Cuestión de ambiente (Versión para imprimir)

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Autor: Antonio de Hoyos y Vinent[editar]



Prólogo de Emilia Pardo Bazán[editar]

Siempre me ha dado asunto para pensar y escribir el hecho de que, cuando los autores, en obras de amena literatura -novelas, cuentos, comedias, dramas, viajes-, sacan a relucir las costumbres de la aristocracia española, suprimen los restantes colores heráldicos y de oro y azul la ponen solamente... El Padre Coloma, en Pequeñeces y La Gorriona; Pereda, en La Montálvez; Palacio Valdés, en La Espuma; Alfonso Danvila, en Lully Arjona y La conquista de la elegancia; Benavente, en Lo cursi; Chatfield Taylor, en El país de las castañuelas, fustigan (es la palabra de rigor), ora irónica, ora indignadamente, a la crema social, y repiten y glosan la diatriba de Jovino:


¿Y éste es un noble, Arnesto? ¿Aquí se cifran
los timbres y blasones? ¿De qué sirve
la clase ilustre, un alta descendencia,
sin la virtud? Los nombres venerados
de Laras, Tellos, Haros y Girones,
¿Qué se hicieron...?


Con todo lo demás que en aquella juvenalesca sátira se contiene, incluso el final, especie de invocación, desde una Roma putrefacta, a los bárbaros regeneradores:


... Venga denodada, venga
la humilde plebe en irrupción, y usurpe
casta, nobleza, títulos y honores.
Sea todo infame behetría; no haya
clases ni estados...


A pesar de tan incesantes anatemas, por mi parte no he logrado nunca a persuadirme de que la aristocracia se encuentre más perdida de lo que me lo parecen, en conjunto, los otros estados y clases. No advierto en esa aristocracia de sangre -tan abierta, en roce tan íntimo con la multitud por los matrimonios, por la vida política y social- síntomas infecciosos que no se presenten en la mesocracia y el pueblo. Varias veces sostuve esta opinión benigna, asombrándome del puritanismo de los escritores, cuando exigen -según frase de Gracián en El discreto- que los magnates vivan con tal esplendor de virtudes, que si las estrellas del cielo, dejando sus celestes esferas, bajasen a morar entre nosotros, no vivieran de otra suerte. Me cansé (o cansé al lector, quién sabe) repitiendo que en todas las clases la mujer es mujer, hombre el hombre, y el enemigo enemigo de perder el tiempo, y que, otrosí, el mismo vicio, revestido de externa pulcritud, sobresaltará más, pero repugna menos que si se envuelve en pestífera zalea. Observé cómo en toda causa célebre (primero y segundo crimen de la calle de Fuencarral, proceso de el Chato de El Escorial, etc.) se descubren nidos de sapos y culebras, hierven las revelaciones romanas y bizantinas, no sólo acerca del criminal o criminales, sino sobre el aire que respiraron, las capas sociales a que pertenecen, y que no son de cierto aquellas donde la gente luce


Grabado en berroqueña, un ancho escudo
de medias lunas y turbantes lleno.


Viendo estoy, sin embargo, que al opinar así voto con una exigua minoría, y me lo demuestra la novela de mi joven amigo Antonio de Hoyos y Vinent, estreno literario al cual sirven de prólogo estos renglones. Confieso que la lectura de Cuestión de ambiente me puso en confusiones, haciéndome dudar si padeceré cataratas, y si, en efecto, la aristocracia española será una ciénaga, aquella ciénaga que infestaba la atmósfera dinamarquesa, y cuyas emanaciones el Padre Coloma también respiró en la clara ligereza del aire madrileño.

Porque no vale negarlo: ahora, quien nos refiere horrores del gran mundo es uno de casa, un muchacho de la grandeza, que penetra en los salones más clanistas, entre los cuales figura el suyo propio; es familiarmente Antoñito para los círculos elegantes; su padre era aquel inolvidable Marqués de Hoyos, en quien se reunían la vasta ilustración, la delicada cortesía y las prendas excelentes del carácter, y la Marquesa de Vinent, una de las damas más elegantes, de las que dan el tono en la sociedad de Madrid.

Y nunca agriado bohemio de café, nunca provinciano saturado de leyendas maldicientes que la distancia infla, pintaron cuadro más negro y triste de las costumbres aristocráticas que este aristócrata, en el rato de ocio que le dejan la comida de X... o el cotillón de Z...

Acaso la solución del problema sea cuestión verbal; a menudo se discute sin término, por no ponerse de acuerdo respecto a la significación de un vocablo. Cuando los novelistas pesimistas dicen pestes de la «aristocracia», quizá no se refieren a la «clase noble de una nación» (así la define el Diccionario de la Academia), sino de la «buena sociedad», que, según el mismo inefable Diccionario, es «el conjunto de personas de uno y otro sexo que se distinguen por su cultura y finos modales». Buena sociedad no es lo mismo que clase noble, y sospecho que contra la buena sociedad van los dardos de los moralistas.

Ni la buena sociedad se reduce a aristócratas de la sangre, ni basta serlo para formar parte de ella, ni los que la componen pertenecen siquiera todos a alguna de las consabidas varias aristocracias del poder, del dinero, del talento. Gente de muy vieja cepa no pone los pies en un salón, y es posible que a resucitar los enérgicos barbas y los refinados galanes de Calderón y Lope, caballeros de venera en ferreruelo y de almena en castillo, y asistir a un moderno sarao, se volviesen a morir de asombro, reparando con quiénes se codeaban. Así, pues, lo malo y bueno que de la sociedad se escriba, deberá aplicarse a cuantas clases sociales se mezclan en su terreno de aluvión. Pero aun extendiendo al indeterminado límite de la sociedad lo que se dijo de la nobleza, tengo para mí que no se producen en aquélla tantos fenómenos peculiares de perversión moral. Propendo a pasar el algodón barriendo barnices, y encuentro bajo todos los revestimientos igual madera. En España, el mal social, que no consiste en vicios mayores que los de otras partes, sino en debilidades, anemias y parálisis profundas, es mal que nos coge todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Y no me enfrasco más en tales consideraciones, porque emborronaría un libro en lugar de un prefacio.

Antonio de Hoyos Vinent se cuenta en el número de los partidarios de la cura de altitud y rusticación: como Pereda, como Eduardo Rod, es montañista; el aire puro, la vida campestre, crían virtud en el ánimo, aunque no presten salud al cuerpo -dado que los señores de Loidorrotea, tipo de los nobles honrados, lo pasan mal físicamente: ella muere tísica, él se consume, al extremo de servir de coco a los niños-. Y como ya es hora de que nos concretemos a hablar del autor novel, diré que la descripción de los últimos instantes del señor de Loidorrotea encierra mucha poesía y es lástima que sea tan breve. La novela entera está escrita con rapidez suma, sin digresiones, y deja, en pos de la lectura, una impresión de interés y aun de contrariedad porque termina: la mejor impresión que puede quedarnos de una obra de entretenimiento.

La imaginación del autor es viva y plástica, y añadiré que algo sensual: es una imaginación de diez y siete años, la edad del autor -dato que conviene tener presente para estimar las promesas del libro-. Trátase de quien casi se halla aún en la adolescencia, y no de uno de esos mozos eternos, de siete a nueve lustros corridos, para los cuales la prensa estereotipa el epíteto de «joven escritor», y que se pasan la vida a régimen de biberón literario. Confieso que me agradaría saber de una vez qué se entiende por «joven escritor» y por qué se huye de ser «escritor maduro». Madurar es una buena cualidad en las uvas; ¿no ha de serlo en los cerebros? Con la peregrina manía de perpetuarles la juventud a los que un día fueron jóvenes, igual que el resto de los mortales, sucede que tal mañana se despiertan, no maduros, no viriles, sino caducos, leleando. La más hermosa edad, la plenitud de la existencia, se va suprimiendo para los escritores, cual si fuesen las mujeres guapas y presumidas.

El libro que aquí veréis está escrito con la primer savia de la vida; es un rostro fresco, en el cual no se han borrado aún ciertos rasgos infantiles. Prevenida en favor de Antonio de Hoyos por mi antigua amistad con su padre, no sirvo en este caso para hacer de censor, sino para aplaudir una tentativa que considero muy afortunada. Aunque tan pesimista al describir los medios, Hoyos tiene el entusiasmo y la viveza y el radicalismo de su edad, el sentimiento intacto aún, la fantasía nueva. Aparte de las severidades satíricas, Hoyos es fiel en la pintura, y despunta en él un observador que dentro de algún tiempo adquirirá doble sagacidad, y al par reposo y malicia... ¡y hasta indulgencia! Con la experiencia y las lecturas a que se entrega asiduamente, y con las condiciones que este libro revela, mal profeta seré si Hoyos no se conquista uno de los primeros puestos entre los novelistas españoles, aun ahora que, al parecer, todas las novelas están escritas y agotados los filones todos.


Emilia Pardo Bazán






Capítulo I - Atmósfera[editar]

Cogió con mano febril La Época, que en blasonada bandeja de plata la ofrecía un criado vestido con la librea roja y verde de la Casa; buscó una postura cómoda para su respetable humanidad en la pequeña bergère que junto a la encendida chimenea ocupaba; desplegó el periódico húmedo aún, aspirando con fruición el acre olor a tinta de imprenta, y se dispuso a leer lo que con tanta impaciencia deseaba hallar. No debía ser su flaco la machacona prosa del artículo de fondo, puesto que, haciendo una imperceptible mueca de desprecio, pasó por alto la columna y media que ocupaba y leyó el título del artículo que allí venía.

«Tardes de la Aldea», cuento, rezaba el rótulo. Miró la firma: «Juan Liste». ¡Majadero! ¿Qué sabría aquel chiquillo, que sólo salía de Madrid para pasar el verano en Biarritz y luego detenerse algunos días en París, lo que sucede en las aldeas? De seguro sería alguna papa como aquella de «Juanón y Mariona», publicada por él, días antes, en el mismo periódico. Pero, señor, ¿qué entenderán estos chicos de lo que pasa en el alma, de los amores, de las pasiones y de tantas otras cosas de que hablan con adorable frescura? Cierto que ella tampoco comprendía gran cosa, pero por lo menos no se metía en tales honduras. Venían después los ecos de sociedad: Baile en la Embajada de Inglaterra. Primero, descripción de la casa. Se la sabía de memoria. Después, minuciosa explicación de las galas que cada dama ostentaba. Todas bellas, elegantes, distinguidas. Sí, sí, «a otro perro con ese hueso». ¡Si sabría ella a qué atenerse sobre el particular! Excepción hecha de cinco o seis, realmente elegantes, las demás, con arreglitos caseros del año pasado iban tirando... Todo lo fue pasando por alto, hasta llegar a las gacetillas colocadas al final de la crónica. La primera, una boda: ¡valiente noticia! Todo el mundo estaba harto de saber aquel matrimonio. En la segunda se detuvieron sus ojos. ¡Gracias a Dios que encontraba una noticia interesante! Veámosla. «Se hablaba esta tarde en los círculos aristocráticos de una cuestión personal, surgida anoche a la salida de la Embajada inglesa, entre dos jóvenes muy conocidos en la buena sociedad madrileña.» Se alegró. No porque les deseara mal alguno, ¡Dios la librara! Ni sabía quiénes eran. Sólo porque, como se aburría, necesitaba de una comidilla sabrosa para entretener sus ocios.

No era mala, ni tampoco buena. Era, sencillamente, frívola. Fue de esa generación de mujeres que no supo hablar más que de trapos, preparando otra que sólo supiese ocuparse de la galantería. Nada interesante, nada sólido. Cuando joven, fiestas y vestidos; cuando vieja, visitas y tresillo. ¡Oh, pero en su tresillo había algo más grato que el juego! Desde que envejeció, su delicia fue la murmuración. Ella no tenía gran malicia; por eso mismo hallaba un placer más picante y sentía más admiración por la de sus contertulios. Ellos sí que tenían gracia. Aquel veterano general, cubierto de laureles, era la peor lengua de España.

No quería nada que la molestase. «No quiero músicas», decía cuando alguien venía a causarla algún trastorno o a llorarla alguna pena. Ella ¿qué culpa tenía? Sus padres, los Condes de los Alpes, habíanla educado así; su marido, el difunto Barón de Las Heras, no había intentado variarla.

Buscó por todo el periódico para encontrar algo más relativo al desafío. En la segunda plana lo halló: «Cuestión personal». Se había resuelto con un acta. Fue entre Pepito Arnal y el Conde de Casa Baia. «Por lo de su hermana, seguramente», murmuró.

Se abrió la puerta, dejando paso a la criatura humana más hermosa que vieron jamás ojos mortales. Para crear una imagen cercana a la suya en belleza, haría falta la paleta de Ticiano, el cincel de Fidias o la pluma de Milton; y, sin embargo, aunque ninguno de los tres poseo, voy a intentarlo. Su rostro pequeño y blanco, perfilado en un dibujo perfecto, se iluminaba con la claridad que en suaves ondas emanaban dos pupilas aterciopeladas, de un azul tan obscuro que casi tocaba en negro: aquellos ojos, de brillo diamantino, producían sobre la persona en que con insistencia se fijaban, una impresión dolorosa que no bastaba a mitigar la suave sombra que sobre ellos proyectaban unas largas pestañas de oro. También rubia, aunque con reflejos de cobre, era la enorme mata de rizados cabellos que coronaban su gallarda figura, aprisionados en un aro de zafiros y brillantes. Su cuello, largo y flexible, acababa en un busto de una suavidad de contornos ideal, revestido de una piel blanquísima, surcada de tenues venas azules, tan transparentes que casi se veía circular la sangre bajo ellas... Los hombros mórbidos, completamente desnudos, sólo se separaban de los torneados brazos por ligeras cadenas de piedras azules. Desde el busto descendía, marcando la irreprochable línea de las caderas y extendiéndose, al llegar a las rodillas, en anchos pliegues señoriles, que daban a aquella figura una distinción de diosa, el traje de terciopelo azul heráldico. Realmente, era un conjunto encantador de hermosura y elegancia.

Avanzó tan bella mujer, lentamente, con pasos cortos e iguales, ligeramente fruncido el pequeño entrecejo y agitando el aire con un enorme abanico de plumas grises. Se detuvo ante la butaca donde la otra dama proseguía su lectura, esperó un instante, y al ver que no levantaba los ojos del papel, dijo en voz alta: «¡Cuánto tardan esos!» Esos, eran su marido, el ilustre Duque de Alcuna, y un chico de provincia, algo pariente, y que por segunda o tercera vez llevaban a un baile; y pareciéndola que aquella frase no sacaba a la anciana de su abstracción, cogió una novela de Prevost, que sobre la chimenea dormía, y abriéndola por una señal, se enfrascó en la lectura, reinando de nuevo el silencio.

Esta vez quien lo interrumpió fue la anciana.

-Por tu parte se podía hundir el mundo sin que me dijeras una palabra. ¿Qué fue lo del desafío? Estoy impaciente deseando que llegue el general para saber lo que hay; no cuentas nada.

Cerró la joven la novela, abrió la boca de rosa y marfil para hablar. Pareció arrepentirse.

-Ya te lo contará Suárez (el general).- Y empezó a hojear el libro. Después de cinco minutos que transcurrieron silenciosos, murmuró con profundo hastío: «¡Qué aburrido es comer en familia!» Lo dijo ingenuamente, sin intención de ofender a su madre.

Ella también era frívola, pero con frivolidad bien distinta. Era la suya una frivolidad apasionada. No se contentaba, al igual de la autora de sus días, con hablar de trajes, criticar a las amigas, rezar como un papagayo y pertenecer a ocho o diez juntas benéficas. No. La educación había sido la misma. El carácter, muy distinto. «Mientras sea muy católica, todo irá bien», decía su madre. Y fue muy católica. ¿No había de serlo? Todos los domingos iba a misa y todos los años hacía ejercicios por Semana Santa.

-Aparte de eso, que haga lo que quiera.- ¡Y vaya si lo hizo! De cosas serias aprendió poco; pero ¿clases de adorno? Era en ellas maestra. Equitación, música, pintura. La pintura era su especialidad. Luego leyó, leyó mucho, sin orden ni concierto, desde Fray Luis de León a Bocaccio, desde Virgilio (traducido) a Paul de Kock. Pero su pasión eran los autores psicólogos: Bourget, Prevost. Se creía un espíritu complicado. ¡Ella sí que comprendía a D'Annunzio!

