David Copperfield - Tercera Parte - Capítulo V

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
David Copperfield
Tercera Parte: Capítulo V de Charles Dickens


Hacía ya algún tiempo que había dejado de trabajar con el doctor. Vivíamos muy cerca de él, y le veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos ido a comer y a tomar el té a su casa. El Veterano vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con sus mariposas inmortales revoloteando alrededor de su cofia.

Como a tantas otras madres que he conocido en mi vida, a mistress Markleham le gustaba mucho más divertirse que a su hija. Necesitaba divertirse, y como un hábil «veterano» que era, quería hacer creer, al consultar sus propias inclinaciones, que se sacrificaba por su hija. Esta excelente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta a favorecer los deseos del doctor, que quería que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar la discreción de su yerno.

No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor sin saberlo; y sin poner en ello más que cierta cantidad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a veces hasta en personas de edad madura, le confirmaba, yo creo, en la idea de que era imponente para la juventud de su mujer y de que no podía haber entre ellos simpatía natural, a fuerza de felicitarle porque trataba de endulzar a Annie el peso de la vida.

-Amigo mío -le decía un día en mi presencia-, usted sabe muy bien, sin duda, que es un poco triste para Annie el estar encerrada siempre aquí.

El doctor movió la cabeza con benevolencia.

-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió mistress Markleham, moviendo su abanico- será otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda; con tal de estar bien acompañada, no desearía nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y Annie no es su madre.

-Ya, ya --dijo el doctor.

-Usted es el hombre mejor del mundo. No; dispénseme usted -continuo, viendo que el doctor le hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de usted como lo digo siempre por detrás: es usted el hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted no puede, ¿no es verdad?, tener los mismos gustos y preocupaciones que Annie.

-¡No! --dijo el doctor con voz triste.

-Es completamente natural -repuso El Veterano-. Vea usted, por ejemplo, su diccionario. ¿Hay algo más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El sentido de las palabras! Sin el doctor Johnson y hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un palo de escoba! Pero no podemos pedirle a Annie que se interese por un diccionario cuando ni siquiera está terminado, ¿no es cierto?

El doctor sacudió la cabeza.

-Y por eso apruebo tanto sus atenciones delicadas --dijo mistress Markleham, dándole en el hombro un golpecito con el abanico---. Eso prueba que usted no es como tantos ancianos que querrían encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. Usted ha estudiado el carácter de Annie y lo ha comprendido. Y eso es lo que me parece encantador.

El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y paciencia habitual, soportar con trabajo todos aquellos cumplidos.

-Y ya sabe, mi querido doctor --continuo El Veterano, dándole muchos golpecitos amistosos-, que puede usted disponer de mí en todo momento. Sepa que estoy enteramente a su disposición. Estoy dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los conciertos, a las exposiciones, a todas partes; y ya verá usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El deber, mi querido doctor, el deber ante todo!

Cumplía su palabra. Era de esas personas que pueden soportar una cantidad enorme de diversiones sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y lo leía todos los días durante dos horas, sentada en un cómodo sillón) descubría que había que ver algo que divertiría mucho a Annie. En vano protestaba Annie, que estaba cansada de todo aquello; su madre le contestaba invariablemente:

-Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo decirte, amor mío, que es agradecer muy mal la bondad del doctor Strong.

Este reproche se lo dirigía por lo general en presencia del doctor, y me parecía que aquello era lo que principalmente decidía a Annie a acceder, y se resignaba casi siempre a ir a donde la quería llevar El Veterano.

Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Algunas veces animaban a mi tía para que se uniera a ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes hubiera dudado en dejarla; pero recordando lo que había sucedido aquella noche en el gabinete del doctor, ya no tenía la misma desconfianza. Creía que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que él.

Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando estábamos solos, y me decía que no lo comprendía, pero que querría verlos más dichosos, y que no creía que su marcial amiga (así llamaba siempre al Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía también que el primer acto de sensatez de nuestra marcial amiga debía ser el arrancar todas las mariposas de su cofia y regalárselas a algún deshollinador para que se disfrazara en Carnaval.

Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick. «Era evidente que aquel hombre tenía una idea -decía-; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos días, encerrarla en un rincón de su cerebro, lo que era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse de una manera extraordinaria. »

Ignorante de aquella predicción, míster Dick continuaba siempre en la misma posición, bis a bis del doctor y de mistress Strong. Parecía no avanzar ni retroceder una pulgada, inmóvil en su base, como un edificio sólido; y confieso que, en efecto, me hubiera sorprendido tanto verla avanzar un peso como ver andar una casa.

Pero una noche, algunos meses después de mi matrimonio, mister Dick entreabrió la puerta de nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi tía habían ido a tomar el té a casa de los dos pajaritos), y me dijo, con una tos significativa:

-Temo que te moleste charlar un rato conmigo, Trotwood.

-De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor de entrar.

-Trotwood -me dijo, apoyándose el dedo en la nariz, después de estrecharme la mano-, antes de sentarme querría hacerte una observación. ¿Conoces a tu tía?

-Un poco --contesté.

-¡Es la mujer más extraordinaria del mundo, caballero!

Y después de decir esta frase, que lanzó como una bala de cañón, míster Dick se sentó, con una expresión más grave que de costumbre, y me miró.

-Ahora, hijo mío -añadió-, voy a hacerte una pregunta.

-Puede usted hacerme todas las que quiera.

-¿Qué piensas de mí, caballero? -me preguntó cruzando los brazos.

-Que es usted mi antiguo y buen amigo.

-Gracias, Trotwood -respondió mister Dick riendo y estrechándome la mano con una alegría expansiva-. Pero no es eso lo que quiero decir, hijo mío --continuó en tono más serio- ¿Qué piensas de mí desde este punto de vista? (y se tocaba la frente).

Yo no sabía cómo contestar; pero vino en mi ayuda.

-Que tengo la inteligencia débil, ¿no es eso? Y -Pero... -le dije en tono indeciso- quizá un poco.

-¡Precisamente! -exclamó mister Dick, que parecía encantado de mi respuesta-. Y es que, ¿sabes, Trotwood?, cuando quitaron un poco del desorden que había en la cabeza de... ya sabes de quién... para meterlo ya sabes dónde... sucedió...

Y mister Dick hizo muchas veces con las manos el molinete, y después golpeó una con otra, y volvió al ejercicio del molinete pare expresar una gran confusión. Esto es lo que me han hecho; esto es.

Yo le hice un gesto de aprobación, que él me devolvió.

-En una palabra, hijo mío -dijo mister Dick bajando la voz de pronto-, que soy un poco simple.

Iba a negarlo, pero me detuvo.

-Sí, sí. Ella pretende que no. No quiere que se lo digan; pero es así. Lo sé. Si no la hubiera tenido de amiga desde hace tantos años, me hubieran encerrado y llevaría la vida más triste. Pero sabré corresponderla, no temas. Nunca gasto lo que gano haciendo las copias. Lo meto en una hucha. He hecho mi testamento; ¡y se lo dejo todo! Será rica... noble.

Mister Dick sacó el pañuelo del bolsillo y se enjugó los ojos. Pero lo volvió a doblar cuidadosamente y volvió a guardárselo, y pareció que al mismo tiempo hacía desaparecer a mi tía.

-Tú eres muy instruido, Trotwood -dijo mister Dick-, tú eres muy instruido. Tú sabes lo sabio que es el doctor; tú sabes el honor que me ha hecho siempre. La ciencia no le ha vuelto orgulloso. Es humilde, humilde y lleno de transigencia hasta para el pobre Dick, que tiene una inteligencia tan limitada y que es tan ignorante. He hecho subir su nombre en un pedacito de papel, a lo largo de la cuerda de la cometa, y ha llegado hasta el cielo, entre las golondrinas. La cometa ha estado encantada de recibirle, y el cielo se ha iluminado más.

Yo le encantaba diciéndole con efusión que el doctor merecía todo nuestro respeto y toda nuestra estima.

-Y su mujer es como una estrella -dijo míster Dick-, una estrella brillante; yo la he visto en todo su esplendor, caballero. Pero (se acercó y me puso una mano en la rodilla) hay nubes, caballero, hay nubes.

Yo respondí a la solicitud que expresaba su fisonomía dando a la mía la misma expresión y moviendo la cabeza.

-¡Y qué nubes! --dijo míster Dick.

