Cumandá:14

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Capítulo XIII - Combate inesperado[editar]

Faltaba una hora para que rayase el alba. Uno de los záparos de Andoas, que la víspera había tratado de convencer a Carlos de la necesidad de volver a su Reducción, obedeciendo al mandato de Yahuarmaqui, se levantó y se fue a ver al joven, de quien esperaba que la reflexión le hubiese resuelto a obrar con prudencia y emprender la marcha; la cual debía hacerla en compañía de aquellos buenos salvajes, sus amigos, que iban a partir esa madrugada. Pero al salir de la ramada creyó percibir hacia el lado del canal y en el fondo de la selva un brevísimo rumor. Los sentidos de los salvajes son de una perfección maravillosa; con todo, aquel záparo juzgó que el ruido provenía sólo de algunos saínos que vagaban a lo lejos, buscando las frutas de los árboles derribadas por el viento de la noche, y quiso cerciorarse por medio de una observación muy común entre los habitantes de las soledades de Oriente: hizo un hoyo en la tierra, metió en él la cabeza, poniendo las manos abiertas tras las orejas, y permaneció inmóvil un par de minutos. Luego se alzó lleno de sobresalto y dijo a media voz:

-¡Gente viene!

En el acto comunicó a sus compañeros tan alarmante noticia, y todos se apresuraron a ponerse en pie y armarse. Buscaron enseguida a Carlos, y no hallándole se inquietaron sobremanera. Pero no había que perder tiempo en indagar por él, que acaso asomaría al notar la agitación en que iban a ponerse todas las tribus. Los záparos ni siquiera tenían sospecha de la fuga de los dos amantes.

La guerra se hace entre los indios frecuentemente por medio de sorpresas, y sus ataques nocturnos son terribles. Caminan largas leguas por tierra o por agua con tales precauciones que no se los siente, y muchas veces se arrastran como culebras considerables trechos, o van sepultados en las ondas hasta el cuello para aproximarse, sin ser vistos, a la población que se proponen asaltar. La muerte y el exterminio que llevan consigo son infalibles; el silencio profundo de que van rodeados, es el espantoso precursor del que reinará después en el lugar que talarán y cubrirán de cenizas. Una invasión de aquellas fieras en traza de hombres es más temida en el Oriente que la inundación de sus ríos, que el huracán y el terremoto. Familias y aun tribus enteras han desaparecido al furor de esas nocturnas tempestades de bárbaros que hallan su deleite en el incendio, la sangre y las contorsiones de los moribundos.

Cuando todos los andoanos estuvieron armados y listos, uno de ellos voló al tunduli suspendido de un gran poste en medio del campamento, e hizo resonar con ímpetu el toque de alarma, en tanto que el descubridor de la aproximación del desconocido enemigo fue a despertar personalmente a Yahuarmaqui e indicarle por qué punto venía la amenaza para que acudiese a prevenir el peligro.

La selva se estremeció con el ronco y retumbante son del bélico instrumento; despertaron sobresaltadas las tribus, y un sordo rumor salido de todas las cabañas, semejante al de un río que, roto el dique, se despeña raudo y terrible, respondió al inesperado llamamiento de la guerra. Muchos guerreros tomaron al instante sus armas y se apercibieron para la defensa; pero no pocos, cuya beodez subsistía en su ser con los párpados caídos, revuelta la áspera melena, las piernas combadas y trémulas, tendían las crispadas manos en busca de la lanza o el arco que tenían junto a sí, y no podían dar con ellos; ni faltaban quienes, alzándose trabajosamente apoyados en los codos, y murmurando blasfemias, tornaban a caer de espaldas, vencidos por el peso de torpe sueño. Mujeres animosas había que ayudaban a ponerse en pie a esposos e hijos, y les daban a la mano las armas, animándolos al combate; otras lloraban asustadas y eran reprendidas por los que no querían que el invasor notase entre ellos ninguna muestra de pusilanimidad; y las más buscaban la manera de poner en salvo a sus niños o de acallar a los que, espantados del aparato de guerra, lloraban desesperadamente. Horrible era la confusión a causa de lo inopinado del suceso y de la desprevención de todos: hombres y mujeres, viejos y niños, guerreros ajuiciados y desatentados ebrios, chocaban entre sí, se enredaban, caían, rodaban, se alzaban, tiraba el uno, empellaba el otro; éste pedía orden, y sus voces eran inútiles; aquél reclamaba su rodela, y hallaba un tendema; esotro requería una raja de leña juzgándola su maza; y los trastos se rompían a puntillazos, y se volcaban los cántaros, y corrían en arroyos el licor preparado para la continuación de la fiesta... Si en estos momentos hubiese cargado el invasor, de seguro que su triunfo habría sido sangriento y completo, y acaso sin ejemplar entre aquellos salvajes.