¡Mentira! Ella no le comprendía, ni ganas. Era una postura (pose, como dicen los franceses).

Hubo una época en que la dio por hablar con los que pasaban por usar mayores libertades de palabra. Luego, por charlar con literatos artistas.

Sí, sí. Era una apasionada, pero de lujo, de elegancia, de ostentación y de amor. De amor a su manera.

¡Qué aburrido era comer en familia! En aquella casa se practicaba el culto al hogar, pero sólo ante los extraños; cuando estaban solos, era otra cosa.

Entró uno de «esos». Era el pariente. Ignacio de Loidorrotea. De regular estatura, porte distinguido, buen color, pelo castaño obscuro, partido a un lado por la raya, y frente ancha y despejada que le daba un aspecto de franca nobleza; eran, sin embargo, lo más interesante de su fisonomía, sin duda alguna, los ojos, donde vagaba una mirada llena de dulzura y lealtad que no excluía la inteligencia que en ellos brillaba. En convivencia con los ojos, se plegaban los labios en una sonrisa de bondad. En verdad que era simpático aquel muchacho. Vestía bien, sin exageración.

Se inclinó ante la baronesa viuda, que le tendió su mano, siempre enguantada; saludó a la joven y fue a colocarse de pie ante la chimenea. Agotó en breve dos o tres temas de conversación. La anciana no parecía hacerle gran caso, sumida ahora en la lectura de un crimen espeluznante, cuyos espantables detalles parecían producirla profundo interés. La rubia, colocada a alguna distancia, le envolvía, mientras hablaba, en una mirada tibia y acariciadora. Algunas veces se tornaba en ardiente, y entonces ella descendía con rapidez sus largas pestañas para velar el fuego de sus pupilas. Pasado un rato dio algunos pasos hacia él, arrastrando con majestad su larga cola sobre la mullida alfombra.

-¡Qué poca gracia tienes para arreglarte la corbata!- Tiró el abanico sobre una butaca y se preparó a perfeccionar con sus bellas manos el nudo. Hizo un movimiento de coquetería. Perdió la estatua su rigidez marmórea. Se ladeó la cabeza curvando el cuello, olvidó la cara en una picaresca sonrisa su irreprochable dibujo, se achicaron los ojos, echáronse hacia adelante los hombros dejando su clasicismo para tomar un no sé qué de lúbrico, adquirieron movilidad las caderas, y la imagen cambió por completo, exhalando toda ella un perfume de voluptuosidad embriagador. Dejó la diosa de serlo y se convirtió en mujer. Tal vez estaba más apetitosa así, pero indudablemente estaba menos bella.

Después de la corbata le pasó la mano por el bigote, luego por el pelo. ¡Para eso eran primos! Él la miró casi con inocencia. ¿Qué tenía de particular? Aquellos parientes eran muy buenos, muy buenos; le habían recibido como a un hermano; como si lo fueran les quería, y como a tal le trataban.

Volvió a abrirse la puerta. El marido. Bien vulgar por cierto.

Corrió a su encuentro. Le abrazó. ¡El amor conyugal era su flaco!

-Hijito..., ¡cuánto has tardado! ¿Dónde has estado?- formuló melosamente. Tomó el prócer un acento solemne y extendió el brazo como si fuese a pronunciar un sermón:

-Ahora que ya pasó, se puede hablar de ello. He sido padrino del Conde de Casa Baia.

«El motivo de la cuestión es un secreto que no puedo violar. (La suegra no preguntó nada. Bien sabía ella que se lo contaría al día siguiente.) Afortunadamente, la cuestión, juzgada a través del más severo prisma de honor, no daba motivo para ir al terreno, y se resolvió con un acta y un almuerzo.»

Ellos, los padrinos, habían estudiado minuciosamente el motivo, y así, resuelto. Si hubiese habido la menor ofensa, no hubieran cesado hasta lavarla en sangre. «Como las mujeres sois así -continuó-, nada os quise decir, para no causaros inquietud».

Calló el magnate. La tierna esposa estaba emocionada con aquel rasgo de cariñosa prudencia.

¡Oh! Indudablemente las cuestiones de honor eran el fuerte del ínclito caballero. Volvió a tomar la palabra para encararse con Ignacio. A propósito; ya sabía que la noche antes no habla quitado los ojos del palco de la hermana del Marqués, y ella parece que también correspondía. Se alegraba. Una gran familia, muy noble; el padre, un gran señor; la madre, una santa. Pues ¿y el hermano? Un perfecto caballero.

¡Qué bondad condescendiente ponía aquel señor en sus palabras!

Verdaderamente, era un ser paternal.

Los tres le agobiaron. Una boda magnífica. La niña, un ángel; gran posición; todos se alegraban mucho. Ellos, que tanto le querían, no cejarían, no, hasta arreglarlo. Allí estaba su futura felicidad; de ello no cabía duda. «-Sí, sí -acabó la anciana-. Cosa hecha; te casamos, o poco hemos de poder. Ellos son algo parientes, y nos consideramos como hermanos».

Sonreía, un poco cortado, la cara teñida de rojo, y en los ojos una franca y reposada alegría. ¡Qué buenos eran! ¡Qué suerte la suya! Había encontrado allí unos padres que velaran por él. No lo negó. ¿Para qué? Hubiera sido ingratitud. Era verdad. La noche anterior no quitó en todo el transcurso de la representación los ojos del palco que, en unión de sus padres, ocupaba la hermana de Casa Baia, latiéndole el corazón con agitadas palpitaciones. Ella también le miraba mucho, no cabía duda. ¿Por qué aquel cambio, cuando veinticuatro horas antes no parecía fijarse en él? No podía explicárselo. Pero ¿qué le importaba? ¿Acaso hace falta buscar la explicación de los sentimientos cuando se tiene un corazón sano y joven? Analizar es más propio del médico que del amante. Para creer, para amar, no hace falta el análisis: basta sentir. El que analiza, mata.

Una impresión gratísima le invadía al sentir nacer aquel amor en su alma ansiosa de cariño, y condenada a estar privada de él desde la muerte de sus padres.

¿Podrían llegar a realizarse tan bellas ilusiones? Sentía ganas de arrojarse a sus plantas y cubrirles las manos de besos. ¡Qué buenos! ¡Oh, qué buenos!

Entró la doncella sosteniendo un rico gabán de chinchilla, en el que se envolvió la dama. Después se acercó ésta a su madre y la besó la mano. Lo hacía siempre que había gente. Aquel era su orgullo. «Mi hija -decía en cuanto se ofrecía ocasión propicia- está muy bien educada. La he dado una educación patriarcal. Me muero por los hogares a la antigua usanza, y aunque me esté mal el decirlo, el mío tiene mucho de ellos.»

Sí tenía mucho. Por el pronto los sitiales de la antesala.

Se colgó del brazo de Ignacio para descender la monumental escalera de mármol, seguidos por el marido, y un minuto más tarde se perdían al trote de los soberbios caballos que arrastraban la berlina entre las brumas de la noche.





Capítulo II - Aires de la montaña[editar]

Ahora, lector, retrocede algunos años conmigo.

Sacude de ti todo polvo mundano hasta que no te quede ni la menor partícula de la maldad ni de las pasiones humanas. Reúne cuanto en ti haya de noble, de honrado y de bueno. Haz un llamamiento a los recuerdos de tu infancia para anegar tu alma de dulzura. Pídele ternura a la memoria de tus padres, si tuviste la desgracia de perderlos, o a sus amantes brazos, si Dios te los conserva aún; busca poesía en el recuerdo de tu primer amor, y ahora que en tu alma se desborda el bien, ven tras de mí.

Sube la empinada cuesta que en derredor del monte Igueldo se enrosca, y ya que has dejado a tus pies, allá al final de la blanca carretera, San Sebastián, casi oculto a tu vista por las sombras de la tarde, que ante ti ves extenderse el mar, brillar sobre tu cabeza un cielo sin nubes, respira para impregnar tus pulmones con las saludables emanaciones del Cantábrico y regalar tu olfato con los suaves aromas de las campestres florecillas.

Dejemos a un lado el camino real, tomemos este sendero que ante nosotros se abre, andemos cinco minutos aún, y hemos llegado. Es aquella casa medio oculta por los árboles, cuya parte trasera se apoya en la elevada montaña, coronada orgullosamente por la vetusta torre, viejo faro que, por desafiar al rayo con demasiada gallardía, yace abandonada hoy.

¿Ves? Desde sus balcones sólo se divisa la azul inmensidad del Océano, viniendo a morir en rizadas ondas contra los arrecifes que la sirven de base unas veces, elevando amenazadoras montañas que se deshacen bramando en blancas espumas otras, pero siempre grande, siempre hermoso. Crucemos la verja y entremos en el jardín. Fíjate: la mansión debe haber sido un antiguo caserío. Aún conserva sobre la portalada, grabadas en granito, las señoriles armas, en que campean cruces, torres, leones y águilas.

Pero una mano amante debe haber convertido el antiguo caserón en nido de amores. Mira qué alegre aspecto tiene su fachada, pintada de color de ladrillo; los balcones de par en par, abiertos para dar paso a las mil armonías de la Naturaleza, y qué suave sombra esparce ante la puerta la frondosa parra, por entre cuyos apretados racimos se filtran los áureos rayos del sol.

En esa casa, en ese delicioso retiro que sólo el bien y la honradez pudieron crear, vivían cuatro seres dichosos. Cuatro seres buenos, amantes y nobles.

Un matrimonio con su hijo y una vieja sirviente, que en los veinte años transcurridos desde que el noble señor de Loidorrotea dio su nombre a Laura, hasta el momento de hallarles, jamás se separó de ellos, y que por única familia les tenía, gozando con sus alegrías y llorando con sus penas.

Don Francisco Loidorrotea y Castro de los Urdiales era el último vástago de una de las más nobles e ilustres familias del solar de Guipúzcoa. Con los títulos de nobleza heredó todo el orgullo, toda la fe y toda la lealtad de su patria; y así como su aspecto físico, su recia musculatura y su marcialidad montañesa le daban el aire de un antiguo vasco, así florecían en su alma todas las francas virtudes de su raza. Su severa educación había contribuido a aumentar y fortalecer sus cualidades, revistiéndole a la vez de una enérgica severidad contra el mal y de un inmenso amor hacia el bien.

Huérfano y sin patrimonio para vivir según exigía el rango, que su orgullo no le permitía abandonar, vegetó durante algunos años aislado del mundo en su heredado caserío de ennegrecidas paredes, entregado al estudio, sin descender sino muy rara vez a la ciudad, y teniendo por único recreo la contemplación del mar, que a sus pies majestuoso se extendía.

Frisaba en los treinta y ocho años; ya entre sus negros cabellos brillaban algunas canas, cuando su alma, dolorosamente oprimida por la soledad, buscó una a quien unirse, no como ella herida, sino joven, fresca, rozagante cual flor de la mañana henchida de aromas.

En el único sitio donde sus ojos veían seres humanos, en la iglesia, a que la firmeza de su fe le llevaba, halló a Laura, buena como un ángel, hermosa como un sol. A la luz que emanaba de sus ojos se fundió aquel corazón, que sólo aguardaba que alguien le diera un poco de amor para desbordar todos los sentimientos en él aprisionados, y se realizó aquel cambio sin sacudimientos, sin violencias, naciendo en él una pasión mansa y tranquila propia de aquel bien equilibrado carácter. Feliz, cual jamás pudo soñarlo, vio acercarse el día en que iba a unirse a la única mujer que amó en el mundo. Quiso entonces convertir el ruinoso caserón de sus padres en nido de amores. Así, la negruzca fachada tiñose de vivo color rojo; el tejado, de sucias y rotas tejas llenas de goteras, fue sustituido por uno de pizarra que relucía a los rayos solares; se abrieron anchas ventanas para que el aire y la luz entraran a raudales, por donde sólo había antes pequeños ventanillos que apenas dejaban penetrar la claridad del día, y, por último, el descuidado huerto se convirtió en alegre jardín poblado de flores, mariposas, pájaros y cuantos seres contribuyen a hacer grato el campo, siendo sólo respetados en aquella metamorfosis, en el exterior, las ostentosas armas que sobre el portón campeaban, y en el interior, la lóbrega capilla, sobre cuyas sucias paredes de agrietada piedra pendían los retratos de algunos ascendientes ilustres.

Celebrose la boda y vino a habitar la casa aquella enamorada pareja sobre la que Dios pareció enviar su bendición. Laura era digna compañera del hombre que la eligió por esposa, pues así como en él tomaban cuerpo todas las sobrias virtudes del alma masculina: la fe, la constancia, la energía, el valor y la lealtad, juntos a una educación perfecta y una ciencia sólida, en la de ella florecían las que son ornato de la mujer, uniéndose a todas una bondad ingénita y una ternura infinita.

Un año transcurrió con la rapidez de los días felices, y, al terminar, una nueva dicha vino a coronar aquel hermoso edificio de felicidad. Nació un niño, a quien bautizaron con el nombre del santo patrón de Guipúzcoa.

Sobre aquel hogar feliz se cernió un nubarrón negro, muy negro.

El hijo nació sano y robusto, pero la madre quedó herida de muerte. La tisis se cebó en ella. La enfermedad, con su descarriada imagen, vertió amarilla sombra sobre aquella casa. Desde entonces una taciturna tristeza se apoderó de nuevo del ánimo del señor de Loidorrotea, y una dulce melancolía del de la pobre enferma. Las risas huyeron para siempre, siendo sustituidas por tristes sonrisas o tenues gemidos, entre cuyas temblorosas notas se mezclarían las palabras de una resignada oración.

Dedicaron su existencia, corta o larga, a crear la felicidad de su hijo. Se aislaron del mundo, y sólo en la misa los domingos veían a los demás moradores de la montaña. En el transcurso de diecinueve años, que permitió Dios vivieran, sólo una vez se separó aquel padre de los suyos. Fue a Madrid para vestir el hábito de caballero de la insigne Orden de Calatrava, a que lo ilustre de su prosapia le daba derecho, y volvió ostentando sobre su pecho la roja cruz. Desde entonces, siempre que acudió a la iglesia llevó sobre su traje la insignia de fuego. Aquella severa vestimenta, el aislamiento en que vivía y el torvo silencio que ante los que no acudían a él en demanda de auxilio guardaba, fue rodeándole ante el vulgo de una leyenda, primero sombría, después terrorífica. Como los enérgicos rasgos de su fisonomía con los años tomasen extraordinario relieve y se marcasen exageradamente los huesos en su cuerpo, de día en día más flaco, llegó a ser el espanto de los niños, que huían de él.

-¡Que viene Loidorrotea y os lleva, pues! -decían las madres a sus hijos, y éstos se cogían a sus faldas, temblorosos.

¡Qué injustas eran aquellas injurias que inocentemente y sin pensar le dirigían las buenas mujeres, que no tenían más mal que su ignorancia! ¡Insultarle a él, tan bueno, tan dulce! En aquellas ofensas había algo del necio fanatismo del pueblo que dejó matar a Cristo, a su Dios, que le amaba y sufría por redimirle, y a quien al verle pasar camino del Gólgota, doblado al peso de la salvadora cruz, insultaba groseramente.

Aquellas dos vidas se dedicaron por completo al tierno ser en que cifraron todos sus humanos amores, y así, bajo la dirección de su padre, fue adquiriendo todas las virtudes de éste, pero aún más perfeccionadas, más grandes y más hermosas que las de él.

Tuvo fe sin superstición, valor sin temeridad ni fanfarronería, energía sin terquedad, constancia en todo, y fue leal, muy leal; ¿cómo no serlo con aquellos dos seres que le habían dado su vida entera? Sin embargo, con todas aquellas virtudes había heredado también algo del árido y severo sentimiento del deber que en el autor de sus días dominaba.

Cuando contaba veinte años, murió su padre.

Jamás aquella escena se borraría de su memoria.

