Cuesta abajo: 3

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Día 8 de enero de 18... cont.
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


Me tendía los brazos, que a pesar de tocarme no llegaban a mí, ¡ay!, no llegaban a la región en que yo sentía el espanto y también el cariño que llevaba ella dentro, como un niño en una cuna olvidada. Yo volvía atrás, volvía atrás, a la primera infancia... pero no para entrar en el seno de mi madre: para alejarme de él, cayendo, cayendo en la nada, que me invadía.

... Volví a la vida entre besos, lágrimas y abrazos de mi madre, más un poco de azahar, que llegó a tener para mí, a fuerza de usarlo, algo del olor del regazo materno. Mi madre creía en el azahar como en las oraciones. –La oración –pensaba ella– es medicina para los creyentes: el azahar para los nerviosos.

Siguió una reacción de alegría sin causa, como síntoma no más halagüeño, pero como bien positivo actual muy sabroso. Las alegrías sin causa no hay que descontarlas en la vida, porque tienen en sí mismas su razón de ser, que es la causa más constante. Ni los pesimismos ni los ascetismos deben echar en saco roto estos argumentos de las almas alegres quand même. ¡Oh! ¡No hay que llevar demasiada metafísica a las pasajeras ráfagas de buen humor que orean de tarde en tarde la prosa manida de la existencia! Según me hago viejo, me inclino más cada día a un empirismo espiritual, a un epicurismo de buenas costumbres, moral y suave... Decía que, pasada la crisis nerviosa, volví aquel día al dominio de mi espíritu, alegre, vibrando, como placa sonora, con todas las impresiones que venían de la luz, del sonido, de los olores, del contacto. ¡Horas memorables éstas de armonía interior, en que la presencia de la realidad se convierte en una música y el alma adivina el timbre de todas las cosas y escucha las grandiosas sinfonías de la naturaleza latente!

Para mí, sobre todo en aquella edad, fue siempre el remate obligado de estas excitaciones la necesidad de leer versos buenos en voz alta, a mis solas, en lugar a propósito, y acabar la lectura con ahogos de enternecimiento, con lágrimas en la voz y en los ojos, refiriendo el sentido íntimo, esencial, de lo leído a un sentimiento de caridad, de un orden o de otro, pero de caridad vivísima, inefable. No recomiendo el procedimiento a los pedagogos; no pido que a los niños de las escuelas o de los institutos provinciales se les enternezca artificialmente hasta el punto que me enternecía yo, por medio de la lectura de los grandes poetas, hasta conseguir fabricar una buena porción de sentimientos humanitarios que sumados aseguren al Estado grandes dosis de abnegación y sentimentalismo públicos. No, no estaría eso bien. Sin contar con los refractarios, que no faltarían, tal vez ni conveniente sea acaso que los muchachos lleguen a ser tan visionarios y sentimentales como yo confieso que fui en mi adolescencia (más adelante tuve ocasión de cambiar de conducta y llegué en mi viril endurecimiento hasta el punto de ser escritor satírico). Un ilustre pedagogo extranjero, coetáneo, cuyo nombre siento no recordar ahora, demuestra, o poco menos, que los niños no deben llorar, pese a ciertas preocupaciones contrarias. Pues que no lloren. Sobre todo, si se ha de mirar la cuestión desde el punto de vista puramente fisiológico (y así parece que debe ser), por mí que no lloren, que no sean sentimentales. No quiero que se me culpe de conspirador contra el mejoramiento de la especie humana.

Harto se ha insultado al pobre Rousseau con motivo de sus sensiblerías, que, según la autorizada opinión de personajes que no han llorado nunca, corrompió a varias generaciones con su falso sentimentalismo.

