David Copperfield - Segunda Parte - Capítulo XIX

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David Copperfield
Segunda Parte: Capítulo XIX de Charles Dickens


Mi tía supongo que empezó a preocuparse seriamente por mi abatimiento prolongado, e ideó enviarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba bien en su casita, que había alquilado, y con objeto de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet había entrado al servicio de mistress Strong, donde la veía todos los días. Había estado indecisa, al dejar Dover, respecto a si confirmaría o denegaría de una vez el renunciamiento desdeñoso por el sexo masculino que había sido el fundamento de su educación. Se trataba de casarse con un piloto. Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en honor del principio en sí mismo que porque el piloto no la acabara de gustar.

Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me parecieron bastante bien las intenciones de mi tía; aquello me proporcionaría el placer de pasar unas cuantas horas tranquilas al lado de Agnes. Consulté al doctor para saber si podría ausentarme tres días, y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero me interesaba demasiado mi trabajo para tomarme unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a partir.

En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores, no tenía por qué preocuparme del trabajo. A decir verdad, no estábamos en olor de santidad entre los procuradores de primer vuelo; es más, habíamos caído casi en una situación equívoca. Los negocios en tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spenlow, no habían sido muy brillantes. Después el difundo socio los había animado renovando con una infusión de sangre joven la vieja rutina del estudio y les había dado algo de brillo con su tren de vida; pero aquello no reposaba sobre bases bastante sólidas para que la muerte repentina de su principal director no lo quebrantara. Los negocios disminuyeron sensiblemente. Míster Jorkins, a pesar de la reputación que tenía entre nosotros, era un hombre débil e incapaz, y su reputación, de puertas a fuera, no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez que le veía tomar tabaco e interrumpir el trabajo sentía más las mil libras de mi tía.

Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal de Doctores una cantidad de desocupados que, sin ser procuradores, se apoderaban de gran parte de los negocios, para hacerlos ejecutar enseguida por verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus nombres a cambio de una parte del dinero. Como necesitábamos negocios a toda costa, nosotros nos asociamos a aquella noble corporación y tratamos de atraerlos. Lo que pedían sobre todo, por ser lo que más producía, eran las autorizaciones de matrimonio o las actas probatorias para validez de testamento; pero todos querían obtenerlos, y la competencia era tanta, que se ponían de plantón a la entrada de las galerías que conducían al Tribunal enviados encargados de atraerse a los despachos respectivos a todas las personas de luto y a todos los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan fielmente ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo conocido que era, fui « raptado» para el estudio de nuestro más temible rival. Los intereses contrarios de aquellos reclutadores modernos solían terminar en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal agente, que había empezado por el comercio de vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el escandaloso espectáculo, durante algunos días, de tener un ojo negro. Estos virtuosos personajes no tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano para que bajara del coche a alguna anciana señora de luto, de matar de golpe al procurador por quien preguntaba, presentando a su patrón como legítimo sucesor del difunto y llevando en triunfo a la anciana, a veces todavía conmovida por la noticia que acababan de darle. Así me llevaron a mí muchos prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de matrimonio, la competencia era tan formidable, que un pobre señor tímido que venía con ese objeto hacia nosotros no tenía mejor cosa que hacer que abandonarse al primer agente que se le presentase si no quería ser causa de guerra y presa del vencedor. Uno de estos empleados en esta especialidad no abandonaba nunca su sombrero cuando estaba sentado, con objeto de estar siempre dispuesto a lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el horizonte. Aquel sistema de persecución todavía está en vigor, según creo. La última vez que yo fui a «Doctors Commons» , un hombre muy educado, revestido de un delantal blanco, me saltó encima bruscamente, murmurando a mi oído las palabras sacramentales: « ¿Una autorización de matrimonio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara en brazos al estudio de un procurador.

Pero después de estas digresiones pasemos a Dover.

Encontré todo en un estado muy satisfactorio y pude halagar la pasión de mi tía contándole que su inquilino había heredado sus antipatías y hacía una guerra encarnizada a los asnos. Pasé una noche en Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día siguiente muy temprano me dirigí a Canterbury. Estábamos en invierno; el tiempo fresco y el viento fuerte reanimaron un poco mi espíritu.

