Dafnis y Cloe (Longo) IV

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Longo, Dafnis y Cloe
Traducción de Juan Valera
Proemio - Libro I - Libro II - Libro III - Libro IV
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Libro cuarto

1. Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, a quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato a los ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina; sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.

2. El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más de un estadio; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles: manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos puntos la vid trepaba a los árboles, y, enlazada a ellos, lucía sus frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto a los frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno, como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca o vallado. No había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos, separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado a porfía con la Naturaleza. Había en cuadros y eras multitud de flores, que la tierra daba de sí sin cultivo, o que la industria cultivaba; rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas, corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma, sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más deliciosos y exquisitos en otoño.

3. Desde allí se oteaba la ancha vega, y se contemplaba pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna, dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios; los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los sátiros; por donde quiera, las bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al pisoteo de los sátiros en el lagar y al baile de las ménades.

4. Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas secas y enredando en festones la vid a los árboles. A Baco le coronaba de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias. Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó a éste que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había venido en tanto tiempo, iba ahora a verlo todo. Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar a pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos veces al día las llevaba a beber, y siempre buscaba para ellas los mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y zarzos más capaces. Y llegó a tal punto su esmero, que barnizó con aceite los cuernos a las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y, descuidadas sus ovejas, sólo a las cabras atendía, de suerte que imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan hermosas.

5. Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que las uvas se hicieran mosto, y entonces volver a la ciudad para acompañar al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. A este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la mayor consideración. Entretanto, cogieron las uvas, las acarrearon al lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los racimos más gruesos, a fin de que los que iban a venir disfrutasen algo y tuviesen cierta idea de la vendimia.

6. Cuando Eudromo preparaba su regreso a la ciudad, Dafnis le hizo cuantos regalitos podían esperarse de un cabrero: le dio quesos bien cuajados, un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó harto pagado del obsequio, y prometió a Dafnis decir de él al amo mil cosas buenas. Se fue, pues, a la ciudad muy amigo de Dafnis. Se quedó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe, porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado a ver cabras y riscos, y a tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor, de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y a hurtadillas, como si el amo estuviera allí y pudiera verlos. En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave.

7. Un vaquero de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido a Dryas la mano de Cloe, y le había hecho muchos regalos a fin de que conviniese en el casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía a talar el arbolado, podrían oír el ruido y sorprenderle, y así prefirió arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin que le viesen. No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera hecho más cruel un ladrón forajido, se desgarró el sayo y puso el grito en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba a pacer, acudieron a saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se echaron a llorar.

8. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba a lamentación su incesante susurro. Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y lozanía; vendrá el otoño, y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las que habitabas, a las que veías, y con las que te coroné tantas veces? ¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin duda mandará ahorcar de un pino a este viejo sin ventura, como ahorcaron a Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo a Dafnis, creyendo que por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?».

9. Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían a su amigo. Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día siguiente. Se pusieron entonces a discurrir cómo salir de aquel apuro, y pidieron consejo a Eudromo, el cual tenía buena voluntad a Dafnis, y fue de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en hacerlo así.

10. Al día siguiente el señor mozo, que se llamaba Astilo, llegó a caballo, en compañía de su parásito Gnatón. Este afeitaba sus barbas hacía no pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de Mirtale y de Dafnis, se prosternó a los pies del amo mozo, y le rogó se compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo tuvo piedad del suplicante; fue al huerto; vio el estrago causado en las flores, y prometió que para disculpar a Lamón y a Dafnis supondría que sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de Lesbos, que huele a flores y es el más grato al paladar de cuantos se beben.

