Cuesta abajo: 9

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Día 11 de enero de 18... cont.
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Cuesta abajo Leopoldo Alas


Comprendía yo entonces ya que me miraba como a un chiquillo, y ahora comprendo, además, que me miraba como a un chiquillo que le hacía mucha gracia por lo que iba teniendo de hombre.

Algo empezaba a molestarme, y aun a humillarme, que en mí todo le pareciese milagro: lo que había crecido, lo adelantado que estaba en mis estudios, lo que me parecía a mi padre, a quien ella recordaba; porque, como dijo:

–Los recuerdos de mi niñez los tengo yo como plasmados aquí dentro. Aquel plasmados (que mi madre creyó, según después supe, una incorrección: plasmados por pasmados) me dio mucho que pensar desde luego.

Todas aquellas impresiones buenas y medianas se desvanecieron en mí cuando de repente Emilia soltó este chorro de agua rosada sobre mi inocente espíritu:

–Este señor D. Narciso no sabe que en el Pombal se le admira, y se le quiere, y se le espera hace mucho tiempo. Yo me sé de memoria muchos versos tuyos, y mi tía guarda recortes de periódicos en que se habla de tus triunfos.

Mi madre prorrumpió en una carcajada, una de las pocas que le había oído hacía muchos años. Aquella risa era la expresión de una gran alegría, de un placer entero que quería ocultarse en aquella forma.

Mi madre no me hablaba nunca, jamás aludía a lo que llamó Emilia mis triunfos, pero me tenía por un grande hombre futuro. «¡Lástima que el mundo, de todas suertes, fuera tan triste, un engaño, pese a toda clase de grandezas!» Sí: yo era para mi madre casi tan notable como mi padre.

«¡Y con ser quien era el otro, se había muerto!» Estas ideas de mi madre se las leía yo mil veces entre ceja y ceja, durante sus melancólicas cavilaciones cuando se quedaba mirando al suelo, con los ojos muy abiertos.

En cuanto a mí, he de confesar que las palabras de Emilia me supieron a gloria. ¡Quería decirse que en aquel Pombal misterioso, que yo contemplaba casi con miedo, tardes y tardes, desde la colina de enfrente, pensaban en mí, y me esperaban, y me querían... y me admiraban... por mis triunfos!

¡Pobres triunfos! No he hablado al lector (¡pobre lector!) de tales grandezas por lo poco que estas fruslerías importaban a la parte seria y digna de mi historia. Como una especie de escoria del trabajo interior de mi espíritu, salían a la superficie, sonsacados por las vanidades escolares, ciertos productos de una precocidad que el mundo no miraba como síntoma de lo que yo podía ser por dentro algún día, sino como habilidad y gracia y maravilla a cuyo valor real, inmediato, presente, se atendía tan sólo. Sí: en este concepto yo había sido apreciado desde mis primeros años como un niño precoz; y bien sabe Dios que, a no ser por ráfagas pasajeras de vanidad, excitada por los extraños, yo no me admiraba a mí propio; y todas aquellas precocidades me repugnaban casi, me daban vergüenza, prefiriendo yo el valor que atribuía a mis adentros a todas aquellas expansiones que a lo sumo eran disculpables.

Débil mi voluntad, por entonces, para esa pasividad en que ha de consistir la defensa del hombre que no ha nacido para los afanes ordinarios del mundo y que no quiere perder la originalidad y fuerza de su idea en una acción insuficiente, floja, inadecuada, me dejaba llevar por la rutina de maestros, condiscípulos, amigos y parientes, para los cuales un chico listo ha de dar a conocer que lo es mediante obras exteriores que sean imitación de las que las personas mayores llevan a cabo.

Dócil a sugestiones de este género, que no me llegaban al alma, yo figuraba en academias de estudiantes y allí me lucía: escribía a veces versos para el público, y se insertaban en revistas y periódicos locales o se leían en veladas poéticas. Si al principio, de los diez a los catorce o quince años, durante lo que yo llamo la edad épica de mi vida, tomé con algún calor estas nimiedades, de los quince en adelante, cuando empieza la edad lírica, procuré huir, en cuanto pude, de exhibiciones de ese género, y cuando no había modo de eludirlas sus resultados me dejaban bastante frío, como si aquellas habilidades fuesen de otro yo muy inferior a mí mismo; como si fuesen res inter alios acta.

