Cumandá:03

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Capítulo II - Las tribus jívaras y záparas[editar]

Numerosas tribus de indios salvajes habitan las orillas de los ríos del Oriente. Algunas tienen residencia fija, pero las más son nómadas que buscan su comodidad y subsistencia donde la naturaleza les brinda con más abundancia y menos trabajo sus ricos dones en la espesura de las selvas o en el seno de las ondas que cruzan el desierto. Su carácter y costumbres son diversísimos como sus idiomas, incultos pero generalmente expresivos y enérgicos. Hay tribus que se distinguen por la mansedumbre del ánimo y la hospitalidad para con cualquier viajero; tales son los záparos que viven al Norte del Pastaza y a las márgenes del Curaray, del Veleno, el Bobonaza, el Pindo y otros ríos de auríferas arenas y mitológica belleza, sin que por esto deba creerse que son encogidos y cobardes. Otras hay temibles por su indómita ferocidad, como las tribus jívaras desparramadas en el inmenso espacio regado por el Morona y el Santiago, que se extiende desde la banda meridional del mentado Pastaza, hasta las regiones en que domina el Chinchipe, uno de los principales ríos de Loja; de esta tierra, patria de la quina, y si por esto célebre, no menos famosa por la riqueza de su flora, sus minas de metales preciosos y sus mármoles tan bellos como los de Paros y Carrara. No hay caníbales en estas tribus, como algunos lo han creído sin fundamento; pero es peligroso viajar entre ellas, a lo menos cuando no se toman todas las precauciones necesarias para no causarles el menor disgusto ni sospechas. En la guerra son astutos y sanguinarios, sencillos en las costumbres domésticas, fieles en la alianza y en la venganza inflexibles. No obstante su adoración a la libertad, a veces miran a sus jefes, cuando sobresalen por la bravura y el número de las hazañas, con supersticioso respeto; y cuando mueren, sacrifican a la más querida de sus esposas para que le acompañe en el país de las almas.

La guerra es casi el estado normal de los jívaros y a ella son también aficionados los záparos. Unos y otros son muy diestros en el manejo del arco, la lanza y la maza. Su maestría en el conocimiento y uso de los venenos es horripilante. La causa de sus contiendas es por lo común el deseo de llevar a cima una venganza. Acontece no pocas veces que un jefe toma la infusión del bejuco llamado hayahuasca, cuyo efecto es fingir visiones que el salvaje cree realidades, y ellas deciden lo que debe hacer toda la tribu: si en ese delirio ha visto la imagen de un enemigo a quien es preciso matar, no perdona diligencia para matarle; si se le ha presentado cual adversa una tribu, que, quizás fue su amiga, la guerra con ella no se hace esperar.

Ha más de un siglo, la infatigable constancia de los misioneros había comenzado a hacer brillar algunas ráfagas de civilización entre esa bárbara gente; habíala humanado en gran parte a costa de heroicos sacrificios. La sangre del martirio tiñó muchas veces las aguas de los silenciosos ríos de aquellas regiones, y la sombra de los seculares higuerones y ceibas cobijó reliquias dignas de nuestros devotos altares; pero esa sangre y esas reliquias, bendecidas por Dios como testimonios de la santa verdad y del amor al hombre, no podían ser estériles, y produjeron la ganancia de millares de almas para el cielo y de numerosos pueblos para la vida social. Cada cruz plantada por el sacerdote católico en aquellas soledades era un centro donde obraba un misterioso poder que atraía las tribus errantes para fijarlas en torno, agregarlas a la familia humana y hacerlas gozar de las delicias de la comunión racional y cristiana. ¡Oh! ¡qué habría sido hoy del territorio oriental y de sus habitantes a continuar aquella santa labor de los hombres del Evangelio!... Habido habría en América una nación civilizada más, donde ahora vagan, a par de las fieras, hordas divorciadas del género humano y que se despedazan entre sí.

