Dafnis y Cloe (Longo) II

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Longo, Dafnis y Cloe
Traducción de Juan Valera
Proemio - Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV
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Libro II

1. Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares, otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos o afilaban hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra o la viga para estrujar las uvas, o machacaban mimbres y sarmientos secos para hacer antorchas a cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva, en cestos, la pisaba en el lagar y llevaba el mosto a las tinajas, y ella condimentaba la comida de los vendimiadores, les daba a beber vino añejo, y hasta vendimiaba a veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni enlazadas a los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra, de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger racimos.

2. Según usanza de esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual a la del dios. Una de las más avispadas y audaces le besó, y el beso supo bien a Dafnis, y afligió a Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban a Cloe no pocos requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven a una bacante, y deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase a pacer; con todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohíno. De aquí que ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta a su frecuentada soledad campestre, y oír, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la zampoña y el balar de la grey. Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos a llevar el ganado a pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto a las Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia. Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al pasto la grey, iban a reverenciar a las Ninfas, y al volver al aprisco también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa devoción de que recibieron más tarde recompensa divina. Por lo pronto ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y cantaban, y como los chivos y los borregos, luchaban hasta derribarse.

3. Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico, calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentose junto a ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo Filetas, el que tantos cantares entonó a estas Ninfas y tantas veces tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo numerosa vacada. Ahora vengo a vosotros para contaros lo que vi y participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos. Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden a mi huerto a bandadas cuando amanece: unos vienen a picar, otros para cantar a gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura de árboles, que, si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver un bosque.

4. »Hoy, a eso de medio día, he sorprendido allí a un muchacho que tenía granadas y arrayán, y era blanco como la leche, rubio como la llama y limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora deslizándose entre los rosales, ora escabuyéndose entre las malvalocas, como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de leche o me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural a mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar a la vez que no se fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba a robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto a mí, sonrió con singular ternura, me tiró a la cara los granos de mirto, y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguele entonces que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos que enseguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si alcanzaba de él un solo beso.

5. Riose el muchacho al oírme, con risa sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es vicio como yo. «A mí, ¡oh Filetas! -dijo-, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene a tus años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando me hubieras besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. A ti te conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el llano de la laguna. Yo estaba a la vera tuya siempre que tocabas la flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la di, y de ella te nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reúno al rayar el alba, me vengo a tu huerto, me divierto con sus plantas y flores y me baño en sus fuentes. Por eso, flores y plantas están lozanas y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira como no hay rama alguna desgajada, ni fruta arrancada o caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres, lograste verme en la vejez.»

6. Apenas dijo esto, empezó a revolotear entre los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se subió a lo más alto del follaje. Entonces noté que tenía alas en las espaldas, y entre las alas un arco, y luego no vi nada de esto, ni a él tampoco le vi. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no he llegado a perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis consagrados a Amor, y que Amor cuida de vosotros.»

7. En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido, y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño o pájaro, y qué poder tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven, hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo vi al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo vi al macho enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando mozo, amaba a Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tornaba de beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya callaba como muerto; a veces me arrojaba al río para apagar el fuego en que me quemaba; a veces pedía socorro a Pan, porque amó a Pitis; elogiaba a Eco, porque después de mí llamaba a Amarilis, o rompía mi flauta, porque atraía a las vacas, y a mí Amarilis no la atraía. Ello es que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»

8. Filetas, después que los hubo doctrinado, se fue, recibiendo de ellos algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se apesadumbraron más, y de vuelta a sus chozas, comparaban lo que sentían a lo que el viejo había referido: «Padecen los amantes -decían- y padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que arden, e idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo. Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige? ¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vio en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció a nuestros padres y les ordenó que nos diesen a guardar el ganado. ¿Cómo le podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene alas y nos alcanzará. ¿Pediremos a las Ninfas que nos protejan? En vano pidió Filetas protección a Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos. Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, a fin de tomar el último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les había dado.

9. Al día siguiente llevaron el ganado a pacer, y al verse, se besaron, lo cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos, era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido, decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»

10. En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron amorosos: besos y abrazos. Aún lo que no habían hecho despiertos, lo hacían soñando: se acostaban juntos desnudos. Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se apresuraron a salir a pastorear, impacientes de renovar los besos. No bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se atrevía a proponerlo, ni Cloe quería tomar la iniciativa. Él acaso hubo, pues, de disponerlo todo.

11. Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura. Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez, como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado, y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al término verdadero, a no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.

12. Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la vendimia y de hacer alguna jira, echaron un barco a la mar, pusieron por remeros a sus criados, y se vinieron a las costas de Mitilene, donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para bañarse, y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta suerte, saltaban de diario en tierra, sin hacer daño a nadie, y se entregaban a varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huido de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, a par que se recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no hallaban seguridad en dormir a bordo por la otoñada, y temerosos del temporal, traían de noche la nave a tierra.

13. Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya o gastada la de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la guardase; desató la amarra, se la llevó a su casa y la usó en dicho empleo. Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron en balde la amarra. Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadios, y llegaron a los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano los pareció muy a propósito para correr liebres. Y como carecían de soga o cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave a tierra por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más adecuados. Los perros, con sus ladridos y carreras, espantaron las cabras, y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar, donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más atrevidas se acercaron a la nave y se comieron la mimbre verde a que estaba amarrada.

14. En la mar a la sazón había resaca, porque soplaba viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los cazadores, y unos corrieron a la orilla, otros atraillaron los perros, y todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos acudió al oírlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible. Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas prendas de valor, buscaron al cabrero, y habiendo hallado a Dafnis, se pusieron a darle golpes y a desnudarle; y hasta hubo uno que valiéndose de la cuerda con que atraillaba los perros, iba a atarle las manos a la espalda. Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro a los rústicos, y sobre todo llamó a Lamón y a Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y fuesen oídas las partes.

15. Todos se conformaron y Filetas, el vaquero, fue nombrado juez porque era el más anciano de los que allí estaban presentes, y por su rectitud, famoso en aquella comarca. Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella ante el juez vaquero: «Venimos a estos campos a cazar, dejamos nuestro barco junto a la orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos a ojear con los perros de caza. Entretanto bajaron las cabras de este mozuelo a la marina, se comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece justo que nos llevemos a este cabrerillo torpe, que apacienta cabras junto a la mar, cual si fuera marinero.»

16. Así se quejaron los metimneños. Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vio a Cloe presente, lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto o le comiese los brotes de su viña. Estos son cazadores inhábiles, y traen perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar con tal furor, que las cabras han huido del llano y del cerro hacia la mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre. ¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se le llevó el viento o la mar. Cúlpese a la tormenta, no a las cabras. En el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»

17. Dicho esto, Dafnis rompió a llorar y movió a compasión a los rústicos, de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había culpa en Dafnis ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas río satisfizo a los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez a Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos o como nube de estorninos, pronto libertaron a Dafnis, que también peleaba, y pusieron en fuga a los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio.

18. Así quedó el campo en sosiego, y Cloe llevó a Dafnis a la gruta de las Ninfas. Allí le lavó la cara, llena de sangre que había echado por las lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dio un beso, todo de miel, con sus blandos labios.

19. Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los metimneños, de vuelta a su tierra, con harta fatiga, a pie en vez de ir en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta a los ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como en tiempo de guerra. En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron justo vengar a aquellos jóvenes de las principales familias de la ciudad. La guerra contra los de Mitilene fue, pues, decretada sin declaración previa, y se dio orden a un capitán para que saliese a la mar con diez naves y talase y saquease las costas del enemigo. Como se acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.

20. Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros a los mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la gente entró a saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló a mano. Dafnis a la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque a coger ramas verdes para dar en el invierno alimento a los chivos. Cuando vio la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba que a ella y a su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las imágenes, sino que a las ovejas y a la misma Cloe, como si fuera oveja también, se las llevaron por delante a varazos.

21. Ya entonces tenían las naves cargadas de botín de toda laya y decidieron no navegar más, sino volverse a sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos. Navegaban, pues, aunque poco y a fuerza de remos porque el viento no los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó a la llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló a Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se deleitaba. Dafnis empezó entonces a gritar y a exhalar sollozos lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la mar para ver si alcanzaba a su amiga, ya a la gruta donde se refugió cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó a las Ninfas de traidoras.

22. «Al pie de vuestras aras -dijo- fue robada Cloe, y lo visteis y lo sufristeis; Cloe, la que os tejía coronas y la que os ofrecía las primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la zagala, mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas. Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora a mi padre y a mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan cabras que guardar? Aquí me voy a quedar aguardando la muerte o algún otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados y de las Ninfas y de mí, o te consuelan las ovejas y las cabras prisioneras contigo?».

23. Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas, medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor confortándole: «No así nos acuses, ¡oh, Dafnis! Más cuidado que a ti nos merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando fue expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni se la llevarán cautiva a Metimna, ni será entregada a los soldados como parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino, si bien, jamás le llevasteis vosotros ofrendas de flores, cede a nuestros ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su agreste retiro. Tremendo enemigo va a caer sobre los metimneños. No te aflijas, pues: levántate y ve a consolar a Lamón y Mirtale, que se revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo. Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aún las guardaréis juntos; aún juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará Amor.»

24. Al ver y oír Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría a par que de pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino, donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también e intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como casi iba ya a ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias, recogió las ramas que había cortado y se fue a su cabaña. Con su vuelta quitó a sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un bocadillo y se fue a dormir, no sin llorar aún y suplicar a las Ninfas que trajesen pronto el nuevo día, y a Cloe con él, cumpliendo la promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.

25. Entretanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca de diez estadios, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría. Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con él más seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, a fin de no recelar asalto o sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron en paz a sus deportes. Como traían. abundancia de todo, fruto de su rapiña comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche, parecioles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de formidable escuadra que a combatirlos venía. Muchos gritaban a las armas; otros se llamaban mutuamente; éste creíase ya herido; aquél imaginaba que alguien caía muerto a su lado. En suma, todo asemejaba reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.