Me miraba con una expresión tan preocupada, y parecía tan deseoso de saber o que serían aquellas nubes, que me tomé el trabajo de contestarle lentamente y claramente, como si se lo explicara a un niño:

-Hay entre ellos un desgraciado motivo de división -respondí-, alguna triste causa de desunión. Es un secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la diferencia de edad que existe entre ellos. Quizá es la cosa más insignificante del mundo.

Míster Dick acompañaba cada una de mis frases con un movimiento de atención. Cuando terminé, se detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos en mí y la mano en mis rodillas.

-Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trotwood? --dijo al cabo de un momento.

-No; la quiere con ternura.

-Entonces ya sé lo que es, hijo mío -dijo míster Dick.

En un acceso repentino de alegría me golpeó las rodillas y se echó hacia atrás en su silla, con las cejas muy levantadas. Le creí completamente loco. Pero pronto recobró su gravedad, e inclinándose hacia adelante, me dijo, después de haber sacado su pañuelo, con expresión respetuosa, como si realmente representara a mi tía:

-Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trotwood. ¿Cómo no habrá hecho nada para que renazca el orden en esta casa?

-Es un asunto demasiado delicado y demasiado difícil para que pueda nadie mezclarse en él -dije.

-Y tú, que eres tan instruido -continuó míster Dick, tocándome con la punta del dedo-, ¿por qué no has hecho nada?

-Por la misma razón -respondí.

-Entonces estoy en ello, hijo mío -repuso míster Dick.

Y se enderezó ante mí todavía más triunfante, moviendo la cabeza y dándose golpes en el pecho. Parecía que había jurado arrancarse el alma del cuerpo.

-Un pobre hombre, ligeramente tocado -continuó mister Dick-, un idiota, una inteligencia débil, hablo de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden intentar siquiera las personas más distinguidas del mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello, y no me guardarán rencor. No podré parecerles indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo puedo decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick. ¿Y quién se fija en Dick? Dick no es nadie. ¡Bah!

Y sopló con desprecio hacia su insignificante personalidad, como si lanzara una paja al viento.

Felizmente, avanzaba en sus explicaciones, cuando oímos detenerse el coche a la puerta del jardín. Dora y mi tía volvían.

-Ni una palabra, muchacho -continuó en voz baja-; deja toda la responsabilidad a Dick, a este infeliz de Dick..., ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que lo pensaba; ahora es el momento. Después de lo que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va bien.

Míster Dick no pronunció ni una palabra más sobre aquel asunto; pero durante media hora me hizo signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué pensar, para pedirme que guardara el más profundo secreto.

Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de nada durante tres semanas, y, sin embargo, me tomaba un verdadero interés por el resultado de sus esfuerzos; percibía un extraño resplandor de buen sentido en la conclusión a que había llegado; en cuanto a su buen corazón, nunca había dudado de él. Pero terminé por creer que, como era inconstante y ligero, había olvidado o desistido de su proyecto.

Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo nos fuimos a la casa del doctor. Era en otoño, y no había debates en el Parlamento que me estropearan la fresca brisa de la tarde y el olor de las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hacía tanto tiempo en nuestro jardincito de Bloonderstone, el viento, al gemir, parecía traerme también una vaga tristeza, como entonces.

Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a casa del doctor. Mistress Strong dejaba el jardín en que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardinero en algunas cosas. El doctor tenía una visita en su despacho; pero mistress Strong nos dijo que pronto quedaría libre, y nos rogó que le esperásemos. La seguimos al salón y nos sentamos en la oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin ningún cumplido. Vivíamos libremente juntos, como antiguos amigos y buenos vecinos.

Estábamos así desde hacía un momento, cuando mistress Markleham, que siempre tenía que complicarlo todo, entró bruscamente, con su periódico en la mano, diciendo con voz entrecortada:

-Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que había alguien en el despacho?

-Pero, mamá -repuso ella tranquilamente-, no podía adivinar que querías saberlo.

-¡Que quería saberlo! --dijo mistress Markleham dejándose caer en el diván-. En mi vida me he llevado un susto semejante.

-Según eso, ¿has entrado en el despacho, mamá? -preguntó Annie.

-¿Que si he entrado en el despacho, querida mía? -repuso con nueva energía---. ¡Ya lo creo! Y he caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted mi emoción, miss Trotwood, y usted también, míster David! Precisamente en el momento en que estaba haciendo testamento.

Su hija se volvió vivamente.

