Cumandá:09

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Capítulo VIII - Del Pastaza abajo[editar]

A fray Domingo le desagradó bastante el proyecto de Carlos de concurrir a la fiesta de las canoas, pues a más de ser una solemnidad enteramente pagana, indigna, a su juicio, de que un cristiano la presenciara, temía, con razón, los peligros de la ferocidad de los jívaros excitada por la embriaguez a que en tales ocasiones se daban. Sin embargo, conoció el vivísimo interés que el joven ponía en llevar a término su designio, y hubo de ceder, mal su grado. Bendíjole con ternura, diciéndole:

-¡Dios vaya contigo, amado hijo, como va el pensamiento de tu padre! ¡Que vuelvas a mis brazos con el corazón inmaculado y el cuerpo ileso!

Varios indios de Andoas, so pretexto de hacer algún comercio en los días de la fiesta, habían solicitado también la venia del padre Domingo para bajar al Chimano, y estaban mohínos de no haberla conseguido; pero la partida de Carlos cambió la oposición del misionero en beneplácito, porque su hijo tuviese buenos compañeros.

Los záparos, ya contentos, se pusieron de acuerdo con su hermano el extranjero, y sus familias se agitaban con los preparativos del viaje. Carlos aceptó a sus compañeros de partida los servicios que le ofrecían; mas les dijo que le permitiesen ir solo en su canoa y obrar en todo con entera voluntad.

-Hermano -replicaron ellos-, tú serás nuestro jefe.

-No, hermanos -les contestó-, porque el mando me quitaría la independencia que deseo; así, pues, servidme cuando podáis y gobernaos como gustéis.

El día de la partida, desde muy temprano, se hallaban listas las canoas de los indios, y entre ellas la de Carlos. Todas amarradas a los troncos y arbustos de la orilla se movían inquietas como belicosos corceles detenidos por las bridas en los momentos en que tiemblan, patean y saltan al oír el clarín que los llama al combate.

El sol había asomado espléndido y hacía tender las espesas sombras de los árboles sobre el río hasta tocar la margen opuesta; por manera que sólo al Occidente reverberaban las ondas de trecho en trecho con vivísimo claror, como pedazos de espejo roto adheridos a una moldura de esmeralda. Las masas de follaje de que ésta se componían, bañadas de lleno por la luz, dilataban a su vez la sombra sobre otras masas que tenían detrás, y sólo por tal cual resquicio daban paso a algunos rayos solares que, como largas y relucientes espadas de cristal, penetraban hasta lo profundo de la espesura. Sorprendidas por ellos, las mariposas se despertaban en las hojas de las flores, y alegres y en fantástica danza batían las alas cubiertas de oro, diamantes y rubíes. Las pintadas avecillas gozaban, asimismo, de las delicias de la mañana, y se sacudían, arreglaban las plumas, o tendían el cuello para alcanzar la gota de rocío que temblaba en la hoja vecina, o cantaban sus amores en aquella hora en que la naturaleza es toda puro amor, y en aquel lenguaje que lo entiende sólo la Divinidad que lo ha enseñado.

A poco empezaron a llegar y detenerse, frente a Andoas, canoas y balsas henchidas de familias záparas, que moraban a las márgenes del Copataza y del Pindo o a las faldas del Abitahua. Hasta los salvajes del Rotuno, el Curaray y el Veleno, por no atravesar lo intrincado de las selvas por largo trecho, habían preferido trasmontar la cordillera de Conambo para abandonarse a la suave corriente del Bobonaza, y unidos luego a sus aliados los habitantes de Canelos, Pacayacu y Zarayacu, descender al lago de la cita. Muchos de aquellos eran cristianos, mas habían obtenido licencia de sus misioneros para acceder a la invitación de los jívaros paloras. A tal condescendencia contribuyó mucho la terrible idea que, así los religiosos como los indios conversos, tenían de aquellos bárbaros. Por acatamiento al curaca de éstos, habían convenido todos en esperarlos en el puerto de Andoas. Era digna de verse la ancha desembocadura del Bobonaza cuando vomitaba sobre el Pastaza la multitud de barquillas rústicamente empavesadas.