Así debe ser en adelante, es decir, no se debe provocar el enternecimiento a no ser cuando se trate de causa mayor, de un duelo legítimo y que tenga algo de parecido con el zollverein, o sea la unión aduanera, esto es, cuando se trate de algo que importe a la mitad más uno, o sea, la mayoría absoluta de los ciudadanos. Todo lo demás es subjetivismo, afeminamiento, impresionabilidad excesiva y otra porción de sustantivos más o menos clásicos.

Pero cuando yo tenía diez y siete años no veía las cosas como ahora; así es que aquella tarde, para saciar el ansia poética que siguió a mis ataques de nervios, busqué un autor de los que más me conmovieran, de los que mejor me hablasen de las cosas de más adentro. Llegué a mi cuarto. Sobre la mesa de noche se destacó, como imponiéndose a mi atención y a mi voluntad, el volumen lindo, pequeño, que parecía un extracto de ideas y emociones, el libro familiar de aquella temporada: Leopardi. No dudé. La acción siguió al impulso: tomé el libro. Como con una presa, huí a lo más escondido de la huerta, a una gruta artificial, fresca, nemorosa, hecha por nosotros mismos con laurel en un socavón de una muralla antigua. ¿Por qué más que nunca entonces necesitaba mi alma al poeta triste? ¿No estaba yo alegre, no creía firmemente en tales instantes en las armonías del mundo? Por lo mismo, por la comezón irresistible del contraste, por la curiosidad peligrosa de ponerme a prueba, quería leer aquello. Además, disparatadamente, como si el libro no fuera cosa muerta, constante por su misma inercia en el dolor de que hablaba, yo iba a leer con la esperanza absurda... de influir en Leopardi aquella tarde en vez de dejarme entristecer por él.

¡Era tanta mi alegría íntima, tan sólidos creía yo los cimientos de mi dulce optimismo! –A ver quién vence a quién: a ver si él me comunica, como siempre, su congoja, o si yo infiltro en estas hojas frías el espíritu de amor y fe que me inunda. «Consolemos al triste.» Del absurdo nunca pudo salir nada bueno–. Por casualidad, lo primero con que tropezaron mis ojos fue con El sábado de la aldea, que es uno de los más sublimes cantos a la esperanza, pero a la esperanza sola, que ha inspirado a ser humano la decepción eterna. Aquella impresión agridulce aún no enfrió mi celo de catequista. En seguida llegué, a saltos, a la famosa poesía en que Leopardi habla del renacimiento de la ilusión...

Meco ritorna a vivere
la piaggia, il bosco, il monte;
parla il mio core il fonte,
meco favella il mar...

Olvidado yo de lo que sabía que venía después, medio creí un momento en el milagro. Mi alegría, mi fe, mi amor, se comunicaban al poeta muerto... me seguía, él amaba también y comprendía la belleza y bondad del mundo. ¡Momento solemne aquel! ¿Por qué he olvidado yo tantas escenas culminantes de mi vida: mi primera declaración de amor, mi primera comunión y otras cosas por el estilo, que tanto debían importarme, y tengo grabadas en el cerebro, como presentes, estas nimiedades de que hoy hablo, y otras así? ¡Ay! Porque ya más que un hombre soy una entelequia de la facultad de filosofía y letras.

El poeta decía en seguida, ¡claro!
Dalle mie vaghe immagini
so ben ch'ella discorda;
so che natura e sorda,
che miserar non sa

Como si en el cielo azul y sonriente, allá hacia la parte del Este, donde se aglomeraban las nubes, como recogidas, hubiera una cortina negra envuelta en sus pliegues, y de repente esta sombra, esta oscuridad, se corriera con chirridos de metal por todo el firmamento; así quedé, frío, a oscuras, lejos de la luz de mi alegría, del sólido fundamento de mi fe racional que hacía un minuto me animaba a convertir el libro a mis ilusiones.

Aviso a la juventud incauta. (Este aviso es de una pedagogía absolutamente correcta, no encierra ningún elemento malsano de sentimentalismo, y puede verse, en otra forma, en varios autores).


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