Cuesta abajo: 5

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Día 8 de enero de 18... cont.
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


El orden lo llevo yo en el alma: no es cuestión de literatura, es cuestión de conciencia. Yo aseguro que hay orden en todo lo dicho y basta. Leopardi y la Virgen María... ¿qué tienen que ver una cosa con otra? ¡Bah! Para la historia de mi espíritu, mucho. Yo, en el tiempo a que me vengo refiriendo, hacía a mi manera (de que ya hablaré) compatibles mis tristezas metafísicas, mi bancarrota universal, con las creencias católicas, o que por tales tenía mi relativa ignorancia. Yo creía, como tantos otros creen, que porque tenía el símbolo de la fe tenía la fe. No sabía que si mi catolicismo hubiese sido fuerte como el de un creyente de la edad media, verbigracia, mis tristezas no llegarían hasta la raíz del mundo. Pero, en fin, entre contradicciones, de que a ratos tenía conciencia en forma de remordimiento, yo me llamaba católico, y era casi místico, en el sentido de cuasi visionario. El culto de María, no externo, pues éste desde la lejana infancia no había vuelto a tenerle (fuera de las oraciones que mi madre me había enseñado poco después de nacer); el culto de María, interior, poético, vago y misterioso, era uno de mis pocos consuelos de entonces. Mi madre y la Virgen eran, en rigor, las únicas ventanas por donde yo veía entonces un poco de cielo azul. A veces, en horas de exaltación, yo había casi creído en la proximidad de una aparición de María. Pues bien: al terminar la lectura de aquellas quejas del pastor oriental a la luna, entre las lágrimas de compasión infinita que me inspiraba Leopardi, el pastor, la luna, el rebaño, el mundo entero... yo mismo sobre todo... como un engendro del llanto y de la caridad, nació en mi alma esta extraña idea: –La Virgen debió presentarse al pastor de Asia: ella, tan amiga de aparecerse a los pastores, a los adolescentes solitarios del campo, que meditan, en la somnolencia de su inocente vida, debió presentarse, apareciendo detrás de la luna, al mismo pastor de aquellas soledades y bajar hasta ponerle en el corazón una mano, con lo cual bastaría para explicarle el porqué del mundo, el porqué de las vueltas de la plateada rueda, como llamó a la luna nuestro Fray Luis de León, un pastor de almas que llevaba a María dentro del pecho. ¡Pobre Leopardi, pobre solitario de Recanati, alma llena de amor infinito y que no encuentra objeto para tanto amor, pues no hay enfrente de su cariño... no más que una infinita vanidad!

¿A quién mejor que al pobre poeta, joven, casi niño, tan capaz de comprenderla, tan capaz de amarla, tan inocente en su dolor, en su negación dolorosa; a quién mejor que a este ateo bueno, a este huérfano del alma podía aparecerse María?

Y puesta a disparatar mi fantasía calenturienta, ayudada por mi corazón pasmado, llegué, al ocurrírseme aquellas cosas, que no eran blasfemias ni sacrilegios, dada la pureza de mi intención, llegué a desear volver atrás el curso del tiempo y resucitar a Leopardi, y hacer que la Virgen se le apareciera y le consolase.

Sí, sí: bien lo merecía. Además de lo dicho había otros motivos.

Leopardi había amado a las mujeres del mundo, a las que en la cara, y hasta en el aire a veces, se parecen a María; había amado como sólo aman los grandes corazones solitarios, y las mujeres del mundo le habían desdeñado: no le quería Dios, que le dejaba negarle; no le quería la mujer... ¿Qué le quedaba ya, a no ser el regazo de María?

Y lloraba yo como un perdido ideando estas locuras; lloraba en aquella gruta artificial construida por nosotros; lloraba sin que nadie me viera, es claro; sin que nadie, ni mi padre, sospechara, ni con cien leguas, que había allí, tan cerca, quien llorase por estas cosas.

Y por último fui a dar al egoísmo, fin triste de muchos enternecimientos.

Ya que no a Leopardi, porque no existe; ya que no al pastor de Asia, porque no existió nunca; ¿por qué María no me consuela más a mí, no se me presenta a mí?... No he de ocultar que, al decirme para mis adentros esto de presentárseme María, a pesar de la seriedad del momento, a pesar de mi buena fe, un diablillo se reía dentro de mí gritando:

–¡Presentarse, aparecerse! ¿Qué es eso?

–Y otra voz que no debía de ser un diablo, me decía: –Tú tienes a tu madre... –Y después, como si fuesen ecos que decían cada cual cosa distinta, por milagro, por supuesto, otras voces gritaban más lejos, es decir, más adentro: Una: –Tú tendrás mujer... Otra: –Tú tendrás hijas...

Y otra: –Tú tendrás sueños...

Estas varias voces merecen y necesitan explicación. Por eso escribo estas memorias. Por ahora sólo diré, respecto de la voz del diablillo que no quiso que yo creyese en apariciones, que el tal demoniejo estaba llamado a crecer y crecer dentro de mí como me temía, y a devorarme la bondad que más adelante había de ir naciéndome como un jugo de la buena salud que llegué a tener, a Dios gracias.

Quién me hubiera dicho a mí, entonces, que por culpa del tal diablo burlón, yo mismo, el que casi esperaba ver a la Virgen, había de ser autor, años después, de cierto suelto de un periódico satírico, que decía:

«En la parroquia de Tal se juntaron siete curas y mataron a palos a un feligrés. Hay que hacer un escarmiento con el clero. No hay que pagarle un cuarto.»

Y de este otro suelto, publicado al día siguiente:

«Estábamos mal informados. No era completamente cierta la noticia que dábamos ayer respecto al crimen cometido por siete curas en la persona de un feligrés. Fue de otro modo: fue que entre siete feligreses mataron al cura. Pero nos ratificamos en lo dicho: hay que hacer un escarmiento con el clero.»

¡Y dirán que el hombre moderno no es complejo! ¡Dios mío, si hasta lo soy yo, Narciso Arroyo... que soy tan sencillo!



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