Cuesta abajo: 2

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Día 8 de enero de 18...
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


Si, como quieren ciertos filósofos modernos, el hombre es un compuesto inestable, yo a los diez y siete años era un compuesto inestable... y sin novia. No tenía más novia que la Virgen Santísima. Alabada sea ella de todos modos. Nunca le perdonaré a Renan lo poco que dice de María. A los diez y siete años yo no sabía de Renan más que por una traducción de Los Apóstoles que publicaba en el folletín un periódico republicano que con motivo de la revolución triunfante quería arrancar a España de las garras del fanatismo, aunque fuera descalabrando el idioma de nuestros intolerantes antepasados.

Además, ahora que me acuerdo, había visto una traducción, mala también, de la Vida de Jesús, en la maleta de un americano muy rico y muy bruto, que quería educar a sus hijos a la moderna, y para ello se preparaba leyendo El Evangelio del Pueblo, del Sr. Henao y Muñoz, y llevando consigo a todas partes el libro de Renan, aunque sin leerlo, porque no estaba escrito en estilo cortado, como El Evangelio de Henao y los artículos de los periódicos satíricos que también deletreaba, y él los períodos largos no los entendía.

Tenía yo, en consecuencia, por un hombre de malas entrañas y mal gusto, por filósofo superficial y por historiador embustero, al insigne bretón; y eso que no sabía entonces, como supe después, que los oradores del Ateneo de Madrid, que el tal Renan todo lo copiaba de los Alemanes, menos la cháchara poética. No por ser tan injusto con el autor de San Pablo era yo en aquel entonces tan mentecato como parece deducirse del contexto. Hay que acostumbrarse a distinguir de facultades, porque unas se desarrollan antes y otras después, y algunas nunca, y no por eso deja de haber elementos dignos de aprecio en las almas de ese modo incompletas. Ni hay que suponer que ciertos espíritus, encerrados en la letra de una fe quieta, estancada, no puedan tener sus grandes anhelos poéticos de esperanzas insaciables, de abnegación metafísica, de idealidad independiente, y también los sentimientos y arranques anejos. No es lo más frecuente, pero los hay que tienen todo eso. También es verdad que cada día hay menos, y que las almas completamente sinceras y de cierto temple, casi todas son libres, en el sentido de que no las sujeta ningún dogma histórico. Pero vuelvo a mis diez y siete años. Acababa de pasar una gran fiebre nerviosa. Me encontré del lado de acá de la adolescencia en poder de una tristeza milenaria, suavemente apocalíptica. El mundo se había hecho viejo de repente; las cosas, todas pálidas, apenas tenían más que la superficie; el sol no era tan claro como antes; y entre mis ojos y las nubes, entre mis ojos y el mar lejano, aparecían enjambres de puntos, de circulillos opacos, como una vía láctea de estrellas apagadas. Aquello era para mí lo más doloroso y el símbolo de la ruina universal y, sobre todo, de mi propia ruina. Mi ruina era inmensa: aquel velo de puntos que había entre mis ojos y el mundo me decía que la hermosa vida, que ya no era hermosa, no era para mí. Yo venía a ser un príncipe, más, un emperador del ancho mundo, a quien habían destronado durante una enfermedad peligrosa. Como Gil Blas se levantó del lecho sin sus doblones, yo me levanté sin mis ensueños de rapaz ambicioso y fantaseador. Por eso no tiene nada de particular que cuando me ponía a escribir versos los dejase siempre sin concluir, aun sin mediar; porque tanta desesperación había en las primeras estrofas, tanto anhelo del aniquilamiento universal, que ya no había nada más que decir en este sentido, no cabía apurar más la gradación del desencanto, y no merecía en el mundo cosa alguna el esfuerzo de seguir buscando consonantes no vulgares, única clase que yo admitía; trabajillo que acaso entraba por algo en el abandono de todas mis tentativas rítmicas. Mientras fui niño, proximus infantiae primero y proximus pubertali después, fui absolutamente épico en mis lecturas y épico y dramático en mis escritos y en mis aspiraciones: leía novelas de aventuras y de pasión, historia, política, viajes y su poquito de filosofía; poemas y versos clásicos que no entendía; hacía alarde de mi erudición y de la imaginación siempre exaltada; contaba a mis amigos cuentos que yo iba discurriendo según los contaba, y escribía comedias y dramas a docenas, alguno de los cuales representábamos en teatritos caseros, en las guardillas y desvanes.

Enfermé, y, al volver tristemente a la vida, mi alma era ya toda lirismo. Había perdido mis comedias, olvidado mis lecturas en gran parte, despreciándolas casi todas; y hasta la ortografía, que había aprendido bien de chiquillo y que días antes de caer en cama noté que se desvanecía de mi memoria, hasta la ortografía, tuve que volver a cultivarla, porque siempre tenía presente la anécdota de: –Orestes se escribe sin h– y me daba mucha vergüenza el contraste de mis cavilaciones y profundidades escritas con el mal uso de las haches y el abuso de las ges o las jotas.