Al sentir su fin aproximarse, sin oír las súplicas de su mujer y de su hijo, se hizo levantar del lecho en que yacía, vestir el blanco hábito de los calatravos y conducir apoyado en el hombro del heredero de su nombre, que también de sus virtudes debía serlo, a la ruinosa capilla. Allí se hincó de rodillas ante el altar. Empezó la misa. En un ángulo, la madre y el hijo sollozaban abrazados; permanecía rígido el noble caballero, dejando arrastrar por el desgastado pavimento los largos pliegues de su manto, mientras inclinaba la cabeza de luenga cabellera blanca sobre las huesudas manos cruzadas en el pecho. Avanzaba la misa lentamente; murmuraba el sacerdote las oraciones; oscilaban las velas, haciendo agitarse en la pared la sombra del anciano en fantásticos contornos; caían las lágrimas de cera a lo largo de los cirios, formando caprichosos arabescos, y un tenue gemido se escapaba del pecho de la pobre tísica. Llegó el momento solemne. El Ministro de Dios alzó en su mano la divina forma y la depositó en la boca del moribundo, que, lívido y con el semblante bañado en copioso sudor, permaneció rezando un momento aún. Luego se irguió, se puso en pie, y volviéndose al sitio en que su hijo estaba, con voz empañada por angustioso estertor, habló:

-¡Hijo mío, yo te bendigo! Eres bueno. Selo siempre.

Y volviéndose a su esposa:

-Tú me has querido. Me hiciste feliz; también yo te bendigo.

Trazó una cruz con su diestra en el espacio, y su cuerpo se desplomó en tierra, rebotando su cabeza en los escalones del altar. Corrieron a él. ¡Estaba muerto!

¡Qué triste se deslizó desde entonces el tiempo en aquella casa!

Dios, que en muy pocos días arrebatara la vida a aquel ser, fuerte siempre, dejó vivir aún en una larga agonía a Laura. En ella la enfermedad mermaba la existencia lentamente, sin sacudimientos; y aquella mujer que, de carácter alegre y expansivo, se avino por amor a su marido a vivir aquel retiro, si bien grato en apariencia, tétrico en el fondo, se propuso infiltrar en el alma de su hijo adorado todas las ternuras de la suya. Que así como el carácter de su padre dejó enérgica huella, el de ella sirviese para perfeccionar y cincelar el bien que en grandes bloques había en aquel espíritu virgen de vulgares contactos.

Así fue. Bajo la dirección de la santa mujer, las asperezas se fueron suavizando, las brusquedades desapareciendo, adquirió aquel carácter dulce igualdad, y perdió todo lo que de exaltación en él había.

Y como si, cumplida su misión sobre la tierra, la dulce mártir volar pudiera al cielo, llegó su hora.

Eran las once de la mañana de un magnífico día de junio. Brillaba el sol en medio de la lámina azul de un cielo de cobalto que se reflejaba en la transparente superficie de las dormidas aguas; bandadas de pájaros cortaban la atmósfera límpida y tibia; blancas velas se perdían del horizonte al confín, y a veces la brisa rizaba las ondas y venían las olas a morir en las costas. En la terraza estaba la enferma hundida en almohadas. Sobre la nívea blancura se dibujaba el amarillo contorno de su agónica tez; de su pecho escuálido salía ronca y trabajosa la respiración; sus ojos azules, hundidos, muy hundidos, miraban con inmenso fervor al cielo. A sus pies, sentado en un pequeño taburete, estaba su hijo estrechando entre sus manos la demacrada de su madre, que de vez en cuando cubría de besos.

Habló la pobre tísica con voz apenas perceptible, llena de cadencias de ternura. Iba a morir, y su hijo quedaría solo en medio del mundo, que desconocía... Era preciso que buscase una mujer digna de ser su compañera en las alegrías y tristezas de la vida. Él era bueno, noble, listo, sabio; ¿cómo no serlo, si su padre, compendio de sobrias virtudes, le había dedicado su vida entera, y ella, pobre mujer, todo su corazón? Era preciso, sí, que buscase una muchacha que le amase, pero no para ir a enterrarse con ella en el viejo caserío, sino para vivir en el hermoso mundo, donde sus méritos debían lucir y donde soñaba en su amor materno lauros para él.

No; ella no creía, como su marido, que día llegaría en que resucitaran los nobles con todos los esplendores de la edad feudal, y que, mientras, deben esperar recluidos en sus casas el momento del triunfo...; pero, en cambio, creía en la bondad de aquel mundo donde quería lanzar a su hijo, convencida de que la victoria sería suya.

Y habló cual si hubiera muerto. Trazó rosados proyectos de gloria, de dicha, de amor; y si su cariño de madre le daba fuerzas para hablar, la proximidad de la muerte envolvía sus palabras en una patética majestad rayana en lo sobrenatural. A veces vibraban enérgicas, llenas de pasión; pero otras morían en sus labios.

Abrazó a su hijo fuerte, muy fuertemente, con la ansiedad del último abrazo; cubrió de besos su rostro, y el débil círculo de sus brazos se fue aflojando, aflojando; luego dejó caer la cabeza sobre la blanca almohada, exhaló su boca un tenue suspiro, y cerró los ojos, sus dulces ojos de mártir, para siempre. Ignacio no tuvo fuerzas ni para moverse ni para gritar; permaneció de rodillas junto al cadáver, y un raudal de lágrimas se desprendió de sus pupilas. Mientras, el sol, a la mitad de su triunfal carrera, brillaba en medio del firmamento inundándolo todo con sus rayos; los pájaros cantaban en las ramas; venían las olas a romper en las rocas, cubriéndolas con sus bellas espumas, y se perdía a lo lejos, hinchadas sus velas por la suave brisa, una lancha, de donde salía, cantada tal vez por enamorada pareja, la última estrofa de una poética barcarola:


Boga como boga el alma,
esde la cuna a la tumba.

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Capítulo III - Miasmas de pantano[editar]

-¿Pero a quién ha salido esta chica? ¡Ay! Dios me dé fuerzas para resistir este golpe, que bien las he menester. ¡Esto es atroz! ¡Un caso así en nuestra familia! ¡Qué impudor! ¡Qué desfachatez! Esta hija me va a matar. ¡En nuestra casa, donde la pobre abuela Rita murió en opinión de santidad y todos siempre han sido tan buenos, tan buenos, que por concesión de Pío IX nos llamamos santos protectores de la abadía del Recuerdo! Si al menos fuese casada... (Esto se la escapó sin querer, y era el símbolo genuino de su modo de pensar.) ¡Con la educación que te hemos dado tu padre y yo -siguió-, parece imposible que hayas hecho lo que has hecho! -Y luego, con acento doloroso de egoísmo herido-: Cuando todo iba tan bien, esta chica viene a aguar la fiesta.

Tu hermano, matándose tal vez a estas horas; nosotros, deshonrados mañana cuando la gente sepa (porque en este dichoso Madrid todo se sabe) tus necedades e indecencias. ¡Bonitas nos pondrán! ¡Hay tanto envidioso! ¡Esto no se puede sufrir, es atroz... atroz!

La que así hablaba no era otra que la Excma. Sra. D.ª Rosa Álvarez de los Burgos, Condesa de Torres Altas, grande de España de primera clase, perteneciente por parte de su padre a la ilustre familia de los Álvarez de los Burgos, cuyo último vástago, hijo y heredero de la que al presente nos ocupa, el joven Marqués de Casa Baia, dio fin a su preciosa existencia levantándose la tapa de los sesos, después de derrochar su patrimonio, el de su mujer y buena parte del de sus amigos, y cuya historia, sobre ser muy posterior a la que narramos, es vulgarísima, aunque no me atrevería a jurar que algún profundo psicólogo no hallase en ella abundante filosofía y provechosa enseñanza.

Era doña Rosa (Rosina, como la llamaban sus íntimos) una morena alta, de buena figura y arrogante porte, ojos negros y relucientes, un poco pequeños; nariz remangada, aunque no mucho; tez fresca relativamente para su edad (debía de frisar en los cuarenta y cinco), pelo negro y abundante, donde seguramente habría numerosas canas a no estar cuidadosamente teñidas, y expresión afectada e insinuante. De prendas morales más valía no hablar, y no hablaríamos seguramente, a no exigirlo la claridad de la presente historia.

Nada diremos de la deficientísima educación que recibió en uno de los más célebres conventos franceses; pasaremos también por alto sus primeros resbalones de soltera, aunque sobre ellos tendríamos mucho que contar, y nos detendremos en el tercer período de su vida, o sea después de su boda con el Conde de Puente y de Casa Baia.

En honor de la verdad, hay que confesar que la época de mayor esplendor que alcanzaron las ya nombradas casas, fue en el tiempo que Rosina y su marido reunieron en sí sus títulos y preeminencias; y esto, aunque parezca extraño en personas de tan escasas dotes morales, tiene sencilla explicación, teniendo en cuenta que careciendo de toda virtud y de todo noble sentimiento, e incapaces de ninguna mira verdaderamente elevada, se habían compenetrado aquellos dos seres hasta formar un solo carácter, cuyas ideas, aspiraciones e ideales llegaron a estar perfectamente definidos y aun a realizarse en gran parte. Habían aceptado ambos la vida como un buen negocio en que eran socios, para cuya ventajosa realización necesitaban apoyarse mutuamente con su cariño y su respeto. No engañarse nunca para poder engañar a los demás, era su máxima; y, ciertamente, les dio buenos resultados.

Verdad que el vulgo la acusaba de algunos deslices; pero no menos cierto que nunca había dado ningún escándalo, cosa que la salvaba, pues en la sociedad actual no se condena el mal, sino el ruido que produce; y también verdad que si había existido el desliz, lo había ocultado tras un tupido cendal, que nada había trascendido al exterior. Sólo como un rumor de malas lenguas, en las que Dios nos libre de creer, diremos que se susurraba que las personas en cuyo obsequio descendía de su pedestal de inquebrantable virtud, eran casi siempre personajes de grandísimo influjo, y (horroriza pensar dónde llega la malicia humana) que el marido lo sabía y hasta daba su venia. Claro que el autor rechaza con indignación la calumniosa especie, que directamente va contra tan virtuosa señora y tan pundonoroso caballero. Lo que sí es indudable, es que aquellos dos seres habían dedicado su vida entera, no a la educación de sus hijos, no a hacer la felicidad de su hogar, sino a subir, subir, escalando las alturas de la posición, de la elegancia y de la fortuna, prefiriendo las satisfacciones de la vanidad a cualquiera otra, y no menos indudable que lo habían conseguido.

Ocupados en tan elevados quehaceres, no pudieron dedicarse, como fuera su deseo, a la enseñanza y dirección de sus hijos, por lo que ésta corrió a cargo de manos mercenarias que al primor llenaron su difícil cometido, haciendo del joven primogénito un perfecto sportman y de la niña una elegante damisela. Pero como en este pícaro mundo no existe dicha completa, algunos sinsabores vinieron a amargar la vida de tan simpático matrimonio. Ya el joven Marqués de Casa Baia (título que le cedieron sus padres en cuanto tuvo edad de llevarlo dignamente) demostró que, aunque heredero de la mayor parte de las cívicas virtudes paternas, le faltaban algunas en la vida privada para llegar al grado de perfección del autor de sus días, no siendo seguramente la de menos importancia la buena cabeza que éste había demostrado para la administración de sus bienes. Era, sin embargo, defecto del que con los años y la experiencia esperaban verle corregido. Lo que causaba su desesperación y les hizo más de una vez perder su calma egoísta sacándoles de quicio, fue la conducta verdaderamente incalificable de su hija. La distinguida joven, en vez de dedicarse a atrapar un buen marido (legítima aspiración de sus padres), se entregó con ahínco a emular a su hermano en sus aficiones a los violentos ejercicios corporales; pues si por la mañana montaba a caballo, patinaba por la tarde y aún la quedaba tiempo para hacer su aparición en paseo guiando cuatro fogosos caballos, con tan consumada maestría, que causar pudiera envidia al más hábil cochero inglés; y no se crea que era esto lo peor; aquello que más entristeció a los Condes fue ver que, en vez de charlar con los muchachos que por mejores partidos eran tenidos, pasaba las noches en los bailes con los pelagatos que más animada conversación poseían, y que también, desgraciadamente, menos posición y menos fortuna ostentaban y peor fama habían adquirido. Todo esto podía pasar como ligerezas; pero lo que revistió caracteres de excepcional importancia fue que lo comenzado por un flirteo de salón con Pepito Arnal, joven de buena familia, tronado, ligero, calavera y casado con una riquísima americana, tan celosa como opulenta, se fue agravando hasta tomar los caracteres de verdadera pasión.

Mucho contrarió esto a los señores de Puente, y, desde luego, con su experiencia del mundo vieron el remedio en la constante compañía de la madre y un viaje emprendido con oportunidad. Pudo más su egoísmo que la voz de la prudencia que tal viaje aconsejaba, y encontraron una solución elegantísima para aquel conflicto. Su hija era una neurasténica, y con el veraneo y los aires de Biarritz sanaría; aparte de que bien sabía ella lo que se debía a sí y a sus padres.

Llegó el verano, y durante él, Eulalia no vio a Pepito y hasta pareció haberle olvidado, y junto con él sus aficiones de sport, adquiriendo, en cambio, tan desmesurada afición a engalanarse y embellecerse, que se pasaba la mitad de su vida en casa de las modistas y perfumistas, donde sangraba la fortuna paterna. A pesar de aquellas sangrías, estaban los Condes encantados de tal solución; y en tan risueño estado de ánimo, después de su visita anual a París emprendieron el viaje de regreso a la corte, donde con harta satisfacción vieron a su hija seguir el mismo derrotero. Cuando, ya tranquilizados del todo al saberla coqueteando con Ignacio, se disponían a trabajar para que hiciese una buena boda, estalló la tormenta de modo inopinado. ¡Era atroz! Ella, su hija, la descendiente de Álvarez de los Burgos, de aquella familia en cuyo preclaro linaje se contaba doña Rita Álvarez de los Burgos y Figueras de la Reina, la abuela Rita, como ellos la llamaban, muerta en opinión de santa; donde una Condesa de Casa Baia se dejó matar antes que faltar a su marido; donde la honradez estaba hasta en el lema (tal vez único sitio donde con derecho podía estar): «Honrado vives, honrado mueres...», entregarse así al primer perdulario que pasaba por la puerta. ¡Oh, era atroz...! ¡Un hombre casado!

No parecía su interlocutora espantada ante aquella tormenta que estallaba sobre su cabeza, ni tampoco anonadada por las históricas citas (quizá por conocer su verdadero valor). Había tomado asiento en una cómoda butaca, colocado un mullido almohadón bajo la negra cabellera, bastante abundante por cierto, y paseaba sus ojos, de un castaño obscuro, con indiferencia por la habitación, yendo a detenerlos de vez en cuando en su madre, cuyas palabras oía como quien oye llover.

¡Bah!, ya se cansaría, y entonces podrían hablar de las soluciones.

Era la joven, al igual de la Condesa, morena, bien formada, de marcadas curvas y rostro bastante correcto, aunque sin ser ninguna maravilla. Vestía con exageradísima elegancia un traje de paño malva, bordado en seda y nácar del mismo color. Ni un cabello se había soltado de su peinado, ni un pliegue de su traje descompuesto; por el contrario, toda su persona revelaba tranquila calma. Columpiaba una pierna cruzada sobre otra, y llevaba de vez en cuando a su rostro, en que vagaba ligera expresión de melancolía, un gran ramo de gardenias que llenaba la estancia con su fuerte olor.

Alzó la joven sus obscuros ojos impregnados de melancólica indiferencia, fijoles en su madre con una límpida mirada, y con voz tranquila y lenta, habló así:

-Mira, mamá, déjate de reproches inútiles, y decide.

«¡Bastante tengo con mis penas! Yo haré lo que quieras. Si un convento, voy; si prefieres que me case, lo haré. Lo que te advierto es que ya no hay ni que soñar con un buen partido, o un muchacho tronado que tenga la manga ancha, o un cursi que por casarse conmigo pase por todo. -Luego, con desaliento-: ¡A mí todo me es igual ya! Lee este periódico. Oye:

«Ayer se embarcaron en el vapor Velos, de la Compañía Trasatlántica, los señores de Arnal (don José), cerrando por ahora su casa de Madrid y proponiéndose emprender un largo viaje por América, que durará probablemente algunos años, regresando luego para fijar su residencia en París.» ¿Has oído? Pilar, cuando se enteró, amenazó a Pepe con armar un escándalo y divorciarse dejándole en la calle con lo puesto si no salían en el primer vapor para América, y se fueron. Ya nada me importa.»

Iba la Condesa a responder indignada ante tal cinismo, cuando se alzó el portier y anunció un criado: «Los Duques de Alcuna».