Erraba lentamente a través de las antiguas calles de Canterbury con una alegría tranquila, que me serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las tiendas, los nombres, las caras conocidas. Me parecía que hacía tanto tiempo que había estado en el colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido comprender cómo había cambiado tan poco, si no hubiera pensado en lo poco que también había cambiado yo. Lo que es extraño es que la influencia dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamiento de Agnes parecía extenderse sobre el lugar en que habitaba. Encontraba en todo una serenidad, una apariencia tan tranquila y pensativa en las torres de la venerable catedral como en los viejos cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los edificios antiguos una sensación de soledad mayor de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absoluto; también la había en las puertas en ruinas, antes decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo. Tanto en los peregrinos respetuosos que les rendían homenaje, como en los nichos silenciosos donde la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo largo de los muros de las casas viejas; y como el paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como Agnes, el espíritu de tranquila inocencia, bálsamo soberano para un alma inquieta.

Llegado a la puerta de míster Wickfield me encontré a míster Micawber, que dejaba correr su pluma con la mayor actividad en la habitacioncita del primer piso, donde antes solía estar Uriah Heep. Estaba todo vestido de negro y su maciza persona llenaba por completo el pequeño despacho donde trabajaba.

Míster Micawber parecía a la vez encantado y confuso de verme. Quería llevarme inmediatamente a ver a Uriah; pero yo me negué.

-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y sabré encontrar mi camino. ¡Y bien! ¿Qué dice usted del Derecho, míster Micawber?

-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un hombre dotado de una imaginación trascendental, los estudios del Derecho tienen un lado muy malo; le ahogan en los detalles. Hasta en nuestra correspondencia de negocios --dijo míster Micawber lanzando una mirada sobre las cartas que escribía-, el espíritu no tiene la libertad de tomar la expresión sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un gran trabajo, ¡un gran trabajo!

Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua casa de Uriah Heep, y que mistress Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo.

-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para servirme de la expresión favorita de mi amigo Heep; pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a otras más ambiciosas.

Le pregunté si estaba satisfecho del trato de su amigo Heep. Empezó por cerciorarse de si la puerta estaba bien cerrada, y después me respondió en voz baja:

-Mi querido Copperfield, cuando se está bajo el golpe de las dificultades pecuniarias se pone uno bis a bis con la mayor parte de la gente en una situación muy violenta, y lo que no mejora nada esta situación es el que las dificultades pecuniarias obliguen a pedir el sueldo antes de su término legal. Todo lo que puedo decirle es que mi amigo Heep responde a llamadas a las que no quiero hacer más amplia alusión de una manera que hace igualmente honor a su cabeza y a su corazón.

-¡Nunca le hubiera visto tan pródigo de su dinero! -observé.

-¡Perdón! -dijo Micawber con reserva-. Hablo por experiencia.

-Estoy encantado de que la experiencia le haya resultado tan bien -le respondí.

-Es usted muy bueno, mi querido Copperfield -dijo míster Micawber; y se puso a tararear una canción.

-¿Ve usted a menudo a míster Wickfield? -le pregunté para cambiar la conversación.

-No muy a menudo --dijo míster Micawber con aire de desprecio-; míster Wickfield seguramente tiene las mejores intenciones; pero..., pero... No sirve ya para nada.

-Temo que su asociado haga todo lo posible para ello.

-Mi querido Copperfield -repuso míster Micawber después de ejecutar muchas evoluciones sobre su escabel-, permítame que le haga una observación. Yo estoy como persona de confianza, ocupo un puesto de confianza y mis funciones no me permiten discutir ciertos asuntos, ni siquiera con mistress Micawber (ella, que ha sido tanto tiempo la compañera en las vicisitudes de mi vida y que es una mujer de una inteligencia notable). Me tomaré, por lo tanto, la libertad de hacerle observar que en nuestro trato amistoso, que espero no será turbado nunca, deseo hacer dos partes: A un lado -dijo míster Micawber trazando una línea encima de su pupitre-, a un lado colocaremos todo aquello a que puede llegar la inteligencia humana con una sola y pequeña excepción, es decir, los asuntos de míster Wickfield y Heep y todo lo que a ellos se refiere. Tengo la seguridad de que no ofendo al compañero de mi juventud haciendo a su juicio claro y discreto semejante proposición.

Veía muy bien que míster Micawber había cambiado mucho; parecía que sus nuevos deberes le imponían una reserva penosa; sin embargo, yo no tenía derecho para sentirme ofendido. Pareció más tranquilo y me tendió la mano.