-Precisamente en el momento, mi querida Annie, en que estaba haciendo testamento, redactando sus últimas voluntades -repitió mistress Markleham extendiendo el periódico sobre sus rodillas, como una servilleta-. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que contarles cómo ha sucedido. De verdad, sí debo contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este encanto de hombre, pues es un verdadero encanto este doctor. Quizá sabe usted, miss Trotwood, que en esta casa tienen la costumbre de no encender las luces hasta que materialmente se ha destrozado una los ojos leyendo el periódico, y también que únicamente en el despacho del doctor se encuentra una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por eso iba al despacho del doctor, donde había visto luz. Abro la puerta, y al lado del querido doctor veo a dos señores vestidos de negro, evidentemente procuradores, los tres de pie delante de la mesa. El querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es únicamente para expresar...», decía. Annie, amor mío, escucha bien... «Es únicamente para expresar toda la confianza que tengo en mistress Strong por lo que le dejo mi fortuna entera, sin condiciones.» Uno de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condiciones». Yo, conmovida, como pueden ustedes suponer que lo está una madre en semejantes circunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a punto de caerme en la puerta, corro por el pasillo que da a la antecocina.

Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él; allí estuvo apoyada contra la balaustrada.

-¿No les parece un espectáculo edificante, miss Trotwood, y usted, míster Copperfield -continuó mistress Markleham-, el ver a un hombre de la edad del doctor Strong con la fuerza de voluntad necesaria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón que yo tenía. Cuando el doctor Strong me hizo una visita de las más halagadoras y me pidió la mano de Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el doctor Strong te asegurará el porvenir todavía más de lo que ahora dice y promete».

En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes salieron del despacho del doctor.

-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano después de escuchar, El buen hombre ha firmado, sellado y entregado el testamento, y tiene la conciencia tranquila, tiene derecho. ¡Qué hombre! Annie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho, pues no sé prescindir de las noticias del día. Miss Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al doctor, se lo ruego.

Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su cortaplumas, cuando seguimos a mistress Strong al despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente la nariz, como para distraer un poco su furor contra nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir, lo he olvidado sin duda, es quién fue el que entró primero en el despacho, ni cómo mistress Markleham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco podría decir cómo fue que mi tía y yo nos encontramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron más listos que los míos y me retuvo expresamente; no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al doctor antes de que nos viera; estaba en medio de los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo instante vimos entrar a mistress Strong, pálida y temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una mano encima del brazo del doctor, que levantó la cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de rodillas a sus pies, con las manos juntas, suplicante, fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al ver aquello, mistress Mark1eham dejó caer el periódico, con una expresión de asombro tal, que se hubiera podido coger su rostro para ponerle en la proa, a la cabeza, de un navío llamado La Sorpresa.

En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en su extrañeza, y a la dignidad de su mujer en su actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster Dick y a la seriedad con que mi tía se repetía a sí misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! » (pues triunfaba en aquel momento de la posición miserable de que le había sacado), me parece que lo estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en que lo estoy contando.

-Doctor -dijo mister Dick-, pero ¿qué es esto? ¡Mire usted a sus pies!

-¡Annie! -exclamó el doctor-. Levántate, querida mía.

-No -dijo ella-, y suplico a todos que no salgan de la habitación. Esposo mío, padre mío, rompamos por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y otro lo que nos separa.

Mistress Markleham había recobrado el use de la palabra, y, llena de orgullo por su hija y de indignación maternal, exclamó:

-Annie, levántate al momento y no avergüences a todos tus amigos humillándote así, si no quieres que me vuelva loca.

-Mamá -contestó Annie-, haz el favor de no interrumpirme. Me dirijo a mi marido; para mí sólo él está aquí; es todo para mí.

-¿Es decir -exclamó mistress Markleham-, que yo no soy nada? ¡Esta chica ha perdido la cabeza! Haced el favor de traerme un vaso de agua.

Estaba demasiado ocupado con el doctor y su mujer para atender a aquel ruego, y como nadie le prestó la menor atención, mistress Mark1eham se vio obligada a continuar suspirando, a abanicarse y a abrir mucho los ojos.

-Annie --dijo el doctor, cogiéndola dulcemente en sus brazos-, querida mía; si ha sucedido en nuestra vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo sólo la tengo. Mi afecto, mi admiración, mi respeto no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego!

Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y después, apretándose todavía más contra él, puso su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando encima la cabeza, dijo:

-Si tengo aquí un amigo que pueda decir una palabra sobre esto, por mi marido o por mí; si tengo un amigo que pueda decir una sospecha que mi corazón me ha murmurado a veces; si tengo aquí un amigo que respete a mi marido y que me quiera; si este amigo sabe algo que pueda sernos una ayuda, le suplico que hable.

Hubo un profundo silencio. Después de unos instantes de penosa indecisión, me decidí por fm.

-Mistress Strong, yo sé algo que el doctor Strong me había suplicado que callara, y he guardado silencio hasta ahora. Pero creo que ha llegado el momento en que sería una falsa delicadeza el continuar ocultándolo; su súplica me libra de la promesa.

Volvió sus ojos hacia mí y vi que hacía bien. No hubiera podido resistir aquella mirada suplicante, aun cuando mi confianza no hubiese sido inquebrantable.

-Nuestra tranquilidad futura --dijo ella- está quizá en sus manos. Tengo la certeza de que no se callará nada, y sé de antemano que ni usted ni nadie en el mundo podrá decir nunca lo más mínimo que perjudique al noble corazón de mi marido. Diga lo que diga, que me concierna, hable valientemente. Yo también después hablaré delante de él a mi vez, como tendré que hacerlo ante Dios.

Sin pedirle al doctor su autorización, me puse a contar lo que había ocurrido una noche en aquel mismo despacho, permitiéndome únicamente dulcificar un poco las groseras frases de Uriah Heep. Imposible describir los ojos asustados de mistress Markleham durante todo mi relato ni las interjecciones agudas que se le escapaban.

Cuando hube terminado, Annie permaneció todavía un momento silenciosa, con la cabeza baja, como ya la he descrito; después cogió la mano del doctor, quien no había cambiado de actitud desde que habíamos entrado en la habitación; la estrechó contra su corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie con dulzura, y ella continuó apoyada en él y con los ojos fijos en su marido.

-Voy a poner al desnudo ante vosotros -dijo con voz modesta, sumisa y tierna- todo lo que ha llenado mi corazón desde que me casé. No podría vivir en paz, ahora que lo sé todo, si quedara la menor oscuridad sobre este punto.

-No, Annie -dijo el doctor con dulzura-; nunca he dudado de ti, hija mía; no es necesario, querida mía; de verdad no es necesario.

-Es necesario que abra mi corazón ante ti, que eres la verdad, la generosidad misma; ante ti, que lo he amado y respetado siempre, cada vez más, desde que lo he conocido. Dios lo sabe.

-En realidad -dijo mistress Markleham-, si tengo toda mi razón...

-Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local ---murmuró mi tía con indignación.

- ... debe permitírseme decir que es inútil entrar en todos esos detalles.

-Mi marido es el único que puede ser juez --dijo Annie sin cesar un instante de mirar al doctor-, y él quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste, perdónamelo. Yo también he sufrido mucho, y largo tiempo.

-¡Palabra de honor! -murmuró mistress Markleham.

-Cuando yo era muy joven -dijo Annie-, pequeñita, sólo una niña, las primeras nociones sobre todas las cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente. El amigo de mi padre, que había muerto, me ha sido siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada sin que se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los grabó con su sello; enseñada por otros, creo que hubiera recibido una influencia menos saludable.

-No habla de su madre para nada -murmuró mistress Markleham.

-No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es necesario, A medida que crecía, él continuaba siendo el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés que me demostraba, y le tenía un afecto profundo y sincero. Le consideraba como un padre, como un guía, cuyos elogios me eran más preciosos que cualquier otro elogio del mundo, como a alguien a quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado del mundo entero. Tú sabes, mamá, lo joven e inexperta que era cuando de pronto me lo presentaste como marido.

-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a todos los que están aquí --dijo mistress Markleham.

(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable más -murmuró mi tía.)

-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida tan grande, según me parecía -dijo Annie, continuando en el mismo tono-, que en el primer momento me sentí inquieta y desgraciada. Era una chiquilla todavía, y creo que me entristeció pensar en el cambio que traería el matrimonio a la naturaleza de los sentimientos que le había profesado hasta entonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a mis ojos tal como le había conocido cuando sólo era su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera digna de él, y nos casamos.