11. Astilo encareció la bondad de todo, y se fue a cazar liebres, como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al campo a disfrutar de nuevos placeres. Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y pereza. Así fue que no quiso ir a cazar con Astilo, y para entretener el tiempo, bajó hacia la playa donde se encontró a Dafnis guardando su ganado. [Gnatón desea a Dafnis: sigue la adaptación censurada de Juan Valera] Junto a Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vio Gnatón, y quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto jamás más linda moza. Dafnis, a quien apenas apuntaba el bozo, y que parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó fácil empresa deslumbrarla y lograrla. A este fin, empezó por elogiar sus ovejas; luego la elogió a ella; luego trató de alejar a Dafnis, y no pudo conseguirlo;

12. y, por último, movido de una pasión que a los cuerdos roba la prudencia, tomó a Cloe entre sus brazos y la besó repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió a interponerse, y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, o tan respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fue así: Dafnis rechazó a Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dio consigo en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó a su sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó a huir, seguido de Cloe, dejando el hato en abandono. Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco a Gnatón los vapores del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en conseguir su propósito, resolvió pedir a Astilo, que nada le negaba, que se llevase a Dafnis a la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr a Cloe.

13. Por lo pronto, sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres, Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que pintaba a Astilo su amor a fin de conmoverle. Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia a los mancebos. Era además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo, el día en que llegó, fue sacrificar a los dioses que gobiernan las cosas campestres: a Ceres, a Baco, a Pan y a las Ninfas. Luego dio un banquete a todas las personas que estaban allí. En los días siguientes inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para sí la culpa), se alegró mucho, alabó a Lamón y le prometió la libertad. Después de esto, fue a ver las cabras y a ver al cabrero que las cuidaba.

14. Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel gentío. Dafnis quedó solo, y se mostró revestido de una peluda piel de cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Este ¡oh, señor!, es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucías están, qué pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen todo.»

15. Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las cabras, y mandó a Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de zapatos. Dafnis, al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las cabezas. Después tocó el roque del pasto, y las cabras bajaron las cabezas y pacieron. Dio enseguida la zampoña un son blando y suave, y las cabras se echaron. Luego fue agudo el son, y las cabras huyeron al soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y, saliendo del soto, las cabras todas corrieron a echarse a sus pies. Nadie vio jamás siervo alguno que obedeciese más listo a una señal de su amo. De aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido a aquel cabrero tan músico y tan guapo. Después todos se fueron a la quinta y comieron, y enviaron a Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con grandes esperanzas de lograr el permiso, de los amos para su casamiento.

16. Gnatón, entretanto, más obstinado aún en su amor, a pesar de la pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe [Dafnis] sería amarga y sin objeto, se aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto a sus solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino añejo, y estimaba a tu cocinero más digo o de adoración y de afecto que a todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable a la zagala Cloe [Dafnis]. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, dejándome guiar por la voz de Cloe [Dafnis] y por su cayado. Salva a tu Gnatón; vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me mato a la puerta de Cloe [Dafne], y no tendrás a quién llamar Gnatoncillo, jugando y burlando, como es tu costumbre.»

17. No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los pies. Prometiole, pues, que pediría a Dafnis a su padre y que se le llevaría a la ciudad como criado, dejando a Cloe sin aquel estorbo, a fin de que Gnatón la tuviese a todo su talante. Deseoso luego Astilo de embromar a Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar a una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, contestó defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el amador a quien infunde miedo el amado? En cuanto a mí, si la que amo es por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En esto de amar a las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que imitar a las deidades? Vaquero fue Anquises, y Venus le tomó para querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos a Cloe [Dafnis] porque lo es, sino demos gracias a los dioses de que, enamorados de ella [él], no nos la roban y se la llevan al cielo.»

18. Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía a los grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir a su padre que le diera a Dafnis para criado. Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como quería a Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que la gentil zagala viniese a ser ludibrio de aquel borracho, y fue al punto a contárselo todo a Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, pensó en huir robando a Cloe o en matarla y matarse; pero Lamón, llamando a Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya la ocasión de revelar lo que teníamos oculto. Queden sin guía las cabras y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de Dafnis, sino que referiré cómo fue hallado y alimentado, y mostraré las prendas que estaban expuestas junto a él. Es menester que sepa Gnatón quién es el mozo [de cuya novia] quiere burlarse. Tú, ten prontas las señales de reconocimiento.»