-¿Juntos?

-Sí, señora.

-¡Jesús, qué raro! -murmuró; y luego, alto-: Que entren, que entren.

Eulalia se levantó de un brinco; arregló el cojín de la butaca. -No cuentes nada- dijo, y escapó por una puerta lateral al tiempo que llegaban ellos.

Después de los saludos de rúbrica hablaron de diversas cosas sin importancia, que en general les bastaban a llenar horas enteras de grata conversación, ora despellejando al amigo ausente, ya burlándose del anfitrión de la víspera, ya destruyendo alguna mal cimentada reputación; pero que aquel día, ¡cosa extraña!, no les bastaban para cinco minutos, a ellos, que tan envidiable fama de conversadores gozaban. Por el contrario, de vez en cuando se producía un embarazoso silencio, que amenazaba prolongarse demasiado. Si nos fuese dable penetrar hasta el fondo del alma de aquellos tres personajes, sabríamos que la ida de los Duques no obedecía a otro objeto que el de echar un vistazo sobre el lugar del suceso y ver el estado en que se hallaban los principales protagonistas. Retozábales en el cuerpo un insano deseo de averiguar, contenido no sólo por la buena educación, sino también por la completa seguridad de que si interrogaban nada sabrían. A su vez, la Condesa sentía la imperiosa necesidad de hablar sobre tan desagradable aventura, experimentando la ansiedad de que los otros la preguntasen; pues entonces, aunque no fuese más que por el placer de darles un disgusto, callaría. Con tan loable intención dejó escapar un suspiro, sin que sus visitantes se diesen por enterados; luego otro, que corrió la misma suerte que el anterior, y por fin otro -tan formidable, que pareció que el corazón se la escapaba por la boca-, y que no por eso alcanzó mejor éxito que los precedentes. Desesperada ante aquella indiferencia y por ese invencible prurito que tienen las personas frívolas de contar las cosas desagradables que suceden en la vida, a pesar de la seguridad de que a sus primos las penas que sufría les tenían sin cuidado, que ningún remedio la darían y que sólo deseaban saberlas para hablar todo lo mal que pudiesen de ella, con una voz que partía el alma, dijo: -¡Qué desgraciada soy! -Alzaron ambos vivamente la cabeza, y sus ojos brillaron. ¡Aquel era su triunfo! ¡El de su prudencia! ¡Qué victoria tan nueva para ellos y para cualquiera de su mundo, donde no existía ninguna de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza!

Aproximáronse cariñosamente a ella y volcaron sobre su abatido corazón el bálsamo de sus más dulces consuelos.

No sería tanto. Su amor de madre la hacía verlo con colores más sombríos que los que en realidad tenía.

¿Que no? Se lo contó ce por be, tal y como ella lo había oído de labios de su hija media hora antes. No omitió detalle por atroz que fuese, desde que se conocieron hasta el vergonzoso desenlace en casa de la modista.

-¿Pero allí mismo?

-Sí, hija, sí; allí mismo, pared por medio con las oficialas.

Después habló de los remedios. Un convento... A éste hicieron un gesto despreciativo. No, aquél no era. Casarla. Sí, sí; justo. Pero ¿con quién? En un gran partido no había ni que soñar. ¡El escándalo había sido demasiado público! Entre un cualquiera enriquecido o un muchacho de buena familia, aunque no poseyese gran fortuna, prefería esto último; pero ¿dónde se encontraba? Y corría prisa, corría prisa. Esto lo dijo con tan amarga ironía, que no hubiese sido más si de un extraño se tratara, dejándose llevar de la costumbre que se sobreponía a su amor de madre.

Tenía la absoluta seguridad de que sus oyentes no habían de sacarla de apuros..., y, sin embargo, se equivocó. Con profundo asombro escuchó decir a la Duquesa:

-¡Ya le tengo, ya le tengo!

-¿Qué?

-¡El marido, mujer, el marido!

-¿Quién?

-Ignacio Loidorrotea, mi primo.

-Pero... ¿querrá?

-Sí, sí; ¿no ha de querer? -le dijeron los dos a coro. Ellos hubiesen hecho lo mismo. Y era el único. De gran familia, buen muchacho, guapo, listo, podía llegar muy alto. Ella dotaría a su hija en ocho mil duros anuales. Nada, nada, cosa hecha; se encargarían de todo. O eran o no primos. Antes era preciso consultar su voluntad a la muchacha. No era cosa de casarla a disgusto para que fuera desdichada. ¡Qué responsabilidad!

Se la hizo venir. Entró tranquila; saludó sonriendo cual si nada de particular hubiese sucedido; oyó lo que la proponían, y aceptó, sin extremos de agradecimiento, como la cosa más natural del mundo; saltó después con suprema habilidad a otros temas de conversación, y así, tranquilos al ver resuelta la cuestión, sin tener que temer ya las desagradables consecuencias, transcurrió el resto de la tarde en grato palique.

Ya anochecido, cuando los elegantes Duques de Alcuna corrían, reclinados en los almohadones de su milord, en dirección al hotel que habitaban en el barrio de Salamanca, rompió ella el silencio, y por uno de aquellos fenómenos psicológicos a que tan aficionada se mostraba en las novelas, como si arrojara un peso de sí, dijo, encarándose con su marido:

-Si me creyeras (y él no sabe lo que ha pasado) le propondrías a Ignacio casarse sin explicarle nada. Te evitabas un mal rato.

Arrojando una bocanada de humo y encogiéndose de hombros, es fama que contestó el prócer:

-Como quieras...; ¡por mí...!





Capítulo IV - Bochorno[editar]

Aquella vergüenza estaba realizada. El mundo, el dorado mundo donde tal infamia se había llevado a cabo, encogiose de hombros, sonriendo sarcásticamente. ¿Qué le importaba? ¡Uno más! A ninguno de aquellos seres que ahora le rodeaban en la vida íbales nada en su deshonra: nadie le quería, casi nadie le estimaba, y si, por rara excepción, alguien sentía por él vaga simpatía, la sobriedad de su carácter puso siempre infranqueables barreras a toda amistad. Pero ese caso no se daba. El mundo, haciendo criterio de sus aberraciones para juzgar moralmente, usaba como norma para explicar los actos de los demás sus propios actos; para buscar los móviles, sus propias intenciones, y para las ideas, las suyas, bien mezquinas por cierto.

Todos tenían el convencimiento de que a sabiendas aceptó su vergüenza, y que lo hizo gustoso por gozar de la posición y la fortuna que ahora disfrutaba.

Tomad mi nombre, hasta hoy inmaculado; tomad mi corazón henchido de bondad y de ternura; tomad mi alma toda, a cuya perfección dos personas nobles y santas dedicaron su vida entera; pero dadme una corona con que ceñir mis sienes; todos me aplaudirán; dadme oro, mucho oro con que sentirme anfitrión, y gritarán mis huéspedes inclinándose servilmente a mi paso: «¡Oh!, es muy bueno, buenísimo. Tiene un corazón de oro.» Eso pensarían. Eso harían.

Desgraciadamente para él, no se sintió anfitrión, y la sociedad toda propaló a gritos su deshonor; tal vez algún día cambiara de conducta y entonces le ensalzarían, sin importarles haberle antes denigrado. La murmuración arrojó su nombre por los suelos, pregonando a voces aquella infamia.

¿Quién sabe si la brisa transportará en sus ondas tal murmullo hasta aquel olvidado rincón del monte Igueldo, donde en dos blancas tumbas, rodeadas de silvestres flores y cobijadas por llorones sauces, que agitaban sus plateadas hojas a los suaves soplos de los aires del Cantábrico, dormían el eterno sueño de la muerte el caballero, todo nobleza, y la santa, toda bondad? ¿Quién sabe si al ver deshonrado al hijo de su amor, al ver manchado su nombre, siempre limpio, rechinarían entre las heladas piedras sus pobres huesos de dolor, en espera al día de la suprema justicia en que tuviera cada cual lo suyo y cesaran para siempre las iniquidades de los hombres?

Habían transcurrido ocho meses desde su boda, y aún las murmuraciones no cesaban. Hablaban de todos, seguros de que se había casado con pleno conocimiento de los hechos consumados. Forjaban a diario nuevas y escandalosas historias; no pasaba día sin que hicieran algún ingenioso chiste a su costa, y, sin embargo, en medio de aquella pestilente atmósfera, y quizá por ignorar en absoluto su existencia, era feliz, y no sólo dichoso, sino tan noble, tan bueno y tan honrado como cuando partió del feliz retiro donde, al lado de sus padres, pasó su juventud.

Se había casado realmente enamorado de su mujer, en el comienzo de una de esas pasiones sólo dables en persona de su carácter y antecedentes y que bastan a llenar el transcurso de una vida entera. Aquel amor tenía una explicación sencillísima, si se tiene en cuenta que Eulalia, aunque no era guapa, tampoco era fea; que él llevaba dos años de vivir aislado en un páramo de afectos; que así como la necesidad de crearse una familia le había hecho mirar a los Alcuna, a la primera prueba de interés que le dieron como a hermanos, la necesidad de amor le había de apasionar por la primera muchacha que con buenos ojos le mirase, y sobre todo, que los corazones jóvenes, sanos y vigorosos necesitan amar.

Después de su matrimonio, en vez de disminuir este amor, creció de día en día, y, cosa extraña, pareció ser correspondido. La causa podía hallarse sin gran trabajo. Alejado Pepe de ella, tal vez para siempre, dejándola como recuerdos un amor sin límites y un hijo, que pronto nacería y que por exigencia del mundo en que vivían había de llevar el nombre de un extraño; indiferente para con aquellos padres que tales sacrificios la imponían; guardando en el fondo de su ser tan sólo odio para la sociedad, que, siendo la verdadera causante de sus males, ningún remedio la daba para ellos, vivió los primeros días de su nueva vida fingiendo amor que no sentía, siendo, por el contrario, desprecio sin límites lo que experimentaba hacia aquel hombre que transigía con tal afrenta a condición de verse dueño de títulos y cuantiosos bienes; y allá, en el fondo de su corazón, sin querer, por supuesto, confesarse tal debilidad, una angustia infinita y un deseo inmenso de arrojar de sí aquellos convencionalismos que la ahogaban ahora y que tan de su gusto eran antes, para que ya que no la fuera dable correr tras el ausente amado, por lo menos llorarle y rendir culto a su memoria cual a la de un esposo inolvidable.

Al principio nada la extrañaron los extremos de cariño de su marido, pues dada la triste experiencia que de los humanos tenía, sabía bien que todos los sentimientos son susceptibles de fingirse, y que cuanto más fuertes e instantáneos sean, más facilidades hay para esta superchería; pero poco a poco, a medida que el tiempo transcurría, fue admirándose de que en vez de cesar tales demostraciones hasta convertirse en indiferencia o cortesía helada, parecían adquirir mayor fuerza para transformarse en pasión avasalladora.

Una vaga sospecha la asaltó. ¿Estaría aquel hombre enamorado de ella? ¡Imposible! Creer aquello hubiera sido sencillamente pueril. ¿Para qué la servía su experiencia del mundo? ¿Para dejarse engañar como una niña? Y sonreía con sonrisa dolorosamente escéptica, de mujer curtida en las mundanas luchas.

-Sí, sí, se casó conmigo.. . nada más que por mi dinero. ¡Lo demás, farsa! -Y trataba de penetrarse de aquella idea asiéndose a ella con verdadera saña. Fríos razonamientos la preocupaban. ¿Para qué aquel fingimiento? Jamás gastaba nada de su fortuna, nunca pedía nada. Sin embargo, la certeza seguía y se aferraba a ella.

Un nuevo hecho vino a conturbar su espíritu, haciendo oscilar esa seguridad.

Un día, meses después de su enlace, cuando, recién acabados de almorzar y quejándose ella de dolor de cabeza, mostrábase Ignacio más cariñoso que nunca, entró la Condesa de Puente con cara de pocos amigos, y sentándose, o mejor dicho, desplomándose en una butaca, empezó a lamentarse con lagrimosa voz. «Aquel año era malísimo: los arrendatarios de las fincas de Soria habían venido a pedirla con lágrimas en los ojos les perdonase un trimestre, pues de lo contrario se morirían de hambre; los precios de los trigos habían descendido mucho, la cosecha de uva, escasa...; en fin, un desastre. Pero lo peor (aquí bajó la voz la atribulada señora) era que el joven Conde, su hijo, se entretenía en «tirar de la oreja a Jorge», sin olvidar por ésta al bello sexo, sino mostrando, por el contrario, el alto concepto que de él tenía en el elegante hotel y el bonito coche con que a una de sus más bellas representantes había obsequiado, contrayendo en tan honestos y laudables recreos gruesas deudas, que, a creer lo que la dama dijo, ascendían a unos diecinueve mil duros, que los amantes padres, siempre dispuestos a cualquier sacrificio por sus hijos, tendrían que pagar. ¡Por eso la Condesa había corrido a desahogar su pecho en su hija, en aquel ángel, su consuelo, su único consuelo, y en su yerno, modelo de todas las virtudes! Si todos los hombres -terminó diciendo, echándole de paso una rociada de incienso- fueran como tú, entonces otro sería el mundo (y sin creerlo ella misma, decía la verdad). Después, con mil mimos y no pocos suspiros, formuló su pretensión. Era cosa delicada..., bien lo sabía ella; pero... se trataba de la honra de su hijo. De su hijo, por quien ella era capaz de todo, hasta de pedir limosna; y su voz tomaba inflexiones patéticas. -En fin, como vosotros ahora de recién casados necesitáis gastar poco... por este año, sólo por este año.... en vez de los ocho mil duros os daría cinco... si no os apura. Ya veis, después de todo, es vuestro hermano. Si no, yo no sé qué vamos a hacer. -Calló, paseando su mirada de uno a otro, pidiendo respuesta. Eulalia fijó sus pupilas en su marido y dudó un instante. ¿A ella qué más la daba? Pepe estaba lejos, muy lejos, con el inmenso mar por medio; ni aun sabía a punto fijo dónde; pero allí estaba su legítimo esposo, aquel a quien la Iglesia y la ley daban derechos sobre ella. No, imposible, no podía permitir que les rebajasen la renta. Aquel era su precio y había que pagárselo; para eso dio su nombre a cambio de oro; había pasado el tiempo de los regateos. Pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, se adelantó él. -Sí, ¿por qué no? Estaba dispuesto. ¿Qué les importaban tres mil duros? Luego... para sus hijos; pero por el momento podían pasarse muy bien sin eso. -Los dos le miraron, y luego se miraron entre sí. «Es imbécil» -pensó la suegra, encantada del buen éxito-. «¡Se ha casado conmigo por amor!» -fue la idea que penetró en el cerebro de Eulalia, grabándose en él con letras de fuego, sin que pudiera darse cuenta de si aquella impresión sufrida fue dolorosa o placentera.

Los días sucesivos obraron en ella una lenta transformación.

-¡Se ha casado conmigo por amor!- repetía sin poder arrojar de sí tal creencia, sino, por el contrario, hallándola mezclada en todos sus pensamientos con desesperante pesadez. ¡Ah! ¿Conque aquel hombre que ella había tomado por un ser sin honor, sin corazón, por un malvado, en fin, no era más que un desdichado que la amaba? ¡Tal vez, quién sabe! Había sido la fuerza misma de su pasión la que le hiciera descender hasta prestarse a tan degradante papel. Porque su vergüenza era de él bien conocida. Estaba cierta. ¿Cómo no saberla, si había sido la comidilla de todo Madrid? ¿Si no hubo nadie en el transcurso de aquellos infaustos días que no hablase de ellos?

Luego en el mundo existía un sentimiento suficientemente fuerte para hacer llegar la abnegación de un ser bueno y noble (empezaba a creer tal a su marido, aunque no en la medida que lo era en realidad) hasta pasar a los ojos de todos por aceptar tan indigno puesto a cambio de la fortuna. ¡Y había seres capaces de tal sentimiento!

Aquella seguridad llevó a cabo una revolución en su alma. Seguía amando con locura al ausente, dispuesta a cualquier sacrificio por su amor; pero aquella pasión era muy otra que la que ella comenzaba a sentir por Ignacio. En medio de aquellas salvajes pasiones desatadas, en el revuelto mar de sus violentos sentimientos, su corazón dolorido, que al principio resistió indómito, aislado por completo, empezaba a flaquear, y sin darse claramente cuenta experimentaba una suave satisfacción al sentirse amada.