Tras no corto aguardar, durante el cual el sol había ascendido casi a la mitad del cielo, y faltaba poco para que la sombra de los árboles cayese a plomo en torno de sus troncos, comenzó a escucharse a lo lejos el bronco y sordo toque del caracol de los jívaros. Un murmullo de satisfacción salió de cada barca, y esto cuando ya en todas se notaba el silencio del disgusto. Presto el murmullo se convirtió en gritos de alegría, pues asomaron las canoas de la tribu Palora, y como bandadas de patos perseguidos por el cazador, se apresuraban a arribar, entre confuso clamoreo, a las mansas aguas del lugar convenido.

Lo extraño de la rústica escuadra que se juntó en Andoas es difícil imaginar para quien sólo ha visto las de los pueblos cultos. La figura de las canoas y balsas era bastante uniforme; pero estaban cargadas de adornos que sorprendían por lo variado y pintoresco. Muchas llevaban unas como velas latinas de corteza de jauchama22, fuerte como la lona, y orladas de plumas de papagayos y gallos de la peña; no pocas tenían cubiertas abovedadas de hojas de yarina23; a sus puertas iban tejidas luengas sartas de flores, de simientes y frutas; de los bordes de las barcas pendían espesos festones de yerbas olorosas, que a veces se deshojaban al movimiento del remo, y en medio de ellos lindas aves disecadas de plumas aterciopeladas y brillantes. Rodeados de estos jardines que nadaban y se movían a merced de las aguas y de los remos, se mostraban los indios casi desnudos, ostentando hercúlea talla y fornidos músculos, de caprichosos dibujos pintada la piel, ceñida la frente del tendema de conchas y plumas, y la cintura de cordones de hilo purpúreo o de cabellos humanos, con adornos también de hermosas plumas, lujo común del tocado y vestuario de los hijos de las selvas. Las esposas e hijas cuidaban las provisiones de las tribus viajeras, y a las espaldas de las madres, en una red de pita o en un ligero paño cruzado a manera de tahalí, saltaban alegres o dormían descuidados y con las cabezas y brazos caídos para afuera, los niños de jívaros y záparos. La canoa de Yahuarmaqui se distinguía entre todas, así por el mayor tamaño, como por la profusión de adornos, trofeos y armas que rodeaban su toldadura.

Detúvose la peregrina escuadra en el puerto, mientras todos de barca a barca se saludaban, y en tanto algunos las desatracaban de la orilla.

Pero ¿cuál era la canoa de la familia Tongana? ¿En cuál iba Cumandá? ¿Qué importaba a Carlos tan magnífico aparato, si no parecía la virgen de la fiesta? Buscábala con ávidas miradas y corazón agitado; y la buscaba en vano. Temió que no hubiese venido, se puso desazonado, y aun le vino el pensamiento de que, tal vez, no concurriría a la fiesta. Pero el záparo, a quien hizo algunas preguntas disimuladas, le aseguró que era imposible que la familia del viejo de la cabeza de nieve se hubiese quedado en su casa; que sin duda estaba allí presente, pero que era difícil dar con su canoa en ese moverse, y cruzarse y chocar de más de doscientas como a la sazón se hallaban en aquel punto reunidas.

El bronco y prolongado son del caracol tocado en la barca de Yahuarmaqui, y contestado por un grito general que estremeció la selva, y tuvo algo de terrible sublimidad, fue la señal de la partida. Los remos rasgan la superficie de las olas sólo para enfilar las ligeras naves, que viran entre cándidos vellones de espuma, y enderezadas las proas hacia abajo, son llevadas de la suave corriente en compasado movimiento. Hecha esa maniobra, poco cuidado emplean los salvajes en la prosecución del fácil camino, y arrellanados o tendidos en el fondo de sus embarcaciones, reciben indolentes los rayos del sol abrasador, y beben licor de yuca y cantan coplas sin medida artística, pero rebosantes de vivas imágenes y de pensamientos enérgicos y audaces como la naturaleza de que son nacidos.

