Cuesta abajo: 13

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Día 16 de enero de 18...
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


–Elena, antes de proseguir, me miró con gravedad y sondeándome: quería ver si era yo digno de que ella siguiera hablando de tan sagradas cosas.

Por desgracia Emilia se adelantó, creyéndose en el caso de explicarme lo de la luna. Ello era que allá en la infancia, cuando vivía su padre, Elena suspiraba en invierno, en Madrid, por la luna de Pombal, que a ella le parecía la única, porque conservaba el recuerdo del plenilunio en una noche como aquella en aquel valle. Elena interrumpió a su hermana como hablando consigo misma, fija la mirada en el astro rojo, hinchado, que seguía ascendiendo, alejándose del horizonte.

–Yo no sé –dijo– si es que me acuerdo todavía, o si me acuerdo del recuerdo; pero ello es que yo me veía en unos brazos que debían de ser los de papá, y de repente vi esa luna, de ese color, y no me pareció la misma pálida que había visto en Madrid... ¡Oh! Sí: para mí la luna de Pombal era mejor, de colores, redonda, más hermosa, como todo lo del Pombal. Pero ¡sí me acuerdo, vamos! Aquella tarde, o aquella noche, lo que fuera, íbamos por un prado... largo, largo, así... en curva, como el somonte... y en las seves brillaban gusanos de luz... y cantaban las cigarras... miles de cigarras, y a mí me parecía que las estrellas cantaban también, cantaban así, como latiendo, como un péndulo, tristes... pero muy dulces, muy... no sé qué... Y era papá (¡oh! sí: estoy segura), papá quien me llevaba en brazos...

–Pero, criatura, ¡si eres tan niña! ¡Si no puedes acordarte!

–Bueno, bien: me acuerdo que me acordaba. ¡Si hasta me acuerdo de que la barba de papá, que yo cogía y apretaba entre los dedos, estaba húmeda por el rocío! ¿Y el ¡rich! ¡rich! ¡rich! de las cigarras? ¿Y esa luna? ¡Oh! Sí: esa luna es testigo...

La voz de Elena temblaba y se debilitaba: parecía hundirse en un abismo de sollozos contenidos y de recuerdos. Calló, dio media vuelta lentamente y salió del cenador como una sombra.

Emilia me hizo una seña.

Yo no hablé porque no podía: tenía unas tenazas en la garganta.

El amor absoluto, el amor nuevo, el decisivo, el de los diez y seis años, se estaba enseñoreando de mi alma. El misterio, casi el milagro, le daba su prestigio. ¡Yo también me acordaba de haberme acordado de aquello que decía Elena! Sí, sí: el ¡rich! ¡rich! solemne en una noche lejana, única, genesíaca para mi conciencia; la noche de aquella luna, de aquella misma, roja, hinchada, augusta, que tenía en aquel momento enfrente de mí. Y yo recordaba más que Elena: yo la recordaba a ella.

Y aquel otro que llevaban en brazos también cerca de mí, era ella. La cosa estaba clara: mi padre me llevaba a mí, a ella el suyo...

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Cómo en esta vida, finita, tonta, efímera, disipada, insustancial, que en la suma de los destinos humanos no debe de ser más que un tachón, a lo más una página rota por inútil; cómo en esta vida, que en tanto llegué a despreciar más tarde, consientes que haya momentos de tan intenso sentir, de tan inefable grandeza, momentos infinitos, instantes de gloria eterna? Música, santa música: cántalos tú que puedes, y deja que yo siga, con el run run prosaico de la pluma de acero, narrando los sucesos, como estólido cronista que profana con anotaciones y cifras dignas de las musas de antaño las sublimes pasiones que tejieron la historia...

¡Pues no estoy haciendo frases! ¡Ay! ¡Bien hice en llamar estas memorias Cuesta abajo! ¡Cuesta abajo y de cabeza! ¡Qué descontentismo, apagadísimo corazón! ¡Quién me dijera algún día que yo había de llegar a describir aquella noche en que me enamoré de mi Elena... de esta manera tan prosaica!

Por algo ella me decía cuando era mi mujer: –Mira, Nardo –me llamaba Nardo, que a ella se le antojaba abreviatura de Narciso, porque era el nombre de otra flor–. Mira, Nardo: ya sé que es de imaginaciones pobres abusar en el arte, en la poesía, de las propias hazañas, de los datos personales, sobre todo de las vicisitudes de la vida ordinaria del que escribe y de los que le rodean; pero una vez, una sola vez, quisiera yo verme en tus libros. Nunca me dejas leerlos. Todas tus mujeres son, o sublimes, tanto que yo no puedo ni comprenderlas, o, más generalmente, picaronas, desalmadas, que no quieres que yo trate, ni aun siendo ellas de tinta y papel. Una sola vez píntame a mí. A ver lo que te parezco. Pinta nuestros amores; pinta aquella noche de la luna de Pombal, cuando te enamoraste de mí... definitivamente, según tú dices (sin perjuicio de habérmela pegado cien veces). Mete eso, que debe de ser muy bonito, muy sentimental; mételo en una novela de las que escribes ahora, ahora que eres joven. Si lo dejas para viejo, para cuando escribas esas novelas maduras que tú crees que serán las que te den fama merecida, te expones a no acertar, a pintar mal lo que ahora todavía sentimos bien. Sí, anda, Nardo: por una sola vez méteme en una novela tuya. Tú, que sueñas con tantas mujeres, sueña conmigo una vez.

¿Y qué contesté a mi mujer aquel día? ¡Miserable! Contesté que aquello de la luna de Pombal, aunque era verdadero, era inverosímil, amanerado, idealista, romántico! ¡Mal rayo me parta con mis teorías de catedrático cursi!

Ahora Dios y mi Elena me castigan. ¡Ah! ¡Quiero pintarme a mí propio la escena del Pombal y escribo frases y digresiones! Adelante, adelante. Y una cosa, señor D. Narciso: no hay que dejarse invadir por los recuerdos. No vale llorar ni rebelarse contra lo pasado.

Mis apuntes no son para eso. Lo muerto, muerto. Todo pasa, todo es accidental. Todo apasionamiento por lo que es forma, por lo que dibuja el tiempo, es idolatría. En eso estábamos: ¿somos o no somos filósofos?

Adelante.

Emilia quiso explicarme la extraña conducta de Elena.

–Ahí donde la ve V., con esa cara de pilluelo de París, con su afectación de frescura, de alegría loca, de indiferencia para lo poético, es más romántica que yo, y eso que la tía y ella me llaman la Jorge San día, porque leo libros que a ellas no les gustan. Pues Elena, que apenas lee, ¡es más cavilosa! Niña y todo, ¡tiene unas ocurrencias, allá, en sus adentros! Pocas veces le pasa lo que hoy, eso sí; pocas veces se pone tan excitada, tan nerviosa que deje escapar esas palabras retumbantes.

De fijo a estas horas está avergonzada de lo que ha dicho y se ha escondido.

Lo que es por hoy despídase V. de ella: no la vuelve a ver.

Mi madre y la tía nos llamaron desde la solana.

–¡A casa, a casa, que hay relente y le hace daño a Elena!

Empezaba la noche. ¿Qué hacer? ¿Cómo iba mi madre a emprender el camino de casa en tales horas, por aquellas endiabladas callejas?

Se resolvió, venciendo el empeño contrario de mi madre, que ella se quedaría a dormir en el Pombal, y yo, después de cenar con todas ellas, me volvería a nuestra quinta, jinete en la pacífica yegua en que hacía sus cortas excursiones la señora tía, con un mozo de labranza por espolique.

FIN DE Cuesta Abajo


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