Pero tardó. El toque del tunduli le advirtió que estaba descubierto, y se detuvo. Era ya de todo punto imposible llevar a término el plan de sorpresa meditado. Lanzó un alarido feroz, uno como conjunto de bramidos de tigres, penetrante y prolongado, y se puso de pies. Asomaron entonces, sobresaliendo de los matorrales o confundidos entre los grupos de hojas y los troncos de la selva, infinidad de cabezas e infinidad de picas de chontas y remates de arcos. Era aquello semejante a un bosque de troncos y ramas yertas, ennegrecidos por un incendio, y que descuellan en medio de la verdura que se ha reproducido en su torno; pero en los extremos de muchos de esos fantásticos bultos alcanzaba a verse brillar chispas de fuego: eran los ojos iracundos de los salvajes.

Al cabo, cual inmensa piara de saínos que, azuzada por el hambre, corre a disputarse las bellotas que el viento ha regado al pie del roble, así se lanza la desordenada tropa de los jívaros sobre las tribus aliadas a quienes desea exterminar. Al romper la sábana de enea y los espesos matorrales que resguardan el campamento, suena como un torrente de llamas que fuera devorándolos. Ya está muy cerca de las cabañas; ya escucha las voces de los agredidos que se preparan a repelerla. De entre éstos sale súbitamente un grito que dice:

-¡Son moronas y logroños! ¡Ahí está Mayariaga!

Este es el famoso y temido curaca que se mostró enojado con Yahuarmaqui porque se negó a tomar parte con él en la guerra en que se hallaba empeñado con varias tribus de las riberas del Morona y del Amazonas. Llegó a saber que iba a celebrarse la fiesta de las canoas en el lago Chimano, y que el viejo de las manos sangrientas la había promovido. Bebió entonces la infusión del ayahuasca, enloqueció por tres días, y cuando volvió a su juicio, aseguró que los genios, sus protectores, le habían revelado la necesidad y justicia de buscar al jefe de las paloras para vengarse de él, por no haberle ayudado en sus combates. Reunió en seguida los más aguerridos salvajes de su propia tribu, llamó en su auxilio a varios aliados, que le obedecieron sin replicar juzgándole inspirado, y se puso en camino hacia el Nordeste con el fin de caer en las márgenes del Chimano la noche de la luna llena de diciembre. Anduvo unos cuantos días, unas veces abatiendo las malezas de los bosques, otras rompiendo las ondas del Pastaza, y siempre huyendo con suma cautela del encuentro con las tribus desparramadas en el tránsito, para no ser descubierto ni errar el golpe. Es imposible que un guerrero salvaje pueda equivocarse en el cómputo a que sujeta sus movimientos estratégicos, y así Mayariaga estuvo la noche prefijada en el campamento del enemigo a quien buscaba.

Lo desprevenido de éste no estorbó para que el invasor diese con multitud de combatientes que le recibieran y rechazaran con valor. El primer choque fue recio y terrible. Los agredidos se defendían y ofendían resguardados por sus propias cabañas, desde las cuales hacía salidas rápidas y diestras que dejaban mal parado al enemigo. Silbaban las flechas y venablos; crujían las rodelas golpeadas por las fuertes mazas: traqueaba el frágil maderamen de las chozas que los moronas quisieran derribar, cual habidas por las olas de un aluvión; y el tunduli no dejaba de sonar ni un instante; y había gritos de rabia infernal, denuestos y blasfemias, y quejidos de los que caían, crujidos de dientes, palabras inconexas de moribundos, ayes angustiosos, suspiros postrimeros... La luna, que parecía huir al ocaso por no presenciar tan espantoso cuadro, reflejaba su luz en arroyos de sangre, en lágrimas de despecho y en ojos que se torcían de ira y dolor antes de cerrarse para siempre.

