Cumandá:06

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Capítulo V - Andoas[editar]

Andoas, bello y pintoresco pueblo, vergel cultivado por los misioneros en el corazón de las selvas, alegre esperanza de la patria en otros tiempos y del cual ¡ay! no quedan ya ni los vestigios, pues la feraz vegetación trasandina borra en un día las huellas del hombre que ha pasado largos años entre las oleadas de la dulce luz y de las aromáticas brisas de aquellas vírgenes selvas; Andoas, ya en decadencia en la época en que le visitamos con la memoria pidiéndole recuerdos e impresiones, esto es por el año 1808, se hallaba al frente de la desembocadura del Bobonaza, aunque algún trecho hacia abajo; por manera que las canoas y balsas que descendiendo de este río, tenían que atravesar el Pastaza con dirección al pueblo, lo hacían con poca diligencia y en breve tiempo. No así cuando era menester bogar aguas arriba, rompiendo la corriente, para entrar en las del Bobonaza, pues se necesitaba remo y destreza. Sin embargo esta dificultad era mucho menos sensible, cuando los ríos se hallaban en su estado normal.

Levantábase la población a cosa de cien metros de la orilla; pero como su plano era un suave declivio, y no habiendo en él sino algunas palmeras y canelos, se veía por entre sus troncos el explayado y majestuoso río, distinguiéndose a lo lejos hasta el ligero escarceo con que el Bobonaza hace ostensible el rico tributo que paga a su señor, y las canoas que iban o venían o se balanceaban amarradas a la ribera y parecían aves acuáticas prestas a surcar las ondas y cambiar de margen. Los rústicos edificios, abrigo de unas cincuenta familias záparas que constituían toda la Reducción, se hallaban aislados unos de otros y en pintoresco desorden. Los indios habitualmente dedicados a la pesca, tenían sus barracas más próximas al río; de modo que en las grandes crecidas las azotaban las olas y hacían estremecer, sin causar empero zozobra ninguna a sus impávidos moradores. Eran todas las casas, como son hoy las más de otros pueblos cristianos del Oriente, y como las ya descritas de los Tonganas, labradas sobre postes de incorruptible guayacán y eriupo, guadúa partida por paredes, y los empinados techos cubiertos de chambira o de bijao. Los jívaros y otros salvajes no convertidos usan tamañas chozas donde viven juntas muchas familias, y donde arde el hogar al pie de cada lecho; pero los misioneros han enseñado a los indios de sus Reducciones la manera de vivir más cómodamente en casas separadas, y han quitado algo a la rusticidad de ciertas costumbres. En Andoas cada familia tenía su mansión aparte. En los intermedios de una a otra había naranjos de redondas copas cubiertos de azahares y frutas en diversa sazón, y plátanos de cuyas abiertas y airosas coronas desparramadas en torno pendía el fruto en luengos cuernos de esmeralda o de oro, según el punto de madurez. Atrás se extendían las sementeras de varias raíces, y cada pequeña heredad tenía por linde una hilera del precioso arbusto del achiote que sirve para hacer apetitosos los manjares, y en muchas tribus para pintarse caras y cuerpos. De Norte a Sur, y en regular semicírculo, se alzaba al cielo un gigante muro de verdura, formado de matapalos, higuerones, ceibas y otros reyes de la vegetación, entre los cuales sobresalían las palmeras, cuyos penachos se movían al aire como arrancados de la masa principal. En esta magnífica fortificación de la naturaleza, delante de la cual las casas del pueblo parecían solo colmenas artificiales, se notaban puntos sombríos como bocas de abismos, o bien sobresalían a manera de grandes brochadas dadas a la ventura, los festones de hojas claras de algunas enredaderas; o pendían éstas en soberbios doseles y cortinajes recamados de flores, deliciosa mansión de lindas aves y brillantes insectos, y no pocas veces columpio de abigarradas culebras, bellísimo peligro de las tierras calientes.

Por la parte inferior del pueblo y hacia el Mediodía, bajaba un riachuelo de aguas siempre cristalinas y dulces; por la superior y a unos 500 metros, además de aquel muro de árboles y matas, había un barranco formado por un peñasco bastante elevado, cuyo remate oriental, tajado perpendicularmente, daba sobre el río, obligando a sus aguas que contra él chocaban a volver sobre sí mismas en eterno vaivén, de donde venía el nombre de Peña del remolino, o el Remolino de la peña. Las orillas del barranco estaban cubiertas de espesos matorrales de guadúa espinosa que no dejaban paso ninguno, tanto que los indios preferían el tránsito por el río, antes que animarse a luchar con aquel obstáculo de la naturaleza. Por otra parte, éste constituía también una buena defensa contra cualquier invasión por el Norte.