-Estoy encantado de miss Wickfield, Copperfield, se lo juro --dijo míster Micawber-. Es una criatura encantadora, llena de encantos, de gracia y de virtudes. Por mi honor -dijo míster Micawber haciendo el saludo más galante, como para enviar un beso-, rindo homenaje a miss Wickfield.

-Estoy encantado -le dije.

-Si usted no me hubiera asegurado, mi querido Copperfield, el día en que tuvimos el gusto de pasar la tarde con usted, que la D era su letra preferida, hubiera estado convencido de que era la A.

Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en que lo que decimos o hacemos creemos haberlo hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo recordamos como si hubiéramos estado hace siglos rodeados de las mismas personas, de los mismos objetos, de los mismos incidentes; y sabemos perfectamente de antemano lo que nos van a decir después, como si nos volviese la memoria de pronto. Nunca había experimentado más vivamente aquel sentimiento misterioso que antes de oír las palabras de míster Micawber.

Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis recuerdos a su familia. Él volvió a coger la pluma y se frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me daba cuenta de que había algo en sus nuevas funciones que enfriaban nuestra intimidad.

No había nadie en el viejo salón; pero mistress Heep había dejado las huellas de su paso. Abrí la puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al lado del fuego y escribía ante su pupitre de madera tallada.

Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué placer para mí observar la alegría que expresó al verme aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto cariño y bondad.

-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de otro- ¡Cuánta falta me has hecho, Agnes, desde hace cierto tiempo!

-¿De verdad? -me respondió- Pues no hace tanto que nos hemos separado.

Moví la cabeza.

-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente que me falta alguna facultad que necesito. Me habías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en los buenos tiempos; venía con tanta naturalidad a inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que verdaderamente temo haber perdido el use de una facultad de la que no tenía necesidad a tu lado.

-¿Y cuál es? ---dijo alegremente Agnes.

-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo que soy formal y perseverante.

-Estoy segura --dijo Agnes.

-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.

-Sí --dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.

-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgraciado y estoy tan inquieto, tan indeciso, tan incapaz de tomar una decisión, que evidentemente me falta, ¿cómo diríamos?..., me falta un punto de apoyo.

-Puede que sí -dijo Agnes.

-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti misma. Vienes a Londres, me dejo guiar por ti: al momento encuentro un objeto y una dirección. Se me escapa ese objeto, y vengo aquí: pues enseguida soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían no han cambiado desde que he entrado en esta habitación; sin embargo, he sufrido ya una influencia que me transforma, que me hace mejor. ¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu secreto?

Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el fuego.

-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías porque te diga ahora, para las grandes cosas, las mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis antiguas penas eran chiquilladas, y hoy son cosas serias; pero todas las veces que he abandonado a mi hermana adoptiva...

Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y me tendió su mano. Yo la besé.

-Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi lado para empezar las cosas con tu aprobación, me he perdido y me he metido en una multitud de dificultades. Cuando por fin he venido a buscarte (como he hecho siempre) he encontrado al mismo tiempo la paz y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes figurarte la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado.

Sentía tan profundamente lo que decía y estaba tan verdaderamente conmovido, que me faltaba la voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a llorar. No escribo aquí más que la verdad. No pensaba en las contradicciones ni en las consecuencias que había en mi corazón, como en el de la mayoría de los hombres; no se me ocurría pensar que podía haber obrado de otro modo y mejor de lo que había hecho hasta entonces. Ni que había sido una equivocación el cerrar voluntariamente los oídos al grito de mi conciencia, no; todo lo que sabía es que era de buena fe cuando le decía con tanto fervor que a su lado encontraba el reposo y la paz.

Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad con la expresión de su dulce y fraternal afecto, con sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y con la calma encantadora que siempre me había hecho considerar su morada como un lugar bendito. Animó mi valor y me hizo, naturalmente, contarle todo lo que había sucedido desde nuestra última entrevista.

-Y no tengo nada más que decirte, Agnes -añadí cuando terminé mi confidencia-, si no es que cuento contigo.

-Pero no es conmigo con quien tienes que contar, Trotwood -repuso Agnes con una dulce sonrisa-; es con otra.

-¿Con Dora? --dije yo.

-¡Naturalmente!

-Pero, Agnes, ¿no te he dicho -respondí algo confuso- que es difícil, no digo el contar con Dora, pues es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que es difícil, no sé cómo expresarme, Agnes...? Es tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo antes de la muerte de su padre creí que debía hablarle... Pero si tienes la paciencia de escucharme, te lo contaré todo.