La sombra de los árboles de la orilla derecha cubre ya toda la faz del río, brevemente rizada por el viento del Sur, y comienza a trepar por los enhiestos troncos de la orilla izquierda; el sol en partes ya no hiere sino las copas de las palmeras, y se aproxima la tristeza del crepúsculo precursora de la tristeza de la noche, como lo es de la muerte la vejez. Vuelve a sonar el caracol, y vuelve también a contestarle el grito de los salvajes, que en razón de la hora parece más solemne y lúgubre que la anterior: es la salutación que el desierto envía al día agonizante. Luego se ponen todos en movimiento activos para atracar las canoas y desembarcar.

La mitad del viaje estaba terminada, se hallaban a las márgenes del Airocumo, casi frente al pueblecito Pinches, a orillas del río del mismo nombre. Sus habitantes eran cristianos, y como carecían de misionero, hacía algún tiempo, el padre Domingo les prestaba los auxilios que podía. Los indios pinches eran jívaros de origen, y por lo mismo tenían simpatías por los paloras.

Vino la noche señoreada por una hermosísima luna que derramaba abundante copia de pálida luz sobre la selva, que la impedía descender hasta sus oscuros y misteriosos senos. Derramábala también sobre el río que la reflejaba y devolvía mágica y multiplicada en su incesante e infinito vareteo.

Parte de las familias viajeras se habían quedado en sus canoas, que parecían mecerse entre dos abismos de luz, o jugar silenciosas entre las crespas olas ribeteadas de brillante espuma, cual si fuesen magníficos encajes de cristal. Parte habían saltado a tierra y hospedádose en los anchos aposentos que forman las salientes raíces de algunos árboles, y que los indios llaman bambas; otros habían improvisado barracas atando guadúas a los troncos de árboles desconocidos y cubriéndolas de ramas; muchos habían suspendido sus hamacas bajo los floridos doseles de las enredaderas, y a su blando vaivén invocaban al sueño tranquilo y ligero a un tiempo en el salvaje; cuál tenía una tolda de corteza de huamaga24, cuál, en fin, se había tendido a cielo raso y dormía junto a su pica de chonta hincada en tierra, y a su arco y aljaba cuidadosamente colocados a su cabecera. A la puerta de cada barraca ardía una hoguera en que se cocían las viandas que llevaban las diligentes mujeres; y la claridad de las llamas, mezclada con la de la luna, se tendía sobre las aguas y reverberaba en las tupidas masas de verdura de ambas orillas. Por todas partes se oía en aquel campamento del desierto conversaciones animadas, cantos, risas, lloro de niños y el traqueteo y chirriar de los troncos verdes forzados a arder en las fogatas.

El joven Orozco se había resuelto a pernoctar en su canoa, que amarró bajo un coposo lechero, algo retirada de las demás, y a la parte superior del campamento. De allí pudo contemplar el bello cuadro de la naturaleza animada desde el cielo por la luna y las estrellas, y en la tierra por las sencillas, aunque bárbaras costumbres de los hijos de las selvas. Completa satisfacción habría gozado; quizás habría sido visitado en esos lugares y a esas horas por alguna de las divinidades amigas de los poetas, y, por tanto, de él amigas; pero Cumandá, la única divinidad que entonces le llenaba el corazón e iluminaba el alma, no parecía, no había podido verla, ni aun noticia tenía de ella, y esto le entristecía y angustiaba sobremanera.

Ya la luna volteaba al Occidente su encantadora faz de perla, pero el sueño no había tocado los párpados del joven extranjero. El rumor de la gente había cesado del todo en la tierra y en el agua, y tan sólo se escuchaba el chirrido de los grillos, el monótono cro cro de las ranas, el canto no menos desapacible de la lechuza y el gemido sordo, vago y trémulo del viento nocturno entre las ramas y las hojas. En esas avanzadas horas de la noche y con tan discordes sonidos, el aspecto del cuadro había cambiado: poca poesía, en verdad, quedaba en la tierra: habíase recogido al fondo del cielo, y por él andaba en compañía de los astros y de las cándidas nubes; había también descendido a encerrarse en lo íntimo del corazón de Carlos, a juntarse y armonizar con sus desazones y dolores. Por eso, ya que su amada no parecía, e iba perdiendo la esperanza de verla, se puso, si se nos consiente decirlo, a cruzarse pensamientos con la luna y las estrellas, cuya luz rieló en lágrimas que mojaron sus mejillas.

