Cuestión de ambiente: 08

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Cuestión de ambiente de Antonio de Hoyos y Vinent


Capítulo VII - La sentencia de Pilatos[editar]

Al violentísimo ataque en que sus energías, largo tiempo contenidas por aquella malsana atmósfera, dieron el estallido, sucedió un amodorramiento acompañado de intensa fiebre, que permitió le dejasen solo, bajo la salvaguardia de un criado, en espera de la llegada del médico a quien con loable precipitación habían llamado.

Cuando ya tranquilos respecto al señor penetraron en el cuarto de Eulalia, se hallaba ésta inclinada ante la palangana llena de agua fría, donde trataba de detener la hemorragia. Estaba intensamente pálida, los labios blancos, y de su nariz ligeramente hinchada caían algunas gotas de sangre; y sin embargo, aquella violencia no parecía haber influido de un modo perjudicial en su estado.

Ni en el suelo ni en ninguna parte se veía rastro de la malhadada carta, motivo primero del drama. Una vez contenida la sangre, mandó un recado por conducto de su doncella de confianza a casa de su madre para que acudiera sin tardanza, despidió a la servidumbre ordenando la trajeran tila, y se sentó en el sofá para meditar y tomar una decisión, que bien la había menester. Ya no la cabía duda de que su marido lo había ignorado todo, hasta aquel maldito día en que de sus mismos labios lo supo. Verdad era que la primera noticia la tuvo por aquel infame anónimo, pero parecía (y ella comenzaba a creerlo así) que sin su respuesta afirmativa él no hubiese dado crédito a nada por muy evidente que fuese, De todo ello se desprendía una consecuencia, que la causó honda amargura: aquel hombre la quería, y ella ¡necia!, pensando ruinmente no creyó en su amor, y lo había destruido.

Luego en el mundo había seres buenos, nobles y honrados, capaces de sentimientos hermosos en que para nada se mezclaban el vil interés ni las pasiones bastardas.

Y su marido era uno de ellos. ¡Necia! ¡Mil veces necia! Ella, que tan necesitada estaba de consuelo.

Tentada estuvo de ir a la alcoba donde yacía Ignacio, arrojarse a sus pies e implorar perdón. Pero ya fuera inútil. Era un hombre de honor, y si bien su bondad hubiera podido hacerle perdonar la falta humildemente confesada, no llegaría su magnanimidad hasta olvidar el grosero insulto. Además, ¿no achacaría su tardío arrepentimiento al miedo? Permaneció perpleja buscando la solución de aquel necio conflicto que una ligereza suya la había creado. Una idea infame parecida a una solución, iluminó sus sombríos pensamientos.

¡Estaba loco! ¿Qué duda cabía? ¿Y si no era cierto, por qué no afirmarlo? Todos lo creerían. ¿No tenían el convencimiento de que estaba harto de conocer su deshonra? En gracia de Dios era poco sabido. ¿Cómo iban a explicar si no aquel violento estallido después de algunos meses de vivir reposado y en apariencia feliz, estando todo el mundo enterado de que aquellas relaciones acabaron para siempre antes de casarse? Sólo un rapto de locura podía dar la clave de aquel enigma a los que no era dado como a ella descender al fondo de su corazón.

Además nadie le quería, nadie le estimaba, y nadie tendría empeño en salvarle. Le encerrarían, y todo seguiría igual. En justa lógica, era un demente el ser que en aquel mundo buscaba el bien absoluto en vez de contentarse con el relativo. Así ella se vería libre de temor. No era mala, y sentía sacrificar a un hombre honrado; pero la iba en ello el pellejo, y ante tal argumento no digo yo a Ignacio, a toda su familia encerraría.

Entró su madre. ¡Oh! La noble dama sabía siempre ponerse a la altura de las circunstancias. Llegaba en toilette de tragedia. El negro traje de luenga cola hacía resaltar más su palidez, demasiado intensa para ser natural; traía el pelo, color ébano, en un artístico desorden que denotaba muy a las claras la huella del peine y las horquillas. En vez del sombrero que siempre usaba, lucía manto, que, sin duda mal sujeto con las prisas, flotaba suelto sobre sus espaldas. Sólo faltaba a tan artístico conjunto una tumba a sus pies, un sauce que la cobijara y un viento huracanoso que hiciera flotar el enlutado velo, para completar la semejanza con ciertos cromos que tienen por asunto el final de un melodrama.