En consecuencia, le conté a Agnes lo que le había dicho a Dora de mi pobreza, del libro de cocina, de las cuentas, etc.

-¡Oh Trotwood! -repuso ella con una sonrisa-, eres siempre el mismo. Tenías razón al querer salir adelante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas tan bruscamente con una niña tímida, amante y sin experiencia? ¡Pobre Dora!

Nunca voz humana podía hablar con más bondad y dulzura que la suya al darme aquella respuesta. Me parecía que la veía coger con amor a Dora en sus brazos para besarla tiernamente; me parecía que me reprochaba tácitamente con su generosa protección el haberme apresurado demasiado a turbar su corazoncito; me parecía que veía a Dora, con toda su gracia ingenua, acariciar a Agnes, darle las gracias y apelar dulcemente a su justicia para hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme con toda la fuerza de su inocencia infantil.

¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admiraba! Las veía a las dos en una encantadora perspectiva, unidas íntimamente, más encantadoras todavía una al lado de otra.

-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después de haber contemplado el fuego-. ¿Qué me aconsejas que haga?

-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que escribieras a esas señoras. ¿Crees que los secretos merecen la pena?

-No, puesto que tú no lo crees -le dije.

-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Agnes con un modesto titubeo-; pero me parece .... en una palabra, me parece que no sería digno de ti... recurrir a medios clandestinos.

-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes, me temo.

-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-. Yo escribiría a esas dos señoras; les contaría todo lo más sencilla y francamente que me fuera posible y les pediría permiso para ir alguna vez a su casa. Como eres joven y todavía no tienes una posición en el mundo, creo que harías bien en decirles que te someterás con gusto a todas las condiciones que te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran mi petición sin hablar de ella a Dora, cuando les pareciera oportuno. No me presentaría demasiado ardiente -dijo Agnes con dulzura- ni demasiado exigente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y en Dora.

-¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí?

-¿Es posible? -preguntó Agnes con el más afectuoso interés.

-¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a las señoritas Spenlow no les parece correcto que me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan extravagantes ...)

-No creo, Trotwood -dijo Agnes levantando con dulzura los ojos hacia mí-, que debas preocuparte demasiado por eso. Según mi opinión, vale más preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no titubear.

No dudé más tiempo; me sentía el corazón más ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a míster Wickfield y a Uriah Heep.

Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan innoble entre una cantidad tan grande de libros y papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre, haciendo como que no había sabido por mister Micawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo habían despojado de una multitud de comodidades en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah permanecía de pie delante del fuego frotándose la barbilla con su mano huesuda.

-¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el tiempo que piense pasar en Canterbury? -dijo míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada con que parecía pedir su aprobación.

-¿Tiene usted sitio para mí? -le pregunté.

-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir míster, pero el tratamiento de camarada se me viene a la boca ---dijo Uriah-; estoy dispuesto a devolverle su antigua habitación si ello le resulta agradable.

-No, no -dijo míster Wickfield-; ¿para qué se va usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra habitación.

-¡Oh! -repuso Uriah haciendo un gesto bastante feo-; pero si es que yo estaré encantado.

Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello se decidieron por la otra habitación. Me despedí de ellos y volví a subir.

Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como antes; pero mistress Heep le había pedido permiso para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea, con el pretexto de que la habitación de Agnes estaba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la furia del viento en el campanario de la catedral; pero había que hacer virtud de necesidad y le di los buenos días en tono amistoso.

-Le doy las gracias humildemente, caballero --dijo mistress Heep cuando le hube preguntado por su salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecerme. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encontrado usted a mi Uriah, caballero?

Le había encontrado tan horrible como de costumbre, y contesté que no le había encontrado cambiado.

-¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? -dijo mistress Heep-. Le pido humildemente permiso para no ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más delgado?

-Más que de costumbre, no -respondí.

-¿De verdad? -dijo mistress Heep-. Es porque usted no le ve con los ojos de una madre.

Los ojos de una madre me parecieron muy malos ojos para el resto de la humanidad cuando los dirigía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo. Creo que ella y su hijo se pertenecían exclusivamente el uno al otro.

Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a mí, se fijaron en Agnes.

-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha cambiado mucho? -preguntó mistress Heep.

-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su trabajo-. Se preocupa usted demasiado; está muy bien.