-En la iglesia de San Alphage Canterbury -observó mistress Markleham.

(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía---. ¿Es que no quiere callarse?)

-No pensé ni un momento --continuó Annie, enrojeciendo- en los bienes materiales que mi marido poseía. A mi joven corazón no le preocupaban semejantes cosas. Mamá, perdóname si lo digo que tú fuiste la primera que me hiciste comprender que en el mundo podría haber personas bastante injustas hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel sospecha.

-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.

(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted --observó mi tía-; y esta vez, por mucho juego que des al abanico, no te puedes negar, marcial amiga.)

-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida --dijo Annie-. Fue la primera de mis penas; pero últimamente han sido tan numerosas, que no podría contarlas; pero no por la razón que tú supones, amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pensamiento, ni un recuerdo, ni una esperanza que no esté unida a ti.

Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que parecía el espíritu de la belleza y de la verdad. El doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie sostuvo su mirada.

-No le reprocho a mamá que te haya pedido nunca nada para sí misma; sus intenciones han sido siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo decir lo que he sufrido al ver las llamadas indirectas que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía de mi nombre respecto a ti, cuando he sido testigo de tu generosidad y de la pena que sentía míster Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos. ¡Cómo decirte lo que sentí la primera vez que me vi expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido mi amor, a ti, el hombre que más estimaba en el mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de una vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he sufrido; mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener siempre sobre el corazón ese temor, esa angustia, y saber en conciencia que el día de mi matrimonio no había hecho más que coronar el amor y el honor de mi vida.

-¡Y esto es lo que se gana --exclamó mistress Markleham llorando- sacrificándose por los hijos! ¡Querría ser turca!

(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras quedado en tu país natal --dijo mi tía.)

-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto de mi primo Maldon. Yo había tenido -dijo en voz baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con él. En nuestra infancia éramos pequeños enamorados. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado de otro modo, quizá hubiera terminado por persuadirme de que realmente le quería, y quizá me hubiera casado con él, para desgracia mía. No hay matrimonio peor proporcionado que aquel en que hay tan poca semejanza de ideas y de carácter.

Yo reflexioné sobre aquellas palabras mientras continuaba escuchando atentamente, como si les encontrara un interés particular, o alguna aplicación secreta que no pudiera adivinar todavía: «No hay matrimonio peor proporcionado que aquel en que hay tan poca semejanza de ideas y de carácter».

-No tenemos nada común -dijo Annie-; hace mucho tiempo que lo he visto. Y aunque no tuviera más razones para amar a mi marido que el reconocimiento, le daría las gracias con toda mi alma por haberme salvado del primer impulso de un corazón indisciplinado que iba a extraviarse.

Permanecía inmóvil ante el doctor; su voz vibraba con una emoción que me hizo estremecer, al mismo tiempo que continuaba completamente firme y tranquila, como antes.

---Cuando él solicitaba cosas de tu generosidad, que tú le concedías tan generosamente a causa mía, yo sufría por el aspecto interesado que daban a mi ternura; encontraba que hubiera sido más honroso para él hacer sólo su camera, y pensaba que si yo hubiera estado en su lugar, nada me hubiera parecido duro con tal de tener éxito. Pero, en fin, le perdonaba todavía antes de la noche en que nos dijo adiós, al partir para la India. Aquella noche tuve la prueba de que era un ingrato y un pérfido; también me di cuenta de que míster Wickfield me observaba con desconfianza, y por primera vez me percaté de la cruel sospecha que había venido a ensombrecer mi vida.

-¿Una sospecha, Annie? --dijo el doctor-. ¡No, no, no!

-En tu corazón no existía, amigo mío, ya lo sé. Y aquella noche fui a buscarte para verter a tus pies aquella copa de tristeza y de vergüenza, para decirte que habías tenido bajo tu techo un hombre de mi sangre, a quien habías colmado de beneficios por amor mío, y que ese hombre se había atrevido a decirme cosas que nunca debía haber dejado oír, aunque yo hubiera sido, como él creía, un ser débil e interesado; pero mi corazón se negó a manchar tus oídos con tal infamia; mis labios se negaron a contártela, entonces y después.