Luchó consigo misma algunos días, y por fin halló la fórmula que necesitaba.

Pepe era su esposo. Ignacio sería su hermano.

¿Qué la importaba a ella que la sociedad no sancionase aquellas ideas? ¿Acaso no veía ella violar a diario las leyes sociales por los mismos que las daban? La sociedad la era indiferente. Carecía de sentido moral. ¿Pues entonces?

Desde aquel día su vida varió algo. Mostrábase más cariñosa con su marido, y salvo ligeras crisis en que el llanto se desprendía a mares de sus ojos y los sollozos la ahogaban, crisis que estallaban sin causa alguna y que todos atribuían al delicado estado en que se hallaba, ningún trastorno alteró su aparente dicha. Transcurrieron así los días sin novedad: feliz Ignacio con lo que creía amor de su mujer, reposada ella en aquel que miraba ahora como a hermano, esperando ansiosa el día en que el hijo de su amado naciese.

Faltaba ya poco para ver realizadas sus esperanzas, y más dolorida y cansada que nunca, permanecía echada en la meridiana, con Ignacio a sus pies, cuando un criado entregó una carta a éste. Levantose para ir a leerla junto al balcón, cuyas maderas estaban entornadas, y una vez concluida la lectura, guardó la carta en el bolsillo y dirigiose a la puerta. Detúvole la voz de su mujer: -¿De quién es? -De la prima Julia Alcuna. Nos convida a comer hoy en familia -siguió con voz tranquila-; dice, con mucho empeño, que no dejemos de ir. La voy a contestar que no podemos, porque estás un poco mala.

-Hombre, ve tú: no seas tonto.

-Estando tú mala, no.

Insistió; ¿por qué no había de ir? Si no tenía nada. No quería dejarla sola. Si no era más que un rato, y ella tenía una novela nueva para leer. Nada, que sin remedio iría. Se dejó convencer. ¿Qué no haría por complacerla? Salió para contestar; y al quedar Eulalia sola, permaneció breve rato en ese extraño estado dé ánimo que consiste en no pensar en nada determinado. Salió de él experimentando violenta conmoción ante una pregunta que sin poderse explicar formuló su pensamiento. -¿Por qué no me ha enseñado la carta? Luego volvió a caer en indiferente perplejidad. ¿Qué tenía aquel sencillo hecho de particular para producirla tal impresión? Volvió su pensamiento a saltar de unos hechos a otros, fijándose en objetos y en palabras, sin poder, a pesar de sus esfuerzos, detenerse en nada determinado, sino pasando de ideas a ideas sin acabar de definir ninguna, al contrario, dejándolas envueltas en extrañas brumas, corriendo de imagen en imagen con un vértigo próximo a la imbecilidad o a la locura.

Al fin, de aquel penoso trabajo mental surgió la idea clara y concisa. ¡Ah!, necia, mil veces necia. Aquel maldito embarazo había debilitado su inteligencia. ¿Pues no había llegado a creer que su marido la quería? ¡Qué rabia! Haber supuesto a aquel tipo honrado, bueno, noble, un ser superior, en una palabra. ¡Ella que llegaba a considerarle el único entre todos los que conoció, digno de ser su hermano! ¡Su hermano... para apoyarse en él!

¿Sufrir? Ridículo. ¿Llorar? Necio. Si tenía dinero y posición, ¿qué la importaba lo demás? La única vez que en su vida había creído en el bien, la habían engañado miserablemente. Ya no la sucedería más; y reía, reía por no llorar.

Aquella lección cuya amargura no quería confesarse a sí misma, la serviría de enseñanza. En el fondo de todo corazón hay algo de romántico; ella no se contentaría con matarlo; ella haría más, mucho más...: ella extirparía el corazón.

Sin poderse explicar por qué, sentía rabia, una ira insensata que rugía en el fondo de su alma. ¡Si aquel hombre la era indiferente! ¡Si ella quería a Pepe! Se han estado riendo de mí, pensó; ya no sucederá más. Desde entonces se aislaría moralmente; no quería otra cosa que las satisfacciones de su orgullo y de su vanidad. Ellas habían bastado para hacer dichosos a sus padres. Ellas le bastarían también... Con toda claridad se ofrecían a su vista los sucesos, ahora que no tenía que juzgarlos por una norma creada por ella, sino por la misma que le había servido para juzgar siempre.

La llegada de aquel primo de los Alcuna, que hasta entonces vivió oculto Dios sabe dónde; la buena acogida que le dispensaron, pobre y todo, a pesar de ser personas que no admitían sino a los que venían precedidos de la fama y acompañados de respetable fortuna; la precipitación de Julia para presentarle en sociedad, el ser ella quien se metió a proponer la boda sin que nadie la llamase, el interés que por él mostró en todo, la frecuencia con que después de su boda les invitó, las múltiples visitas que les hacía, pero sobre todo aquellas profundas y ansiosas miradas que fijaba en Ignacio, sus provocativas sonrisas, el empeño de tenerle a su lado, y aquel retener su mano al hablar, eran pruebas que venían a corroborar su aserto.

La habían traicionado infamemente. Él no era tal primo de la Alcuna, sino su amante; y ella, mujer práctica ante todo, pensó en aquella boda para quitarse la carga de tener que sostenerle.

¡Mejor que mejor! Sería cínica. Fuera necios disimulos: ¿para qué fingir con aquellos ruines seres? Al hijo que naciera, ya le enseñaría lo que era el mundo para que no le engañasen como a ella. Ya no quería a nadie; sólo el recuerdo de Pepe guardaría, para correr a sus brazos el día de su regreso.

Como en aquel momento entraran su madre y su marido, bien ajenos por cierto al cambio operado en su espíritu, y se acercasen solícitos a ella, segura de que sus nervios, irritados como estaban, no la dejarían disimular sus sentimientos, les volvió la espalda. -Dejadme dormir. Estoy rendida -dijo con voz que, a pesar de sus esfuerzos, resultó estridente... y cerró los ojos.

¡La autora de sus días y el compañero de su vida!

¡Los dos seres que más debía querer en el mundo!

¡¡¡Tenía gracia!!! Al pensarlo plegaba los labios en una sonrisa de doloroso sarcasmo, mientras se detenía bajo sus largas pestañas su última lágrima.






Capítulo V - La mujer de Putifar[editar]

De pésimo humor se levantó aquel día la ilustre Duquesa de Alcuna.

Lo mismo fue penetrar el sol al través de los cristales de las recién abiertas ventanas, iluminando con su áureo rayo la ideal figura, conjunto armónico de mármol, ágata y oro, que sobre las níveas batistas reposaba, que oírse su irritada voz que amonestaba duramente a la doncella francesa que la escuchaba en pie y correctamente vestida de negro con blanquísimo y bordado delantal.

Así que se vio sentada en el lecho, cubierta hasta la cintura por la colcha azul que dibujaba las morbideces de su cuerpo, prestándole el suave encanto de las cosas veladas, tornando sus líneas más bellas aún bajo aquel cendal azul como un jirón de cielo, medio desnudo el busto entre las muselinas y encajes de la camisa que, abierta y arrugada por la pasada noche, resultaba insuficiente velo para tales tesoros, y con la gran bandeja de plata sosteniendo el desayuno al lado, mandó a la sirviente, que, sea dicho de paso, era bastante agraciada, abriese de par en par los cristales y descorriese las cortinas, a fin de dejar paso franco a la brisa primaveral que llegaba henchida con los mil aromas del jardín; y como no creyese bien cumplidas sus órdenes por haber quedado un store más corrido que otro, volvió a quejarse amargamente de las criadas en general, y de la suya en particular. ¡Qué poco cuidadosas! ¡Qué manos! ¡Todo mal siempre! ¡Para primores, una rusa que la sirvió en Paris! ¡Aquella Vasilska sí que hacia bien las cosas! ¡Si hubiese sabido español...! Luego abrió cuatro o cinco cartas que en la bandeja había, y salvo un convite a comer para la Embajada inglesa, los demás los arrojó a tierra con profundo desprecio. ¡Para cartitas estaba ella! Sin embargo, aquel mal humor no admiró a la francesa, que, paciente, aguantaba a pie firme tales tormentas con la habilidad para sortearlas propia de las mujeres de su país, a trueque de no perder su destino en una de las casas donde más ventajas se disfrutaban en Madrid.

Hacía ya tiempo que el humor de Julia venía siendo bastante malo; pero su costumbre del mundo la hacía disimularlo delante de los extraños, y guardaba toda su hiel para desahogarla en su casa. Examinemos los motivos.

Pues, señor: ella, que nunca había querido a nadie, ni a su padre, ni a su madre, ni a su marido, ni a sus amantes, estaba enamorada. No se crea que su pasión la espantaba desde el punto de vista moral: muy avezada estaba ella a tales atentados para que la importase tan poca cosa. Lo peor del caso era que empezaba a temer no sería su amor correspondido jamás; no ciertamente porque dejase de poner de su parte cuanto la era posible, no porque el objeto de sus ansias diese a entender claramente que no la quería, sino porque veía con espanto que él no se enteraba y que sus ternezas eran atribuidas al más puro amor fraternal, y sus libertades a inocentes confianzas. La verdad es que el ser en quien con pecaminosas miras fijó sus ojos, a pesar de llevar viviendo una temporada entre ellos, poseía un desconocimiento absoluto del mundo en general, y de aquella sociedad en particular; y como ignorase hasta la existencia de los falseados sentimientos que originan grandes vergüenzas, que rara vez acaban en lo trágico y sí, en cambio, con frecuencia en lo ridículo, no podía darse cuenta de su capricho.

Digámoslo de una vez: el objeto de él era Ignacio.

Efectivamente; desde su llegada a la corte, aquella gastada naturaleza de mujer olfateó en él la savia nueva y vigorosa; en su sangre, la energía sana creada por el puro oxígeno de la montaña y por las salitrosas emanaciones del mar, sangre aún no viciada por el ambiente malsano de las ciudades, sintiendo la necesidad de poseerle, ansiando rejuvenecerse y revivir a su contacto. Pareciola desde luego fácil su empresa, y emprendió su conquista más lenta de lo que fuera de apetecer, por causa de la inocencia del muchacho. Apenas empezada, se presentó ocasión de hacerle contraer aquel ventajoso enlace. Apareció en medio de la obcecación de su capricho la prosaica materialista. Casándole con su prima, no sólo le tendría más cerca, sino que siendo ella, como era, rica, evitaría la desagradable y posible eventualidad de cualquier desembolso...

La prontitud con que aceptó la boda (ya sabemos fue motivada por una verdadera pasión) hizo el efecto de un jarro de agua fría arrojado sobre las ilusiones de Julia, que por un momento le creyó igual a todos los que le rodeaban y habían rodeado siempre; sin embargo, según al transcurrir el tiempo pudo observar el cariño y respeto que a su mujer demostraba, renació su entusiasmo, que acabó por convertirse, a medida que observaba su indiferencia, en insensata ansiedad de verle rendido a sus plantas. No se crea por eso que ella comprendía la verdadera causa; lo indudable era que su sensibilidad, más delicada o más enferma que la de los demás, barruntaba algo de la grandeza de alma de nuestro protagonista, aunque sin llegar a definir en lo que consistía tal grandeza. Empezaba a perder las esperanzas, y no dispuesta a dejarse vencer por primera vez en su vida, preparábase a dar la batalla decisiva, jugándose el todo por el todo, obedeciendo el ir demorándola a la espera de una ocasión propicia que no acababa de llegar. A estas múltiples causas era debido el endiablado humor de la eximia señora.

Levantose del mullido lecho, vistiose un elegante peinador de rosada muselina, y después de vagar por la alcoba, colose en el boudoir, y sin saber cómo, se halló sentada ante la mesita de escribir con la pluma en la mano y una hoja de papel gris -en uno de cuyos extremos campeaban las armas de la muy ilustre casa de Alcuna, cobijadas por el rojo manto de los grandes de España y rematadas por la ducal corona- ante los ojos. Dejó correr la pluma mirando vagamente al papel, y sin enterarse casi de los términos que en elegantes y rasgadas letras quedaban fijos en su tersa superficie.

Al volver a leerlos, terminada la carta, admirose de su contenido. No decía nada de particular. Una sencilla invitación a comer, en términos usuales. Tal era la costumbre de aquel escribir frívolo, en que los conceptos ocultaban, en vez de expresar, los pensamientos.

¡Parecía imposible!

Cuando su cabeza ardía, pasando las ideas por su cerebro con la vertiginosa rapidez de un cinematógrafo, produciéndola un vértigo que amenazaba dar al traste con su firme razón; cuando su corazón latía en el pecho hasta hacerla daño, y las palabras llenas de pasión salían de su garganta, tropezando en la infranqueable barrera de sus labios, había tenido el valor preciso para escribir aquella carta llena de amigable indiferencia. ¡Parecía imposible! Amar con loca pasión exenta de todo espiritual consuelo; no ser amada; vivir en constante contemplación del hombre querido, prodigando todos los tesoros de ternura a otra mujer; sentir en su ser terribles tempestades, en su pecho rugidos de hiena y en sus manos garras de leona ansiosas de matar, y callar y sonreír... ¡Parecía imposible! Y sin embargo no lo era, porque en ella su orgullo y su vanidad estaban sobre todo, sobre el alma, sobre el corazón y hasta por cima de sus vicios.

Leyó la carta, y al ver que, a pesar del estado de sobreexcitación de su ánimo, había conservado su verdadero ser, hasta el punto de que nada extraño, nada anómalo dejase entrever las tempestades que la agitaban, cogió con indiferencia un sobre para encerrarla.

Asaltola una idea. ¡Ah! ¡Sí, sí! ¿Qué duda cabía? Aquellas líneas habían sido una inspiración divina (no hay que echar en olvido que la habían educado bien, muy bien, para que fuese muy devota y tuviera mucha fe). Tal vez la ocasión de su triunfo era llegada.

Llamó al timbre, y dirigiéndose a la doncella que se presentó:

-Pregunte al señor Duque si come alguien aquí hoy ordenó.

Esperó impaciente, palpitándola el corazón con más violencia de la que fuera de creer en tan fría dama.

-Que no come nadie y que agradecerá a la señora que cenen temprano, pues tiene que ir al Ateneo antes del baile- fue la respuesta.

-Diga usted a Braulio que lleve esta carta.

Respiró satisfecha.

-¡Quién sabe! -pensó al recibir media hora más tarde la respuesta de Ignacio aceptando la invitación para sí y excusando a su mujer con la enfermedad que padecía-. Todos los hechos en la vida se realizan en virtud de una serie de casualidades que producen las más extrañas consecuencias. ¡Cuántas veces han fallado aquellos planes cuya realización rodeose de las mayores precauciones y cuyos resultados estaban calculados de antemano, produciéndose en cambio las mismas consecuencias por caminos jamás sospechados. (Aquí ya no pensó en la Providencia. ¡Bah! ¡No tenía la Providencia otra cosa que hacer!)

¿Quién sabe? Eulalia, mala. Su marido, el noble Duque de Alcuna, teniendo que ir al Ateneo, sin duda para contribuir al bien de la Humanidad con alguna sabia y profunda divagación sobre el duelo y las cuestiones de honor. (El honor y el deber eran su fuerte, al menos en lo teórico. Que no lo eran en lo práctico, dirán algunos espíritus encogidos y pusilánimes. ¡Tontería! Aparte de que tan importante punto está aún por dilucidar, hay que tener en cuenta que para los seres realmente superiores la teoría lo es todo, la práctica, nada. ¿Acaso, atareados en dar leyes a la Humanidad, va a quedarles tiempo para acatarlas?) Y ella sola con Ignacio. Tal vez eran aquellas las casualidades que, unidas a la maña que no dejaría de darse, realizarían sus deseos.

Ya tranquila, invirtió el resto del día en hacer su vida acostumbrada. Almorzó de excelente humor, recibió con desusada amabilidad a un pegajoso pariente que acostumbraba a amenizar los postres con latas mayores de lo regular para obtener el apoyo de tan encumbrados e influyentes primos en su pretensión a un destino de doce mil reales, salió luego en descubierto coche, hizo algunas visitas, dio más tarde dos o tres vueltas por la Castellana saludando a diestro y siniestro, y a eso de las seis y cuarto, media hora antes de lo acostumbrado, penetró indolentemente, sentada en el coche, hasta el pie de la monumental escalera de blanco mármol del hotel, palacio o como quiera llamarse, que ya hemos dicho habitaba en una de las mejores calles del barrio de Salamanca.