Mistress Heep resopló con toda su fuerza y continuó su labor.

No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su labor de punto. Yo había llegado a las doce y todavía faltaban muchas horas para la comida; pero no se movió. Estaba sentada a un lado de la chimenea y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al otro lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la vista mientras escribía lentamente mi carta, veía delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me inspiraba valor con su dulce y angelical expresión; pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me miraban para clavarse después en Agnes y volver enseguida a mí, bajándose después hacia la media. No estoy muy versado en el arte de hacer media para poder decir lo que fabricaba; pero sentada allí al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mistress Heep me parecía una bruja momentáneamente detenida en sus malos designios por el ángel sentado frente a ella; pero dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su presa en sus odiosas redes.

Durante la comida continuó vigilándonos con la misma mirada. Después de la comida su hijo tomó su lugar, y una vez solos para los postres míster Wickfield, él y yo, se puso a observarme de reojo, haciendo al mismo tiempo las más odiosas contorsiones. En el salón volvimos a encontrar a su madre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes cantó y tocó el piano, la madre estaba instalada a su lado. En una ocasión pidió a Agnes que cantara una balada que a su Uriah le gustaba con locura (durante aquel tiempo el dicho Uriah bostezaba en su sillón y después le dijo que estaba entusiasmado). No abría nunca la boca sin pronunciar el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de una consigna que le habían dado.

Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sentía tan poco a mis anchas a fuerza de ver a la madre y al hijo oscureciendo aquella morada con su horrible presencia, como dos grandes murciélagos, que hubiera preferido permanecer toda la noche con el punto y lo demás, mejor que it a acostarme. Apenas cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición del punto de media y de la vigilancia, que duró todo el día.

No pude lograr ni diez minutos para hablar a Agnes: apenas si tuve tiempo para enseñarle mi carta. Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero mistress Heep repitió tantas veces que se encontraba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse para hacerle compañía. Por la tarde salí solo para reflexionar en lo que debía hacer, pues no sabía si tenía derecho para callar durante más tiempo a Agnes lo que Uriah Heep me había dicho en Londres, pues empezaba a inquietarme extraordinariamente.

No había salido todavía del pueblo, por la carretera de Ramsgate, que estaba muy hermosa para pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por alguien que venía tras de mí. Era imposible confundir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar desgarbado. Me detuve a esperar a Uriah Heep.

-¿Y bien? -le dije.

-¡Qué deprisa anda usted! --dijo-. Tengo las piernas bastante largas; pero usted les da bastante trabajo.

-¿Dónde va usted?

-Vengo a hacerle compañía, Copperfield, si quiere usted permitírselo a un antiguo camarada.

Y al decir esto, con un movimiento que podía tomarse por una burla se puso a andar a mi lado.

-¡Uriah! -le dije lo más cortésmente que pude, después de un momento de silencio.

-¡Míster Copperfield! -me respondió.

-Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he salido porque estaba un poco cansado de estar tanto tiempo en compañía.

Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto:

-¿Se refiere usted a mi madre?

-Naturalmente.

-¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes -repuso-; y como reconocemos nuestra humilde condición. estamos obligados a vigilar a los que no son humildes coma nosotros para que no nos pisoteen. En amor todas las estratagemas son buenas, Copperfield.

Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos enormes manos, dejó oír un gruñido suave. Nunca había visto una criatura humana que se pareciera tanto a un mandril maligno.

-Porque usted -dijo, continuando acariciándose el rostro y moviendo la cabeza- es un rival peligroso, Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo.

-¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta usted la guardia en tomo a miss Wickfield y por lo que le quita toda libertad en su propia casa? -le dije.

-¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy duras -replicó.

-Puede usted tomar mis palabras como le parezca; pero sabe usted mejor que yo lo que quiero decirle, Uriah.

-¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no lo comprendo.

-¿Supone usted -le dije esforzándome, a causa de Agnes, en permanecer tranquilo-, supone usted que miss Wickfield es para mí otra cosa que una hermana tiernamente amada?

-Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contestar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no.

Nunca he visto nada comparable a la innoble expresión de aquel rostro, a aquellos ojos desguarnecidos, sin la sombra de una pestaña.

-Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield...

-¡Mi Agnes! -exclamó en una contorsión angulosa y repugnante-. ¡Tenga la bondad de llamarla Agnes, míster Copperfield!

-Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendiga...

-Le doy las gracias por ese deseo, míster Copperfield.

-Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstancia antes se me hubiera ocurrido decírselo a... Jack Ketch.

-¿A quién, caballero? --dijo Uriah alargando el cuello y abrigando su oreja con la mano para oír mejor.

-Al verdugo -repuse-; es decir, a la última persona en quien se puede pensar... -y, sin embargo, hay que ser franco, era el rostro de Uriah el que me había sugerido aquella alusión-. Tengo novia. ¿Espero que eso le dejará satisfecho?

-¿Palabra de honor? -preguntó Uriah.

Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación, cuando se apoderó de mi mano y la estrechó con fuerza.

-¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted demostrado esta confianza cuando le revelé el estado de mi corazón, el día en que tanto le molesté durmiendo en su gabinete, nunca se me hubiera ocurrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a despedir inmediatamente a mi madre, demasiado dichoso de poder darle esa prueba de confianza. Usted espero que dispensará las precauciones inspiradas por el afecto. ¡Qué lástima, míster Copperfield, que no se dignara usted devolverme confidencia por confidencia! Sin embargo, le he proporcionado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha tenido por mí toda la benevolencia que yo hubiera deseado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido nunca como yo le quiero.

Mientras decía esto me estrechaba la mano entre sus dedos húmedos y viscosos. En vano me esforzaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la manga de su gabán, color chocolate, y me vi obligado a acompañarle.

-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el camino de la ciudad.

La luna empezaba a iluminar las ventanas con sus rayos plateados.

-Antes de dejar de hablar de esto -le dije, después de un largo silencio- tiene usted que saber que a mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de usted y tan lejos de todas sus pretensiones como la luna que nos ilumina.

-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pero confiese usted que nunca me ha querido como yo a usted. Me encontraba usted demasiado humilde, estoy seguro.

-No me gusta que se haga tanta profesión de humildad ni de otra cosa -respondí.

-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso todavía que de costumbre-; estaba seguro. Pero usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto conviene la humildad a una persona en mi situación. Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de caridad; mi madre también ha sido educada en un establecimiento de la misma naturaleza De la noche a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada más. Debíamos ser humildes con estos, humildes con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la gorra; allí teníamos que hacer una reverencia y no olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos delante de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la medalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y yo lo mismo. Si mi padre ha llegado a sacristán ha sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gente bien educada de saber estar en su sitio, y por eso todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde, Uriah, me decía mi padre, y te abrirás camino. Nos han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo que mejor resultado da. Sé humilde decía, y llegarás.» Y realmente parece que tenía razón.

Por primera vez sabía que aquella odiosa comedia de humildad era hereditaria en la familia Heep; había visto la cosecha, pero no se me había ocurrido pensar en la siembra.

-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando aprendí a apreciar la humildad y a aprovecharla. Comía mis humildes patatas con buen apetito. No he querido llevar demasiado lejos mis humildes estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofreció enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre me decía siempre: «A las gentes les gusta dominar; baja la cabeza y déjales hacer». En este momento, por ejemplo, yo soy muy humilde, míster Copperfield; pero eso no impide que haya conseguido ya algún poder.

Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la claridad de la luna) era sencillamente para hacerme comprender que estaba decidido a servirse del poder aquel. Yo no había dudado nunca de su bajeza, su astucia y su malicia; pero únicamente entonces empecé a comprender todo lo que la larga violencia de su juventud había amontonado en venganza sin piedad en aquel alma vil y baja.

Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato repugnante que me acababa de hacer es que me soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbilla con las dos manos. Una vez separado de él estaba decidido a seguir en aquella posición. Andábamos a cierta distancia uno del otro, cambiando únicamente algunas palabras.

No sé lo que le había puesto contento, si era lo que yo le había comunicado o el relato que él me había hecho de su pasado; pero estaba mucho más animado que de costumbre. En la comida habló mucho; preguntó a su madre (a la que había relevado de su guardia cuando volvimos de nuestro paseo) si no era hora de que él se casara; y en una ocasión lanzó tal mirada sobre Agnes, que hubiera dado todo lo que tengo por poder aplastarle.

Cuando después de la comida nos quedamos solos míster Wickfield, él y yo, Uriah se lanzó más todavía. Había bebido muy poco vino; por lo tanto, no era eso lo que podía excitarle; debía de ser la embriaguez de su triunfo insolente y el deseo de demostrarlo en mi presencia.