Al ver a su hija, abrió los brazos sollozando. -¡Pobre hija mía! ¡Qué desdichada eres! -Eulalia no parecía muy dispuesta a seguir a su madre por los derroteros del sentimentalismo, sino que, por el contrario, quiso calmarla. -Mamá, por Dios, ¡cómo vienes!

-¿Cómo quieres que esté? -sollozó mirando a su hija con asombro-. Mira, cálmate, y mientras te arreglas en mi cuarto, te lo contaré todo.

Una vez allí, y mientras su madre se peinaba, habló de nuevo. «Mi marido está loco, loco furioso»; y acto seguido contó todo lo que había sucedido aquella mañana. Todo, todo, menos lo que la convino callar. Así narró sin hacer caso de los gestos de espanto de su madre, ni de sus palabras de angustia y horror, cómo entró Ignacio en el cuarto con los ojos brillantes, las mejillas rojas, cubiertos de espuma los labios y erizados los cabellos. Cómo sin más ni más empezó a afirmar que le engañaba con uno que se llamaba Pepe. Ni sabía ella qué Pepe sería.

La madre volvió a contemplarla admirada. Decididamente, tenía mucho que aprender de aquella hija. Terminó su historia explicando cómo quiso él matarla, cómo le sujetaron los criados, y, por último, cómo fue víctima de aquel ataque.

Anunciaron al médico. Era un hombre de unos sesenta y cinco años, bajo, delgado, pelo blanco y barba del mismo color, que le daba un aspecto venerable haciéndole simpático. Lo único de notable que ofrecía su fisonomía, eran los ojos, pequeños y grises, que brillaban con inusitado fulgor al través de los cristales de sus quevedos de oro. No sobresalía por su maravillosa ciencia ni por su vasta instrucción, y sin embargo, era el médico de todas las casas aristocráticas de Madrid. Para ello reunía, además de su carácter optimista y alegre, otras varias circunstancias que le favorecían; verbigracia: cuando veía a un enfermo y a su familia empeñados en que era cualquier dolencia especial la que les aquejaba, se guardaba muy bien de llevarles la contraria. No se ofendía si al ver el poco éxito de sus servicios llamaban a otro, ni ponía inconveniente en disminuir sus cuentas cuando por írsele en ellas la mano, cosa que con demasiada frecuencia acaecía, exigían sus clientes una rebaja. Callaba las vergüenzas, y poseía otras mil ventajas análogas. Tal era el galeno llamado a juzgar en la enfermedad más moral que física de nuestro protagonista.

Sin dejar de hablar a su madre, no fuese que con alguna necedad lo echase todo a perder, contó el caso al doctor, callando aun más detalles que a la autora de sus días omitiera, e insistiendo mucho sobre lo de la locura, para que al entrar a ver al enfermo estuviera bien poseído de que en ello estribaba la dolencia.

Al acercarse a la puerta oyeron voces y ruido de lucha. «Es que le ha vuelto a dar el ataque, vamos allá», dijo, y abrió la puerta, entrando la primera. El espectáculo que a su vista se ofreció produjo distinta impresión en los tres nuevos espectadores.

Eulalia respiró al verle otra vez presa de aquellas atroces convulsiones. Así se confirmaría la locura. La ilustre Condesa de Torres Altas, que ya sabemos que aunque llena de valiosos méritos no poseía el privilegiado temple de alma de su hija, sintió una impresión que no dudaríamos en calificar de miedo si no la considerásemos muy por encima de tan vulgar sentimiento. En cuanto al médico, lo vio con la completa indiferencia de las personas de su profesión.

Hay que confesarlo, sin embargo; el espectáculo era dolorosamente angustioso, capaz de oprimir el corazón de aquel que lo tuviera.