Así que se vio en su alcoba, y después de iluminarla profusamente dando vuelta a todas las llaves eléctricas que halló a su paso, tocó el timbre, a cuyo llamamiento acudió presurosa la francesa. Dio sus órdenes. Se vestiría con el traje rosa llegado la víspera de París. En la cabeza, la corona de rosas venida con él; pero para la comida sólo se arreglaría el peinado. Comería de bata. Mientras salió la doncella a obedecer su mandato, pasó al saloncito, y una vez en aquella pieza, llena de un fuerte olor a rosas, empezó a introducir ligeras modificaciones en el orden de los muebles. Por ejemplo: arrastró una pequeña butaca hasta colocarla a los pies de la meridiana; echó un chal rosa sobre este mueble; quitó la lámpara que a su cabecera estaba sobre una mesilla, colocando en su lugar un gran búcaro lleno de olorosas flores; cerró herméticamente las ventanas, dejando caer sobre ellas las grandes cortinas de seda y encajes; encendió la mecha impregnada de espíritu de vino de un antiguo pebetero que empezó a esparcir enérgico perfume de violeta, y no contenta con esto, fue apagando todas las luces hasta dejar tan sólo tres lámparas veladas por pantallas de rosados matices. Después entró en su alcoba, cerró la puerta tras sí, dio orden de que cuando llegase el convidado le hiciesen pasar al despacho, en vez de al salón, como siempre, y empezó prolijamente su toilette.

Realmente era grande su arte. Ved con qué magistral habilidad realza las mil perfecciones que la pródiga Naturaleza puso en ella. Mirad, por ejemplo, qué brillo adquieren sus pupilas al contacto de las violáceas ojeras que traza el lápiz, cómo resalta la tersa blancura de su frente junto al carmín que colorea sus mejillas y con violencia tiñe sus labios haciendo brillar el blanquísimo esmalte de sus dientes pequeños e iguales. Da una ligera capa de blanquete al escote, se contempla satisfecha en su fiel amigo el espejo, y sonríe. Ahora vamos con el pelo.

Sus manos juegan con las doradas madejas, cual si hallase un voluptuoso placer en sumergirlas en aquel áureo baño, y a sus impulsos la enorme mata toma caprichosas formas.

No, así no. Así tampoco. Ahora está bien. Digamos la verdad: bien, no; ideal. Nada más artístico puede darse que aquellas seis bandas de rizados cabellos que descienden rodeando la bella cabeza de un nimbo de fuego y van a acabar sobre la nuca en un grueso moño en que se mezcla el pelo con hilos de perlas sosteniéndose con dos agujas de brillantes.

Hay que confesarlo. Esa mujer tiene el sentimiento estético de lo bello. Coloca con supremo arte, ligeramente ladeada, la corona de pálidas rosas, en que los brillantes figuran las gotas de rocío.

¡Qué bella está!

Se pone en pie. Vístese la bata, cuya negra gasa cae en pliegues que por su elegancia recuerdan las griegas vestiduras de algunas estatuas que yacen en los Museos, y cuya vista nos torna melancólicos haciéndonos soñar con la elegancia de las heteras de la vieja Atenas. Abre una caja, saca de ella pequeña borla llena de polvos de color cobrizo, y espolvorea su cabellera que fulgura herida por las eléctricas bujías. Esa es la luz que faltaba a aquella cabeza para ser la de una diosa.

Vamos ahora al despacho. Ignacio espera.

Sí. Ignacio esperaba, cruzando la estancia en todas direcciones, contemplando cuadros que se sabía de memoria, estudiando fotografías de personas que le tenían sin cuidado, y fijando a cada momento los ojos (donde se leía el deseo de que el tiempo volase) en el soberbio reloj de chimenea. ¡Maldito convite! ¿Para qué lo habría aceptado?

Se hallaba en un estado de ánimo que, si no temiéramos quebrarnos de puro sutiles, calificaríamos de fluctuante entre la melancolía y el mal humor. De melancolía tenía mucho, porque sin darse cuenta echaba de menos un amor fuerte matizado de sana alegría, no bastando a su ser perfectamente equilibrado aquella enfermiza ternura de Eulalia, entristeciéndole a cada momento con extemporáneas muestras de cariño, consistentes en echarse a llorar sobre su pecho sin motivo alguno, sentir piedad por cualquier desdicha ajena, recordándola en las peores ocasiones, aguando la alegría de los demás, y otras mil cosas por el estilo que atribuía al delicado estado, pero que así y todo extendían sombrío reflejo de amargura a cuantas cosas la rodeaban. Además, su naturaleza, hecha a la salubre vida del campo, sentía una vaga opresión que él no definía, pero que no por eso dejaba de ejercer perniciosa influencia en su ser moral.

De mal humor, la dosis era aún mayor que de tristeza, y la verdad es que no le faltaban motivos. Pues, señor: sin saber cómo ni por qué, aquel día que su mujer amaneció de relativo buen humor, desde la hora en que él recibió la malhadada carta, pareció ser víctima de un cambio violentísimo; y ella, que empezó la jornada asaz expansiva, fue presa del invencible sueño que la acometía siempre que él entraba en el cuarto, obligándola a volverle la espalda; y si trataba de distraerla con preguntas, a contestar con monosílabos, que pronunciaba en voz tan estridente que le crispaba los nervios. Preocupado con esto pasó el día, llegando la hora en que tuvo que partir sin haber podido obtener cambio alguno favorable.

Aún pensaba en ello cuando entró Julia. Quedó deslumbrado. La había visto muchas veces guapa; tanto, jamás. Experimentó la admiración que sentiría ante una bella obra de arte. La miró con el encanto con que vería el más grandioso espectáculo de la Naturaleza su alma de artista, como había visto la puesta del sol hundiéndose en el mar desde su casa de Igueldo. Contemplola como en una grandiosa catedral contemplaría la imagen de una Virgen de sobrenatural hermosura, rodeada de luces y flores al través de una nube de incienso que suavizara sus contornos. Sintió admiración, encanto, entusiasmo, pasión de artista, pero no amor. Ni se le pasó por la cabeza. ¿Amarla? ¡Imposible! La mujer del que cuando más solo se hallaba le recibió como a hermano, era sagrada para él. Podía inspirarle veneración, cariño, respetuosa ternura; pero amor, jamás. Y en tal caso hubiera sido doble infamia. Ella había sido la que, sustituyendo a su madre, arregló aquella boda que él creía base de su dicha. ¡Cuán lejos estaba, desgraciadamente, de la triste realidad!

Entró el Duque, amable y sonriente, pero sin perder aquel empaque de suficiencia que ni aun en la intimidad de la vida le abandonaba. Deslizose la comida lánguida, sin la acostumbrada animación que daba fama a la casa. Ignacio pensaba en su mujer: era cada vez mayor la inquietud que su extraño estado de ánimo le producía. El Duque, mientras comía con buen apetito, repetía mentalmente, para que no se le olvidasen, algunas sentencias llenas de profundidad (aprendidas aquella tarde en una revista italiana) que pensaba improvisar en su discurso. En cuanto a ella, sentía insensata ansiedad de que el tiempo volase. Sus mejillas ardían, sus ojos echaban chispas; tenía los nervios en tensión, tirantes como las cuerdas de una guitarra, y su boca se secaba, teniendo que llevarse a cada momento el vaso a los labios. Reía sin motivo, con carcajadas metálicas; no cesaba de dar órdenes en todo el transcurso de la comida, impacientándose por la menor tardanza o descuido en su cumplimiento.

Acabada la cena, partió el Duque. Ignacio quiso seguir su ejemplo, pero impidióselo ella, suplicando:

-No; tú quédate un rato, aunque no sea más que hasta la hora de vestirme.

¿Cómo negarse? Se quedó. Pasaron al severo despacho, y allí, sentados en grandes butacas, habló ella con nerviosa volubilidad de mil cosas diversas, sin obtener más que mediana atención de parte de su interlocutor.

Hacía calor, y por los balcones, abiertos de par en par, entraba tenue brisa. Cerrolos Eulalia, sentándose de nuevo, y volvió a su charla. De pronto dijo: «Tengo frío.» Alzó él los ojos y fijolos con extrañeza en su rostro. Al ver cómo ardía y el extraño brillo de sus pupilas, sintió vaga opresión.

-¿Estás mala? -preguntó.

-No. Sólo un poco de frío. Vamos a mi cuarto, estaremos mejor.

Al entrar allí, al encontrarse envuelto en los tenues resplandores de la luz rosada, al aspirar el embalsamado aroma de rosas y violetas que llenaba aquel cuarto, le hirió una vaga sensación voluptuosa. Sentose en la butaca que su hermosa prima arrastrara hasta la cabecera de la chaise-longue, y la miró.

¡De veras que estaba guapa! Se había casi cubierto con el chal rosa y apoyado la linda cabeza en un almohadón del mismo color. Con los movimientos para adoptar aquella cómoda postura, se había desabrochado la bata, resaltando entre las negras gasas uno de sus pechos, macizo, blanco, marmóreo y admirablemente moldeado, que se hinchaba con tenues palpitaciones en aquel instante. Sus manos largas y blancas, manos de rafaélica madona, caían con dejadez a lo largo de sus piernas, sujetando con su peso las vestiduras que marcaban las incitantes formas de aquel divino cuerpo.

Una inexplicable sensación invadía a nuestro héroe; una ligera sospecha empezaba a acometerle. ¿Estaría aquella mujer enamorada de él? ¡Imposible! Y aunque así fuera, ¿qué hacer? Huir era ridículo, y además, aunque lo hubiese intentado, carecía de fuerzas. Una dulcísima languidez se apoderaba de él, y su ser moral parecía dormido.

La sirena habló y habló de amor, pero de amor en general; si lo hubiese hecho en particular, sería espantar la presa. Su voz dulcísima, ligeramente velada como una antigua melodía, tomaba armoniosas inflexiones de ternura, en que casi se adivinaban los tenues gemidos del llanto de un amor sin esperanzas, cuyos últimos gorjeos van a morir allá, en la bruma azul de un horizonte de lejanas ilusiones. Después contó una historia. Una historia de amor. «¡Oh, cómo amó aquella mujer! ¡Cómo quiso la desdichada, que se consumió en la llama eterna, viendo pasar a su lado al hombre amado sin que se fijase en ella! ¡Cuánto sufrió!»

Al narrar tan triste historia se había ido incorporando hasta quedar sentada. El desnudo pecho palpitaba y los ojos estaban llenos de lágrimas que titilaban en sus pupilas de reflejos cerúleos. Él escuchaba embelesado, loco de voluptuosidad, sintiendo un desesperado anhelo de estrechar entre sus brazos a la mujer que debía ser sagrada para él. Le zumbaban los oídos; toda su sangre le subía a la cabeza, cegándole, y su sien palpitaba, produciéndole una impresión de doloroso aturdimiento. De pronto sintió aquel rostro junto al suyo, y aquella ideal cabeza se posó en su hombro. Una voz musical y tenue como el murmullo de la brisa al cruzar por entre los bosquecillos de laureles murmuró a su oído, con palabras armónicas y apagadas como notas de celeste violonchelo: «Ella, la pobre enamorada que sufre y llora, soy yo, que te adoro»; y unos labios ardientes como brasas rozaron su mejilla. Sin darse casi cuenta Ignacio, sus brazos se movieron para cerrarse tras aquel apetitoso cuerpo que se le ofrecía, y sus labios buscaron ansiosos la roja boca para devolver el beso. Hizo su ser moral un violentísimo esfuerzo y se puso en pie. Acababa de ver la rígida figura de su padre, tendido en el ataúd, envuelto en el blanco manto de los calatravos, semejante a la estatua del deber, y la adorada imagen de su madre muriendo en medio del esplendor de un día de sol. Ambas con tristeza le miraban. ¿No hemos dado nuestra vida para hacerte bueno? -parecían preguntar-. ¡Sí, sí! La vida entera para fundir todas sus virtudes y donárselas. ¡Pobres muertos! Allá, junto al trono de Dios -en quien con ardiente fe creía-, habrían gemido de dolor al verle próximo a caer. Su virtud, su honradez, su bondad, ¿iban a deshacerse al primer ataque? ¿No amaba a su mujer? ¿No quería y respetaba a su primo?

Con la pena del pecador creyente, arrepentido y sintiendo la ansiedad de llorar, pensó: «¡Soy un malvado!» ¡Engañar a su mujer, a quien adoraba! ¡Deshonrar al Duque, haciendo objeto de ludibrio a aquel hombre pundonoroso y caballero, fuerte en cuestiones de honor, a quien una mancha en su honra bastaría a matar de dolor y de vergüenza, todo por satisfacer el instinto brutal de la naturaleza, que nada respeta ni ante nadie se detiene!

Con un esfuerzo que exigía el desarrollo de todo el poder moral que sobre sí mismo ejercía, se dirigió a la salida diciendo con voz angustiosa: «Voy por los periódicos; en seguida vuelvo...», seguro de que si se quedaba carecería de fuerzas para vencerse. Cerca ya de la puerta sintió sobre su cuello la ardiente respiración de la hermosa: «¿Me rechazas? ¿Me rechazas?»

Respondió sin volverse, haciendo titánicos esfuerzos para dominarse: «No; sino que tú, comprendiendo la inconveniencia de tal broma, la dejas ya.» La voz de ella tomó inflexiones de apasionada ternura.

-¿Dejarte? ¡Ingrato! ¡Si te adoro...! -Y unos brazos mórbidos, de piel suave como el terciopelo, se enlazaron a su cuello. No pudo resistir más y besó aquel anillo, con un beso que más parecía un mordisco.

Vio ante sí marcarse clara, en la nube de sangre que velaba su vista, la imagen de su mujer llevando en su seno al hijo que había de ser heredero de las virtudes de su padre, a su primo siendo la mofa del mundo, y, en último término, perdiéndose en la bruma de su pensamiento, Dios, mirándole airado, dispuesto a castigar, y ante él, de rodillas, sus padres suplicantes.

Hizo un movimiento de nerviosa violencia, que rompió el anillo, y al verse libre abrió la puerta y escapó, bajando a saltos la escalera, medio loco de deseos, de espanto y de ansiedad, pero triunfante su conciencia.

Cuando quedó sola Eulalia, experimentó un deseo loco de correr tras él, de retenerle, de estrecharle entre sus brazos por un momento olvidolo todo. Su nombre, el mundo en que habitaba y lo que a sí misma se debía, y su mano se posó en la puerta con intención de abrirla. Pudo, sin embargo, más en ella el orgullo y el frío cálculo que sus desatadas pasiones, y abriendo el balcón se asomó a él.

Era una noche hermosísima; en el cielo, de un azul intenso, brillaban multitud de estrellas. La luna en su cuarto menguante esparcía una luz argentina que reflejaba en las verdes copas de los árboles haciéndolas blanquear. Una suave brisa traía los perfumados aromas de los próximos jardines. En la calle, casi desierta, sólo se veía un portal iluminado; ante él, y sentadas en sillas bajas, tres o cuatro mujeres charlaban, mientras los chicos jugaban medio desnudos en el arroyo. -¿De qué hablarán?- pensó un momento con esa atención con que nos fijamos en cualquier hecho trivial en momentos importantes de la vida. Sintió la trepidación de un tranvía, lo vio pasar radiante de luz, cortando la negra obscuridad de la calle de Serrano, que volvió a quedar silenciosa y sumida en las tinieblas.

Una serie de preguntas acudió a su imaginación.

¿Por qué la habría rechazado? ¿A qué motivo obedecía aquella huida?

Todas las causas más absurdas y vergonzosas pasaron por su mente. Todas menos la verdadera. ¡Parecía imposible! ¡Tan hermosa, tan seductora, tan llena de bellezas!

Y no era porque no le gustase; aquel beso que aún la quemaba los brazos probaba lo contrario.

Volvió a entrar dejando el balcón abierto; iluminó la estancia, y después de dar algunos pasos sin dirección fija, fue a sentarse ante la misma mesa de escribir que despertara aquella mañana sus frustradas esperanzas.