La víspera ya había observado que trataba de hacer beber a míster Wickfield; pero Agnes me había lanzado tal mirada al dejar la habitación, que al cabo de cinco minutos propuse ir a reunimos con ella al salón. Estaba a punto de hacer otro tanto cuando Urialh se me adelantó.

-Vemos muy rara vez a nuestro visitante de hoy -dijo dirigiéndose a míster Wickfield, sentado al otro lado de la mesa (qué contraste entre las dos cabeceras)-, y si usted no tiene inconveniente podríamos beber uno o dos vasos de vino a su salud. ¡Míster Copperfield, bebo a su salud y por su prosperidad!

Me vi obligado a tocar, por fórmula, la mano que me tendía a través de la mesa; después cogí, con una emoción muy diferente, la mano de su pobre víctima.

-Vamos, mi querido socio -dijo Uriah-, permítame que le dé el ejemplo bebiendo también a la salud de algún amigo de Copperfield.

Pasé rápidamente sobre los diversos brindis propuestos por mister Wickfield: a mi tía, a míster Dick, al Tribunal de Doctores, a Uriah. Cada vez se bebía dos veces su vaso, aunque se daba cuenta de su debilidad, y luchaba vanamente contra aquella miserable pasión. ¡Pobre hombre! ¡Cómo sufría con la conducta de Uriah y, sin embargo, cómo trataba de agradarle! Heep, triunfante, se retorcía de gusto, hacía gala del vencido, del que desplegaba la vergüenza a mis ojos. Yo tenía el corazón oprimido; ahora todavía mi mano se niega a escribirlo.

-Vamos, mi querido socio; yo también voy a proponer otro brindis; pero pido humildemente que nos den vasos grandes. ¡Bebamos por la más divina de su sexo!

El padre de Agnes tenía las manos sobre su vaso vacío. Lo dejó en la mesa, y sus ojos se fijaron en el retrato de su hija; después se llevó la mano a la frente y se dejó caer en un sillón.

-Sé que soy un personaje demasiado humilde para atrevenne a brindar a su salud -repuso Uriah-; pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro!

¡Qué angustia la del padre, que apretaba convulsivamente su cabeza gris entre las manos para contener su sufrimiento interior mil veces más cruel de contemplar que todos los dolores físicos que pudiera sufrir nunca!

-Agnes -dijo Uriah, sin fijarse en el estado de míster Wickfield, o sin querer fijarse-, Agnes Wickfield, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres. Es más, puedo hablar libremente entre amigos; se puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su marido...!

Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito como el que lanzó míster Wickfield levantándose bruscamente.

-¿Qué ocurre? -dijo Uriah, que se puso pálido como la muerte-. ¡Ah, vamos! Debe de ser un ataque de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto derecho como cualquier otro a decir que un día su Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más derecho que nadie.

Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster Wickfield y le rogué, por todo lo que pude imaginar, que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en nombre de su afecto por Agnes. Estaba fuera de sí y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y trataba de rechazarme lejos de sí, sin contestar una sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su desesperación ciega, lo que quería, con la mirada fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan terrible!

Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a aquella angustia y que me escuchara. Le suplicaba que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que recordara cómo Agnes y yo habíamos crecido juntos; ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su orgullo y su alegría. Me esforzaba en poner a su hija ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante firmeza para evitarle el que se enterase de semejante escena. No sé si mis palabras surtieron algún efecto, o si la violencia de su cólera terminó por gastarse; pero poco a poco se tranquilizó y empezó a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo de razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi hija querida y tú..., ya lo sé; pero él, ¡mírale!».

Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un rincón. Evidentemente se había precipitado, y esperaba una cosa muy distinta.

-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield-; al hombre que me ha hecho perder poco a poco mi nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad de mi hogar.

-Decid más bien el que le ha conservado su nombre, su reputación, su tranquilidad y la felicidad de su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas con una expresión de enfado y desconcierto-. No se enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de lo que esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después de todo, ¿dónde está el daño?

-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida --dijo míster Wickfield- y creía que estaba unido a mí por motivos de intereses; pero... ¡oh, lo que es este hombre!

-Haría usted bien obligándole a callar, Copperfield, si puede -exclamó Uriah volviendo hacia mí sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a decir cosas que después sentirá haber dicho y que usted mismo sentirá haber oído.

-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acento desesperado-. Puesto que estoy en tus manos ¿por qué no he de ponerme en las del mundo entero?