Sobre el lecho, encima de las ropas rasgadas y en desorden, estaba echado Ignacio, a quien sujetaban dos criados. Aquel ser, todo bondad, todo cariño, todo ternura, para cuyo perfecto equilibrio dio la Naturaleza todas sus savias y la bondad todos sus consejos; aquel ser sano, robusto y vigoroso, cuyos primeros pasos en la vida guiara un maestro de todas las virtudes y una maestra de todas las ternuras, yacía allí presa de espantosas convulsiones.

Causaba hondo dolor contemplar aquel rostro, si no hermoso, correcto y apacible, fiel espejo siempre de la dulce placidez del alma, espantosamente contraído, amoratado el color, plegada la boca en una sonrisa de doloroso sarcasmo, escupiendo entre los borbotones de espuma atroces injurias con las que constantemente se oía mezclado como un estribillo de locura: «¡Me han engañado! ¡Me han engañado!» Y después, modificando el acento y poniendo en las palabras la infinita tristeza de su alma: «¡No es mío! ¡No es mío!», murmuraba; y pasados breves instantes en que parecía iba a sumirse en una calma soporífera, volvían los estremecimientos a agitar su cuerpo.

Al salir, Eulalia interrogó al doctor:

-¿Está loco, verdad?

Meneó el anciano la cabeza en son de duda. ¿Volvería aquella noche...? No estaba seguro... Más bien parecía una perturbación nerviosa..., alguna emoción fuerte...

De buena gana le hubiera pegado. Se apresuró a rectificarle. No. Imposible. ¡Si saltaba a la vista! Además, no había sufrido emoción alguna que lo justificase. Le acompañó hasta la escalera, repitiendo muchas veces lo de la locura, para que se fijase bien en su imaginación y pesara en su fallo.

Partió el hombre de ciencia, prometiendo volver aquella tarde.

Entretanto, la noticia corrió de boca en boca, y a la una todo Madrid lo sabía y lo creía sin titubear. ¿Cómo hallar si no la explicación de los hechos? Cuando averiguaron que la locura se mostró en una escena de celos, rieron, rieron. ¡Cosa más chistosa! ¡Las cosas que pasan en el mundo! Sabiendo que él estaba al tanto de todo...

Sólo dos personas conocían la verdad (pues no hace falta decir que Eulalia, en cuanto vio el anónimo, supo de dónde venía el golpe), y ellas, por su mismo interés, no la dirían. Todo Madrid acudió a la casa, y todos, a excepción de la Alcuna, que a eso de las cinco se dejó caer por allí, tropezaron contra el muro de la inviolable consigna. «¡Que nadie, nadie entre! Sólo el doctor y la Duquesa», había dicho el portero, y había añadido para sí: «Hasta que le encierren no estoy tranquila.»

A las seis volvió el médico y pasó a ver al enfermo. Era éste presa en aquel instante de un acceso de dolor. Pasados los primeros ataques, lloraba sin consuelo, quejándose en hondos suspiros e incoherentes palabras. Al verle formuló en su fuero interno el diagnóstico. No estaba loco. Como le preguntasen ansiosamente su opinión, afirmó que sí, que lo estaba y debían encerrarle lo antes posible. Adivinaba allí un drama terrible. ¿Para qué oponerse a su natural desenlace? Aquella oposición hubiera podido traer peores consecuencias. ¿A él qué le importaba? Se lavaba las manos. Lo mejor que podía hacer era dejar a los sucesos seguir su curso natural. Ya sólo le faltaba las advertencias para que le hicieran sufrir lo menos posible. En Leganés, mucha libertad. Mucho jardín. Comodidades. Pocas visitas. En cuanto a eso, podía estar tranquilo. No le harían ninguna. Nada...; quedaban en que volverían por él a la mañana siguiente. Se fue tranquilo. Su conciencia con poco se contentaba.

Ellas respiraron, y así quedó fallada la condena de aquel ser casi perfecto. ¡La condena del inocente por el culpable! Una infame injusticia del mundo. Una de tantas.