Un repentino y espantoso rayo, en forma de Pragmática sanción, aniquiló en un instante la obra gigantesca de dilatadísimo tiempo, de indecible abnegación y cruentos sacrificios. El 19 de agosto de 1767 fueron expulsados de los dominios de España los jesuitas, y las Reducciones del Oriente decayeron y desaparecieron. Sucedió en lo moral en esas selvas lo que en lo material sucede: se las descuaja y cultiva con grandes esfuerzos; mas desaparece el diligente obrero, y la naturaleza agreste recupera bien pronto lo que se le había quitado, y asienta su imperio sobre las ruinas del imperio del hombre. La política de la Corte española eliminó de una plumada medio millón de almas en sólo esta parte de sus colonias. ¡Qué terribles son las plumadas de los reyes! Cerca de dos siglos antes otra igualmente violenta echó del seno de la madre patria más de ochocientos mil habitantes. Barbarizar un gran número de gente, imposibilitando para ella la civilización, o aventarla lejos de las fronteras nacionales, allá se va a dar: de ambas maneras se ha degollado la población. Pero vamos con nuestra historia.

Entre los pueblos más florecientes fundados por los jesuitas en aquel inmenso territorio, se contaban Canelos, Pacayacu y Zaracayu, a las orillas septentrionales del Bobonaza, y Andoas y Pinches, a la derecha del Pastaza. Todos sus habitantes pertenecían a la familia zápara. Cuarenta años después de haberles privado el Gobierno de España de sus misioneros, la decadencia fue tal, que algunos grandes centros de población casi estaban a punto de desaparecer. Pinches se hallaba reducido a menos de la mitad, y la escasez de su población le exponía frecuentemente a ser aniquilado por los jívaros.

A los pueblos antedichos se enviaron religiosos dominicos en sustitución de los jesuitas, y autoridades civiles que cuidaban más de enriquecerse a costa del sudor y la sangre de los indios, que no de propender a civilizarlos. Cuando tales empleados faltaban, los curas misioneros gobernaban aún en lo temporal, y si no siempre, con frecuencia se desempeñaban más acertadamente, y los pobres salvajes respiraban con libertad.

Por el año 1808 una tribu nómada de las más temibles en las selvas del Sur, quiso guardar estricta neutralidad en una sangrienta guerra que a la sazón, destrozaba las tribus de los zamoras, logroños, moronas y otras, pues eran todas sus aliadas. Mayariaga, curaca de los moronas, que había intentado en vano atraer a su partido a los neutrales, dio muestras de grande enojo, y Yahuarmaqui, curaca de estos últimos, de quienes era querido y respetado, juzgó prudente alejarse del teatro de la guerra.

Una mañana se levantaban espesas columnas de humo por entre las copas de los árboles: las cabañas de los que se retiraban ardían quemadas por sus propios dueños que, en ligeras canoas hechas de las cortezas de árboles gigantescos, rompían la corriente del Morona. Al son de las ondas rotas por los remos entonaban el canto de despedida al rincón de la selva que abandonaban para siempre. A los quince días habían terminado la navegación y entregaban las canoas, inútiles ya para el viaje que llevaban, a merced de la corriente. Traspusieron a continuación por la parte superior la cordillera de los Upanos, que arranca del costado oriental del Sangay y se abate cerca de la laguna Rumachuna, y plantaron al fin sus cabañas en la margen izquierda del Palora, a tres jornadas de su pacífica entrada en el Pastaza, y en las vecindades del lugar en que estuvo la villa de Mendoza, asolada por los bárbaros.