Los sacerdotes que evangelizaron en esas tribus nómadas las enseñaron la estabilidad y el amor a la tierra nativa, como bases primordiales de la vida social; y una vez paladeadas las delicias de ésta, gustaban ya de proporcionarse las cosas necesarias para la mayor comodidad del hogar, aprendían algunas artes y criaban con afán varios animales domésticos, de aquellos sin los cuales falta toda animación en las aldeas y casas campestres. El balido de las ovejas y cabras pastoreadas por robustos muchachos casi desnudos, y el cacareo de las gallinas que escarbaban debajo de los plátanos, alegraban la choza del buen salvaje. El gallo que cantaba al abrigo del alero era el único reloj que señalaba las horas de la noche y de la madrugada; durante el día cada árbol era un gnomon cuya sombra medía el tiempo con exactitud. Un perro atado a la puerta de cada cabaña era el centinela destinado a dar la voz de alerta al dueño al sentir la proximidad del tigre o del gato montés que se atrevieran a invadir el pueblo.

En ese embrión de sociedad, no obstante su menoscabo desde la ausencia de sus inteligentes y virtuosos fundadores, había algo de patriarcal, o algo de los sencillos árcades, cuya felicidad nos refieren los poetas, o, cuando menos, algo de los tiempos en que los shiris y los incas gobernaban sus pueblos, más con la blanda mano del padre que no con el temido cetro del monarca. La regeneración cristiana había dulcificado las costumbres de los indios sin afeminar su carácter, había inclinado al bien su corazón, y gradualmente iba despertando su inteligencia y preparándola para una vida más activa, para un teatro más extenso, para el contacto, la liga y fusión con el gran mundo, donde a par que hierven pasiones, y se alzan errores y difunden vicios que el salvaje no conoce, rebosa también y se derrama por todas partes la benéfica civilización, llamando a sí a todos los hombres y a todas las naciones para hacerlos dueños de la ventura que es posible disfrutar en la Tierra.

La casa mayor de Andoas, era la del misionero; tenía dos pisos, y al segundo se subía por una escalera labrada en un solo tronco de más de metro de ancho; rodeábala en la parte superior una galería angosta, desde la cual se dominaba con la vista el Pastaza y las casas del pueblecito encajadas en sus marcos de verdura.

La iglesia era otra casa de mayores dimensiones que la del misionero, con puerta de cuatro metros de alto y bien espaciosa, como destinada a que entrara por ella, no un individuo ni una familia, sino un pueblo, y con su campanario delante, que consistía en un palo amarrado por los extremos a los mástiles de dos datileras; de él pendía una sola campana, querida de los salvajes, porque su vibradora voz servía para todo. Los despertaba antes del alba, los convocaba a la oración; alegrábalos en la fiesta, alarmábalos en el incendio, gemía con ellos en el entierro, y sus clamoreos eran más tristes y solemnes repercutidos por los ecos del río y de las selvas, que los de las grandes campanas de una catedral. En los días domingos y días de fiesta los niños y las doncellas cuidaban de adornar el altar y los muros del agreste santuario con frescas y olorosas flores, traídas del vecino bosque, y ancianos y madres depositaban al pie del arca, en graciosos castillos de mimbres o en canastillas de hojas de palma, naranjas y badeas, dulces granadillas de Quijos, aromáticas uvas camaironas, y otras delicadas frutas que la Providencia ha puesto en esos escondidos vergeles para alimento del hombre, de la bestia y del ave; pero, sobre todo, madres y ancianos, doncellas y niños, presentaban a la divinidad otras cosas que valen muy más que esos dones de la naturaleza y que todas las riquezas del mundo, y eran sus corazones sencillos y agradecidos, conciencias limpias, humildes y constante fe.

¡Oh felices habitantes de las solitarias selvas en aquellos tiempos! ¡cuánto bien pudo haberse esperado de vosotros para nuestra querida Patria, a no haber faltado virtuosos y abnegados sacerdotes que continuasen guiándoos por el camino de la civilización a la luz del Evangelio! ¡Pobres hijos del desierto! ¿qué sois ahora?... ¡Sois apenas una esperanza! ¡Y los frutos de la esperanza a veces tardan tanto en madurar!... Vuestra alma tiene mucho de la naturaleza de vuestros bosques: se la limpia de las malezas que la cubren, y la simiente del bien germina y crece en ella con rapidez; pero fáltele la afanosa mano del cultivador, y al punto volverá a su primitivo estado de barbarie. Vosotros no sois culpables de esto; lo es la sociedad civilizada cuyo egoísmo no le permite echar una mirada benéfica hacia vuestras regiones; lo son los gobiernos que, atentos sólo al movimiento social y político que tienen delante, no escuchan los gritos del salvaje, que a sus espaldas se revuelca en charcos de sangre y bajo la lluvia del ticuna en sus espantosas guerras de exterminio.