Yahuarmaqui, a la voz del fiel záparo y al son del tunduli, se despertó con trabajo, e hizo esfuerzos para sacudir el entorpecimiento de sus miembros y recuperar su conocido valor.

-Hermano -dijo al de Andoas-, sabes muy bien ser amigo y aliado del viejo de las manos sangrientas, y este no te olvidará nunca. El miserable que nos ataca, quien quiera que sea, perecerá a mis golpes, y tú tendrás el merecido premio. ¿Qué deseas? Pídeme ya lo que te plazca. ¿Quieres cuatro cabezas de los principales enemigos? ¿quieres todas sus armas? ¿quieres dos de las doncellas más guapas de mi tribu?

-Yo no quiero -contestó el záparo-, sino pelear junto a ti y probarte que soy digno de tu amistad.

Y ambos están ya en la pelea. La presencia del anciano anima a los suyos y amilana al enemigo. Yahuarmaqui es un genio silvestre, bronco y rudo, de aspecto y de mirar espantosos delante de su adversario; su voz, aunque balbuciente, supera a la del tunduli, y se hace oír en todo el campo; cada una de sus frases es sentencia de muerte: a nadie se perdonará la vida: el que tuviere piedad de un invasor será reo digno de pena capital, y sobre él caerá la maza vengadora de un fiel aliado de Yahuarmaqui. Las órdenes de éste llevan la sanción del ejemplo: hele allí al anciano jívaro que, semejante al témpano desprendido de la cresta del monte, abate y aniquila cuanto halla al paso. Su maza es un rayo que voltea sin cesar sobre las cabezas enemigas, y a cuyo golpe nada resiste: las rodelas más fuertes saltan en astillas, las pesadas lanzas vuelan desprendidas de las manos que las empuñan, cual si fuesen ligeros bastoncillos de mimbre, y los calientes sesos mezclados con fragmentos del cráneo y del tendema son esparcidos a distancia, sin que el guerrero que se desploma sin cabeza hubiese tenido tiempo de exhalar ni una queja. Nunca fue más terrible el jefe de las manos sangrientas; su corazón rebosa en ira; su rostro pintarrajado, en el cual saltan dos granos de candela en vez de ojos, es el del mungía, terror de los salvajes; la áspera y enmarañada melena, mojada en sudor y sangre, le azota las espaldas y los hombros, como para excitarle más y más al furor; su agitado aliento es el de un corcel herido en la batalla; sus brazos llueven muerte y exterminio en cada movimiento.

Los mismos aliados de Yahuarmaqui, que no habían tenido cabal idea de él, ni del motivo al cual debía su nombre y fama, estaban pasmados de verle. Y los invasores comenzaban a flaquear y retroceder; pero su retaguardia, si tal puede llamarse en ese pelear sin orden un grueso pelotón de bárbaros que esperaba el momento oportuno para lanzarse al socorro de sus amigos, disparó una nube de flechas con colas de fuego que se clavaron en las cabañas. A poco las llamas y el humo que se alzaban de la mayor parte del campamento y los gritos de las mujeres y niños que huían del incendio, causando gran desorden entre los aliados, avivó el coraje de la gente de Mayariaga. La lucha se volvió más espantosa: era una brega a muerte de cuadrillas de demonios a la siniestra luz de las hogueras del infierno. A veces se veían saltar, chocar y enredarse entre las llamas los desnudos cuerpos, o caer en las brasas los heridos, donde chirriaban sus carnes acompañando los últimos gemidos o las blasfemias con que se despedían de la vida.

Yahuarmaqui, en tanto, busca y llama a grandes voces a Mayariaga: éste busca asimismo al viejo curaca: la furia llama a la furia, la muerte a la muerte. El joven jefe de los moronas es un hermoso salvaje, de atlética y gallarda talla, fornidos miembros y abundante cabellera. La ferocidad de sus instintos compite con la de su adversario. Hállanse al fin. Ambos se detienen un momento y se lanzan miradas abrasadoras como las llamas que los rodean. Parecen dos tigres que, erizados los lomos, alzadas las esponjosas colas y abiertas las bocas que chorrean sanguinosa baba, se disponen a despedazarse.