El curaca Yahuarmaqui contaba el número de sus victorias por el de las cabezas de los jefes enemigos que había degollado, disecadas y reducidas al volumen de una pequeña naranja. Estos y otros despojos, además de las primorosas armas, eran los adornos de su aposento. Se acercaba a los setenta años y, sin embargo, tenía el cuerpo erguido y fuerte como el tronco de la chonta; su vista y oído eran perspicaces, y firmísimo el pulso: jamás erraba el flechazo asestado al colibrí en la copa del árbol más elevado, y percibía cual ninguno el son del tunduli tocado a cuatro leguas de distancia; en su diestra la pesada maza era como un bastón de mimbre que batía con la velocidad del relámpago. Nunca se le vio reír, ni dirigió jamás, ni aun a sus hijos, una palabra de cariño. Sus ojos eran chicos y ardientes como los de la víbora; el color de su piel era el del tronco del canelo, y las manchas de canas esparcidas en la cabeza le daban el aspecto de un picacho de los Andes cuando empieza el deshielo en los primeros días del verano. Imperativo el gesto, rústico y violento el ademán, breve, conciso y enérgico el lenguaje nunca se vio indio que como él se atrajera más incontrastablemente la voluntad de su tribu. Seis mujeres tenía que le habían dado muchos hijos, el mayor de los cuales, previsto para suceder al anciano curaca, era ya célebre en los combates y se llamaba Sinchirigra, a causa de la pujanza de su brazo.

La tribu, según es costumbre en esas naciones que tienen por patria los desiertos, tomó el nombre del río a cuya margen acampó. La nueva del arribo de los paloras se divulgó rápidamente por las demás tribus y pueblos, que se apresuraron a solicitar su alianza, aconsejados por la prudencia y no por el miedo, desconocido entre los salvajes. Durante largos días Yahuarmaqui se ocupó en recibir mensajeros que, en señal de paz y amistad, llevaban tendemas y otros adornos de brillantes plumas de color de oro en la cabeza, el cinto y las armas. Los de Canelos y Pacayacu; los de Zaracayu y Andoas; los moradores del aurífero Veleno, del Curaray y de los ríos que dan origen al caudaloso y bellísimo Tigre, enviaron sus comisionados escogiéndolos entre los más hábiles en la diplomacia por ellos usada, y acompañados de ricos presentes, cuya elocuencia es para un salvaje más persuasiva que la de los hermosos pensamientos y bien combinadas frases. A todos contestó el anciano jefe con orgullo, pero con palabras que pudieran dejarlos satisfechos, y la alianza quedó sellada con menos ceremonias y más firmeza de las que se emplean entre pueblos civilizados. Yahuarmaqui poseía en verdad la gran virtud de un religioso respeto a la fe que una vez empeñaba; lo comprueba el haberse retirado de su antigua residencia por no tomar parte en la contienda de sus amigos, los jívaros del Sur.

El último de aquellos embajadores fue un bien apersonado mancebo, que en amable voz dijo al anciano:

-Poderoso curaca y grande hermano, bien venido seas a la orilla del río de las aguas amargas y a la vecindad de los záparos. Me envía a ti la tribu de quien es jefe el viejo Tongana, mi padre, la cual quiere ser tu amiga y llamarte su amparo. Es la más reducida de las familias libres del desierto y vive junto a un arroyo de agua dulce, al que se llega, partiendo de aquí, en poco menos de tres soles. No tiene alianza ninguna con otras tribus, y sólo desde hoy anhelamos vivir a tu sombra como la palma chica al pie de la palma grande. ¡Jefe de las manos sangrientas, acepta nuestra amistad y danos la tuya, y sé para nosotros el jefe de las manos benéficas!

Yahuarmaqui, de tal manera lisonjeado, contestó:

-Hijo mío, acepto la amistad y la alianza de la familia Tongana. Ve a decirla que el poderoso jefe de los paloras es ya su padre; que nada tema y que lo espere todo. El son de mi tunduli será voz amiga para ella, y cuando Tongana haga resonar el suyo, al punto mi tribu estará con él: mis enemigos serán enemigos de los tonganas; sus enemigos lo serán míos. La sombra de mi rodela cubre a mis aliados como a mi propia tribu. Joven hermano, has dicho lo que debías y has oído mis promesas. Estás contento; vete en paz a los tuyos.