Hizo su pensamiento algunas piruetas volviendo a lo que tanto la preocupaba. De pronto una idea vaga la asaltó. ¿Ignoraría aquel hombre realmente su vergüenza? ¿Estaría enamorado de su mujer? Aquello la pareció tan absurdo, dado su modo de sentir y de pensar, que estuvo a punto de rechazarlo; pero ¿no era ella un alma complicada que se preciaba de comprender las cosas más extrañas? Y como aquella adivinación la halagase, la aceptó.

Según aquel orden de ideas se apoderaba de su mente, disminuía su amor, aumentaba su orgullo, sus instintos de venganza y su despecho se acrecentaban.

¡Qué gran idea se la había ocurrido! De fijo otra inspiración divina. Porque una se hubiera frustrado, ¿iba a dejar de creer en ellas?

Cogió una blanca hoja de papel, y sin molestarse en disimular su letra, escribió: «¡Imbécil!» Puso en aquella palabra su alma entera, con toda su vanidad herida y su vengativo rencor. Siguió luego: «Crees que tu mujer te adora, y no hace más que reírse de ti. Eres el desprecio de todos por tu infame papel de tapadera. Todo el mundo sabe que te casaste por dinero y que tu mujer te la pegó, pues aun antes de casarse estuvo liada con Pepe Arnal. El hijo que va a tener es suyo.»

Cerró la carta y rio, rio con risa nerviosa... donde un buen observador hallase dolor tal vez.

Después tocó el timbre. -Que mañana temprano lleven esta carta -dijo al criado que se presentó a su llamamiento. Y luego añadió: -A Enriqueta que me lleve el vestido al tocador. ¡Ah!, que salga el coche.

Se puso en pie, y como si contestase a un reproche de su conciencia, murmuró: «Él lo ha querido. ¡Hubiera podido ser feliz!» Y entró en su alcoba a concluir la toilette.






Capítulo VI - Tormentas[editar]

Salió del baño sin haber conseguido, a pesar de la ducha fría que, siguiendo la sana costumbre adquirida en la infancia, tomaba a diario, dejar aquel estado nervioso de que por primera vez en su vida era víctima. En apariencia estaba tranquilo y hasta alegre; pero su buen humor no era natural: andaba de un lado a otro sin objeto; comenzaba canciones jamás concluidas, saltando desde las más patéticas a las más alegres; reía sin motivo, y todo su ser era presa de una alarmante sacudida nerviosa.

La cosa no era para menos. Ya su naturaleza, acostumbrada al constante contacto con los elementos, ardía en aquella vida de molicie en que, si bien el cuerpo goza de voluptuosa calma, a semejanza de los orientales, no reposa como en ellos el pensamiento, sino que trabaja febrilmente, no descansando ni en sueños. En que falta el trabajo que fortifica y el opio que embrutece. En esa vida en que no se ven más árboles que los raquíticos de la Castellana, cuyas pobres hojas agonizan cubiertas con el polvo que levantan los coches al pasar, ni más campo que el de los áridos terruños que rodean a Madrid.

Esto, sin embargo, no hubiese bastado a alterar su bien equilibrada naturaleza sin los contratiempos de los días anteriores, y, sobre todo, sin la fuerte conmoción sufrida la noche antes.

Él, que gozaba de un sueño envidiable de niño, apenas había pegado los ojos en toda la noche; y cuando conseguía adormilarse, le asaltaron terribles pesadillas, en que se enlazaban formando estrecha cadena los seres que poblaban su pensamiento.

Soñó que los blancos brazos de Julia le estrechaban amorosamente. En el fondo de la estancia, en un sofá, bajo el retrato de sus padres, lloraba abandonada Eulalia, la angelical esposa, sosteniendo en sus brazos al hijo recién nacido, sobre quien inclinaba su murillesco rostro, bello para su gusto, pero que, cuanto más se fijaba en él, le parecía menos digno de competir con la mitológica belleza de la Alcuna, causándole aguda pena hacer aquella comparación. Experimentaba un doloroso deseo de correr hacia ella; pero los bellos brazos le retenían suavemente. Sin poderse contener, los besaba con unos labios que quemaban, dejando un trazo negro que se iba agrandando, agrandando y enrojeciendo hasta convertirse en fuego que devoraba el cuerpo y se comunicaba a la habitación en que desaparecía, viéndose solo junto a un esqueleto rodeado de llamas. Miraba hacia arriba, y allí divisaba, al través de las densas nubes de humo, a sus amados muertos, a su mujer adorada y a un angelito blanco y rubio, que de rodillas rogaban a Dios por él. El Padre Eterno, con su luenga barba blanca y sus talares vestiduras, parecía próximo a ceder, cuando en un nubarrón negrísimo apareció Cristo, no indulgente y bondadoso, sino un Cristo tétrico, ceñudo, imponente, vengativo, vestido con morada túnica y coronado de espinas, como le veía representado en algunas iglesias, con el semblante lívido, cetrino, agónico, la larga cabellera lacia cayendo a los lados del demacrado rostro, surcado por algunas gotas de sangre que resbalaban sobre su traje dejando repugnantes manchas negruzcas, y en cuyos ojos vidriosos sólo brillaba un destello de ira. De las heridas de sus pies y manos brotaban dos chorros de sangre que dejaban tras sí rojas estelas.

El Hombre Dios llegose ante el trono de su Padre, y con voz cavernosa semejante a un trueno, dijo: «Morí una vez por ellos. Para el que peca ya no hay perdón.» Acabadas tan fatídicas palabras, la visión se fue alejando, y sintió que los huesos de la que fue hermosa mujer y ya sólo asquerosa podredumbre era, se incrustaban en su carne, causándole un dolor imposible de resistir.

Despertó. Esperó que llegase el día, con la esperanza de que la luz disiparía aquellas dolorosas imágenes. ¡Vana esperanza! Los dolores reales no espantaron los espectros, sino al contrario, añadieron un pesar a otro pesar.

Aquella aspereza incomprensible de su mujer le angustiaba mucho; pero pensar que la merecía, le angustiaba mucho más. ¡Y lo pensaba con su conciencia honrada y su proceder leal! Ante el tribunal de sus rígidas ideas creía que su falta era grande, sin apelar a que su virtud había sido mayor; y entre tales pensamientos, mezclados con las cosas corpóreas que le rodeaban, veía seres e ideas que sólo en su imaginación existían. Oía vagos ruidos, extrañas luces dañaban sus pupilas, y su cabeza ardía.

Hizo esfuerzos para serenarse, y en parte lo consiguió. El agua fría acabó (en lo posible) de volverle en caja.

Ya envuelto en su bata, pensó en su mujer y se llenó su alma de ternura. ¡Pobrecita! ¡Cuán ajena estaba de que, mientras ella padecía, había estado a punto de traicionarla! ¡Ahora que le iba a dar un hijo!

Se dirigió a verla, frotándose las manos con esa alegría nerviosa del que acaba de pasar un peligro.

¡Qué ganas tenía de recrear los cansados ojos en su dulce aspecto! Mucho más habiéndola dejado la noche antes con aquel aire de mal humor.

Al ir a franquear el despacho, vio sobre su mesa un sobre y acudió a cogerlo. Fue abriéndole por el camino, y ante la puerta de su mujer se detuvo a leerlo. Primero no se dio cuenta de lo que aquello significaba. Cuando lo comprendió, todas sus energías, todas sus ideas de viril honor, adquiridas en aquella perfecta educación, le dieron fe, valor y fuerza. Fe en la esposa que Dios le deparara. Fuerza, para vencerse a sí mismo. Valor, para aguardar.

Si era mentira, había que matar al malvado que tan infame calumnia levantara. Si por desgracia era cierto, matarla a ella. Pero no lo sería, su corazón le decía que no. A ella se lo preguntaría, y si no quería contestar, su rostro daría la respuesta. Su natural honrado, aquella lealtad a toda prueba, que desde pequeño le habían imbuido, le predisponía a no creer en el mal de los demás; pero al mismo tiempo, una vez seguro, le hacía más terrible. ¡Pobres de los culpables si existían! Los accesos de ira en aquella naturaleza sana habían de ser terribles, y las consecuencias, más espantables.

Entró resueltamente. Lo primero que vio fue a ella, altiva, desdeñosa, sonriendo con desprecio. Su pelo, sin peinar, la caía por la espalda, y resaltaba más lo abultado de su vientre a causa de la bata celeste que vestía. Al verla, aquello que siempre le inspiró ternura, sintió invencible asco; pero dominándose dijo: «Tengo que hablarte.»

Ella le miró desdeñosamente: «Tú dirás.» ¿Qué querría aquel pillo? Se reía ella de su generosidad. Sí, sí; buena generosidad nos dé Dios.

-Mira lo que he recibido -dijo Ignacio; y la leyó el anónimo, con voz que hizo los imposibles para que fuese tranquila. Después preguntó: -¿Es verdad? ¿Es verdad que me engañas con ese canalla?

Palideció Eulalia. Un tropel de pensamientos sombríos pasó por su cabeza. Entre ellos brilló por un instante uno, como último destello del bien en un ser que pudo ser bueno y dejó de serlo para siempre. ¿Estaría enamorado de ella su marido? ¿Lo ignoraría? ¡Imposible! Aquel hubiera sido el triunfo del bien y la honradez, y ante el decantado tribunal de su conciencia había desterrado aquellas virtudes del mundo, por lo menos de «su mundo».

En todo aquello no había que ver más que una infamia. La carta, tal vez escrita por él, no era sino un ardid para tenerla a merced de su capricho y explotarla. Todo aquel amor era fingido. Había creído tratar con un ser ruin, y hallaba un malvado. No se contentaba con el precio que le pagaban, y quería más. Tal vez iba a exigirlo. Pero contra un ser así, había un arma que casi siempre vencía. Arrostrarle cara a cara y con valor. Eso haría ella, mujer valiente que no había dudado en entregarse al primer hombre que amó, casado y todo. ¡Llamarle canalla! Él sí que lo era. Ahora vería con quién trataba.

Volviose tranquila, en apariencia, revelando su emoción sólo en un ligero temblar de los labios; mirole de hito en hito; sonrió desdeñosamente, diciendo con voz helada: «Hombre, ¿de veras? ¡Vaya una noticia!»; y rio, rio con risa irónica.

Una ola de sangre pasó por su vista, cegándole; una violenta sacudida desató sus nervios, y su mano, que jamás pegó a nadie; su mano, que en remotos tiempos, seguramente mejores, hubiese empuñado la vencedora espada o la victoriosa cruz, cayó sobre el rostro de aquella mujer, ser a quien después de su madre amó más en el mundo y que con tan negra ingratitud le pagaba.

Desplomose ella a tierra echando abundante sangre por la nariz, mientras los criados, que a su grito acudieron, sujetaban a Ignacio, que braceaba furiosamente, hinchadas las venas, fuera de sus órbitas los ojos y cubierta de blancos espumarajos la boca, que dejaba escapar por primera vez en su existencia sordas maldiciones y atroces blasfemias.






Capítulo VII - La sentencia de Pilatos[editar]

Al violentísimo ataque en que sus energías, largo tiempo contenidas por aquella malsana atmósfera, dieron el estallido, sucedió un amodorramiento acompañado de intensa fiebre, que permitió le dejasen solo, bajo la salvaguardia de un criado, en espera de la llegada del médico a quien con loable precipitación habían llamado.

Cuando ya tranquilos respecto al señor penetraron en el cuarto de Eulalia, se hallaba ésta inclinada ante la palangana llena de agua fría, donde trataba de detener la hemorragia. Estaba intensamente pálida, los labios blancos, y de su nariz ligeramente hinchada caían algunas gotas de sangre; y sin embargo, aquella violencia no parecía haber influido de un modo perjudicial en su estado.

Ni en el suelo ni en ninguna parte se veía rastro de la malhadada carta, motivo primero del drama. Una vez contenida la sangre, mandó un recado por conducto de su doncella de confianza a casa de su madre para que acudiera sin tardanza, despidió a la servidumbre ordenando la trajeran tila, y se sentó en el sofá para meditar y tomar una decisión, que bien la había menester. Ya no la cabía duda de que su marido lo había ignorado todo, hasta aquel maldito día en que de sus mismos labios lo supo. Verdad era que la primera noticia la tuvo por aquel infame anónimo, pero parecía (y ella comenzaba a creerlo así) que sin su respuesta afirmativa él no hubiese dado crédito a nada por muy evidente que fuese, De todo ello se desprendía una consecuencia, que la causó honda amargura: aquel hombre la quería, y ella ¡necia!, pensando ruinmente no creyó en su amor, y lo había destruido.

Luego en el mundo había seres buenos, nobles y honrados, capaces de sentimientos hermosos en que para nada se mezclaban el vil interés ni las pasiones bastardas.

Y su marido era uno de ellos. ¡Necia! ¡Mil veces necia! Ella, que tan necesitada estaba de consuelo.

Tentada estuvo de ir a la alcoba donde yacía Ignacio, arrojarse a sus pies e implorar perdón. Pero ya fuera inútil. Era un hombre de honor, y si bien su bondad hubiera podido hacerle perdonar la falta humildemente confesada, no llegaría su magnanimidad hasta olvidar el grosero insulto. Además, ¿no achacaría su tardío arrepentimiento al miedo? Permaneció perpleja buscando la solución de aquel necio conflicto que una ligereza suya la había creado. Una idea infame parecida a una solución, iluminó sus sombríos pensamientos.

¡Estaba loco! ¿Qué duda cabía? ¿Y si no era cierto, por qué no afirmarlo? Todos lo creerían. ¿No tenían el convencimiento de que estaba harto de conocer su deshonra? En gracia de Dios era poco sabido. ¿Cómo iban a explicar si no aquel violento estallido después de algunos meses de vivir reposado y en apariencia feliz, estando todo el mundo enterado de que aquellas relaciones acabaron para siempre antes de casarse? Sólo un rapto de locura podía dar la clave de aquel enigma a los que no era dado como a ella descender al fondo de su corazón.

Además nadie le quería, nadie le estimaba, y nadie tendría empeño en salvarle. Le encerrarían, y todo seguiría igual. En justa lógica, era un demente el ser que en aquel mundo buscaba el bien absoluto en vez de contentarse con el relativo. Así ella se vería libre de temor. No era mala, y sentía sacrificar a un hombre honrado; pero la iba en ello el pellejo, y ante tal argumento no digo yo a Ignacio, a toda su familia encerraría.

Entró su madre. ¡Oh! La noble dama sabía siempre ponerse a la altura de las circunstancias. Llegaba en toilette de tragedia. El negro traje de luenga cola hacía resaltar más su palidez, demasiado intensa para ser natural; traía el pelo, color ébano, en un artístico desorden que denotaba muy a las claras la huella del peine y las horquillas. En vez del sombrero que siempre usaba, lucía manto, que, sin duda mal sujeto con las prisas, flotaba suelto sobre sus espaldas. Sólo faltaba a tan artístico conjunto una tumba a sus pies, un sauce que la cobijara y un viento huracanoso que hiciera flotar el enlutado velo, para completar la semejanza con ciertos cromos que tienen por asunto el final de un melodrama.

Al ver a su hija, abrió los brazos sollozando. -¡Pobre hija mía! ¡Qué desdichada eres! -Eulalia no parecía muy dispuesta a seguir a su madre por los derroteros del sentimentalismo, sino que, por el contrario, quiso calmarla. -Mamá, por Dios, ¡cómo vienes!

-¿Cómo quieres que esté? -sollozó mirando a su hija con asombro-. Mira, cálmate, y mientras te arreglas en mi cuarto, te lo contaré todo.

Una vez allí, y mientras su madre se peinaba, habló de nuevo. «Mi marido está loco, loco furioso»; y acto seguido contó todo lo que había sucedido aquella mañana. Todo, todo, menos lo que la convino callar. Así narró sin hacer caso de los gestos de espanto de su madre, ni de sus palabras de angustia y horror, cómo entró Ignacio en el cuarto con los ojos brillantes, las mejillas rojas, cubiertos de espuma los labios y erizados los cabellos. Cómo sin más ni más empezó a afirmar que le engañaba con uno que se llamaba Pepe. Ni sabía ella qué Pepe sería.

La madre volvió a contemplarla admirada. Decididamente, tenía mucho que aprender de aquella hija. Terminó su historia explicando cómo quiso él matarla, cómo le sujetaron los criados, y, por último, cómo fue víctima de aquel ataque.