Yahuarmaqui habla primero.

-Curaca ruin -dice a Mayariaga-, me alejé de las orillas del Morona por ser justo y leal contigo y mis demás aliados; pero tú has buscado las sombras de la noche y has venido en los días sagrados a sorprenderme y matarme, juzgándome desprevenido. Está bien: no hay duda que tu cabeza me hacía falta, y vienes a dármela.

-Viejo indigno -contesta Mayariaga-, te has vuelto cobarde como un raposo y charlas como una mujer, en vez de combatir. No te acuerdes de lo pasado; piensa que vas a morir a mis manos, y si te queda algún puntillo de valor, mueve las armas y no la lengua, porque no me gusta matar a quien no se defiende y sólo derrama inútiles palabras.

-Salvaje de la lengua fácil y las manos torpes -replica el anciano tirando a un lado la maza y empuñando una poderosa pica-, voy a mostrarte cómo sé castigar la insolencia. -Y en tono irónico añade-: Esa maza magullaría tu cabeza, y yo la quiero intacta: ¡es tan bella!

-Pica o maza -repone el otro-, allá se va a dar, porque ninguna arma ha de librarte de caer hoy tendido a mis pies como una pobre liebre. Acércate y tira, viejo; si yerras el golpe...

Yahuarmaqui le interrumpe lanzándose como un relámpago al combate singular, al cual con tan rudas provocaciones se le incita. Ligereza y maestría como las suyas apenas son para imaginadas: naturaleza no menoscabada por los años se muestra con todo el vigor y pujanza de la juventud; sus movimientos son una serie de exhalaciones que compiten con el pensamiento; su pica gira rápida sobre la cabeza del enemigo, o se mueve en instantáneas espiras a la derecha, a la izquierda, por el rostro, por el pecho, por el vientre, por las piernas; o hace triángulos y cotas, o cae de filo, o hiere de punta... Mayariaga, con no menos sorprendente destreza, se defiende y ataca alternativamente; pero está fatigado y la rapidez del arma contraria le fascina, y se le turba la vista. Las rodelas de entrambos, destrozadas ya, no bastan a cubrirlos. El sudor chorrea de sus cuerpos. Yahuarmaqui estrecha sin cesar a su adversario, quien no se deja herir, pero retrocede. Al cabo se le traba en las piernas un jívaro herido que batalla revolcándose en las últimas angustias y cae. Los paloras arrojan un grito de triunfo; los moronas un ¡ay! lastimero. Mas el anciano jefe se detiene y dice:

-Álzate, Mayariaga; yo no sé herir al caído.

Reina un instante de silencio. Levántase el curaca de los moronas con la vergüenza y la cólera pintadas en el semblante, que ha medio ocultado la negra y desordenada melena, y el duelo se restablece con el mismo furor con que empezó. Pero el viejo de las manos sangrientas es herido en un muslo, con lo cual, doblaba su furia, se dobla asimismo la violencia del ataque, y su enemigo apenas puede contrarrestar los golpes que le asesta con inaudita rapidez. Alcánzale uno, aunque leve, al costado derecho, y el fragmento de rodela que aún embraza acude tarde a este lado, dejando visible el izquierdo; Yahuarmaqui lo advierte, y mirada y golpe dan a un tiempo en el indefenso pecho. Mayariaga, atravesado el corazón, cae a plomo y espira como herido por un rayo. El anciano le pone la planta casi sobre la abertura que mana un arroyo de hirviente sangre; le desata los collares y adornos de huesos de tayo; arranca del cinto un ancho cuchillo, y separa del tronco la cabeza que, suspendida por los cabellos, la alza y enseña a los combatientes gritando en voz espantosa:

-¡Ea, éste fue Mayariaga, mi enemigo!

Aterrados los invasores al verse sin jefe, y al contemplar la sangrienta cabeza de éste, retrocedieron hasta la selva vecina, tras cuyos árboles y matas hallaron abrigo. Pudieron ser perseguidos; mas pudieron también defenderse disparando millares de flechas enherboladas desde los naturales parapetos que los ocultaban. Esto y la necesidad de los otros de acudir a salvar sus familias del incendio que continuaba, hicieron que cesase del todo la pelea.