26. La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche. Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella pareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos portentos. No se podían levar las anclas, que se agarraban al fondo; los remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines, brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba a los oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr a las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que volviese la noche, esperando que le les diese tregua. A nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultarse que tales visiones y ruidos eran obra de Pan, encolerizado contra los marineros; pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado ningún templo de aquel dios. Por último, a eso de mediodía, no sin disposición de lo alto, quedose el capitán dormido, y Pan se le apareció, diciendo:

27. «¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os propasasteis a tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra a los campos que me son caros; robasteis las vacas, cabras y corderos de que yo cuido, y arrancasteis de mi propio altar a una virgen, de quien Amor quiere componer muy linda historia. Ni las Ninfas, que os miraban, ni a mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con tales despojos, volveréis a ver a Metimna ni escaparéis al son de mi flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto a los peces, si al punto no devolvéis Cloe a las Ninfas, y a Cloe su rebaño, cabras y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra a la muchacha con todo lo que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y a ella por tierra.»

28. Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el capitán, y llamó a los cabos y principales de las naves, ordenándoles que buscasen sin demora entre los cautivos a la zagala Cloe. Enseguida la hallaron, porque estaba sentada con guirnalda de pino, y la trajeron a la presencia del capitán, quien conoció por las señales que a causa de ella había tenido la visión, y él mismo la llevó a tierra en su mejor barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril, como para llevar corderos a prado. Y en efecto, los corderos y las ovejas echaron a correr por las escaleras abajo, sin tropiezo a pesar de la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como acostumbradas a saltar por los vericuetos. 29. Y toda la grey rodeó a Cloe, y en coro se puso a retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron a Pan, quien en mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía cabras y corderos, y nadie veía a quien tocaba. Y todo el rebaño, hechizado con el son, andaba a par que pacía.

30. Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta, cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vio venir el ganado y vio venir a Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!»; bajó a lo llano, abrazó a Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas volvió en sí merced a los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos, se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música misteriosa. Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó a Cloe a que dijese a Dryas y a Lamón que vinieran con todo lo necesario para hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la coronó de hiedra, conforme se había mostrado a los enemigos; vertió leche entre sus cuernos; la sacrificó a las Ninfas; la suspendió y la desolló, y colgó la piel en la roca.

31. Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó parte de la carne y coció la otra parte, ofreció a las Ninfas las primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó a beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no viniese el lobo e hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos. Venida la noche todos durmieron al raso o en la gruta. Al salir el sol, se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto a la imagen del dios, ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña.

32. Recostáronse después y se pusieron a comer, cuando por acaso llegó Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro, rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar a Pan y colgaron los racimos en la copa del pino, y luego volvieron a sentarse, convidando a Filetas a que merendase y bebiese con ellos. Ya algo bebidos, se dieron, según es propio de los viejos, a referir casos de sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato, y de cuántas incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Este se jactaba de haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que a Pan en tocar la flauta. La última jactancia era de Filetas.

33. Dafnis y Cloe le rogaron con ahínco que les diese a conocer algo de su arte, tocando la flauta en la fiesta del dios que tanto se huelga de oírla. Filetas consintió en tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello, tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió a Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadios de allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó a correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso a contar la fábula de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, a quien dio en pago un cabrán y una zampoña.

34. «Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras, retozar y cantar, se llegó a ella y le pidió que consintiese en lo que él quería, ofreciéndole, en cambio, que sus cabras todas parirían muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó a admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar a la linda moza halló desengaño, e imaginó un instrumento, juntando con cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.»

35. Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fue ensayar si el viento colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito a poco fue luego mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada a las vacas y bueyes, lo que conviene para las cabras y lo que gusta a las ovejas. Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con sólo la suya.

36. Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio, hasta que se alzó Dryas y pidió a Filetas que tocase una tonada en loor de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando, ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando y bebiendo.

37. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fue a besar a Dafnis y a Cloe. Estos se alzaron al punto y bailaron el cuento de Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna. Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con débil tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con suave llamada, como buscando y atrayendo a la fugitiva. Maravillado Filetas, se alzó de su asiento, besó al rapaz, y después de besarle le regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese dejarla a sucesor semejante.

38. Dafnis, por último, suspendió su pequeña flauta en el ara de Pan, besó a Cloe como si la volviese a hallar después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta grande. Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de costumbre. Así lo hicieron, en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y después de saludar primero a las Ninfas y enseguida a Pan, se sentaron bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron luego en la comida, y bebieron vino con leche.

39. Algo acalorados con esto, y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero ella, como niña aún era tan simplecilla, que al salir de la gruta quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo, este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir a las Dryadas y se emplea de continuo en servir y complacer a todas las ninfas pastoriles. Si no cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con más queridas que cañutos tiene su zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y por la cabra que te crió, no abandonar a Cloe mientras ella te sea fiel. Y si Cloe te faltare, perjura a ti y a las Ninfas, húyela, aborrécela, mátala como a un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre un macho la otra, juró amar a Cloe mientras ella le amara. Y si ella amase a otro, en vez de matarle, matarse él. Cloe se holgó del juramento y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía a las cabras y ovejas por divinidades propias de cabrerizos y zagales.