Anunciaron al médico. Era un hombre de unos sesenta y cinco años, bajo, delgado, pelo blanco y barba del mismo color, que le daba un aspecto venerable haciéndole simpático. Lo único de notable que ofrecía su fisonomía, eran los ojos, pequeños y grises, que brillaban con inusitado fulgor al través de los cristales de sus quevedos de oro. No sobresalía por su maravillosa ciencia ni por su vasta instrucción, y sin embargo, era el médico de todas las casas aristocráticas de Madrid. Para ello reunía, además de su carácter optimista y alegre, otras varias circunstancias que le favorecían; verbigracia: cuando veía a un enfermo y a su familia empeñados en que era cualquier dolencia especial la que les aquejaba, se guardaba muy bien de llevarles la contraria. No se ofendía si al ver el poco éxito de sus servicios llamaban a otro, ni ponía inconveniente en disminuir sus cuentas cuando por írsele en ellas la mano, cosa que con demasiada frecuencia acaecía, exigían sus clientes una rebaja. Callaba las vergüenzas, y poseía otras mil ventajas análogas. Tal era el galeno llamado a juzgar en la enfermedad más moral que física de nuestro protagonista.

Sin dejar de hablar a su madre, no fuese que con alguna necedad lo echase todo a perder, contó el caso al doctor, callando aun más detalles que a la autora de sus días omitiera, e insistiendo mucho sobre lo de la locura, para que al entrar a ver al enfermo estuviera bien poseído de que en ello estribaba la dolencia.

Al acercarse a la puerta oyeron voces y ruido de lucha. «Es que le ha vuelto a dar el ataque, vamos allá», dijo, y abrió la puerta, entrando la primera. El espectáculo que a su vista se ofreció produjo distinta impresión en los tres nuevos espectadores.

Eulalia respiró al verle otra vez presa de aquellas atroces convulsiones. Así se confirmaría la locura. La ilustre Condesa de Torres Altas, que ya sabemos que aunque llena de valiosos méritos no poseía el privilegiado temple de alma de su hija, sintió una impresión que no dudaríamos en calificar de miedo si no la considerásemos muy por encima de tan vulgar sentimiento. En cuanto al médico, lo vio con la completa indiferencia de las personas de su profesión.

Hay que confesarlo, sin embargo; el espectáculo era dolorosamente angustioso, capaz de oprimir el corazón de aquel que lo tuviera.

Sobre el lecho, encima de las ropas rasgadas y en desorden, estaba echado Ignacio, a quien sujetaban dos criados. Aquel ser, todo bondad, todo cariño, todo ternura, para cuyo perfecto equilibrio dio la Naturaleza todas sus savias y la bondad todos sus consejos; aquel ser sano, robusto y vigoroso, cuyos primeros pasos en la vida guiara un maestro de todas las virtudes y una maestra de todas las ternuras, yacía allí presa de espantosas convulsiones.

Causaba hondo dolor contemplar aquel rostro, si no hermoso, correcto y apacible, fiel espejo siempre de la dulce placidez del alma, espantosamente contraído, amoratado el color, plegada la boca en una sonrisa de doloroso sarcasmo, escupiendo entre los borbotones de espuma atroces injurias con las que constantemente se oía mezclado como un estribillo de locura: «¡Me han engañado! ¡Me han engañado!» Y después, modificando el acento y poniendo en las palabras la infinita tristeza de su alma: «¡No es mío! ¡No es mío!», murmuraba; y pasados breves instantes en que parecía iba a sumirse en una calma soporífera, volvían los estremecimientos a agitar su cuerpo.

Al salir, Eulalia interrogó al doctor:

-¿Está loco, verdad?

Meneó el anciano la cabeza en son de duda. ¿Volvería aquella noche...? No estaba seguro... Más bien parecía una perturbación nerviosa..., alguna emoción fuerte...

De buena gana le hubiera pegado. Se apresuró a rectificarle. No. Imposible. ¡Si saltaba a la vista! Además, no había sufrido emoción alguna que lo justificase. Le acompañó hasta la escalera, repitiendo muchas veces lo de la locura, para que se fijase bien en su imaginación y pesara en su fallo.

Partió el hombre de ciencia, prometiendo volver aquella tarde.

Entretanto, la noticia corrió de boca en boca, y a la una todo Madrid lo sabía y lo creía sin titubear. ¿Cómo hallar si no la explicación de los hechos? Cuando averiguaron que la locura se mostró en una escena de celos, rieron, rieron. ¡Cosa más chistosa! ¡Las cosas que pasan en el mundo! Sabiendo que él estaba al tanto de todo...

Sólo dos personas conocían la verdad (pues no hace falta decir que Eulalia, en cuanto vio el anónimo, supo de dónde venía el golpe), y ellas, por su mismo interés, no la dirían. Todo Madrid acudió a la casa, y todos, a excepción de la Alcuna, que a eso de las cinco se dejó caer por allí, tropezaron contra el muro de la inviolable consigna. «¡Que nadie, nadie entre! Sólo el doctor y la Duquesa», había dicho el portero, y había añadido para sí: «Hasta que le encierren no estoy tranquila.»

A las seis volvió el médico y pasó a ver al enfermo. Era éste presa en aquel instante de un acceso de dolor. Pasados los primeros ataques, lloraba sin consuelo, quejándose en hondos suspiros e incoherentes palabras. Al verle formuló en su fuero interno el diagnóstico. No estaba loco. Como le preguntasen ansiosamente su opinión, afirmó que sí, que lo estaba y debían encerrarle lo antes posible. Adivinaba allí un drama terrible. ¿Para qué oponerse a su natural desenlace? Aquella oposición hubiera podido traer peores consecuencias. ¿A él qué le importaba? Se lavaba las manos. Lo mejor que podía hacer era dejar a los sucesos seguir su curso natural. Ya sólo le faltaba las advertencias para que le hicieran sufrir lo menos posible. En Leganés, mucha libertad. Mucho jardín. Comodidades. Pocas visitas. En cuanto a eso, podía estar tranquilo. No le harían ninguna. Nada...; quedaban en que volverían por él a la mañana siguiente. Se fue tranquilo. Su conciencia con poco se contentaba.

Ellas respiraron, y así quedó fallada la condena de aquel ser casi perfecto. ¡La condena del inocente por el culpable! Una infame injusticia del mundo. Una de tantas.






Capítulo VIII - ¡Padre mío! ¿Por qué me abandonas?[editar]

Palabras de Cristo en el Calvario.

Abrió los ojos y miró a su alrededor para ver el sitio en que se hallaba. Era éste un vasto jardín de añosos árboles de secular ramaje, cubierto de verdes hojas, al través de las que se filtraba el sol poniente, formando caprichosos dibujos de oro sobre las bien cuidadas calles de arena que entre los simétricos cuadros de verdura que llenaban el parque, corrían; dibujo que a cada momento variaba de forma, merced a los suaves soplos de la brisa cálida y henchida con los perfumes de aquella tarde primaveral. En el fondo del jardín, cortando el purísimo azul del firmamento, se elevaba un gran edificio de ladrillo rojo con tejado de pizarra. La mayoría de sus ventanas, cuya simetría daban a la mole aspecto de colegio u hospital, estaban abiertas de par en par, pero sin dejar ver ni rastro de ser humano. Ante la casa había un pequeño parterre donde, entre los caprichosos arabescos de yerba, crecían bonitas flores ostentando sus brillantes colores, mecidas al sol por el aire que las acariciaba con sus suaves besos.

No pudo darse cuenta de dónde estaba ni por qué causa reposaba en aquel rústico banco, ni de las circunstancias que allí le llevaron. Su memoria parecía borrada como si hubiesen arrancado de ella la noción de los hechos pasados. Trató de levantarse y experimentó agudos dolores en todo el cuerpo y un cansancio físico, unido a un abatimiento moral tan espantoso, que tuvo que permanecer sentado. Según el tiempo transcurría, iba como recobrando la idea de los acontecimientos y dibujándose, aunque con borrosos contornos, los sucesos, y cuanto más volvía a la realidad, mayor era su tormento, si bien su debilidad le impedía ser víctima de las violentas conmociones de la víspera. Así fue recordando la escena con la Alcuna, su radiante belleza..., la atmósfera de molicie de que se rodeó aquella infausta noche, el criminal amor que hacia él sintiera, el beso aquel que por su mal la dio y que aún le quemaba los labios, el anónimo, el drama con su mujer, que trajo por consecuencia el derrumbamiento de su dicha, y, por último, su enfermedad.

¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Dónde se hallaba? Eran preguntas que se hacía y a las que no podía contestar. En cambio veía más claro en los hechos pasados. Aquella rápida boda la habían hecho con sus ulteriores miras la Alcuna y Eulalia. ¡Qué duda cabía! La una le deseaba, la otra quería ocultar su vergüenza. Aquel anónimo era obra de la enamorada, irritada por el despecho. ¿Por qué no? Buscó una explicación infame, fatal, para cada hecho y cada frase. A ello le impulsaba el desengaño. Al comprenderlo así, volvió con infinito dolor los ojos al recuerdo de sus padres. «¡Padres míos, no me abandonéis!» Sollozó, ocultando la cara entre las manos. Cuando se descubrió vio ante sí una figura, que por un momento pudo suponer creación de su mente alucinada. Era un anciano de luenga y pobladísima barba, de eucarística blancura. Su rostro, surcado de profundas arrugas, tenla una grave y majestuosa calma, que imponía suave respeto; en él brillaban, con luces semejantes a fuegos fatuos, dos pupilas negras como la lóbrega profundidad de la muerte; tenían algo de la sombría y quemadora claridad de los iluminados, que hace temblar en un escalofrío a aquel en quien se fijan. Alrededor de su cráneo calvo y reluciente, y la frente exceptuada, crecía nívea corona de plateados rizos, revueltos y enmarañados. Cubrían su demacrado cuerpo, donde los huesos querían taladrar la carne, viejísimas vestiduras a medias cubiertas por una raída capa, que después de darle la vuelta a la cintura y pasarle sobre un hombro, aún arrastraba por el suelo en nobles pliegues. De sus manos, largas y huesudas, manos prerrafaélicas, una sustentaba aquella a modo de talar vestidura, y en la otra apoyaba la abatida frente, cual si el peso insustentable del pensamiento le rindiera. Aquella figura profética, deífica, apostólica, fluctuando entre dulce y amenazadora, recortándose sobre el fondo dorado de la arena bañada por los últimos rayos del sol, abrillantada por el contraste con la sombría verdura del follaje, semejaba la imagen escuálida de un patriarca bíblico, arrancada de las tablas de alguno de los maestros italianos del Renacimiento.

Con voz sonora y armoniosa, en que había alguna de las notas solemnes y profundas de los cantos en loor de los difuntos, dijo: «En el mundo todo es falsía y vanidad»; y emprendió de nuevo su camino, con pasos graves, mesurados e iguales, fijos en tierra los ojos para hallar la verdad, ya que no es dable a los mortales remontarse al cielo en su busca. Ignacio le siguió con la vista hasta que se perdió entre los árboles, quedando de él tan sólo el ligero rastro que en la arena marcaba su capa.

No tuvo tiempo de dar forma concreta a los pensamientos que a su cerebro acudieron en tropel. Por uno de los senderos avanzaba hacia él una mujer, si mujer puede llamarse aquel ser con facha de vieja cortesana enferma, que sólo repugnancia podía inspirar en quien la contemplaba. Alta, escuálida, huesuda, de semblante cetrino, donde había dos ojos mortecinos y apagados, en que ni el más leve signo de inteligencia brillaba; semblante sólo animado por la abierta boca, que dejaba ver la negra y mellada dentadura, sonriendo con una risa lujuriosa llena de asqueroso impudor, y por corona de aquella que debió ser en otros tiempos reina del vicio, una espesa mata de cabellos amarillentos y grisosos. Vestía una bata de mugriento percal rojo, que al andar dibujaba los contornos de sus piernas delgadas y largas. Cruzadas sobre el pecho, y sosteniendo un pañuelo que debió ser blanco, traía las manos de curvos dedos y largas uñas negras, manos que más semejaban a las garras de un ave de rapiña. «Hombre -formuló con ronca y aguardentosa voz-: ¿buscas la esposa modelo de honradez, de honestidad y de virtud? Yo soy». Y dicho esto, separó las manos quitando el pañuelo, y mostró sus rugosos pechos flácidos y exhaustos; después volvió la espalda y se alejó poco a poco, contoneando su cuerpo y haciendo oscilar sus caderas con lúbrico contoneo al ritmo de una indecente canción.

Sin saber por qué, sintió nuestro protagonista que sus ojos se llenaban de lágrimas y que una angustia infinita le ahogaba, experimentando un deseo pueril de ocultarse en el fondo de la tierra. El ruido de unos pasos junto con el de algo que arrastraba, le hizo alzar del suelo las pupilas. Ante sí vio de pie un sacerdote. Su semblante duro, enérgico y de correctas facciones, se esclarecía con los luminosos reflejos de sus negrísimos ojos. Un pelo áspero y ensortijado cubría el sitio donde antes debió estar la corona. Su negra sotana, hecha jirones, se ceñía a su cintura con unas largas disciplinas. Traía descalzos los pies, y colgando de una larga cuerda, que dejaba arrastrar por el suelo, una custodia rota y abollada.

-¿Por qué lloras, mortal? ¿No tienes fe? Si vienes tras de mí, yo te la daré. No morirás nunca. Soy el profeta de Dios. ¡Ven! ¡Ven! -Y se alejó repitiendo solemnemente: «¡Ven! ¡Ven!»

Ignacio, helado de terror, quiso levantarse, mas vio espantado desfilar por el fondo del jardín la extraña procesión de sus escarnecidas virtudes.

Una idea sombría, cual pájaro protervo, cruzó entre negras nubes por su mente.

-¡¡Estoy en una casa de locos!!

Sí. Estaba en una casa de locos, y estaba allí porque había creído en la virtud, en la honradez, en la bondad, en la lealtad y en la justicia, y aquellas virtudes no eran más que un juego con que la sociedad en que había ido a caer encubría con inicua farsa sus bastardas pasiones. Estaba allí porque había amado a cuantos le rodearon, y ellos no habían hecho más que fingir cariño en espera de la hora en que pudiera mostrar sus odios. Porque tuvo fe en aquél, creyéndole bueno, y el mundo se rio de su candor. Lóbregas imágenes miró ante sus ojos, y entre ellas, rodeada de una nube de fuego, destacose la escena del Calvario que algún ignorado artista labró sobre el viejo retablo de su solariega mansión de Igueldo. En él, pendiente de tosco madero, estaba el mártir del Gólgota. Sobre su rostro cadavérico resbalaban gotas de sangre, y sus marchitos labios pedían agua. Un sayón tendíale en el extremo de su lanza una esponja empapada en vinagre. A sus pies se arremolinaba el pueblo pidiendo la muerte de su Dios. Aquella misma humanidad que crucificó al Mesías le condenaba a él.

¡Pero no! No estaba loco, y haciendo un esfuerzo sobre sí, podría demostrarlo y saldría.

Atroz desaliento te invadió . ¿Para qué? Ninguna misión tenía que cumplir. ¡Nadie le amaba!

Agonizaba la tarde con solemne calma. Sólo interrumpía el silencio el débil susurro de las hojas agitadas por la brisa. Algunos pájaros saltaban de rama en rama. Una mariposa blanca vino a posarse cerca de él. Cortó el silencio el melancólico tañido de la esquila del próximo convento llamando a los fieles a la oración de la tarde. Allá, a lo lejos, se alzaba una neblina azul, como el vaho de un enorme monstruo, cernida sobre la gran ciudad, y de tiempo en tiempo traía el viento un débil rumor del tráfago de Madrid. Se oyó al través de la tapia el tintineo de un tranvía que corría hacia la capital, donde los seres seguirían luchando, en terrible batalla, por la satisfacción de sus pasiones.

Él no volvería ya. ¿Para qué? Era un vencido más. Mejor valía vivir allí, dedicado al recuerdo de aquellos padres, que lejos, muy lejos, a orillas del Cantábrico, reposaban, únicos seres que le amaron en el mundo.

Se hincó de rodillas, anegados en lágrimas los ojos, y murmuraron una oración sus labios, mientras las sombras de los árboles que el sol poniente reflejaba se iban agrandando, agrandando, como engendros de una imaginación enferma, hasta tomar monstruosas proporciones.


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