De todas suertes, las palabras lisonjeras de Emilia Pombal resonaron en mi alma como una música espiritual, suave y dulce. Una emoción completamente nueva, poderosa, que tenía algo de los caracteres cuasi místicos de mis entusiasmos intelectuales y mucho de voluptuosidad sensual alambicada, me tenía embargado y absorto, como sujeto a aquellos ojos sombríos que se clavaban en los míos y gozaban de las miradas como un paladar que saborea un manjar exquisito.

A todo esto la señorita mayor de Pombal nos tenía parados en mitad de la quintana, sin acordarse de invitarnos a entrar en la casa blanca y verde, que ahora me atraía como ofreciéndome ignoradas delicias.

Mi madre y la robusta habladora de los ojos verdes se olvidaban hasta de andar, con aquella charla nerviosa, precipitada; y no sé cuánto tiempo hubiéramos estado de antesala... en la calle, si la conversación no hubiera llevado a las buenas amigas a hablar de Elena y de la tía... que no estaban en la quinta.

–No, señores: no están en casa: están en el prado Somonte viendo segar yerba y cargar los carros. ¿Quieren Vds. subir y tomar algo y que después vayamos a buscarlas? Es ahí, muy cerca.

Se decidió ir en busca de las otras damas antes de todo.

Mi madre se me cogió de un brazo, porque había que subir otro poco por la colina; y... ¡diablo de hembra!, Emilia, pidiéndome permiso con una seña clara, graciosísima, se me cogió del otro brazo.

Era tan alta como yo. Su brazo se apretó un poco contra el mío, sin escrúpulo, para apoyarse de veras. Era duro, redondo y echaba fuego, fuego dulcísimo. La cabellera abundante parecía más negra de cerca. Por el camino me acribilló a preguntas: hasta me preguntó si tenía novia. Yo estaba como una cereza. Mi madre reía.

–¡Qué novia, si es un hurón! –decía mirándome gozosa, segura de que todavía mi corazón no era más que suyo–. A eso vengo: a que me lo enamoréis vosotras.

–Eso allá Elena: yo ya soy vieja para éste.

Aquel vieja lo pronunció con tal acento y acompañado de tal mirada que fue como una provocación cargada de pimienta. ¡Vieja, y costaba trabajo contenerse y no hincar el diente en aquella carne blanca que debía de saber a manzana fresca, entre verde y madura!

Llegamos a la zarza que limitaba por aquella parte el prado Somonte, el cual doblaba, como un manto de terciopelo verde sirviendo de gualdapa a un elefante monstruoso, el lomo de la colina y se extendía por la otra vertiente en cuesta suave, en que brillaba, con sus puntas de esmeraldas, la yerba rapada, a los rayos del sol poniente.

Al otro extremo del prado, allá abajo, un grupo de mozos y mozas, robustos aldeanos de vistosos trajes chillones, amontonaban la yerba en altos conos, bálagos provisionales. Las yuntas pastaban a dúo cerca del carro, apoyado en su pértigo, uncidas para llevar el heno a la tenada entre chirridos y cánticos agudos de las ruedas y el eje, a trompicones por callejas arriba y abajo.

Junto a uno de los montones de la yerba apilada, apoyando la espalda en las peinadas hebras verdes y perfumadas, una dama, sentada en el santo suelo, leía, absorta en su lectura. Su cabeza era un rizo de plata, de una belleza venerable y melancólica, algo semejante a la de un árbol cubierto de las hojas secas que pronto ha de arrancarle el primer soplo del invierno.

Emilia nos presentó a su señora tía, que no sin disgusto dejó en el suelo Los Mohicanos, de Dumas; pero justo es decir que en cuanto reconoció a mi madre mostró sincera alegría, y, en cuanto a mí, se dignó contemplarme como a un verdadero portento a quien tenía vivos deseos de conocer y tratar. Tal dijo en un lenguaje exquisito, con una voz solemne y afectuosa a pesar de cierta circunspección aristocrática que ya debía de ser en aquella dama segunda naturaleza.

–¿Y Elena? –preguntó Emilia.

Una carcajada fresca, cristalina, que llenó de poesía el prado, el horizonte, el cielo, sonó detrás del bálago de yerba.



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