Las hogueras estaban casi apagadas; sólo de rato en rato el soplo del viento limpiaba las cenizas de algún tronco encendido y hacía brillar la brasa; alguna vez se alzaba una corta llama, que al punto volvía a desaparecer como aplastada por mano invisible; otras veces estallaba entre las cenizas, cual si fuese grano de pólvora, algún desgraciado insecto que, fascinado, caía en ellas; o bien era una hoja marchita que se encendía un segundo como un rubí.

Repentinamente observa Carlos a su izquierda, a pesar de las densas sombras que dominan en la espesura, un bulto que se le acerca, haciendo crujir, sin embargo del tiento con que pisa, las hojas secas del camino que trae. Detiénese junto al lechero, cuyas ramas cubren la canoa del joven.

-Hermano mío -murmura dulcemente.

Salta en seguida con la presteza de una ardilla, y cae de pies en la barca.

No hay que decir quién es. Carlos no puede contenerse y estrecha a Cumandá en sus brazos y le besa la frente, sin que ella oponga resistencia ninguna, ni observe, como el otro día, que es la virgen de la fiesta. Luego la hace sentar a su lado y le dice:

-Amada mía, lleno de tristeza he estado, porque mis ojos han vagado inútilmente buscándote entre la multitud. ¿Qué ha sido de ti? ¿dónde te has ocultado, lucero mío?

-¡Oh blanco, hermano mío! -contesta ella en lenguaje apasionado y trémulo-, la amargura de los pesares ha llovido en mi corazón. Mi padre tiene ahora para mí la cara de un tigre y las palabras punzantes como la ortiga; mi madre me contempla y llora en silencio; mis hermanos no me hablan. Hanme obligado a venir oculta bajo la ramada, y sólo consintieron que me asomase un momento cuando pasábamos delante de nuestras palmeras; pero ¡qué vi! ¡ay blanco! Vi una cosa terrible, que yo hubiera tenido por obra del malvado mungía, a no ser porque después he sospechado que lo hizo alguno de mis hermanos, mis espías...

-¡Cumandá, tus palabras me sorprenden y afligen!, ¿qué han hecho de nuestras palmeras?

-Al pie de ellas hay un montón de cenizas...

-¿Las han quemado?

-Las han quemado, sí, y la mía ha sido derribada por el fuego; la tuya no ha caído, mas está negra y sin vida. De las lianas que las enlazaban y unían no ha quedado rastro ninguno.

-Cálmate y no llores, hermana; ¿qué importa que un enemigo oculto haya destruido el símbolo de nuestra unión si nosotros vivimos y nos amamos?

-¡Oh hermano extranjero! ese destrozo es la imagen de nuestra desdicha futura; es la muestra del destrozo que ya ha comenzado en mi pecho. Óyeme: las indias que amamos con más ternura y vehemencia que las mujeres de tu raza, sabemos también penetrar mejor el motivo de nuestra tristeza; en el silencio del bosque escuchamos unas voces que no sé si serán de los genios buenos o malos, pero que siempre anuncian al alma lo que sucederá después. De nuestras palmeras abrasadas me pareció que salía un acento que oyó mi espíritu y se atribuló, y por eso sé que nos aguardan infortunios y dolores. Mas tú, aunque padezcas, quedarás en pie; yo... ¡ah, extranjero querido; yo... acabas de oírme: tu palmera no ha caído, y la mía está por tierra y destrozada!

-Cumandá, tu imaginación de fuego te hace prever cosas que no sucederán; desecha esos temores, amada de mi alma, y piensa que, a pesar de los obstáculos que quiera oponernos el anciano de la cabeza de nieve, llegaremos a unirnos y seremos felices. El buen Dios, a quien tu puro corazón sabe invocar, velará por nosotros; pues nuestro amor es casto y nuestras intenciones rectas, y Él es el Dios que protege a los que andan por el camino de sus santas leyes. ¡Ánimo, hija del desierto! Además, sabe que la bendición que echará sobre nuestras cabezas el sacerdote cristiano, será también segura prenda de felicidad para entrambos.