19. Dichas estas palabras, ambos entraron de nuevo en la habitación. Habiendo hallado Astilo propicio a su padre, le pidió que le dejase llevar a Dafnis a Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería a servir bien y a tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, llamó a Lamón y a Mirtale, y les dio como buena nueva la de que Dafnis, en vez de estar al servicio de las cabras, iba a entrar en el de su hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para hablar, y habló de esta suerte: «Escucha, ¡oh, señor!, la verdad misma de los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando la leche de una cabra, a la cual, cuando murió de muerte natural, di sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe a quien hizo tan bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de clase superior a la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»

20. Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de lo que acababa de oír, impuso silencio a Gnatón, arqueando las cejas y mirándole fosco; luego interrogó a Lamón, y le mandó que dijese la verdad, y que no procurase oponerse con embustes a la voluntad de su hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no bien averiguó lo que pasaba «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan sutil patraña? Por otra parte ¿no es increíble que de tan pobre viejo y de tan ruin madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.

21. Mirtale fue al punto a sacarlas de un vicio zurrón en que las tenía guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vio fue Dionisofanes. Al mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño de marfil, dio un grito, exclamando: «¡Oh, señor Júpiter!», y llamó a su mujer para que examinase aquellas prendas. Esta, no bien las hubo mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que guarda tus cabras.»

22. Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis era su hermano; se desembarazó de la capa y dio a correr por el huerto para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, resuelto a arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: «Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame a mí primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»

23. Parose Dafnis al oír este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y en particular con su madre y su padre, a quienes, como si de antiguo los conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un instante de Cloe. Con esto se le llevaron a la quinta y le dieron, para que se vistiese, un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su padre, le oyó decir estas razones:

24. «Yo, hijos míos, me casé muy temprano, y a poco fui padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fue el tercero. Estos tres eran los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, a la verdad, esas prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad en el mismo día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no aflijas de contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amaos, pues, mis hijos; y en cuanto a los bienes, nada tendréis que envidiar a los príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas desde luego doy a Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»

25. Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena ocasión me lo traes a la memoria, padre mío. Voy a llevar de beber a las cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado a ser señor, quisiese ser cabrero todavía, y enviaron a un nuevo cabrero a que cuidase de las cabras. Sacrificaron después a Júpiter Salvador y dispusieron un banquete. A este banquete, el único que faltó fue Gnatón, el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, orando y haciendo penitencia. Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado a su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor terrateniente, y de acá de acullá acudieron los rústicos a felicitar al mozo y a traer presentes a su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre adoptivo de Cloe.

26. Dionisofanes los detuvo a todos para que participasen del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas a los dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. Consagró a Baco el zurrón y el pellico; a Pan, el pífano y la zampoña, y a las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico sin ponérsele por última vez; ni la zampoña sin tañerla. Todo lo besó; habló con las cabras, y llamó por su nombre a los machos. Bebió por último en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no se atrevió a hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.

27. Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: «Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como a mí. Ni al hacer ofrendas a Pan y a las Ninfas deseó ver a Cloe. Tal vez halló más bonitas que yo a las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé dichoso. Yo no viviré.»

28. Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, acompañado de algunos labriegos, vino a robarla, creyendo que Dafnis ya no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela a él. La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien que la oyó fue a decírselo a Napé. Napé se lo dijo a Dryas, y Dryas a Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse a decir nada a su padre, y no pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo. «¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo! Entonces veía a Cloe. Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá a su lado. Y yo como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las cabras.»

29. Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo a Dafnis que él era allí su amo y que podía disponer de los criados para cualquier empresa. Llamando entonces Dafnis a algunos de los que servían a Astilo, se fue con ellos y con Gnatón a casa de Lampis con tal diligencia y prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos a los rústicos que habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo a Lampis, que logró fugarse. Dafnis perdonó a Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen consejo y auxilio; y libertada ya Cloe,

30. convino con ella en callar aún lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su amor a su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y se fue en busca de Dionisofanes y de Clearista, a quienes halló sentados en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que a Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni yo he engendrado a la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. Otro fue su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo a la niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su propia hermosura, en nada semejante a nosotros. Testimonio dan también estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, y buscad a los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día digna consorte de Dafnis.»