-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah dirigiéndose a mí-; si no le hace callar es que no es usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se pondrá en manos del mundo entero? Míster Wickfield, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabemos lo que sabemos, ¿no es cierto? No despertemos al perro que duerme. No soy yo quien cometerá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo más humilde posible, y le digo que si he ido demasiado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caballero?

-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wickfield retorciéndose las manos-. ¡He caído tan bajo desde que lo vi por primera vez en esta casa! Estaba ya en esta pendiente fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde entonces! Me ha perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdido al perder a la madre de mi hija se ha vuelto una enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el olvido de todo lo demás, me ha dado el último golpe. Una vez con esta enfermedad incurable he infectado a mi vez cuanto he tocado. He causado la desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la quiero! He creído posible amar a una criatura del mundo excluyendo a todas las demás. He creído posible llorar a una que había dejado el mundo sin llorar con los que lloran. Así he perdido mi vida. Me he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él se venga devorándome a su vez. He sido sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el modo en que he escapado del lado oscuro del dolor y del afecto. Y ahora sólo soy una ruina. ¡Oh, mira, mira mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!

Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le sostenía la exaltación de su pena. Uriah salió de su rincón.

-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locura --dijo míster Wickfield extendiendo la mano como para suplicarme que no le condenase todavía-; pero él lo sabe; él, que ha estado siempre a mi lado para apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena que me ha puesto al cuello; le encuentras instalado en mi casa; le encuentras metido en todos mis asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué más puedo decirte?

-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor hubiera hecho usted no diciendo nada -repuso Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-. No se hubiera puesto usted en ese estado si no hubiera bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caballero. Si yo también he dicho algo más de lo que debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no me he obstinado.

La puerta se abrió y Agnes entró suavemente, pálida como una muerta; pasó su brazo alrededor del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá, no te encuentras bien, vente conmigo! ».

Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija, como si estuviera agobiado de vergüenza, y salieron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con los míos, y vi que sabía todo lo que había pasado.

-No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster Copperfield -dijo Uriah-; pero esto no es nada; mañana nos habremos reconciliado. Es por su bien. Yo deseo humildemente su bien.

No le contesté una palabra y subí a la tranquila habitación donde Agnes había venido tan a menudo a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí permanecí hasta bastante tarde, sin que nadie viniera a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de leer; esperé a que dieran las doce en los relojes, y leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me tocó suavemente en el hombro.

-¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a decirte adiós.

Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y tranquilo.

-¡Que Dios te bendiga! -me dijo tendiéndome la mano.

-Mi querida Agnes -respondí-; veo que no quieres que te hable esta noche de ello-, pero ¿no podríamos hacer nada?

-Confiar en Dios -contestó.

-¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte con mis pobres penas?

-Tú haces las mías menos amargas, mi querido Trotwood.

-Agnes, querida mía; es una gran pretensión por mi parte el pensar darte un consejo, yo que tengo tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor, nobleza; pero ya sabes cuánto te quiero y todo lo que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un deber mal comprendido?

Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la había visto tan inquieta.

-Dime que no has tenido semejante pensamiento, querida Agnes; tú que eres para mí más que una hermana, piensa en lo que vale un corazón como el tuyo, un amor como el tuyo.

¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después aquel dulce rostro y aquella mirada de un instante, aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche ni resentimiento! ¡Cuántas veces he visto después la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba segura de ella misma y que no había nada que temer; después me llamó su hermano y desapareció!

Todavía era de noche cuando al día siguiente subí a la diligencia en la puerta de la posada. El día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir, cuando en el momento en que mi pensamiento se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que se encaramaba a mi lado.

-Copperfield -me dijo en voz baja agarrándose al coche-, he pensado que le gustaría saber antes de su partida que todo está arreglado. Ya he estado en su habitación y está dulce como un cordero. ¿Ve usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de algo; y cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué hombre tan amable después de todo! ¿No es verdad, míster Copperfield?

Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de que se hubiera disculpado.

-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir excusas? ¡Cuando se es humilde es tan fácil! A propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió con una ligera contorsión-, que le habrá ocurrido alguna vez el coger una pera antes de que estuviera madura?

-Es probable -respondí.

-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la pera madurará; no hay más que estar al cuidado. Puedo esperar.

Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el momento en que el conductor subía al pescante. Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de la mañana; al menos, por el movimiento de su boca se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y que la saboreaba haciendo chasquear los labios.