que me llegó al alma–. Y tras vacilar un momento, dudando si atreverse con la gran diablura, con la irreverencia, con la locura que se le ocurría y la tentaba, añadió:

–Y quedó D. Narciso.

Y echó a correr después de rozar mi hombro con la propia mano con que me pedía silencio poco antes.

–Pero, Elena, ¿qué es esto? ¡Dios mío! ¿Vive, señora? ¡Y así toda la vida! –gritó, entre enfadada y risueña, la tía.

–Pero ¡Elena! –gritó cómicamente Emilia, que saltaba allá lejos, amenazando con huir si se la perseguía.

–Pero ¡Emilia! –exclamó Elena.

–Sí: tiene razón ésta: pero ¡Emilia! Tú, que debías dar ejemplo...

–¿Qué ejemplo, si este Arroyo es el infierno? ¿Verdad, D.ª Paz?

–Sí, hija mía: tiradle al río si queréis. ¡Es más soso! Anda, hombre, dale tú la queda.

–Si puede –dijo Elena, preparándose a correr.

No se me ocurrió que estuvieran locas las señoritas de Pombal.

Por aquellas bromas, que en otras circunstancias, con otro ambiente, hubieran sido absurdas, se reveló de repente la cordialidad que debía existir entre las de Pombal y los Arroyos. Lo absurdo había sido estar tan cerca y no haber removido antiguas amistades.

Como estas situaciones, graciosas por lo excepcionales, lo pierden todo si se prolongan, y jamás se prolongan entre personas de buen gusto y trato, la formalidad se restableció, al mismo tiempo que la tarde se ponía seriamente triste, ocultándose el sol, para morir, en un sudario de nube oscura orlada con espumas de oro.

Abandonamos todos el prado, despedidos por los respetuosos saludos de los segadores y por sus miradas entre curiosas y burlonas, y llegamos hablando de cosas serias, de recuerdos de familia, al palacio de Pombal, al punto en que el sol se escondía por la parte del mar, invisible, en una de esas apoteosis de luz que no olvidan los que saben recordar, mejor que sus rencores, las nubes de antaño. Todo esto se dice pronto; mas la impresión que me produjo la dulce manotada de Elena, y las cosquillas espirituales que me hacían sus ojillos mirándome de lejos en son de desafío, entre avergonzados y atrevidos... eso es un mundo entero, toda una creación con sus épocas inacabables.

Ni Leopardi, ni San Leopardi, ni mis arrobos místicos, ni los otros de pena, que venían a ser lo mismo, me habían llegado tan al alma como la queda de aquella niña, que volvía del Prado a Pombal, entre setos y bajo pinares y castaños, detrás de mí, a pocos pasos, enlazada por la cintura a su hermana Emilia, oyendo con deleite a mi madre, que les hablaba de su padre muerto, de las relaciones de nuestras familias. Yo iba algunos pasos delante dando el brazo a D.ª Eladia, que caminaba solemne, majestuosa, con toda la majestad compatible con los tropezones indispensables en tal mal camino, donde lo que no hacía una piedra lo intentaba la raíz de un árbol desenterrada y lo conseguía un hoyo de las huellas de las vacas, modeladas en el barro del invierno, que ahora parecía granito.

La tía corroboraba la triste o entusiástica crónica de mi madre con suspiros, movimientos de cabeza y breves comentarios. Cuando, poco después, refrescábamos en la solana de la fachada norte del Pombal, éramos todos unos, amigos íntimos, antiguos, que pensaban como en un remordimiento en los largos años transcurridos sin tratarse. Volvían los Arroyos y los Pombales a juntarse, como dos ramas de un árbol que, recién enlazadas, y que, vencidas un momento por la fuerza, se separan, mas que al quedar libres vuelven de golpe a la antigua postura, a su abrazo.

El olor de las callejas por donde habíamos vuelto del prado, que era a madreselva, lo habían metido consigo en casa las chicas, que llenaron de aquella fragancia sugestiva, de amor honrado, sin maléficos misterios, toda la sala, adornando los floreros y la misma mesa en que se nos servía el dulce de conserva verde en cajas redondas y de pino sutil, y el chocolate en loza fina, blanca y oro. Uno de los ramos de florecillas blanquecinas y hojas estrechas de verde oscuro, que yacía sobre el tapete, lo recogió Elena, y, ahuecándolo con poco, medio me lo entregó y medio me lo tiró al pecho, diciendo, con voz que procuró que fuera insignificante y le salió de una amabilidad seria, profunda, velada:

–Coja Vd. esto, si quiere.

Y miró a otro lado, a mi madre, y me volvió la espalda un poco para oír y ver mejor a quien seguía recordando dulces y melancólicas antigüedades.

–Pero, niña –observó D.ª Eladia, que estaba en todo–, ¿le das los desperdicios?

Elena encogió los hombros, se turbó un tanto, sacó un poco la lengua, se le atragantó algo... y no pudo decir nada.

Comprendo yo, ahora, que estaba avergonzadilla, no de haberme dado desperdicios de flores, sino de habérmelas dado, sin fijarse en lo que hacía, sin poder remediarlo. En fin, siguió atendiendo a mi madre, y no volvió a mirarnos ni a su tía ni a mí en un buen rato. Aunque se tardó, se abandonó al fin la inagotable mina de las memorias familiares. Se llegó a lo presente... y se habló de mí.

Los ojos y el gesto que pondría Desdémona cuando a su padre, delante de ella, le contaba Otelo sus hazañas y aventuras, debían de parecerse a los de mi morena, que oía de labios de mi madre, discreta y moderada, la mal disimulada apología, la historia fiel de mis empecatados triunfos universitarios, académicos y periodísticos. D.ª Paz, que, después de la preocupación aristocrática, mejor se diría señoril, tenía la literaria, a su manera, daba gran valor a mi procacidad, y no ocultó la admiración que de antiguo me consagraba.

Con cierto orgullo, por la antigua amistad de nuestras familias, había ella ensalzado en todas partes mis talentos, y ahora, al tenerme tan cerca, no disimulaba el placer de estrechar fuertes lazos casi de parentesco con el futuro prodigio.

Hasta barruntó el probable desarrollo de mis extraordinarias facultades por el tamaño de mi cráneo, que en su opinión era excesivo; pormenor que me disgustó un poco y me hizo reparar que Emilia y Elena, sin pensar en contenerse, me miraron a la cabeza. En una y otra mirada notó mi vanidad satisfecha que las chicas no encontraban disforme el cajón de hueso en que su tía quería meter tanta sabiduría del porvenir.

Y, valga la verdad, aquella especie de examen rápido, instintivo, a que me vi sujeto de repente, despertó en mí la coquetería masculina, tan semejante a la femenina, y en las hermanas despertó mi coquetería un asomo de rivalidad inconsciente, sobre todo inconsciente por parte de Elena.

Emilia se puso en pie y propuso que los jóvenes bajáramos a la huerta.

En una novela acaso no parecería bien que yo dijese que la señorita mayor de Pombal, bien educada y de fijo pura, en cierto modo inocente, al pasar por una puerta de la solana, para descender al jardín, tropezó conmigo a sabiendas, con toda intención, y me miró con ojos de fuego... y de ave de rapiña, para estudiar en mi rostro la impresión del rápido pero intenso contacto de su busto con mi cuerpo. Pero de estas cosas se ven en el mundo; y así fue, como lo digo.



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