31. No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba a ocultar el llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó atentamente las razones del viejo. Vio también las prendas, es a saber, las chinelas, la toquilla y las ajorcas, y luego hizo venir a Cloe a su presencia, y la exhortó a que se alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también a su padre y a su madre. Por último, Clearista se llevó consigo a la doncella y la aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo. Dionisofanes, apartándose a un lado con Dafnis, le preguntó en confianza y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual se holgó el padre, y le dijo que se pusieran a comer con él.

32. Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello, y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto, que el propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por compañeros en el mismo lecho a Lamón y a Mirtale. Pocos días después se hicieron sacrificios a los dioses y ofrendas por amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la oveja, que le mostró Dryas; volvió aún a tocar la flauta para alegrar el ganado, y a las propias Ninfas les dio música, pidiéndoles que parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con Dafnis.

33. Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver a la ciudad a fin de buscar a los padres de Cloe y no retardar más su boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron a Dryas tres mil dracmas, y a Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, por último, a Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de caballos. Como llegaron muy de noche a la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; pero al día siguiente se reunió a las puertas de Dionisofanes gran multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber hallado a su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, para holgarse con Clearista de que había logrado a la vez hijo y nuera. Cloe las sorprendió a todas por su rara hermosura, que les pareció sin par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también a los dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo pocas mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan hermosa.

34. Entretanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver a las Ninfas pidiendo a Amor que se llevase pronto a cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto a la aljaba, ordenó a Dionisofanes que convidase a un gran banquete a todos los sujetos de más fuste de la ciudad, y que, al ir a llenar los últimos vasos, mostrase a los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto de Himeneo. Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara comida, donde hubiese cuanto se criaba de más delicado y sabroso en tierra y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó a su mesa a todos los señores principales. Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación a Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de plata, y dando vuelta a la mesa, se las enseñó a todos.

35. Ninguno las reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vio, y dijo con voz alta y firme: «¡Cielos!, ¿qué veo? ¿Qué ha sido de ti, hija mía? ¿Vives aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh Dionisofanes!, que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes a Dafnis, que yo también la tenga.» Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había expuesto a la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo ha que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos naturales, desean ser padres, adoptando por hijos a los expósitos. La niña lo fue en la gruta de las Ninfas y confiándola yo a su cuidado. Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo heredero a quien dejarlas, porque no volví a tener otra hija; y como si los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»

36. Dionisofanes hizo, al oír tales palabras, mayores exclamaciones aún que las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fue a buscar a Cloe y la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela a su padre, le dijo: «Esta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha criado una oveja, como una cabra a Dafnis. Tómala con las prendas, y al tomarla, dásela a Dafnis por mujer. Los dos expusimos a nuestros hijos, y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han salvado.» Megacles convino en todo, y mandó llamar a su mujer, cuyo nombre era Rodé, teniendo siempre a Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se quedaron a dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su propio padre, sacaría a Cloe de la casa.

37. A la mañana siguiente, Cloe y Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, a la quinta donde estaba Lamón, e hicieron que Megacles conociese a Dryas, y Rodé a Napé. Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda. Megacles consagró a su hija Cloe a las Ninfas, y suspendió como ofrenda en la gruta, a más de otros objetos ricos, las prendas de reconocimiento. A Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dio para completar diez mil.

38. Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de rústicos, todo allí fue al uso campesino y labriego. Cantaron unos el cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse. Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la función, lo cual no era muy grato a los de la ciudad. Dafnis las llamaba por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y las besaba.

39. Y esto no fue sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo, porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando a los dioses y profesando especial devoción a Pan, a Amor y a las Ninfas. Aunque llegaron a ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y a la criatura segunda, que fue una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le pusieron por nombre Filopoemén, y a la niña Ageles. Así vivieron largos años felices. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar a Amor pastoril; y a Pan, en vez de la copa del pino a cuya sombra estaba, le edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.

40. Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada la noche, cuantos estaban allí llevaron a los novios al tálamo. Unos tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas. Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban, sino que arañaban pedruscos con almocafres. Dafnis y Cloe, a pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como lechuzas. Y Dafnis hizo a Cloe lo que le había enseñado Lycenia; y Cloe conoció por primera vez que todo lo hecho antes, entre las matas y en la gruta, no era más que simplicidad o niñería.