Era durante el verano mi larga convalecencia, prolongada en mis adentros, cuando ya los médicos me daban por restablecido completamente.

Estaba yo en la aldea, en un valle frondoso, muy retirado, ancho y largo, limitado por colinas suaves, de líneas graciosas cubiertas hasta la cima de árboles copudos. No sé cómo llegó a mis manos una edición diamante de las poesías de Leopardi, más algunos artículos que hablaban de su vida y comentaban sus pensares y sus dolores. Por la primera vez me picó en el alma la idea del ateo, del ateo honrado, digno de cariño, del ateo hermano. Leopardi no creía en Dios, no volvía los ojos del alma a la Providencia, al Padre Espiritual; y a pesar de esto, que era entonces para mí un horror, en mi corazón, intolerante en su inocencia, nacía, como un pecado, una lástima infinita, una dulcísimo aunque desesperada intimidad de dolores con el solitario de Recanati.

Muchos años después he leído en Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, que el aburrimiento es patrimonio de las almas inferiores. No hay que decir estas cosas tan en absoluto: hay muchas maneras de aburrimiento. El vacío, el que consiste en la ausencia de espacio para la imaginación, es ciertamente propio de los jugadores de tresillo; pero el aburrimiento, que fue la décima musa del poeta de Recanati, es diferente aunque no en todo. Las dudas o las negaciones de la voluntad no son propias de los hombres vulgares, como el mismo Schopenhauer viene a reconocer en el mismo libro; y esas negaciones y esas dudas, las dudas sobre todo, engendran esa otra especie de aburrimiento dignificado por su objeto y por el dolor positivo que causa. El ateísmo de Leopardi es de los más tristes, porque es un ateísmo de soñador, de místico sin divinidad; es decir, lo infinito como teatro, pero sin personajes, sin drama. Para mí el ateísmo de Leopardi fue siempre más triste, más simpático, que el de los más grandes poetas modernos, ateos también. El ateísmo de Shelley es toda una tesis, una filosofía batallona, hasta una especie de palingenesia. El ateísmo de los modernos poetas indianizantes, de los amigos del nirvana, me parece menos inmediato, menos sentido, que el de Leopardi, y, lo que más importa para el caso, más divertido, menos doloroso. Estos orientalistas no se aburren: se duermen, y sueñan formas hermosas, libres de la congoja metafísica. El ateísmo de Leopardi está continuamente ligado a un espiritualismo que, una vez muerto Dios, encuentra inerte la naturaleza, estúpida, como la llama el Sr. Feuillet en una novela que está publicando estos días(1) (Honor de artista). Por eso la poesía de este desgraciado genio (de Leopardi, no de Feuillet) que para mí simboliza mejor su poesía, su carácter poético, es la canción de un pastor a la luna en una llanura de Asia. Nunca olvidaré el día, la hora, el sitio en que por vez primera devoraron mis ojos y tragó mi corazón aquella hiel. Aquella mañana de setiembre, calurosa, cenicienta en el cielo, había yo tenido una extraña crisis nerviosa: había inventado salir a la huerta, al sentarme a almorzar, porque la casa se me venía encima; me ahogaba de tristeza, de imposibilidad de vivir así, si el mundo seguía pareciéndome tan inútil, tan descompuesto, tan ilógico, tan partido en moléculas sin cohesión... Me agarré a mi madre, di gritos de angustia, de espanto, y salimos juntos a la huerta. Paseamos un poco bajo las parras que formaban un pórtico. Ella me daba el brazo, me consolaba con frases que, por lo mismo que no llegaban a la inteligencia de mi desazón, de mi disparatada aprensión respecto de la realidad que me rodeaba; por mismo que eran una afirmación del mundo normal, lógico, bueno, una verdadera petición de principio; me confortaban, me distraían de mi alucinación interior, de mi locura pasajera inefable. Entre el cariño y el buen sentido me iban volviendo a la realidad verdadera, sana, consistente, continua. Pasó la angustia que llamaré intelectual impropiamente.

Nos sentamos sobre el pretil de la muralla que daba sobre el corral de abajo.

¡Oh, qué inolvidable aniquilamiento el que sentí un minuto después de sentarme! Ha dicho un crítico francés de los del día que el dolor físico es, si hablamos con sinceridad, mayor que el moral, en suma. Yo no lo afirmo, pero en aquella ocasión el terror de lo que sentí fue entonces superior con mucho a la angustia y a la locura de poco antes. Ello era que se me iba la vida por la espalda. Aquello no se llamaba morirse: era irse... escapar todo por la espalda, cayendo... cayendo, alejándome de mi madre, que, agarrada al mundo, a la materia, de que ella era parte, se quedaba allá lejos, desvaneciéndose, sin comprender mi mal, inútil para mí a pesar de su cara de compasión y de angustia.



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