Mistress Markleham se desplomó en su sillón, con un sordo gemido, y se ocultó detrás de su abanico.

-No he vuelto a cambiar una palabra con él desde aquel día, más que en tu presencia y cuando era necesario para evitar una explicación. Han pasado años desde que él ha sabido por mí cuál era aquí su situación. El cuidado que tú ponías en hacerle ascender, la alegría con que me lo anunciabas cuando lo habías conseguido, toda tu bondad con él, eran para mí mayor causa de dolor, y cada vez se me hacía mi secreto más pesado.

Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor, aunque él se esforzaba en impedírselo; y con los ojos llenos de lágrimas continuó:

-No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que haya tenido razón o no, creo que si volviera a empezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo que era quererte y saber que antiguos recuerdos podían hacerte creer lo contrario; saber que me habían podido suponer infiel y estar rodeada de apariencias que confirmaban semejante sospecha. Yo era muy joven y no tenía a nadie que me aconsejara; entre mamá y yo siempre ha habido un abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí misma, si he ocultado el insulto que me habían hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma, porque deseaba ardientemente que tú también pudieses respetarme.

-¡Annie, corazón mío! -dijo el doctor-. ¡Hija mía querida!

-¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía a menudo que tú hubieras podido casarte con una mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y preocupaciones, una mujer que hubiera sabido estar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubiese hecho mucho mejor continuando siendo tu discípula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la altura de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía guardar silencio; pero era porque te respetaba, porque esperaba que un día también tú podrías respetarme.

-Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no terminará nunca.

-Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo sola mi carga, no revelar nunca a nadie la indignidad de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una palabra más, ¡oh, el mejor de los amigos! Hoy he sabido la causa del cambio que había observado en ti y por el que tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis antiguos temores como estaba a punto de comprender la verdad; en fin, una casualidad me ha revelado esta noche toda la grandeza de tu confianza en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No creo que todo mi amor ni todo mi respeto puedan jamás hacerme digna de esa confianza inestimable; pero al menos puedo levantar los ojos sobre el noble rostro del que he venerado como un padre, amado como un marido, respetado desde mi infancia como un amigo, y declarar solemnemente que nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he faltado; que nunca he variado en el amor y la fidelidad que te debo.

Había echado los brazos alrededor del cuello del doctor; la cabeza del anciano reposaba en la de su mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las trenzas oscuras de Annie.

-Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío; no me alejes nunca de ti; no pienses, no digas que hay demasiada distancia entre nosotros; lo único que nos separa son mis imperfecciones; cada día estoy más convencida y cada día también te quiero más. ¡Oh, recógeme en tu corazón, esposo mío, pues mi amor está tallado en la roca y durará eternamente!

Hubo un largo silencio. Mi tía se levantó con gravedad, se acercó lentamente a míster Dick y le besó en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él, pues iba a comprometerse; estaba viendo el momento en que, en el exceso de su alegría ante aquella escena, iba a saltar a la pata coja o a pie juntillas.

-Eres un hombre muy notable, Dick -le dijo mi tía, en tono muy decidido de aprobación-, y no finjas nunca lo contrario, pues te conozco bien.

Después mi tía le agarró de una manga, me hizo una seña y nos deslizamos suavemente fuera de la habitación.

-He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial amiga -dijo mi tía-, y esto me va a proporcionar una buena noche, aunque no tuviera además otros motivos de satisfacción.

-Estaba completamente trastornada, mucho me temo -dijo míster Dick en tono de gran conmiseración.

-¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo trastornado`? -exclamó mi tía.

-No creo haber visto nunca un cocodrilo --contestó con dulzura míster Dick.

-No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal -dijo mi tía en tono conmovido- ¡Si las madres pudieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya están casadas, en lugar de hacer tanto ruido con su pretendida ternura! Parece que el único auxilio que pueden prestar a las desgraciadas muchachas que han traído al mundo (y Dios sabe si las desgraciadas han demostrado nunca ganas de venir) es el hacerlas volver a marcharse cuanto antes a fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas, Trot?

Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas de las frases que había empleado mistress Strong me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay matrimonio más desacertado que aquel en que hay tan pocas semejanzas de ideas y de carácter...» . « El primer movimiento de un corazón indisciplinado ...» «Mi amor está tallado en la roca ...» Pero llegaba a casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el viento de otoño silbaba.