Carlos se esforzaba en dirigir a Cumandá palabras que la consolasen y animasen; pero sentía como ella que se agrupaban en su interior las nubes de una tormenta que no acertaba a conjurar. La anhelada presencia de la joven salvaje, ¡oh misterios del pobre corazón humano! le trajo el recargo de la oculta pena que le había roído todo el día: creía que estaba a su lado el frío cadáver de su dicha soñada, y quien a su lado estaba era, sin embargo, la única mujer que le había inspirado verdadero amor y traídole esa dicha que ya imaginaba muerta.

Cumandá guardó silencio, mirando como embebecida y con indecible ternura la faz de su amante bañada por un pálido rayo de la luna. Habíale tomado la diestra con ambas manos y la ajustaba suavemente. Carlos enmudeció también, y buscaba algún pensamiento capaz de que pudiese engañar su propia pena y la de su amada; pero estaba el infeliz en aquella situación de ánimo en que los pensamientos oportunos se ocultan a toda diligencia, y en que la mente del hombre es como un pedernal que no da chispas por más que el acero le golpee. No es raro que, cuando se siente mucho se piense poco o nada; los afectos vehementes o avivan o absorben las ideas: no hay término medio.

Cumandá rompió al fin el silencio y dijo con infantil sencillez:

-¿En qué piensas, hermano?

-En buscar la manera de hacerte feliz -contestó con prontitud el joven.

-Piensas en una cosa difícil -replicó ella.

-Creo -añadió Carlos- que es deber mío buscar de todos modos tu dicha.

-Y yo creo, joven blanco, que tengo por deber sacrificarme por ti. Esto sucederá primero antes que tú puedas conseguir tu buen deseo. Cumplir ese deber, morir por ti, será mi única dicha.

-Hermana, ¿por qué tienes esas ideas tan tristes? ¿por qué te anuncias cosas tan funestas?

-Yo no lo sé; lo sabrá el buen Dios que mueve mi lengua en este momento.

Cumandá exhaló un hondo suspiro, y sin dar a Carlos tiempo para contestarle, prosiguió:

-¿No sabes que mientras más tristeza tengo, te amo más, y que se aumenta mi tristeza a medida que crece el amor? Y tú, amado blanco mío, ¿dejarás de amarme algún día?

-¡Nunca! ¡nunca jamás! -contestó Orozco en tono apasionado.

-¡Ah! bueno; te creo, hermano: tienes el corazón hermoso como el semblante, y es imposible que digas lo que no sientes. Aunque yo quede hecha tierra aquí, y mi alma se vaya al lugar donde viven el buen Dios y la Madre santa y los buenos genios que los cristianos llaman ángeles, no dejarás de amarme. En cuanto a mí, guárdate de hacerme la pregunta que yo te he dirigido, pues sabe que, como te amo con el alma, en el país de las almas seguiré amándote. ¿Acaso amar como nos amamos es cosa mala, para que el buen Dios me impida amarte aun en el cielo?

Carlos iba a contestar a la hija del desierto; pero ella, como tenía de costumbre, agregó al punto:

-Te dejo: he venido venciendo grandes dificultades, y es imprudencia estarme más tiempo contigo, cuando tal vez nos atisban.

Y poniéndose de pies y dando al joven un pequeño lío de hojas:

-Ésta ha sido hoy -continuó- mi ración de frutas, y no he podido tomarlas, porque he pensado que tú no las tendrías. Son dátiles, camaironas y madroños. Amado extranjero, adiós.

-Adiós -contestó Carlos dominado por una viva emoción, en tanto que la encantadora india saltó a la orilla con ligereza y desapareció en las sombras como una aérea visión.

El joven cayó abatido en el fondo de su canoa, y se entregó al huracán de sus pensamientos que al fin se desencadenó violento, y le arrastró a mil abismos sin salida y harto desesperantes. ¡Cuántas cosas tristísimas le ha dicho Cumandá!